¿Al no reconocer la existencia de múltiples imperialismos, la izquierda también adolece de americanocentrismo?

Para la gente de izquierdas es duro encontrarse en el mismo bando que el sistema. En los tiempos que corren, podemos sentir fácilmente que echamos en falta algo, que estamos abandonando la lucha, que al atacar juntos a un sujeto ‒aunque admitamos que es malo‒ estamos ayudando a reforzar al archienemigo en nuestra propia casa, permitiéndole aparecer como el bueno de la película. Desde 1917, este ha sido el caso respecto a la izquierda occidental y Rusia. Antes de 1917, la izquierda veía la autocracia zarista como el no va más de la reacción autoritaria, una actitud que facilitó la decisión de los partidos socialistas de los países enemigos de Rusia de apoyar la Primera Guerra Mundial. Pero desde la Revolución rusa de 1917, la izquierda ha recelado siempre de unirse a cualquier condena de aquel país por parte de los gobiernos burgueses occidentales, a pesar de sus propias críticas, a menudo feroces, al estalinismo y las restricciones impuestas a la democracia interna.

Ahora que la guerra entra en su segundo mes, volvemos a verlo en el caso de Ucrania, a pesar del hecho de que la Rusia de Putin se parece mucho más al modelo zarista que a cualquier otro régimen del periodo soviético. El primer día tras la invasión parecía como si casi todos esos prominentes comentaristas de izquierda occidentales no pudieran hablar más que de la OTAN y no de Rusia. La invasión era condenable, solían decir al comienzo, para acto seguido pasar a concentrar el fuego sobre el verdadero culpable: siempre Occidente. ¿Su culpa? Que había expandido la OTAN hacia el Este y no descartaba la posibilidad del ingreso de Ucrania en la alianza. No importaba que la expansión de la OTAN fuera promovida más por los países de Europa Oriental que por Washington, que al principio estaba bastante dividido al respecto. Tampoco importaba que el ingreso de Ucrania en la OTAN no fuera inminente, ni que bajo ninguna hipótesis cabía imaginar un ataque de la OTAN a Rusia.

Lo que importaba es que todas esas iniciativas enfurecían a Rusia, y era el enfado justificado de Rusia el que parecían destacar por encima de todo tantas gentes de izquierda occidentales en esos primeros días después de la invasión rusa. De este modo minimizaban, efectivamente, la responsabilidad de Rusia al hacer suya una visión realista de que la furia destructiva de una gran potencia es algo que, de alguna manera,  el mundo ha de aceptar como normal. No es extraño que militantes de izquierda del Este de Europa hayan criticado implacablemente a sus colegas occidentales, acusándoles de unilateralismo.

Incluso Noam Chomsky, aunque criticó visceralmente la invasión ‒la calificó de “grave crimen de guerra, equiparable a la invasión estadounidense de Irak y a la invasión de Polonia por las tropas de Hitler y Stalin en septiembre de 1939”‒, procedió seguidamente a centrar su discurso en la OTAN, haciendo suya la afirmación de que “la crisis actual carecería de base si no hubiera habido una expansión” de la OTAN. Una vez más, Putin se presenta aquí como una persona casi impotente, a quien no le quedaba otra salida que invadir Ucrania en su intento de defender a Rusia.

La declaración del Partido Socialismo y Liberación era más franca, pero en el fondo no difería del enfoque de tantos otros: “Aunque no apoyamos la invasión rusa, nos reservamos nuestra condena más firme [cursiva del autor] al gobierno de EE UU, que hizo caso omiso de las legítimas preocupaciones de Rusia por su seguridad en la región”. En otras palabras, en los primeros días de esta invasión brutal y para nada provocada de un país soberano, muchas gentes de izquierdas occidentales se afanaron ante todo en contextualizar la invasión, trasladando la culpa al enemigo interior y desentonando así del aluvión de condenas generalizadas.

En cuanto a las supuestas garantías de seguridad, tal vez Rusia las necesite; las grandes potencias siempre insisten en que es así. Pero que gentes de izquierdas estén más preocupadas por los intereses de seguridad de una gran potencia ‒en este caso, un régimen militarista de extrema derecha que se apoya casi totalmente en la extracción y venta de combustibles fósiles que matan el planeta‒ que por los deseos de una pequeña nación que espera asegurar su independencia y no ser invadida, es escandaloso. La izquierda nunca trata a los pueblos marginados por el imperialismo occidental con tanto desdén.

Indulgencia con el imperialismo

Aun así, esto no me sorprende. Escribo como persona de izquierda sobre Europa Oriental desde finales de la década de 1970. A veces, cuando criticaba duramente la política soviética, o apoyaba a movimientos de oposición en el bloque soviético, colegas de izquierda occidentales me miraban con recelo. Después de todo, la prensa dominante y habitualmente incluso el gobierno estadounidense criticaban a menudo las mismas cosas y al menos de boquilla apoyaban los mismos movimientos. ¿No estaba yo respaldando de este modo las políticas de guerra fría del gobierno  cuando, como estadounidense, debería centrarme en cómo cambiar las cosas aquí?

A comienzos de la década de 1980 escribí numerosos artículos desde Polonia para el semanario estadounidense de izquierda These Times sobre el movimiento sindical Solidaridad de aquel país; un movimiento obrero que luchaba contra el gobierno respaldado por los soviéticos y que practicaba la democracia participativa, se oponía al capitalismo y reivindicaba sindicatos independientes. Cuando volví a casa, un amigo me presentó como un ex izquierdista. El hecho de que mi crítica del sistema socialista supuestamente de izquierda nunca sonara como nada parecido a la de los colegas burgueses ‒el hecho de que personas de izquierda defendieran realmente los derechos laborales de la clase trabajadora polaca, a diferencia, digamos, de la cínica defensa de Solidaridad que manifestaba un Ronald Reagan mientras aplastaba los movimientos sindicales en EE UU‒, de alguna manera no significaba nada para algunas gentes de izquierda, preocupadas por encima de todo por el hecho de que adoptar una determinada posición les situara en el mismo bando que sus enemigos en casa.

Sin embargo, es contrario a todos los principios internacionalistas, y claramente americanocéntrico, mostrarse siquiera mínimamente indulgentes con un imperialismo por el mero hecho de que el país en cuestión se opone al país que uno piensa que es peor. Culpar a EEUU de que Rusia invadiera Ucrania es como culpar al Partido Comunista de Alemania del asesinato de Rosa Luxemburg: si el partido no hubiera organizado una insurrección, a la que el Freikorps y el gobierno habían anunciado que harían frente, no la habrían matado. En política, los Estados siempre se enfrentan a provocaciones, pero no están obligados a responder de la peor manera posible.

El problema de la OTAN

Por supuesto, la OTAN es desde hace tiempo un importante factor de discordia para Rusia. Occidente comprendió que la perspectiva de ingreso de Ucrania es tan inaceptable para Rusia que la OTAN declaró repetidamente que no había planes para iniciar el proceso de admisión, aunque sin revocar formalmente su declaración de 2008 de que este era un objetivo a largo plazo.

Así que ¿invadió Putin para mantener la OTAN fuera de Ucrania? Oponerse a la OTAN es una cosa, pero emprender una guerra que conduce inevitablemente al refuerzo de la OTAN indica que esta no es la cuestión clave en este caso. Si el principal objetivo fuera descartar el ingreso en la OTAN, Rusia podría haber mantenido sus tropas rodeando Ucrania y anunciado que estaba dispuesta a invadirla. Por tanto, podría haberse abstenido de cualquier ataque durante las conversaciones de urgencia sobre la neutralidad de Ucrania. Si esta era rechazaba, podría lanzar una incursión limitada en los territorios ya controlados por separatistas y amenazar con una escalada en ausencia de acuerdo sobre la cuestión de la OTAN. El presidente ucranio, Volodímir Zelensky, declaró poco después de la invasión que estaba dispuesto a hablar de la cuestión de la neutralidad. Putin podría haber dado algunos pasos previos antes de lanzar una guerra abierta para abordar lo que tanta gente ha dicho que es el principal agravio para Rusia.

Así que, tuvo que haber algún motivo diferente para la decisión de invadir. Y no lo han ocultado. Putin ha expresado durante años sus puntos de vista sobre Ucrania. En julio de 2021, Putin escribió  (tal vez él mismo) un artículo de 7.000 palabras completamente dedicado a dos cuestiones: que Ucrania es una parte inalienable de Rusia y que la población ucrania no tiene derecho al autogobierno a menos que lo haga en estrecha colaboración con Rusia. El escrito alega que durante más de un milenio existió una relación inquebrantable entre Rusia y Ucrania, hasta que Lenin y los bolcheviques la rompieron definitivamente, lo que permitió que la vasta república soviética ucrania se convirtiera en un Estado independiente cuando colapsó la Unión Soviética.

Olvidemos por un momento la idea estrafalaria de que las naciones adoptan su forma eterna en un momento determinado de su génesis. La cita más importante del artículo de Putin es esta: “La política soviética en materia nacional creó tres pueblos eslavos separados, cuando de hecho solo existe una gran nación rusa, un pueblo trino que comprende a la gente gran rusa [o sea, rusa], a la gente rusa menor [o sea, ucrania] y a la gente bielorrusa”.

Por consiguiente, si todos los relatos se centran en la OTAN ‒un tema apenas mencionado en el texto de julio de Putin‒, el problema es que niegan la capacidad de iniciativa de Putin. Lo presentan como alguien que solo es capaz de reaccionar frente a EE UU. Putin ha dicho y repetido hasta la saciedad, y con toda claridad, que piensa en Ucrania al margen de la cuestión de la OTAN. Sin duda, la cuestión de la OTAN no carece de importancia, pero los analistas occidentales que siguen insistiendo en su absoluta centralidad no permiten que la gente del Este, ni siquiera en el caso del propio Vladímir Putin, hable por sí misma. Sin embargo, Putin se expresa con claridad: si hace un año la OTAN hubiera descartado el ingreso de Ucrania, Putin seguiría planteando el problema de Ucrania y oponiéndose a que siga siendo una entidad completamente separada de Rusia.

Otra prueba de la centralidad del tema de la gran nación rusa figura en un notable artículo publicado un día después del comienzo de la invasión en Novosti, la agencia oficial de noticias de Rusia, y borrado horas después cuando se vio la amplitud de la resistencia ucrania. Asombrosamente, algunos miembros de la alta dirección pensaban que sería un paseo militar, ya que el artículo anuncia la llegada de “una nueva era”, en la que Rusia “restauraría su plenitud histórica” al reunificar al pueblo ruso “en su totalidad de los gran rusos, los bielorrusos y los rusos menores”. La independencia de Ucrania, continúa, es intolerable porque supone la “desrusificación de gentes rusas”.

¿Puede Rusia decir más claramente que la OTAN no era más que un síntoma menor de un problema mayor? Rusia hablaba públicamente de la OTAN porque sabía que esto era algo que quienes recelan del poder estadounidense podían asumir fácilmente, como una manera de minimizar la responsabilidad rusa. Sin duda debemos recelar del poder estadounidense, pero si atendemos a lo que dice Putin, entonces debemos reconocer la expresión clara y orgullosa de sus ambiciones imperialistas con respecto a Ucrania.

Putin y la izquierda

¿Todavía hay quienes piensan que Putin es una especie de izquierdista? ¿Es por eso por lo que algunos círculos de izquierda occidentales (aunque no los círculos de izquierda del este de Europa) se resisten a atribuir las mismas viles intenciones a Rusia que las que atribuyen a EE UU? Es cierto que Putin estuvo durante mucho tiempo al servicio del Estado soviético, fue miembro del Partido Comunista y, como es sabido, lamentó el fin de la Unión Soviética. También es cierto que en la mayoría de los conflictos internacionales durante la guerra fría, salvo en los internos del bloque soviético, la URSS se hallaba normalmente en el bando progresista.

Sin embargo, Putin no entró a formar parte del aparato estatal soviético por algún motivo progresista, sino para servir a un Estado ruso poderoso. No hay pruebas de que Putin se hubiera interesado jamás por alguna clase de ideología de izquierda. Simplemente sigue la tradición de aquellos viejos emigrantes imperiales del ejército blanco que comenzaron a adherirse a la Rusia soviética en la década de 1930 cuando vieron que ésta restauraba el poder gran ruso por el que habían pugnado toda la vida.

De hecho, quien más se acerca a ídolo intelectual de Putin es uno de los principales teóricos del bando antibolchevique durante la guerra civil: Ivan Ilyin, un monárquico cristiano y temprano admirador de Hitler, cuyas cenizas recuperó Putin de EE UU para volver a enterrarlas con todos los honores en Moscú. En cuanto a los líderes rusos que emula, su modelo es el zar Alejandro III, quien revirtió las reformas de su predecesor y reforzó el régimen autoritario durante su reinado de 1881 a 1894, convirtiéndose en modelo de la derecha europea occidental que se oponía a las reformas liberales y socialistas, del mismo modo que Putin es ahora un modelo para Marine Le Pen o Tucker Carlson en su lucha contra las tendencias descaradamente igualitarias de hoy.

George Kennan expresó sus advertencias con respecto a la expansión de la OTAN antes de que nadie hubiera oído hablar de Vladímir Putin. Cualquier país como Rusia se mostraría probablemente recelosa de tener a la OTAN junto a su frontera, pero no trataría a Ucrania como un país privado de los más elementales derechos de autodeterminación. Ni Lenin ni Gorbachov ni Yeltsin dieron ese trato a Ucrania, y Putin ha denunciado a los tres. Tampoco cualquier  otro país como Rusia respondería a una remota posibilidad de ingreso de Ucrania en la OTAN con una guerra abierta. Y para quienes no se resisten a alegar los temores justificados de Rusia ante la perspectiva de tener a la OTAN junto a sus fronteras, ¿cómo explicar una invasión que ‒como podría haber predicho cualquiera‒ ya está propiciando una OTAN más agresivamente antirrusa que lo que hemos visto desde el final de la guerra fría?

Reconocer la enorme culpa de Putin no implica dar un cheque en blanco a EE UU. Dada su negativa a impulsar el ingreso de Ucrania en la OTAN, debería haber rechazado públicamente esa posibilidad y favorecido el establecimiento de un acuerdo conjunto de neutralidad que habría desarmado el punto principal del argumentario de Rusia. Pero por muchos que sean los pecados y las culpas en que ha incurrido EE UU a lo largo de la historia, la guerra en Ucrania no figura en esa lista. Incluso Putin sitúa las causas de la guerra en en la aspiración de Ucrania a la plena independencia, una aspiración que, como ha dicho repetidamente, no puede aceptar.

Casi nadie en la izquierda ha apoyado la guerra. Pero decir “No a la invasión rusa” y pasar acto seguido a echar las culpas a EE UU, y únicamente a EE UU, por provocarla es casi lo mismo. No solo refleja la falta de comprensión básica de la realidad rusa, sino que también constituye una asombrosa traición de las principios más básicos del internacionalismo. Si queremos apoyar el derecho de autodeterminación de los países vecinos de EE UU, no podemos negárselo a los de Rusia. Si no somos capaces de reconocer la existencia de múltiples imperialismos, caemos en la misma clase a americanocentrismo que criticamos en otros.

31/03/2022

Foreign Policy In Focus

Traducción: viento sur

 

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