La guerra es un acelerador de partículas. Como toda crisis. Pero la guerra aún más. Especialmente bajo el capitalismo. Cambio climático. Pandemia. Recesión. Guerra. La excepción convertida en norma. Vivimos tiempos de doctrina del shock.

Al calor de la guerra en Europa se han acelerado debates que llevaban tiempo haciéndose hueco. En semanas se avanzan años. Con el pretexto de romper la dependencia energética rusa, la energía nuclear está a las puertas de vivir una nueva primavera. Y el gas se convierte en energía verde. Verde oscuro casi negro. Como aquel Acuerdo Verde Europeo. Propaganda que se lleva el viento. Compromisos climáticos que si te he visto no me acuerdo. La transición energética salta por los aires antes de despegar. Doctrina del shock.

Una década lleva la UE tonteando con el ejército europeo. Y ahí seguía en el cajón. Sin salir ni con el abrelatas de la autonomía estratégica. Pero Rusia invade Ucrania y el tiempo se acelera. Los presupuestos militares se disparan. Las armas se regalan. El paraguas de la OTAN se despliega. El negocio bélico se descorcha. La escalada bélica ya está armada. Doctrina del shock everywhere.

Y como el granero ucraniano anda atascado, aceleremos también los viejos y nuevos acuerdos de libre comercio. Chile. México. Mercosur. Litio. Grano. Soja. El capitalismo verde necesita patios traseros, almacenes oscuros y agujeros negros. Para que los coches eléctricos circulen por Bruselas, alguien tendrá que enchufar la tuneladora en el Sur Global. Que esas baterías no se van a construir solas. Ni mapuches ni Amazonas van a cerrar el grifo del biodiesel y los filetes baratos. ¿Algún problema, señora? ¿Acaso no ha visto que estamos en guerra? Ratifique aquí y circule. Ni referéndum, ni consulta ciudadana ni cláusulas con rostro humano. No hay tiempo. La doctrina del shock manda y no tu panda.

Pero podría ser al contrario. La doctrina del shock podría cambiar de bando. Las crisis no son una oportunidad. A la mierda el mindfulness. Las crisis son una brecha. Y brecha rima con disputa. La guerra abre otro campo de batalla.

Así que bienvenido sea el derecho internacional de vuelta al argumentario oficial. Si Putin debería acabar en la Haya juzgado por crímenes de guerra, abramos esa puerta de par en par y que pasen todos. Estos últimos meses Amnistía Internacional y Human Rights Watch han catalogado el sometimiento israelí sobre Palestina como genocidio. Un crimen de lesa humanidad. Hagan sitio pues en el Tribunal Penal Internacional y dejen hueco para el Sáhara Occidental, Yemen, el pueblo kurdo, el rohingya y tantos otros conflictos olvidados. Colas en los canales de La Haya.

La UE ha activado por primera vez su mecanismo temporal de acogida. Abrir las fronteras para recibir a quienes huyen de Ucrania no debería ser ni excepcional ni muestra de hipocresía. Empujemos para que sea norma a partir de ahora. Bienvenida para reformular la política europea de asilo y abrir una brecha en la Europa Fortaleza. Lo contrario cubriría de tufo xenófobo e interesado el gesto humanitario. Más que criticar la ventana, usemos el boquete para tirar todo el tabique.

Y si hablamos de dependencia energética y de cadenas de suministros atascadas, no dejemos que la nuclear, el gas y los acuerdos de libre comercio hagan eco al solitario. La profecía autocumplida se construye sobre nuestro silencio. Hay un debate. Hablemos. Hay un combate. Golpeemos. El IPCC ha vuelto a hacer sonar las alarmas climáticas. Han modelizado 3.000 escenarios de interacción entre economía y clima. Todos inválidos para frenar la catástrofe. Todos con una cosa en común: todos basados en el crecimiento económico. Estamos en shock. Empujemos por otras formas de producir, comerciar y consumir. La brecha está abierta desde que hace dos años descubrimos que por aquí cerca ya no se producen ni mascarillas.

Se suponía que no se podía suspender el techo de gasto, ni aflojar el corsé del Pacto de Estabilidad ni expropiar y nacionalizar empresas. Menos si son rusas. O estratégicas. O estamos en guerra. ¿Y por qué no quedarnos con esta sana costumbre? Hay un shock. La doctrina está botando en el aro. Si no le entramos, seguramente caerá del lado malo. Porque las crisis son tiempos de deforestación, barbecho y nuevos cultivos. Aprovechemos la estación para sembrar desmilitarización. Que luego es tarde y, si no nos ponemos, seguirán brotando las malas hierbas invasoras y los herbicidas aliados que todo lo queman.

Y es que cada vez que el capitalismo dice querer refundarse, acabamos pagando el alicatado integral los mismos de siempre. Encadenamos crisis. Momentos de cambios profundos. Una gran transformación está en marcha. Que por una vez lo excepcional se vuelva norma bajo otras normas. Si no hacemos nada, la enésima crisis se cerrará peor de lo que se abrió.

Miremos arriba. Una guerra relámpago anda suelta. Una batalla por el paradigma. Los poderosos son adictos a la excepcionalidad para moldear la nueva normalidad. El capitalismo siempre se ha construido a golpe de impactos. No les regalemos el monopolio de la ventana de oportunidad. La banca siempre gana si juega sola. Tocará entonces mover ficha para que esta vez la doctrina del shock cambie de bando. Crisis. Brecha. Disputa. Al lío. 

Gonzalo Donaire es militante de Anticapitalistas

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