El papel estructural que la vivienda juega en el capitalismo español, su efecto político a la hora de configurar la propia conciencia política de amplios sectores sociales, sitúan el acceso a la vivienda y la disputa por su uso como uno de los terrenos donde más claramente se expresa la lucha de clases y con ello, siembra el terreno para debates estratégicos que hacía tiempo no vivíamos. Este texto es una aportación militante a ese debat

En primer lugar, es necesario reconocer que si este debate se está produciendo es, entre otros factores, por la capacidad del movimiento de vivienda de intervenir en un conflicto que aún desarrollándose de manera larvada durante años, venía arrastrando un proceso continuo de aislamiento político del debate público.

En estos días vivimos un nuevo salto en este camino, dado que el movimiento de vivienda ha marcado un hito en el desarrollo del conflicto por el derecho a la vivienda convocando una jornada estatal de lucha para el próximo 5 de abril. Esta cita busca dar un paso más allá de las movilizaciones del pasado otoño, tanto por su intención de coordinar, por primera vez, protestas simultáneas en las principales ciudades del Estado, como por el salto de escala que supone levantar un movimiento político capaz de señalar la simbiosis entre instituciones, gobierno y patronal que sostiene el mercado inmobiliario.

Se busca dar continuidad a las movilizaciones que en otoño sacaron a miles de personas a las calles en Madrid, Barcelona, Burgos, Sevilla, Málaga, Oviedo, entre otras ciudades. Un contexto marcado por una escalada de precios de la vivienda, que es imposible desvincular del papel político de quienes han detentado el gobierno en los últimos años. La realidad es que, bajo los gobiernos progresistas, el precio de la vivienda no ha dejado de aumentar y el entramado legal que protege a los propietarios sigue fortaleciéndose. El acuerdo central entre quienes detentan la derecha y la izquierda parlamentaria sigue plenamente vigente: conservar el poder político del rentismo y grandes propietarios.

Frente a esta situación, entendemos que el objetivo del movimiento de vivienda debe buscar reforzar las capacidades estructurales de la clase trabajadora para disputar el derecho a la vivienda como un bien universal y de calidad. Mi hipótesis, que defenderé en estas líneas es que es necesario y posible combinar la construcción de un movimiento de vivienda autónomo e independiente del Estado, sobre la base de un sector de entre la clase trabajadora; como un pilar clave para la construcción de una fuerza social y política que rompiendo con la concertación social esté dispuesta a dar la pelea por el poder político en todos los terrenos posibles: barrios, calles e instituciones.

Bifurcaciones políticas: una sencilla comparativa entre la reciente manifestación del 9 de febrero en Madrid y las movilizaciones del pasado otoño.

Las movilizaciones del 13 de octubre en Madrid, pero también en Barcelona, Málaga, Sevilla y tantas otras ciudades, reflejaban en su propia composición niveles de conciencia híbridos, propios de movilizaciones amplias en un momento donde los revolucionarios no solo no contamos con la hegemonía, sino que apenas conformamos una minoría. Estos distintos niveles de conciencia responden a un proceso profundo, donde no solo la hegemonía reformista es palpable, sino que busca ser reforzada por el papel político que sostiene la izquierda progresista en torno a la concertación social ante cada conflicto que se manifiesta en nuestra sociedad.

Un ejemplo de cómo distintos niveles de conciencia pueden desarrollarse a través de la experiencia propia en un conflicto y materializarse en formas concretas de organización, disputa por objetivos concretos y los medios de los que se dota cada lucha, la encontramos en la rica experiencia que vive en estos meses el movimiento por la vivienda.

En el caso de Madrid, el pasado domingo 9 de febrero presenciamos una movilización impulsada por los distintos aparatos de la izquierda progresista: asociaciones vecinales (algunas de ellas agrupadas en la FRAVM), sindicatos como CCOO y UGT, y partidos como el PCE, PSOE, Podemos y Más Madrid. La línea política de la manifestación era nítida: la ley de vivienda estatal es una conquista útil de los gobiernos de coalición, cuya aplicación se ve obstaculizada por la negativa de Ayuso, impidiendo garantizar el derecho a la vivienda que el gobierno progresista ha logrado con su regulación.

Sin embargo, en la movilización de octubre, este mismo sector intentó imponer la misma narrativa. En cambio, la acción política consciente de un sector del movimiento, en particular el Sindicato de Inquilinas, permitió la apertura de un segundo camino. Esta intervención se dio en un contexto de crisis política temporal, como la que se abrió en aquellos días en torno a la vivienda debido a la negativa del PNV y Junts a debatir la legislación referente a los alquileres de temporada. Combinado con la debilidad crónica del arco político que viene sosteniendo a los gobiernos de coalición. De este modo, se presentó la posibilidad de, a partir de una experiencia concreta, elevar el nivel de conciencia y movilizar a amplios sectores de la clase trabajadora, más allá de los habituales núcleos activistas y militantes.

Esta intervención política es mucho más que la simple capacidad de "maniobrar con habilidad para hacerse un hueco en una movilización marcadamente vinculada a los equilibrios dentro del Consejo de Ministros…", como apuntaban Gonzalo Gallardo y Paula en un artículo. Más bien, responde a la decisión de quienes comprenden que es posible incidir en el desarrollo político de un conflicto para generar una vía política alternativa que fuera más allá de la habitual propuesta de la izquierda gobiernista.

La conclusión de la manifestación del 13 de octubre en Madrid fue clara incluso para la prensa progresista. El editorial de El País del día siguiente señalaba: "... la intensidad de la manifestación se ha centrado en la primera: el Gobierno de Pedro Sánchez. El Ejecutivo sabe desde hace meses que este puede ser un escollo inesperado, y hará lo posible para que el movimiento no se lo lleve por delante, según se desprende de conversaciones con distintos interlocutores".

Durante las semanas previas a la manifestación, el objetivo era claro: apuntar al eslabón más débil, un gobierno frágil parlamentariamente, sin voluntad para llevar a término ni siquiera sus propias propuestas y cuyo papel es esencial para garantizar los beneficios inmobiliarios. Se trataba de avanzar en un camino que arrastrase a cada vez más sectores de la clase trabajadora para demostrar, a partir de una experiencia concreta, que no es posible la solución a la crisis de la vivienda a partir de la conciliación entre intereses contrapuestos y que asistimos a un problema estructural sobre el que es posible intervenir si nos autorganizamos. Un paso en el largo camino de poner en evidencia la imposibilidad de resolver el problema de la vivienda dentro del marco del Estado capitalista.

Las diferencias entre estas dos movilizaciones son evidentes también en lo cuantitativo, que no marcha ajeno a lo político. Mientras que en la del 13 de octubre en Madrid participaron entre cien mil y ciento cincuenta mil personas, el 9 de febrero apenas se alcanzaron las treinta mil. Dado este salto político y numérico, resulta imprescindible extraer las lecciones que lo hicieron posible, no para regodearnos en ellas, sino para avanzar en el conflicto organizando a más sectores de la clase trabajadora y elevando su nivel de conciencia. Con la fecha del 5 de abril ya en el horizonte, estos dos caminos vuelven a ponerse sobre la mesa:

  • La estrategia de concertación impulsada por el gobierno, ejemplificada una vez más en cómo el PSC resolvió el conflicto de la Casa Orsola regalando 9 millones de euros a un gran propietario que pretendía expulsar a todas las vecinas para convertir las viviendas en pisos turísticos.
  • La construcción de un bloque social y político basado en la organización de sectores cada vez más amplios de la clase trabajadora, cuyos intereses son irreconciliables con los del mercado.

Las bifurcaciones son habituales en la historia de la lucha de clases. Tomar uno u otro camino no está decidido de antemano.

La lección política que debemos sacar de ese momento es la imperiosa necesidad de saber identificar y reconocer las oportunidades políticas que se nos abren. Ignorarlas no supone simplemente una oportunidad perdida de avanzar, sino un retroceso.

La huelga de alquileres como herramienta de lucha y sus límites estratégicos

Uno de los elementos que ha actuado eficazmente como catalizador de la conciencia colectiva entre amplias capas de la clase trabajadora ha sido la consigna de “huelga de alquileres”, popularizada por activistas del movimiento por la vivienda. Esta consigna ha demostrado ser útil en dos niveles fundamentales.

En primer lugar, como horizonte de lucha, la sola mención de una huelga general de alquileres ha permitido dinamizar el debate público generando una reacción visceral en sectores de la clase media y en la opinión pública en general. Para muchos, la idea de una huelga de alquileres simboliza el “desorden”, cuando en realidad no es más que una respuesta a la lógica caótica del mercado y su papel como mediador en el acceso a la vivienda.

En segundo lugar, en el plano estrictamente sindical, la huelga de alquileres ya está sirviendo para articular y poner a la ofensiva a centenares de inquilinas que comparten un mismo casero. Experiencias como las huelgas en los bloques de Néstar-Azora de la Comunidad de Madrid o la organizada contra La Caixa en Catalunya han sido ejemplos clave. Ampliar este tipo de estrategias no solo permite enfrentar conflictos concretos con herramientas eficaces, sino que también fortalece al movimiento al dotarlo de una base organizativa sobre la que construir un sindicalismo de masas.

Sin embargo, es imprescindible que reflexionemos seriamente sobre situar en la huelga general de alquileres la apuesta central del movimiento de vivienda ante la actual relación de fuerzas del movimiento y de la izquierda en particular. Llevar a cabo y sostener una huelga de alquileres a nivel estatal exige un alto grado de desarrollo organizativo y un nivel de conciencia considerable entre quienes deben protagonizarla, condiciones que aún están lejos de alcanzarse. No puede tratarse de una mera amenaza táctica para futuras negociaciones, como ha hecho de manera oportunista el secretario general de UGT, sino de una herramienta de lucha basada en nuestras propias fuerzas y orientada a fortalecer la autoorganización.

El papel del Estado

Si analizamos con mayor profundidad la viabilidad de una huelga general de alquileres en las condiciones actuales, encontramos un problema estratégico de fondo: la idea de que es posible ignorar el poder político y basta con pasar del gobierno y enfrentar directamente a la patronal sin considerar el papel del Estado. Esta concepción, reflejada en consignas como “es el fin del tiempo de los políticos”, parte de una lectura errónea de la realidad.

No es posible organizar un conflicto de la escala de una huelga general de alquileres sin tener en cuenta el rol del Estado capitalista en las sociedades contemporáneas. Pretender que basta con desafiar a los grandes propietarios sin considerar la intervención estatal es un error de análisis. En nuestras sociedades, el Estado está presente en todos los ámbitos de la vida social y actúa como mecanismo de mediación entre la burguesía y el conjunto de la sociedad.

Cualquier huelga, y quienes han participado en una lo saben bien, se enfrenta inevitablemente a la mediación estatal en alguna de sus formas. Arbitrajes, el reglamento que acota el desarrollo de una huelga, instancias de mediación social, inspecciones de trabajo, juzgados, distintas formas de mediación del Estado en un conflicto de este tipo. Esto es aún más cierto en el caso de una huelga general, ya sea laboral o de alquileres, que desafía pilares fundamentales del capitalismo español como el rentismo y el mercado inmobiliario. Mercado y Estado no pueden separarse en el capitalismo contemporáneo: el Estado no solo garantiza la propiedad privada, sino que también interviene activamente para asegurar la estabilidad del mercado.

Reconocer nuestra actual debilidad para disputar el poder político no debe llevarnos a la búsqueda de atajos. Como cantaba Lisa Simpson: “a los monstruos no mirar” no hará que desaparezcan. En definitiva, una huelga debe ser un medio para mejorar nuestras capacidades y elevar el nivel de organización y conciencia, no un fin en sí mismo.

El factor subjetivo y el movimiento de vivienda.

El movimiento de vivienda no surge de la nada ni por simple impulso emocional. Es el producto de condiciones objetivas —la especulación inmobiliaria, el incremento de los alquileres, la exclusión de sectores populares del acceso a la vivienda— y de condiciones subjetivas, modeladas por la conciencia de clase, la organización y las intervenciones políticas.

En este contexto, las huelgas de alquileres, las resistencias a los desahucios o las pasadas movilizaciones, como expresión de lucha directa, no surgen del vacío, sino de una acumulación de experiencias y resistencias cotidianas que configuran la conciencia política de la clase trabajadora, junto con la intervención organizada de militantes y activistas. Esta experiencia es particularmente valiosa porque incide y comienza a dar frutos concretos en lo que considero es en el gran reto de nuestra época: reconstruir la subjetividad del proletariado.

El primer requisito para esta tarea es no engañarnos y ser conscientes del terreno que pisamos. Por un lado, asistimos a un profundo proceso histórico en el que el auge de la extrema derecha no implica solo el avance de sus expresiones partidarias concretas, sino también la consolidación de una concepción hegemónica del mundo entre amplias capas de la sociedad. Se trata de una combinación de conservadurismo social y rechazo de las formas de organización política, económica y social impuestas por liberales y socialdemócratas tras la Segunda Guerra Mundial. Cualquier intervención debe considerar que el ascenso de la extrema derecha viene a profundizar la descomposición social de las comunidades y la desarticulación de las formas más básicas de autoorganización de la clase trabajadora que el neoliberalismo ya viene ejerciendo hace décadas. Esto reduce al mínimo sus instintos más elementales como sujeto político, mientras ensalza el individualismo y el racismo, a la par que refuerza el papel autoritario del Estado capitalista como organizador social. No es posible un proceso de acumulación social paciente sin enfrentar esta realidad. Solo una respuesta articulada de la clase trabajadora, consciente de sus capacidades, puede hacer frente a la ofensiva fascista en sus diferentes formas.

De esta realidad, es decir, de sus condiciones objetivas y subjetivas, se derivan nuestros métodos de lucha, y no al revés. Esto determina tanto la labor de una organización revolucionaria como la de una asamblea vecinal o un sindicato. Nadie se plantea, de entrada, convocar una huelga de alquileres o derrocar al Estado burgués solo para enfrentarse a su casero. Esto ocurre porque, en nuestros días, el reformismo no es simplemente una corriente política más, sino la forma natural en que la clase trabajadora se expresa políticamente cuando logra superar el conformismo instaurado. Décadas de ofensiva capitalista y la derrota histórica de cualquier alternativa socialista han erosionado la capacidad de las trabajadoras para reconocerse como sujeto político. La tarea de nuestro tiempo, por tanto, no se reduce a confrontar a las direcciones reformistas, sino que implica dar los primeros pasos para revertir una crisis que afecta al proletariado en su propia existencia como clase diferenciada de la burguesía y la clase media. Más aún, se trata de recuperar su conciencia como clase con intereses propios y con una misión histórica que cumplir.

¿Dónde empezar? Un primer hilo del que tirar para recomponer lo que la victoria del capitalismo ha fragmentado lo encontramos en la idea de Marx de que "los hombres han partido siempre de sí mismos". Esto nos ofrece una oportunidad para revertir la situación. Un ejemplo: para quienes necesitan la sanidad y la educación pública, estos servicios siguen siendo conquistas de la clase trabajadora que cubren necesidades inmediatas y que deben ser defendidas ante el proceso de mercantilización al que el capitalismo aspira, convirtiéndolos en un espacio más de reproducción del capital. Partiendo de "sí mismos", millones de personas se sienten interpeladas por esta lucha, que pone en primer plano las contradicciones impuestas por el capitalismo al restringir derechos conquistados y tratarlos como bienes de mercado.

En este contexto, es natural que surjan herramientas organizativas propias para enfrentar estos conflictos, como una asamblea vecinal que reparte propaganda sobre el cierre de un centro de salud y recoge firmas. Del mismo modo, recurren a los dispositivos políticos disponibles, que hoy no son otros que las distintas expresiones de la izquierda progresista.

Sin embargo, en lugar de asumir que este estado de conciencia es inamovible, esta incipiente forma de politización "partiendo de sí mismos" abre un abanico de oportunidades. Lenin expresaba esta misma idea con sus propias palabras: "El odio hacia los capitalistas es siempre y en todas partes el primer estímulo para despertar el esfuerzo de los obreros por defenderse". A partir de este punto, la conciencia subjetiva no es estática; sus niveles de desarrollo dependen de la capacidad de intervención de los revolucionarios en el movimiento. La historia del movimiento obrero muestra que la formación de la conciencia de clase no es un proceso lineal ni el resultado de un desarrollo progresivo por etapas, sino un camino lleno de avances, retrocesos y bifurcaciones imprevisibles.

La conciencia política emerge en la cotidianidad de las resistencias contra la explotación y la dominación capitalista. En este sentido, el movimiento de vivienda tiene una utilidad evidente: permite dar una explicación colectiva del desarrollo capitalista a cada caso particular e incorporarlo en una lucha autoorganizada por un derecho de aspiración universal a través de formas de organización autónomas del mercado y del Estado. No asumir como natural una subida de alquiler, enfrentarse a un desahucio o chocar con el Estado en la figura de jueces y policías son experiencias directas que rompen con la lógica de la pasividad. La necesidad de asociarse con iguales para encarar estas situaciones desmonta el enfrentamiento individualizador del mercado. La posibilidad real de victorias, por pequeñas que sean, refuerza la confianza en nuestras propias capacidades. Y el hecho de que todas las conquistas sean siempre temporales coloca cada avance como una trinchera que debe ser defendida ante futuras embestidas del enemigo.

Sembrar estas condiciones para reconstruir una conciencia de clase propia nos sitúa hoy más cerca de la I Internacional que de sus descendientes. Experiencias como una asamblea vecinal, un colectivo sindical o una organización estudiantil pueden convertirse en lo que Marx denominó “escuelas de guerra”, primeras experiencias de politización. A partir de problemas concretos, buscamos avanzar en el desarrollo de un nivel de conciencia tal que comprenda que los derechos en disputa no podrán ser universales sin una ruptura con el capitalismo.

Es sobre este terreno donde pueden desarrollarse las condiciones para la construcción de un proyecto anticapitalista en el momento político actual. Para ello, recordando a Marx, la conciencia de masas es una fuerza material.

La intervención de los revolucionarios en los movimientos amplios. El papel de las mediaciones. “A las masas” III Int.

Este es, sin duda, un tema complejo. Si entendemos los movimientos sociales como expresiones actuales de las luchas de los sectores más activos de la clase trabajadora, el movimiento por la vivienda es un claro ejemplo. Sin embargo, décadas de utilización oportunista han generado en estos movimientos una comprensible sospecha hacia la intervención de militantes de organizaciones políticas. Rehacer los lazos de confianza mutua y plantear los debates de manera honesta es una tarea ineludible para el desarrollo de una estrategia que permita reconstruir una fuerza social y política ecosocialista.

Esta es una labor que Marx y Engels describen en el Manifiesto Comunista como la tarea de los comunistas allí donde el proletariado se decide a dar batalla, “luchan por la consecución de los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera, pero también son la voz en el movimiento actual del futuro del movimiento”. La tarea estratégica que nuestros camaradas alemanes nos presentan es la de como revolucionarios construir en el seno del movimiento el puente entre el presente y el horizonte, ecosocialista decimos hoy algunos. No de cualquier manera, sino a través de las luchas cotidianas que aspiran a conquistas concretas reconocibles por millones de entre la clase trabajadora y “objetivos”, que por ejemplo hoy se expresan en una política defensiva frente al natural miedo a la ola reaccionaria. Este podría ser un buen resumen de nuestra tarea militante.

Esta tensión entre lo que potencialmente puede ser y lo que actualmente es, ha sido objeto de reflexión de algunos de los principales exponentes del marxismo internacional. Veamos algunos ejemplos.

En ¿Qué hacer?, Lenin plantea esta misma idea como una tarea central de la organización política:

"El Partido Socialdemócrata Ruso anuncia como su tarea: ayudar a la lucha de la clase obrera rusa mediante el desarrollo de la autoconciencia de clase de los obreros, mediante asistencia a sus organizaciones y señalando las tareas y objetivos de la lucha".

Es útil detenernos en esta formulación:

¿Qué? Lenin nos plantea una tarea concreta: apoyar a la clase obrera en su lucha mediante la clarificación de las tareas concretas y los objetivos de la lucha.. Es decir, el militante revolucionario, el tribuno del pueblo en palabras de Lenin, actúa como un puente entre el presente de lucha y el horizonte socialista.

¿Cómo? No se trata de aceptar el nivel actual de conciencia como un límite, sino como un punto de partida para elevarlo. Esto implica intervenir en los conflictos específicos señalando las tareas concretas que enfrenta en cada momento específico de la lucha de una clase obrera históricamente determinada en un contexto concreto.

¿Para qué? El objetivo no es otro que alcanzar el socialismo, el único horizonte capaz de universalizar las conquistas de la clase trabajadora como derechos para toda la humanidad.

¿Dónde? Lenin enfatiza la importancia de asistir a las organizaciones de la clase. Si aspiramos a construir una hegemonía ecosocialista, es imprescindible intervenir en las experiencias propias que surgen en los sectores donde se despierta la conciencia de clase, por tímida o primaria que sea.

Las luchas espontáneas reflejan la primera forma de conciencia de clase. En estos movimientos conviven diferentes niveles de conciencia, pero el simple hecho de dotarse de organización propia, ampliar su alcance y luchar por sí mismos frente a la dinámica de individualización y delegación, ya representa una oportunidad valiosa para el desarrollo de una conciencia política.

Incluso los soviets, tantas veces mencionados, no fueron desde el inicio órganos de poder revolucionario. Fueron asambleas donde coexistieron y se enfrentaron diversas corrientes políticas y del socialismo, incluso después de la revolución bolchevique. Esto nos recuerda que la disputa política dentro de los movimientos es un terreno imprescindible para la construcción de una alternativa.

¿Implica esto la disolución de los revolucionarios en el movimiento?

Este es, sin duda, un riesgo siempre presente. La distinción teórica entre las tareas revolucionarias y sus formas de organización no siempre se traduce de manera nítida en la práctica, ya que en la realidad nos enfrentamos a múltiples complejidades en cada tarea y debate. Todo militante que asume responsabilidades en la construcción de un movimiento y en el desarrollo de una organización revolucionaria debe lidiar con esta tensión.

En este sentido, la reflexión de Lenin en ¿Qué hacer? complementa lo que venimos analizando:

“La resistencia obrera es heroica y admirable (...), y todos los socialdemócratas tienen el deber de participar en ella. Sin embargo, también tienen el deber de explicar el socialismo. Ambos deberes tienden al mismo resultado: la fusión del socialismo y el movimiento obrero.”

La claridad de Lenin es contundente: la tarea de los revolucionarios no está en un solo lado, sino en ambos. La fusión del socialismo con el movimiento obrero requiere intervenir desde dentro del movimiento y, al mismo tiempo, impulsar la perspectiva socialista con un proyecto estratégico integral. Esta distinción mantiene una relación dialéctica entre ambos elementos, muy distinta de las tesis mecanicistas que reducen los movimientos sociales a simples correas de transmisión de una organización política.

Las diferencias entre estas hipótesis no son meramente organizativas; se complejizan aún más en nuestro tiempo, donde apenas quedan vestigios del movimiento obrero que fue. Sin embargo, esto no invalida uno de los pilares fundamentales del leninismo: el desarrollo del factor subjetivo como elemento decisivo en la construcción de una alternativa política propia de la clase trabajadora.

Cada crisis y cada oportunidad política deben ser concebidas por los revolucionarios como momentos para desarrollar la conciencia socialista, partiendo de los problemas concretos de la clase trabajadora. ¿Cuál es el destino final de estos procesos? No está predeterminado. Pueden derivar en formas de solidaridad y apoyo mutuo o en la creación de experiencias y organizaciones políticas que impulsen el conflicto hacia un horizonte socialista. La fusión de ambas dimensiones es nuestra gran aspiración: hegemonizar, convencer e impregnar con una perspectiva ecosocialista al movimiento.

La derrota histórica del movimiento obrero nos plantea un escenario mucho más complejo que la simple puesta en marcha de organizaciones dependientes de una u otra corriente política, la disolución en frentes dominados por direcciones reformistas o la dispersión en el movimientismo. Frente a estas opciones, nuestra tarea como revolucionarios es ampliar al máximo posible la base obrera de las experiencias que emergen, desarrollando su potencial mientras el nivel de conciencia avanza al calor del conflicto.

Es precisamente en este proceso donde se abre el clivaje entre reformistas y revolucionarios. A medida que las luchas se profundizan, las condiciones objetivas y subjetivas se transforman, permitiendo la construcción de la clase como sujeto y la distinción entre quienes aspiran a la integración del movimiento en la dinámica cotidiana del Estado y quienes aspiramos a su superación, son dos consecuencias de nuestra intervención y no su punto de partida.

Se trata de una cuestión estratégica central, pues la comprensión de este principio teórico nos conduce necesariamente a un tipo de trabajo político concreto que va más allá de la simple acumulación individual de militantes. La construcción de un proyecto anticapitalista en la actualidad requiere pensar honestamente en los caminos para dotarlo de las condiciones que lo hagan viable. Un partido revolucionario, si existiera algo digno de tal nombre, tendría un papel fundamental en este proceso de articular el "acontecimiento" y sus condiciones de preparación alimentando las nuevas formas en las que se expresa el movimiento obrero de nuestro tiempo.

Responder al poder político del rentismo con nuestra propia alternativa. Un breve apunte sobre la cuestión del “poder popular”.

"Construir, crear poder popular" fue una de las consignas más empleadas por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile y que desde hace unos años hemos recuperado insistentemente desde Anticapitalistas. En nuestra opinión condensa la tarea imprescindible de armar un poder social propio con el que la clase trabajadora es capaz de organizar y disputar el control del espacio público y los nodos de producción y distribución de la riqueza. “Poder Popular” no constituye únicamente una movilización permanente donde articular a los distintos sectores que hoy componen nuestra clase, sino que instaura la antesala de un poder político propio. Se desarrolla bajo dos principios básicos, la independencia de clase y la unidad del conjunto de la clase trabajadora, que en el caso del conflicto por la vivienda podemos condensar en:

1.Abandonar el estatismo, es decir, la tendencia a la reclamación constante al Estado y en especial a los partidos progresistas cuyo papel queda recluido a trasladar a la institución las demandas sociales. Se trata de legitimar la capacidad de tomar como propias determinadas tareas sociales que el Estado cede al mercado.

2.Institucionalizar un poder propio capaz de un control colectivo de la riqueza producida retomando el conflicto en el campo de la distribución. Donde el movimiento de vivienda es capaz de disputar, ocupar y gestionar bajo principios democráticos y ecosocialistas el acceso a un bien imprescindible como la vivienda frente a la lógica exclusiva del mercado. Por ejemplo, pensemos las posibilidades de que el movimiento de vivienda imponga su control sobre miles de viviendas vacías de la Sareb, recuperándolas para su uso social e imponiendo al Estado su reconocimiento.

3.Poder popular y poder político, dos caras de una misma moneda. Quizás esta sea una de las principales conclusiones de la experiencia del MIR y que supera con mucho la vocación de estas páginas. Sirva como referencia el ejemplo del conflicto de Casa Orsola en Barcelona. Como tras más de dos años construyendo un poder social capaz de enfrentar a un fondo de inversión, es en última instancia utilizado por un poder político como el PSC para legitimar la entrega de fondos multimillonarios a unos especuladores. Con lo que es evidente que no podemos ignorar que el resto de agentes políticos siguen interviniendo ante una crisis como la vivienda que lejos de cerrarse se profundizará en los años que vienen. Ante la cual lo “social” no puede desarrollarse ignorando lo que sucede alrededor, decidiendo en qué momento y sobre qué terreno entra a la disputa y bajo qué condiciones decide el fin del envite. Pues ante una grave crisis, como actualmente sucede con la vivienda, el resto de agentes políticos también intervendrán en busca de sus propios objetivos. La orientación de los partidos de gobierno es clara en este sentido. Garantizar los beneficios inmobiliarios a través de una nueva fiscalidad y el impulso de una oleada de nueva construcción; a la par que busca quebrar el potencial bloque político de entre la clase trabajadora que puede disputar el papel mercantil de la vivienda ofreciendo salidas individuales para los sectores en mejores posiciones, como ya está ofreciendo el Gobierno de coalición a modo de bonos de alquiler y avales hipotecarios. Nuestra apuesta no puede ser simplemente ignorándolos a base de acción sindical. Pues si toda nuestra tarea es la acumulación paciente de fuerzas sin ningún horizonte al margen de la política, acabaremos derivando esta tarea “política” en los partidos llamados a representar a las “luchas sociales” canjeando la presión en las calles por negociaciones en los pasillos institucionales.

En definitiva, ser capaces de dotarnos de una organización capaz de armar un polo político estable, independiente y sustentado sobre un sector de entre la clase trabajadora que partiendo y alimentando las fuerzas creadas por abajo sea capaz de presentar una alternativa integral ecosocialista y de intervenir estratégicamente en cada coyuntura política concreta para hacernos más fuertes. Por lo tanto, el poder popular y el poder político no son instancias en competencia, sino los dos pilares de un poder de clase propio que nos permita superar la impotencia. Un partido ecosocialista de las trabajadoras puede ser la herramienta que articule esta conexión entre organizaciones políticas y sociales comprometidas con una hipótesis de ruptura, alimentando objetivos tanto a corto como a largo plazo. Para ello, debe romper con la concertación social y estar dispuesto a disputar el poder político en todos los frentes posibles: barrios, calles e instituciones.

Conclusión

Por propia honestidad con nosotros mismos, tras la derrota de las experiencias de quienes nos precedieron, la reconstrucción del proyecto comunista es una tarea imposible de separar de la reconstrucción de eso que llamamos el movimiento obrero como instituciones autorganizadas de la clase trabajadora. La posibilidad de un choque revolucionario es profundamente dependiente de nuestras capacidades para crear esto, las condiciones que lo hagan posible. Por eso mismo ante unas condiciones objetivas críticas, nosotros ponemos el foco en el desarrollo de eso que se ha venido a llamar el “factor subjetivo”.

Las conocidas medidas de transición constituyen una parte esencial del corpus político que, en nuestra opinión, recoge lo mejor de la tradición socialista, especialmente la III Internacional Comunista. Categorías como gobierno obrero y frente único atravesaron los debates más creativos de revolucionarios de la talla de Clara Zetkin, Radek, Trotsky, Thalheimer, Rosa Luxemburgo y el mismo Lenin. Este debate programático buscaba generar las condiciones necesarias para que fuera posible el gran acontecimiento, la ruptura revolucionaria, a partir de las condiciones dadas. Conceptos tan manoseados como el de "hegemonía" en Gramsci persiguen el mismo fin: desarrollar la conciencia subjetiva, del reformismo a una orientación netamente socialista, en un contexto económico, social, cultural y político concreto.

Un tiempo como el nuestro nos sitúa posiblemente más cerca de quienes tras la sangrienta derrota de la Comuna de París ni imaginaban una futura II Internacional, que de las disputas por la dirección del movimiento obrero de la III. Esta es posiblemente la gran tarea de nuestra época frente a la ofensiva reaccionaria. “Lo cual, por cierto, exige a la militancia comunista una especial flexibilidad, humildad y dedicación a la hora de hacer un trabajo fuera de focos y lejos aún de los períodos revolucionarios que vivieron aquellas generaciones” como muy acertadamente comentaba el camarada Miquel Díaz en Sin Permiso.

¿Cómo avanzar hacia este objetivo?, aún a riesgo de resultar redundante, Lenin continúa en la misma obra del “¿Qué hacer?” con una idea clave para la reconstrucción de la clase trabajadora como agente político, es decir, que se conciba a sí misma como clase trabajadora, apunta como imprescindible “...el conocimiento no solo teórico, digamos más bien menos teórico que basado en la experiencia de la vida política”. Es importante recalcar esta idea, pues Lenin apunta constantemente el papel de las experiencias en la vida política como el factor decisivo en el desarrollo de la conciencia. ¿Quiere decir esto que todo está hecho? Nada más lejos de la realidad. La conciencia que la clase trabajadora pueda tener de sí misma puede hacerla consciente de sus intereses particulares, pero esto no se traduce automáticamente en la necesidad de una transformación ecosocialista de la sociedad para que sus intereses sean realizados.

Consideramos que es posible y necesario construir un movimiento de vivienda autónomo e independiente del Estado, arraigado en un sector de la clase trabajadora, como un pilar clave para desarrollar una fuerza social y política. Un ejemplo de a lo que nos referimos desde Anticapitalistas, cuando hablamos de estrategia, no nos referimos a una iniciativa militante particular, sino a la relación entre el movimiento actual, nuestras tareas cotidianas y el objetivo final. Es en este triángulo donde se preparan las condiciones necesarias para el acontecimiento político y la disputa del poder. En este marco de mediaciones complejas y diversas convergen el movimiento obrero—en toda la amplitud de sus formas, como el movimiento de vivienda—y la organización revolucionaria.

Será a través de experiencias reales y masivas de la lucha de clases donde podremos poner a prueba y desarrollar nuestras hipótesis estratégicas.

01/04/2025

Víctor de la Fuente, militante de Anticapitalistas

Referencias

Mandel, Ernest (2023) La huelga general. Cuestiones estratégicas. Madrid: Viento Sur

Bonnet, Alberto y Piva, Adrián (comps.) (2020) Estado y Capital. El debate alemán derivacionista. Madrid: Dado Ediciones.

Lenin, Vladimir Ilich (2015) ¿Qué hacer? Madrid: Akal.

Artous, Antoine (2019) ¿Huérfanos de una estrategia revolucionaria?. París: Contretemps

Bensaid, Daniel (2017) Estrategia y Partido. Madrid: Sylone

Díaz, Miquel (2024) Movimiento de masas y lucha revolucionaria. Para un debate en torno a la lucha por la vivienda frente a las concepciones del Movimiento Socialista. Sin Permiso

 

 

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