Hace dos semanas miles de personas dieron el pistoletazo de salida a las marchas de la dignidad. Seis columnas (noroeste, norte, noreste, este y sur) recorrieron cientos de kilómetros hasta confluir en el día de ayer en Madrid, convirtiéndose en una de las movilizaciones más importantes desde 1978, tal y como afirmaba uno de los portavoces. Una movilización multitudinaria en el sentido más creativo del término: masiva, plural, con toda la diversidad de los subalternos representada tanto a nivel generacional, como nacional, con los diferentes sectores del mundo del trabajo participando en las calles. El significado de esta movilización en un contexto donde la atomización y la soledad corporativa son la estrategia de la clase dominante para los trabajadores trasciende de las cifras.
Madrid se llenó desde primera hora de la mañana. De poco sirvió el boicot que la Delegación del Gobierno, capitaneada por Cristina Cifuentes, puso en marcha contra más de cien autobuses que venían desde diferentes ciudades a participar en la convocatoria. Horas antes, el Presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, ya se había referido a los organizadores de la marchas como equivalentes al grupo neonazi griego “Amanecer Dorado”. El listón estaba alto.
Un gobierno que no busca ya negociar ni integrar las demandas de los manifestantes se revela como un gobierno potencialmente débil, a pesar de su aparente fortaleza. Su fortaleza reside más en la inexistencia de una alternativa que sea capaz de llevar el patrimonio común acumulado por el movimiento anti-austeridad al plano político que en su capacidad de convencer o legitimarse ante la mayoría de la población.
El Gobierno tenía miedo. Y es que desde La Moncloa se habían dado instrucciones de evitar por todos los medios que las marchas pudieran producir un efecto político que pudiera desestabilizar al gobierno a dos meses de las próximas elecciones europeas. En todo caso, más allá del baile de cifras habitual (la organización de las marchas habla de 2 millones en el día de ayer), lo que es una percepción mayoritaria es que Madrid ayer quedó desbordada.
A las 16.00 los aledaños de la estación de Atocha estaban colapsados a pesar de que la manifestación no comenzaría hasta pasada una hora. La masividad de la convocatoria impedía avanzar en la sólida columna humana que llenaba todos los carriles, aceras y jardines del Paseo del Prado. Cortejos, banderas y consignas de cientos de organizaciones y movimientos que llenaron de color el centro de Madrid al grito de “sí se puede”.
La manifestación transcurrió con la normalidad empapada de excepcionalidad que impregna las grandes citas. Elaboradas performances, micrófonos y mucho ánimo entre los manifestantes, conscientes de se estaba consiguiendo algo importante, reabriendo un ciclo ilusionante tras un último periodo marcado por una cierta sensación de cansancio. Gran parte de la manifestación ni tan siquiera consiguió aproximarse Colón dónde Willy Toledo y Olga Rodríguez leían el manifiesto que daría por terminada la jornada de lucha no sin antes emplazar a los asistentes a continuar peleando. A ellos se unió el Secretario General del SAT, que alentó lo que denominó “el juicio popular al Gobierno”.
Valorar en términos de victoria o derrota una convocatoria siempre excluye los matices, en ocasiones imprescindibles para hacerse una adecuada composición de lugar. Las marchas de la dignidad han sido un ejemplo de madurez política y visión estratégica. En primer lugar, porque han desplegado un discurso valiente, sin complejos, que enlaza a la perfección con el sentir mayoritario de una población asfixiada por la crisis y los recortes: no pago de la deuda ilegítima, derogación del artículo 135 de la Constitución, derecho a decidir de los pueblos, apertura de procesos constituyentes, contra las privatizaciones, etc./1 En segundo lugar, ha sido una convocatoria de unidad y para la mayoría social, donde han primado los intereses materiales que unen a los de abajo, siendo esta una precondición de toda iniciativa con capacidad para transformar la sociedad de base. Esta unidad popular se ha articulado al margen de los aparatos de los sindicatos integrados en el régimen, impulsada por una sugerente síntesis entre la izquierda política (desde la institucional a la alternativa), algunos sindicatos alternativos de corte socio-político (el SAT andaluz o la CUT gallega) y muchas de las activistas procedentes de las mareas post-15M. Es quizás a través de esta asociación cómo podremos quebrar las instituciones del 78 (partidos, organizaciones y sus espacios en la sociedad civil) y arrastrar a muchas personas desafectas con las izquierdas o las derechas del régimen. La potencia constitutiva de un nuevo sujeto antagonista se configura cuando los de abajo se mueven y trenzan alianzas en un plano de igualdad que solo la calle o la plaza conceden, cuando sectores con referencias militantes y/o procedentes de realidades diversas comparten experiencias, se dan cuenta de que comparten intereses y crean un patrimonio común en torno al cual hacer política.
Este 22 de marzo de 2014 no será olvidado con facilidad. Los pilares de un régimen basado en la alternancia entre lo malo y lo menos malo están muy debilitados, aunque aún no heridos de muerte. Movilizaciones como estas hacen mella; millones de personas comentarán a lo largo de estos días cómo vivieron la experiencia de las marchas, en qué parte de la manifestación estuvieron o lo injusto y premeditado que resulta que los medios de comunicación sólo se refieran al 22-M como un problema de orden público. Las actuaciones policiales demuestran ese “bloqueo” en la capacidad de escuchar del régimen, pero también ponen al movimiento ante nuevos retos. ¿Como convertir esta energía en poder popular? ¿Como unir y complementar diferentes métodos de lucha?.
Millones repetirán aquello del “sí se puede”, llevarán allá por donde vayan la sonrisa cómplice de quien ha formado parte activa del poder ciudadano que ha conseguido hacer de la reivindicación del “pan, trabajo y techo” el mínimo común denominador sobre el que construir las resistencias futuras. El potencial de un nuevo comienzo que recoja todo lo que hemos ido construyendo esto años está sobre la mesa. Juguemos y ganemos.
Pablo Perpinya y Brais Fernández son militantes de Izquierda Anticapitalista.
Notas
1/ El manifiesto está disponible en: http://marchasdeladignidad.org/objetivos/manifiesto/








