“La Ucrania moderna fue creada completamente por Rusia o, para ser más precisos, por la Rusia bolchevique, comunista. Este proceso comenzó prácticamente justo después de la Revolución de 1917, y Lenin y sus asociados lo hicieron de una manera extremadamente dura con Rusia, separando y cercenando lo que históricamente es tierra rusa”

(Vladimir Putin, discurso a la Nación, 21 de febrero de 2022)

Vladimir Putin, en quien cierta izquierda nostálgica quiere ver al gran bolchevique que pretende reconstruir la URSS y el comunismo, dejó, una vez más, clara su posición sobre Lenin y los bolcheviques durante su discurso de febrero pasado. Fue al anunciar el reconocimiento oficial de la Federación Rusa a la independencia de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Luhansk[1] en la región ucraniana del Dombás. El presidente ruso pretendió dar una clase de historia a sus ciudadanas y ciudadanos; no era la primera vez que lo hacía:

Cuando se trata del destino histórico de Rusia y sus pueblos, los principios de desarrollo estatal de Lenin no fueron solo un error, fueron peores que un error (…). En realidad, como ya he dicho, la Ucrania soviética es el resultado de la política de los bolcheviques y puede llamarse legítimamente la Ucrania de Vladimir Lenin; él fue su creador y arquitecto.

Putin recriminó una y otra vez la defensa que Lenin hacía de la autodeterminación de las repúblicas que fundaron la Unión Soviética en 1922, Rusia, Bielorrusia, la República Transcaucásica [Georgia, Azerbaiyán, Armenia] y Ucrania –Estado independiente desde 1919–, acusándole de fomentar nefastos nacionalismos que luego hipotecarían el futuro de la URSS:

La desintegración de nuestro país fue provocada por errores históricos y estratégicos por parte de los líderes bolcheviques y la dirección del PCUS, errores cometidos en diferentes momentos en la construcción del Estado y en las políticas económicas y étnicas. El colapso de la Rusia histórica conocida como la URSS está en su conciencia.

El líder ruso atribuye a aquel virus nacionalista la forma en que se puso en pie el Estado soviético:

En el curso de la lucha por el poder dentro del propio Partido Comunista, cada uno de los bandos opuestos, en un intento por expandir su base de apoyo, comenzó a incitar y alentar irreflexivamente los sentimientos nacionalistas, manipulándolos y prometiendo a sus seguidores potenciales todo lo que deseaban.

Ese discurso de Putin se producía solo dos días después de la Conferencia de Seguridad de Múnich que se celebra anualmente y a la que este año no asistió Rusia, pero sí lo hizo el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. Este utilizó la tribuna para denunciar que Ucrania había aceptado en 1994 firmar el Memorando de Budapest por el que, tras la implosión de la URSS, entregaba a Rusia las armas nucleares que se encontraban en su territorio, a cambio de que se le garantizara su inviolabilidad territorial, compromiso violado por Moscú desde 2014.

Zelenski reclamaba en la conferencia que se aclarara en qué plazos podría incorporarse su país a la OTAN, una promesa no formal que Ucrania y Georgia recibieron en la Cumbre de la OTAN de Bucarest en 2008, durante la Administración Bush. Ante las protestas de Putin, presente en esa cumbre de 2008, se terminó difuminando ese compromiso, y Sarkozy y Merkel encontraron una fórmula vaga como solución, una promesa de que “en el futuro” se le ofrecería la incorporación a Ucrania, pero sin fijar en realidad un plan ni una fecha para ello.

La visión que reflejó Putin en ese discurso del 21 de febrero pasado sobre el carácter artificial del Estado ucraniano y su pertenencia natural a la Federación Rusa ya había sido desarrollada un año antes en su conocido discurso de las 5.000 palabras [2]:

En 1922, cuando se creó la URSS, y la República Socialista Soviética de Ucrania se convirtió en uno de sus fundadores, un debate bastante feroz entre los líderes bolcheviques resultó en la implementación del plan de Lenin para formar un Estado unido como una federación de repúblicas iguales. El derecho de las repúblicas a separarse libremente de la Unión se incluyó en el texto de la Declaración sobre la Creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, posteriormente, en la Constitución de la URSS de 1924. Al hacerlo, los autores plantaron en los cimientos de nuestro Estado la bomba de relojería más peligrosa, que explotó en el momento en que desapareció el mecanismo de seguridad proporcionado por el papel dirigente del PCUS, y el propio partido colapsó desde dentro. Siguió un desfile de soberanías.

Putin, que también criticó que Lenin aceptara firmar el Tratado de Paz de Brest-Litovsk en 1918, hizo en ese discurso un recorrido de 1.000 años de historia, evidenciando gran nostalgia de aquel pasado de tribus eslavas, príncipes y fe ortodoxa:

Rusos, ucranianos y bielorrusos son todos descendientes de la antigua Rus, que era el Estado más grande de Europa. Las tribus eslavas y otras en todo el vasto territorio, desde Ladoga, Novgorod y Pskov hasta Kiev y Chernigov, estaban unidas por un idioma, al que ahora nos referimos como ruso antiguo, lazos económicos, el gobierno de los príncipes de la dinastía Rurik, y, después del bautismo de Rus, la fe ortodoxa.

En esa intervención intentó mostrar especialmente hasta qué punto Ucrania y Rusia son lo mismo:

El nombre Ucrania se usó más a menudo en el sentido de la palabra rusa antigua okraina (periferia), que se encuentra en fuentes escritas del siglo XII, en referencia a varios territorios fronterizos. Y la palabra ucraniano, a juzgar por los documentos de archivo, originalmente se refería a los guardias fronterizos que protegían las fronteras exteriores.

Tanto en el discurso de las 5.000 palabras de 2021 como en el del pasado 21 de febrero y en su baño de masas del pasado 18 de marzo ante 80.000 personas en Tbilisi (Georgia), en el que festejaba el octavo aniversario de la anexión de Crimea, Putin ha intentado predisponer a la ciudadanía rusa contra los desagradecidos ucranianos, que han olvidado ese pasado común, y que han terminado marginando, oprimiendo y reprimiendo a la población rusoparlante.

En julio de 2020, la Federación Rusa aprobó una importante reforma constitucional con más de 200 enmiendas a la Constitución de 1993[3], de claro corte conservador y nacionalista, que fortaleció el poder presidencial, garantizó la posibilidad de Putin de estar en el poder hasta 2036, y reafirmó una vez más su historia milenaria, la fe en Dios y la herencia territorial de la URSS a todos los efectos en todo tipo de instituciones internacionales.

Su nuevo artículo 69 establece una defensa de los rusos en el exterior que Putin utilizaría luego para justificar la intervención en Ucrania:

La Federación de Rusia presta apoyo a los compatriotas que viven en el extranjero en el ejercicio de sus derechos, garantizando la protección de sus intereses y preservando la identidad cultural de toda Rusia.

Delirios neoimperiales de Putin vs. expansión de la OTAN

Independientemente de los delirios neoimperiales de Putin y su idea de estar cumpliendo con una misión histórica, en sus discursos, al igual que lo había hecho Gorbachov mucho antes, recordaba que fueron Estados Unidos y los países europeos aliados, y no la URSS, los que en 1949, pocos años después del fin de la II Guerra Mundial y los juicios de Núremberg, tomaban la iniciativa de crear la OTAN, mientras que la URSS decidía solo como reacción seis años más tarde crear su propia alianza militar, el Pacto de Varsovia, en 1955.

Ucrania, el segundo país más grande de Europa, no es para Moscú solamente un Estado tapón estratégico 

Las denuncias de Putin sobre la expansión acelerada de la OTAN hacia el este, la militarización de las fronteras y el rechazo constante de Occidente a varias propuestas rusas en busca de distensión en los últimos treinta años cayeron en saco roto. Fueron interpretadas como muestra de debilidad, y seguramente lo eran, pero aún así suponían una gran oportunidad para un verdadero Nuevo Orden mundial.

Distintas Administraciones estadounidenses fueron retirando una a una sus firmas de los numerosos tratados para el control de armas, tanto nucleares como convencionales, entre EE UU y Rusia, logrados tras años de arduas negociaciones.

La última ruptura de un acuerdo de importancia estratégica se produjo en 2019, durante la Administración Trump. EE UU se retiró entonces formalmente del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF, en sus siglas en inglés), que limitaba el desarrollo de misiles terrestres con alcance entre 500 y 5.500 kilómetros, del tipo utilizado precisamente en guerras como la actual en Ucrania.

El único acuerdo de desarme nuclear que queda actualmente en pie entre EE UU y Rusia es el START III o New Start, en vigor desde 2011 y prorrogado en 2021, por el que se estableció un límite para cada país de 700 sistemas balísticos de más de 5.500 kilómetros de alcance y un máximo de 1.550 cabezas nucleares cada uno.

Ucrania, el segundo país más grande de Europa, no es para Moscú solamente un Estado tapón estratégico para ampliar sus líneas defensivas fronterizas; Putin lo considera parte indisoluble de Rusia y la posibilidad de su entrada en la OTAN, una línea roja que no está dispuesto a aceptar.

En el citado discurso del 21 de febrero, pronunciado solo tres días antes de iniciar la invasión de Ucrania y tras escuchar a Zelenski pedir tres días antes en Múnich que se agilizaran los trámites para el ingreso en la OTAN, Putin lo advirtió por última vez: “Eso no puede quedar sin respuesta”. Y el 24 repetía esas mismas razones, pero acto seguido ya anunciaba que había ordenado iniciar una “operación militar especial” en Ucrania para “acabar con la corrupción” y para “desnazificarla”, un mensaje en clave interna de especial significado para un pueblo que perdió a más de veinte millones de los suyos en manos de los nazis.

Se acababan así muchos años de tensión durante los cuales la posibilidad de una acción militar rusa en Ucrania siempre estuvo presente para los estrategas del Pentágono, la OTAN y los think tank estadounidenses y europeos, pero a pesar de lo cual no se hizo nada para evitarla.

Uno de los primeros que advirtieron de los peligros que suponía desoír las protestas de Moscú fue George F. Kennan, embajador de EE UU primero en la URSS en los años 50 y en Yugoslavia en los 60. “Expandir la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense de la pos-Guerra Fría”, dijo Kennan en The New York Times en 1997, y en 1998 repitió que la campaña promovida por Bill Clinton era “el inicio de una nueva Guerra Fría, un error trágico”.

En términos similares lo analizaron Thomas Friedman, Henry Kissinger, Zbigniev Brezinski, Robert Gates –“Ucrania en la OTAN es una provocación monumental”–, William Perry –“EE UU tiene gran parte de la culpa del deterioro de las relaciones con Rusia”–, William Burns, exembajador en Kiev y actual director de la CIA –“Invitar a Ucrania a la OTAN es un reto directo a los intereses rusos”–…

¿Fue realmente un error de las sucesivas Administraciones estadounidenses, demócratas y republicanas, que se sucedieron desde los años 90 hasta ahora no haber escuchado esas advertencias? ¿O, por el contrario, se decidió apostar por estirar la cuerda y afrontar la posibilidad real de que esta se rompiera y se terminara en un choque frontal con Rusia?

Así como desde muchos think tank, tanto demócratas como conservadores, se advirtió de los peligros que conllevaba la ampliación de la OTAN, desde otros se argumentó lo contrario: se sostuvo que para mantener su hegemonía mundial, EE UU necesitaba acorralar y debilitar más y más a la URSS, y luego a su heredera, la Federación Rusa. Robert Kagan, Robert Kaplan y muchos otros analistas neocon, estrategas del Pentágono y de la comunidad de Inteligencia estadounidense alimentaron durante años esas posturas.

EE UU y la OTAN sabían bien que Putin no era el Gorbachov de la perestroika y la glasnot de los últimos años de la URSS, ni el Yeltsin de los 90, ni siquiera el Putin de hoy es el mismo que el de su primer mandato (2000-2004), aquel que para cubrir las matanzas de la segunda guerra de Chechenia bajo el paraguas de la Guerra contra el Terror de Bush tras el 11-S se prestó solícito a colaborar con Washington. Recordemos que Putin permitió el transporte a través de su territorio y su espacio aéreo de suministros para las fuerzas de EE UU y sus aliados en Afganistán y la instalación de bases militares en Asia Central; los servicios de Inteligencia rusos compartieron información con la CIA y el FBI, y se miró hacia otro lado ante la guerra ilegal y unilateral del Trío de las Azores en Irak.

El Putin actual, en cambio, es el que viene interviniendo desde hace años cada vez que saltan las alarmas de seguridad en el espacio postsoviético o en países de importancia estratégica para sus intereses. Lo hizo en Georgia en 2008, frustró los planes de Obama en Siria en 2013, intervino en 2014 en Crimea y en el Dombás a través de aquellos famosos hombres de verde, soldados sin insignia y mercenarios del Grupo Wagner; lo hizo en Bielorrusia en 2020, en Kazajistán en 2022. Es, en definitiva, el Putin que exige que Rusia sea reconocida como una recuperada potencia mundial que quiere ser parte de la gobernanza global.

La sombra de la amenaza nuclear vuelve a planear

La actual crisis ha hecho resurgir el fantasma de una guerra nuclear, una situación que no se vivía desde hace sesenta años, desde la Crisis de los Misiles de 1962. El mundo contuvo el aliento durante los tensos días de octubre de aquel año. Entonces, fue EE UU el que no toleró que la URSS instalara en Cuba, a 90 millas de sus costas, misiles balísticos de alcance medio R-12 y R-14 dotados de cabezas nucleares, a pesar de que esa decisión de La Habana y Moscú fue como reacción tras la frustrada invasión sufrida por la isla en Bahía de Cochinos un año antes por parte de mercenarios entrenados, armados y apoyados por Washington. EE UU y la OEA sometieron a la isla a un férreo bloqueo naval hasta que Jrushchov y Kennedy acordaron las condiciones para retirar los misiles. EE UU tuvo que retirar los que había instalado en Turquía apuntando a Rusia.

Es la primera vez desde entonces que el presidente de una potencia nuclear, Putin, pone en alerta a sus fuerzas estratégicas nucleares y que otro, Biden, le advierte que “si invade Ucrania, sabe que se arriesga a una guerra nuclear”.

Era tan anunciada la invasión de Ucrania que el propio Biden dijo con semanas de anticipación que Rusia invadiría Ucrania “de forma inminente”, y, en cascada, la CNN, The New York Times, The Washington Post y también medios alemanes y británicos comenzaron a especular cuánto tiempo duraría y cuántos muertos provocaría. Cincuenta mil parecía ser la cifra en que todos coincidían, una cifra redonda, un precio humano que parecía asumirse con tal de no sentarse a negociar.

Ni EE UU ni la OTAN dieron un paso para desactivar esa carga explosiva, despreciaron el paquete maximalista de condiciones planteadas por Moscú en diciembre –neutralidad de Ucrania y su reconocimiento de la independencia de las repúblicas separatistas y que Crimea ya era parte de Rusia– y no negociaron rebajas, solo ofrecieron migajas.

La UE observó el duelo desde la platea, los miembros de la Alianza comenzaron a aportar tropas y armas para fortalecer su flanco oriental fronterizo con Rusia. Alemania anunció el envío de armas a Ucrania y el aumento de su presupuesto de Defensa al 2% del PIB, al que seguirán otros, España incluida. Las fricciones transatlánticas se diluían ante un enemigo común, se acentuaba y se acentuará mucho más aún la dependencia militar de Europa de Estados Unidos.

Por primera vez, la Unión Europea decidía utilizar cientos de millones de euros de su presupuesto común para enviar armamento a Ucrania para que el Gobierno de Volodimir Zelenski pueda hacer frente a la invasión. Todos los gobiernos miembros de la OTAN y la UE, socialdemócratas, liberales, conservadores y ultraderechistas se mostraron eufóricos por la poco habitual unidad lograda. A ninguno de ellos parece preocuparles que el Gobierno de Zelenski haya impuesto el 25 de febrero el reclutamiento militar forzoso para los varones de entre 18 y 60 años, o que haya prohibido once medios de comunicación por considerarlos prorrusos. Nadie parece haber cuestionado tampoco el hecho de que buena parte de esas armas puedan ser utilizadas por algunas de esas milicias neonazis que tuvieron el principal protagonismo en las revueltas del Maidan de 2014 y que hoy integran las fuerzas regulares ucranianas.

Todo esto no debe ser entendido, sin embargo, como una crítica al derecho del pueblo ucraniano a la resistencia, armada y no armada, frente a la guerra de agresión del imperialismo ruso. Resistencia que sin duda debe ser apoyada por la izquierda anticapitalista internacional, a la vez que mantiene su denuncia de la utilización de este conflicto por el imperialismo estadounidense, la OTAN y la UE para rearmarse y extenderse.

Pero, ¿interesa realmente a EE UU frenar esta guerra? Ya son muchos los analistas estadounidenses que sostienen que no. Washington podría estar armando más y más a Ucrania, y alentando a sus socios de la OTAN a que hagan otro tanto, para que las fuerzas rusas se empantanen en ese país como se empantanaron y fueron derrotadas en la primera guerra de Afganistán (1979-1989). Entonces, como ahora, EE UU no expuso a ninguno de sus soldados. En Afganistán, junto a otros países, entrenó, armó y financió a los muyaidines afganos, a aquellos que como Osama bin Laden luego volverían las armas contra sus patrocinadores.

La responsabilidad exclusiva de esta guerra la tiene Putin, sin duda, ya que se trata de la invasión militar de un país soberano. A él no parece importarle el costo en vidas humanas de ese pueblo al que dice considerar como propio, ni el odio entre pueblos que esta guerra provocará por generaciones y generaciones entre los dos países.

Pero tampoco a EE UU parece importarle el costo humano dado el beneficio geopolítico, económico y militar que podría obtener de esta guerra. Joe Biden, que se encontraba en sus horas de popularidad más bajas cuando empezaron a sonar los tambores de guerra, y con perspectivas poco favorables ante las elecciones legislativas de medio mandato de noviembre próximo, podría haber encontrado en esta guerra, como tantos de sus predecesores, su tabla de salvación.

El pasado 2 de marzo, en su discurso del Estado de la Unión, llamó a Putin “dictador”, “tirano”, y advirtió: “Él no tiene idea de lo que viene”. Los congresistas republicanos y demócratas de pie aplaudieron juntos entusiastas la intervención de su comandante en jefe. Una encuesta de CBS News mostraba esa semana que el 63% de los estadounidenses estaba de acuerdo con mandar tropas “para proteger a los aliados de la OTAN en la región”, mientras un 65% secundaba que se incrementara considerablemente el envío de armas a Ucrania.

Biden consiguió ya en el primer mes de guerra restablecer y fortalecer las relaciones transatlánticas 

Las guerras para EE UU unen, siempre que sean lejanas, no provoquen pérdidas humanas ni económicas significativas y generen trabajo para la poderosa industria militar y las multinacionales especializadas en reconstrucción de países devastados. Si le sale bien la arriesgada jugada, el demócrata Biden podría convertirse inesperadamente en el ejecutor del gran sueño neocon, eliminar a Rusia como potencia.

Biden consiguió ya en el primer mes de guerra restablecer y fortalecer las relaciones transatlánticas; ha recuperado el papel protagónico político y militar de EE UU en una crisis de semejante envergadura y que su voz sea la única que tenga valor ante Putin. Logró que sus aliados europeos de la OTAN acepten aumentar drásticamente sus presupuestos militares y fortalecer el flanco este de la Alianza, algo por lo que venía luchando desde hace años. Ha presionado a Alemania para que bloquee el gaseoducto North Stream 2 que tanto preocupaba a Washington, y que se aumente considerablemente la compra de gas licuado estadounidense, más caro y obtenido mediante fracking. Biden ha conseguido que a golpe de sanciones se castigue duramente la economía de Rusia y que se deje fuera del sistema SWIFT a importantes bancos rusos.

Rusia ha decidido abandonar el Consejo de Europa y Biden ha pedido su expulsión del G-7 y el G-20 e intenta que ni el Banco Mundial ni el FMI le den créditos, a pesar de estar al corriente de pagos con ambos organismos. La UEFA y la FIFA han dejado a Rusia fuera de las grandes competiciones deportivas internacionales, algo que se repite en eventos culturales y científicos mundiales. La Unión Europea aparece de esta forma no defendiendo sus propios valores e intereses, sino como un títere de una gran y peligrosa jugada geopolítica.

Biden ha incrementado sus aspiraciones, quiere la cabeza de Putin. “Es un criminal de guerra”, repite una y otra vez, un calificativo no exagerado en verdad, pero un calificativo aplicable en definitiva al menos a la mayoría de los inquilinos que ha tenido hasta ahora la Casa Blanca. Biden ha logrado también que 39 países, incluida España, hayan solicitado a la Corte Penal Internacional (CPI) que investigue a Putin por posibles crímenes de guerra, lesa humanidad o genocidio, reclamo que la Corte ha comenzado a tramitar con celeridad inusitada.

No son pocos los analistas neocon que revisan en sus archivos datos para intentar encontrar algún Yeltsin de recambio a Putin que pueda cabalgar sobre las protestas callejeras contra la guerra y el malestar que podrían provocar las consecuencias de las sanciones económicas y la llegada de cadáveres de miles de jóvenes reclutas muertos en Ucrania.

La derrota militar del Ejército ruso en Afganistán y su humillante retirada fue un golpe demoledor para la ya maltrecha Unión Soviética de finales de los 80, que terminaría muy poco después con su descomunal atomización. ¿Pretende EE UU apostar por una repetición de esa jugada, con las implicaciones que un derrumbe sin red de la Federación Rusa tendría para Europa y para el mundo? ¿Aceptará Putin, después de haber lanzado semejante operación, retirar sus tropas sin haber conseguido al menos solidificar y ampliar sus áreas de influencia más allá de las repúblicas de Donetsk y Luhansk, asegurándose un corredor terrestre con Crimea? El líder ruso reconocerá a estas alturas seguramente que erró totalmente de estrategia al apostar por esta invasión y que de su resultado depende ahora su propia supervivencia.

Roberto Montoya es periodista, escritor y forma parte del Consejo Asesor de viento sur

Notas

[1] Discurso accesible en castellano en https://www.sdpnoticias.com/opinion/el-discurso-completo-de-vladimir-putin-contra-ucrania-culpa-a-lenin/

[2] “Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos”, Vladimir Putin, 12-07-21, accesible en http://en.kremlin.ru/events/president/news/66181

[3] Accesible en inglés en https://rm.coe.int/constitution-of-the-russian-federation-en/1680a1a237

 

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