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Tribuna VIENTO SUR
En torno al partido, una herramienta necesaria para los de abajo
01/10/2014 | José Errejón

Cuando se aborda el análisis teórico del problema del partido -un problema insoslayable si, como quería Bensaïd, no nos abandonamos a las ilusiones de lo
social y aceptamos el reto del pensamiento estratégico- es inevitable tomar en consideración los principales elementos contextuales que enmarcan nuestra
observación al respecto. En nuestro caso citamos los siguientes:

  • En primer lugar, el prolongado período de crisis que arrastra el capitalismo desde hace cuatro décadas y cuyas soluciones conocemos como el período
    neoliberal, el cual recibe interpretaciones diversas pero cuyos principales efectos han sido un acusado empeoramiento de las condiciones de vida de
    la gente trabajadora mediante el mecanismo de la globalización de la competencia entre los trabajadores de las distintas regiones, países, y dentro
    de cada Estado regiones y localidades. En los momentos actuales, la crisis capitalista presenta señales que apuntan a un tipo distinto que algunos
    llaman “postcapitalista” (o “neogerencialista”, como en el caso de Dumenil y Levy), un régimen de neoservidumbre que podría implicar la sujeción
    del trabajo similar al régimen feudal, mediante el mecanismo de la deuda.

  • Como realidad subyacente a la anterior y determinando cada vez más sus escenarios de desarrollo y sus posibles salidas, una crisis ecológica y de
    recursos que se configura como una de las contradicciones centrales del capitalismo de nuestro tiempo que le ha granjeado la enemistad de sectores
    sociales antes alejados de la lucha política y contribuido a recuperar entre los pueblos del sur el vigor de las luchas antiimperialistas, esta vez
    ligadas a la lucha por la supervivencia de pueblos enteros, los pueblos voluntariamente alejados de la civilización capitalista.

  • Incapaz de encontrar un sector y un espacio que haga de locomotora del capital global, el sistema se vuelve sobre ámbitos de vida colectiva antes
    no mercantilizados (acumulación por desposesión y sobreexplotación de la fuerza de trabajo) destruyendo y arrasando los sistemas naturales que son
    albergue de la vida colectiva y formas de vida y comunidad aún no mercantilizadas.

  • Lo anterior determina un nuevo e intenso proceso de proletarización, desposesión de los medios y condiciones de vida que la han hecho posible, para
    ser sustituidos por mercancías adquiridas con frecuencia a través de mecanismos de endeudamiento. De este proceso de proletarización es vano
    esperar la generación espontánea de una conciencia de clase; lo que queda de conciencia de clase es una conciencia ligada a los viejos sujetos
    productivos de antiguas formaciones sociales como el fordismo.

  • En España, estas condiciones de contexto se manifiestan y amplían sus efectos como consecuencia de la crisis del régimen del 78 y del bloque social
    que le ha servido de apoyo y ha sido su principal beneficiario, el bloque financiero, inmobiliario y rentista, así como de sus instituciones,
    incluidos partidos y sindicatos representantes de las capas populares.

El partido necesario

En estas condiciones contextuales, agravadas para las capas subalternas por la victoria del PP en noviembre del 2011, se produce el despliegue de los
efectos de la rebelión social impugnadora de la normalidad política del régimen del 78. Una auténtica rebelión contra los efectos banalizadores sobre la
democracia y la ciudadanía del actuar del conjunto de las instituciones del régimen (los gobiernos desde luego, pero también el poder judicial, los
partidos, organizaciones patronales y sindicales, etc.) que, no obstante su naturaleza inmediatamente política, ha tenido dificultades para traducir el
conjunto de las demandas y reclamos en propuestas políticas capaces de aglutinar mayorías para el cambio.

El momento de la centralización política (que nada tiene que ver con modelos organizativos determinados), esto es, el problema de la dirección política de
la energía social impugnatoria, se impone así como una necesidad objetiva y apremiante. Con rasgos ciertamente distintos a los que han sido teorizados y
hasta cierto punto canonizados en la tradición del movimiento obrero, de la III y IV Internacional. Por razones que se sintetizan a continuación:

En primer lugar, a causa de las modificaciones en la composición actual del mundo del trabajo. El paso del fordismo al capitalismo neoliberal ha supuesto
la disolución de las viejas comunidades de fábrica, la extrema fragmentación de la antigua clase obrera en paralelo al alargamiento de las cadenas de valor
y la utilización de técnicas de segregación/segmentación como el outsourcing, etc. Esta mutación produce entre otros un efecto de hacer aún más
difícil la tarea de la sustitución de los managers capitalistas por los trabajadores en la función de dirección y gestión de las empresas y el conjunto de
la economía.

La creciente sensibilización social a propósito del colapso ecológico ha generado cierto “sentimiento de especie” que proporciona el universal siempre
buscado en la tradición del movimiento obrero para oponer a la ficción de universalidad del ciudadanismo burgués.

El concepto de clase, piedra angular sobre el que las tradiciones citadas han querido levantar su proyecto emancipador, opera desde hace décadas en el
imaginario colectivo de la gente trabajadora como un hecho de sujeción y subalternidad, como una condición de sometimiento a la realidad del capital. Ese
hecho objetivo señalado por Marx hace siglo y medio, en ningún momento histórico ha podido ser superado para dar el salto a la “clase para sí”, esa
voluntad de los trabajadores de acabar con su condición subordinada aboliendo la relación capital y el trabajo asalariado. La expresión “partido de clase”
u “organización de clase” no designa hoy un proyecto de superación del capitalismo y el establecimiento de una relacionalidad socialista/comunista sino, a
lo sumo, la defensa de unos intereses de un grupo de trabajadores (del que están excluidos una buena parte de ellos, los parados y buena parte de los
precarios, jóvenes, inmigrantes, etc.) en su pugna por maximizar su participación en la distribución del plusvalor obtenido en la producción capitalista.

De forma contradictoria y en ocasiones hegemonizada por orientaciones al servicio de la expansión del capital global, la democracia política se ha impuesto
como la única forma de gobierno aceptable para las sociedades de nuestro tiempo. La exigencia de democracia real ha sido el motor que ha impulsado los
movimientos populares de rebelión que han recorrido el mundo desde 2011. Entre una buena parte de la izquierda no sistémica se va abriendo paso la idea de
que el socialismo no es lo que viene después de la democracia sino su más probable condición de existencia real. Esta inversión paradigmática tiene
consecuencias cuyo análisis desborda los límites de este trabajo pero cuya transcendencia no es posible ni ocultar ni exagerar. La consecuencia, en todo
caso, es la aparición de un movimiento en lo más profundo de las sociedades contemporáneas para tomar el destino colectivo de las mismas en sus manos, un
movimiento de rebelión democrática que choca objetivamente con el dominio del capital y con el desempeño de los Estados a su servicio efectivo. No parece
por ello acertado (como hicieron al principio del 15M algunos sectores de la izquierda radical, no digamos de la sistémica) despachar estos movimientos
como “interclasistas”. Expresan, por el contrario, una respuesta, ciertamente confusa en algunos casos (por lo demás, como todas las rebeliones
auténticamente populares) contra el proceso de desposesión/proletarización que sufren por efecto de las políticas austeritarias puestas en marcha por los
Estados después de que las keynesianas de los primeros momentos revelaran su fracaso.

El comienzo de la rebelión no ha precisado del actuar de ningún “estado mayor de la revolución”, de ninguna vanguardia esclarecida. Haciendo un uso
alternativo e inteligente de las TIC, la rebelión popular ha establecido los hitos de su movilización y de su propia constitución como pueblo, los lugares
que han simbolizado este proceso de autoconstitución, sus símbolos y rasgos definidores (entre los que cabe citar, desde luego, la vuelta a la ocupación de
los espacios públicos). Y en ese proceso toda una generación se ha reencontrado y ha hecho una experiencia de socialización política de transcendencia
comparable, si no superior, con la de la generación del 68.

La persistencia de la troika y el Gobierno del PP en sus políticas antipopulares y el desgaste de una movilización sostenida durante meses en un contexto
de agravamiento de las condiciones de vida de las capas populares, junto a la dificultad comprobada de mantener un enfrentamiento prolongado con los
aparatos represivos del Estado, ha puesto de relieve, sin embargo, los límites de la movilización y la necesidad de trasladar el conflicto al conjunto de
las instituciones.

Las características del partido que necesitamos

Estamos en condiciones, después de esta exploración de algunas de las razones que especifican el problema del partido respecto a los que inspiraron las
reflexiones de la III (los cuatro primeros congresos) y la IV Internacional, de abordar la discusión sobre las funciones y características del partido en
el momento actual. Para facilitar discusión se formulan en forma de las siguientes proposiciones:

  • El Partido debiera desempeñar entre y para las clases subalternas las mismas funciones que el Estado para las dominantes: Definir y organizar los
    intereses generales de las clases dominantes, organizar, financiar con recursos públicos y sostener un bloque social de apoyo a la dominación de
    los de arriba, consolidar la hegemonía al interior del bloque dominante y sobre las clase subalternas y, tan importante, como todo lo anterior,
    desorganizar y fragmentar a las clases subalternas, organizando de forma continua y naturalizada la subalternidad a través de la hegemonía y los
    aparatos ideológicos de Estado

  • Bajo el capitalismo ha sido esta la función principal de los Estados. La necesidad del partido deviene de la necesidad de construir un proyecto
    histórico alternativo al dominante, de construir un pueblo sin las mediaciones del Estado y la mercancía

  • Disponer de recursos públicos es indispensable para sellar las alianzas de clase. En realidad, la lucha de clases cada vez más toma la forma de
    lucha por el gasto público y el control del gasto público se convierte en el arma más poderosa para la constitución de un bloque histórico, de un
    proyecto de país. Es fácil observar en España la aplicación de este postulado. Desde hace décadas, el Estado trabaja en la creación, primero, y la
    consolidación después, de un bloque social soporte del régimen franquista y su heredero, al tiempo que beneficiario de ambos regímenes. A través de
    las políticas fiscales, urbanísticas, de vivienda, de infraestructuras y transportes, energéticas, hidráulicas, etc., y con su consiguiente soporte
    financiero se ha ido trabando un complejo de intereses cuyo resultado es el paisaje físico, económico y social que conocemos. Clase obrera y clase
    media, burguesía inmobiliaria y financiera, pequeña burguesía en actividades liberales y de servicios, sin olvidar el inmenso enjambre de personas
    que tanto al interior de las administraciones públicas como en los propios partidos, organizaciones patronales y sindicales, se han visto
    favorecidos por la expansión de este sector y la continuidad de las políticas que lo hacían posible; destacando en este último apartado el decisivo
    papel jugado por los aparatos locales de los partidos del régimen, impulsando un desarrollo urbanístico que ha sido la condición de posibilidad
    misma de existencia de la burbuja inmobiliaria. En vez de producción agrícola o industrial de alimentos, en España se “producía” suelo urbanizable

  • La crisis del bloque histórico dominante, del bloque financiero inmobiliario y rentista cuyas causas son conocidas, es también una crisis de
    hegemonía, una de cuyas expresiones más agudas ha sido la crisis de la vivienda, en tanto que la propiedad de la misma ha sido el paradigma del
    acuerdo histórico entre los de arriba y los de abajo.

  • Con esta crisis hegemónica se acentúa la crisis de sus agentes políticos y sociales. En el caso de los grupos subalternos, las fuerzas políticas
    responsables de las políticas gestoras del bloque histórico (el PSOE) y sindicales (UGT/CCOO), encargadas de gestionar el acuerdo social que
    durante décadas ha aceptado la congelación de las rentas salariales a cambio de políticas crediticias y fiscales que, al tiempo que incrementaban
    la renta disponible de las familias trabajadoras, estimulaban la compra de vivienda y los bienes anejos.

  • Esta crisis responde a causas más “materiales” que a la simple desafección o el oportunismo de sus dirigentes. Como agentes del acuerdo que
    cohesiona el bloque histórico, estas fuerzas políticas y sindicales pierden funcionalidad de forma acelerada y su mantenimiento, perdido ya el
    interés de sus socios del bloque histórico, se convierte en una burda lucha por sus intereses de aparato

  • Para enfrentar al bloque histórico en crisis y construir un bloque histórico alternativo, el “partido de los de abajo” necesita “ser Estado” para
    construir las alianzas de los grupos subalternos, construir el bloque histórico financiando políticas para convertir esas alianzas en interés
    general. No se trata de continuar la estafa de la burguesía, haciendo pasar por interés general el particular de una clase, sino de utilizar el
    Estado para construir de verdad los intereses generales a partir de la satisfacción de las necesidades de los grupos subalternos, convirtiendo esta
    satisfacción en el motor de un nuevo modelo de desarrollo y convivencia.

  • Así que necesitamos el Estado, el gobierno y las políticas públicas. Los grupos subalternos tienen derecho a valerse de la organización estatal,
    para que la consolidación de sus derechos y la satisfacción de sus necesidades se convierta en el objetivo principal de las políticas públicas. Las
    políticas públicas tendrán así una finalidad distinta de la “satisfacción de las demandas” sancionadoras de esa su condición subalterna; ahora se
    orientan a modificar tal condición, a crear una base distinta para la convivencia colectiva.

  • ¿Qué mejor función para las políticas públicas que la construcción de un conjunto de relaciones sociales basadas en la libertad real, en la
    igualdad y en la reciprocidad, en la solidaridad y el apoyo mutuo? Políticas públicas e instituciones destinadas a asentar una “relacionalidad”
    distinta y alternativa, basada en la común identidad y el reconocimiento recíproco. Políticas públicas para ir configurando subjetividades nuevas,
    no subalternas, aptas para encarar nuevas perspectivas, nuevos proyectos de país.

  • Un partido entonces para acceder al gobierno, para implementar las políticas con las que construir el bloque histórico, el pueblo, para la
    conquista de la democracia. El partido del pueblo y la democracia, como se ha dicho, tiene que ser un partido-comunidad, debe prefigurar
    el pueblo que se quiere construir, ser una comunidad alternativa a la “comunidad del capital” cuya esencia son las mediaciones del trabajo, la
    mercancía y el dinero, la creación ininterrumpida de subalternidad. Y debe tener su poder ejecutivo, su administración que organice y planifique
    con las mejores técnicas posibles, su conversión en Estado mediante la victoria electoral.

  • No podemos seguir especulando con la construcción de un bloque social sobre el que posteriormente construiríamos su referente político /1. Son abundantes las experiencias históricas y alguna de las recientes en América Latina que muestran que el proceso puede ser
    el inverso. La construcción de un bloque histórico, de un pueblo con conciencia e identidad de tal, debe ser hecha desde un Estado que, al hacerlo,
    se va extinguiendo/2.

  • El partido es la denominación del sistema nervioso que constituye el bloque social democrático, el nuevo bloque histórico. Por lo tanto, un partido
    del pueblo, para construir el pueblo. Afirmarse como un partido para la construcción del pueblo es postular la revolución del proletariado real
    contra el capital, es decir, contra el trabajo asalariado, postular su desaparición como clase y afirmar la instauración de las relaciones sociales
    directas, no mediadas por la mercancía ni el Estado, las relaciones comunistas

  • Hace falta una organización de nuevo tipo. Una organización “totalizadora”, en el sentido gramsciano, capaz de ligar a través de los hilos comunes
    las diferentes resistencias contra la explotación y la opresión. Un instrumento que piense desde todos los espacios de resistencia para alcanzar
    una visión global, que tenga algo que decir, que proponga estrategias, pero que asuma que las formas organizativas y de relación las dicta el
    movimiento, no “el partido”. No hay nada más nuevo que retomar “la hipótesis comunista”; esto es, ni más ni menos, construir una nueva sociedad en
    base a los movimientos reales /3.

José Errejón es funcionario y militante de Izquierda Anticapitalista

Notas

1/ O, peor aún, del que pretenderíamos ser el referente político.

2/ Esta sería la diferencia esencial con las llamadas revoluciones burguesas, realizadas también desde el Estado pero con vocación de poner ese Estado
modernizado al servicio de la producción de la esencia de la sociedad burguesa.

3/ “Retomar la hipótesis comunista” Brais Fernandez, Anxel Testas. http://vientosur.info/spip.php?article9334





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