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Afganistán
El presidente de los señores de la guerra
21/11/2009 | Erik Ruder

Hamid Karzai se ha asegurado un segundo mandato como presidente de Afganistán. A comienzos de noviembre el presidente saliente Hamid Karzai ha sido declarado vencedor, después de que su rival, Abdulá Abdulá, se hubiera retirado de una segunda vuelta fijada para el 7 de noviembre de 2009, poniendo así término grotesco a la farsa electoral afgana.

Karzai ha intentado robar el resultado de las elecciones celebradas en agosto de 2009 por medio de un fraude masivo de votos. Este fraude era tan grosero -más de un millón de votos a su favor en la primera vuelta ha sido descalificados- que los observadores internacionales le han presionado para que admitiera que no tenía la mayoría requerida. La segunda vuelta debía celebrarse a comienzos de noviembre, pero Abdulá se ha retirado una semana antes.

Parece que en un primer momento Karzai había querido oponerse a la anulación de la segunda vuelta, con la esperanza de que una victoria, incluso en una elección sin oponentes, ayudaría a dar un aspecto de legitimidad a su reino sostenido por los Estados Unidos.

Pero los oficiales estadounidenses se han declarado rápidamente satisfechos del resultado, aparentemente con la esperanza de evitar una nueva operación de fraude electoral y escapar a la difícil tarea de asegurar la seguridad para los electores y observadores en las lejanas provincias afganas. Finalmente, Karzai ha cedido y ha aceptado la victoria.

En un discurso lacrimógeno, Abdulá ha explicado que su decisión de retirarse estaba dictada por razones personales relacionadas con su preocupación sobre el fraude. Pero este barniz emocional ocultaba un frío cálculo político.

Abdulá había exigido el reemplazo de Azizulá Ludin, el pesidente de la Comisión Independiente electoral elegido por Karzai así como una serie de reformas electorales que Karzai ha rechazado categóricamente. Pero Abdulá ha estimado, si duda, que conservaría mejor sus oportunidades para alcanzar el poder posteriormente retirándose ahora que perdiendo en la segunda vuelta.

Abdulá, que había sido ministro de asuntos exteriores tras al gobierno afgano “interino” en diciembre de 2001 y que permaneció en ese puesto tras la primera elección de Karzai en 2004, no ha juzgado útil llamar a sus partidarios a boicotear las elecciones ni a protestar.

Abdulá ha anunciado igualmente que no se uniría al gobierno de Karzai, pero en un sistema político marcado por fidelidades muy cambiantes entre los señores de la guerra, los traficantes de drogas y los diferentes dirigentes étnicos y religiosos, los enemigos son raramente irreconciliables para siempre.

Por ejemplo: los diferentes señores de la guerra que formaban la Alianza Norte sirvieron de oposición parlamentaria a Karzai hasta que hicieron la paz con él -y le ayudaron a reunir los votos, los reales y los falsos -el 20 de agosto.

Es posible que Abdulá intente llenar el vacío de oposición dejado por los señores de la guerra. O quizá deberá realizar un acuerdo con Karzai o con los Estados Unidos, incluso si insiste en que no ha recibido nada de ellos por su decisión de no poner en cuestión el resultado final.

Las noticias de las últimas consecuencias de las elecciones presidenciales han llegado en el momento en que la guerra que llevan a cabo los Estados Unidos en Afganistán se intensificaba: el mes de octubre ha traído el balance más elevado de militares estadounidenses muertos, producidos particularmente por atentados con coche bomba y dos accidentes de helicóptero que han costado la vida a 22 miembros del personal estadounidense en los últimos días del mes.

La intensificación de la lucha entre las fuerzas estadounidenses y de la OTAN por un lado y los rebeldes insurrectos de otra ha conllevado no solo un pico en el número de soldados muertos en combate sino también un fuerte aumento el número de militares heridos. Según el Washington Post: “Más de mil soldados americanos han sido heridos en combate en el curso de los tres últimos meses en Afganistán, y este número corresponde a un cuarto de los heridos en combate desde la invasión de 2001 dirigida por los Estados Unidos”.

Los artefactos explosivos improvisados (Improvised Explosive Device -IED) son actualmente el arma elegida por los combatientes talibanes, y algunas de ellas son tan poderosas que pueden destruir vehículos ultramodernos que en principio podían resistir a las minas que el Pentágono había desplegado para proteger las tropas. El Washington Post señala que “La unidad 57 del Centro Médico Walter Reed (del Centro Médico del Ejército) proporciona una prueba desgarradora de la eficacia devastadora de las bombas, con pacientes que sufren amputaciones, lesiones de médula espinal, traumatismo de cerebro y fracturas”.

Sin embargo, el presidente Barack Obama está examinando la demanda del general Stanley McChrystal, el más alto cargo responsable en Afganistán, de enviar entre 40.000 y 80.000 tropas estadounidenses suplementarias que vendrían a añadirse a los 68.000 soldados ya presentes. Se puede pues esperar que el número de víctimas aumente aún.

Al mismo tiempo, la guerra llevada a cabo por los Estados Unidos y la OTAN continúa infligiendo un gran número de víctimas afganas, pero solo raramente los grandes medios se interesan por esta realidad.

David Kilcullen, un ex-oficial del ejército australiano -que es actualmente un consejero para los Estados Unidos y otros países de la OTAN sobre cuestiones de tácticas contrainsurgentes- ha indicado que en los recientes ataques aéreos, los Estados Unidos habían matado 98 civiles y dos “insurgentes”. Encuestas fundadas en un conjunto de indicadores dan resultados diferentes.

Una investigación sobre la la base de indicadores múltiples efectuada para los nueve primeros meses de la invasión y de la ocupación ha estimado que 10.000 civiles habían sido muertos, la mayor parte de ellos en el curso de ataques aéreos. Si una encuesta similar fuera efectuada hoy, mostraría los efectos reales (elevados) de una campaña aérea mucho más intensa en el curso de una guerra que dura ya ocho años. Parece evidente que la utilización en aumento de bombas de fragmentación, de “daisy cutters” (literalmente: cortadoras de margaritas), misiles “inteligentes” dirigidos contra reuniones como bodas, la artillería dirigida por aviones no tripulados y las habituales municiones que quedan sin estallar, habrán producido mucho más que un número insignificante de víctimas.

El número creciente de víctimas de su guerra, así como la credibilidad empañada del gobierno Karzai ha puesto al gobierno estadounidense de Obama en una situación difícil.

Había apostado por la capacidad de Karzai de construir un gobierno central viable que fuera capaz de dirigir un ejército para conseguir un Afganistán estable, amistoso hacia los Estados Unidos. Pero la dependencia de Karzai respecto a los señores de la guerra, odiados por la población, para cimentar su reino, ha hecho que la puesta en pie de un gobierno central legítimo se haya convertido en el mejor de los casos en una hipótesis lejana.

Como si la situación no fuera ya suficientemente mala, el New York Times ha revelado a fines de octubre que el hermano de Karzai -Ahmed Wali Karzai, que es conocido por haberse aprovechado ampliamente del comercio y la distribución de opio que dirigía con mano de hierro en una amplia región al Sur de Afganistán, alrededor de Kandahar- había estado a sueldo de la CIA una buena parte de los últimos ocho años.

El hermano de Karzai no solo proporcionó información a los Estados Unidos sino que ayudó también a la CIA a dirigir la Kandahar Strike Force, un grupo paramilitar. Es también propietario de un gran local en los alrededores de Kandahar -la antigua casa del molá Mohammed Omar, el fundador de los talibanes- que alquila a las fuerzas especiales estadounidenses. “Es nuestro casero” ha explicado un oficial americano.

Los lazos de Karzai con la CIA ayudan (a su hermano) a evitar las redadas y los arrestos que amenazan a los demás barones de la droga afganos y esto, casi con certeza, ha reforzado su control sobre el lucrativo tráfico de drogas.

Estas revelaciones llegan en un mal momento para las fuerzas estadounidenses que habrían esperado aparecer como protectoras de los civiles en Afganistán. El mayor general Michael Flynn, responsable de información militar estadounidense en Afganistán ha señalado: “Si queremos llevar a cabo una estrategia centrada en la población civil en Afganistán y somos percibidos como dando apoyo a forajidos, sencillamente estamos desprestigiándonos”.

La administración Obama insiste en el hecho de que los Estados Unidos están llevando a cabo una “guerra necesaria” en Afganistán. Se ha utilizado todo tipo de justificaciones: la protección de los americanos, la protección de los civiles afganos, la liberación de las mujeres afganas, el aplastamiento de la insurrección talibán, el impedir a Al-Qaeda utilizar Afganistán como base de operaciones.

Pero la colaboración entre los militares estadounidenses y los servicios de información de una parte y los señores de la guerra, los traficantes de drogas y los grupos paramilitares de otra, muestra claramente que estas justificaciones sirven solo para disimular la verdadera razón por la que los Estados Unidos no van a retirar sus tropas de un país que, sin embargo, ha rechazado su presencia.

Los Estados Unidos querían la guerra en Afganistán porque han visto los ataques del 11 de septiembre como una posibilidad de proseguir sus ambiciones imperiales en Asia Central. El primer objetivo de Washington no fue vencer a los talibanes. Por otra parte, antes del 11 de septiembre los Estados Unidos consideraban el poder de los talibanes en Afganistán -con su focalización sobre la ley y el orden y la erradicación del tráfico de drogas- como algo estupendo para la estabilidad regional.

Si los Estados Unidos hubieran verdaderamente querido capturar a los miembros de Al Qaeda responsables del 11 de septiembre, ¿Porqué rechazaron los oficiales estadounidenses -según el Informe de la Comisión del 11 de septiembre- la oferta del Mulá Omar que proponía entregar a Osama Bin Laden si los Estados Unidos renunciaban a la invasión?

La respuesta es que el proyecto de establecer una ocupación militar en una región rica en petróleo y gas natural era más importante para quienes decidían sobre la política exterior estadounidense que el hecho de capturar a los dirigentes de Al Qaeda.

Ahora que los Estados Unidos han gastado milles de millardos de dólares en esfuerzos inútiles para ocupar a la vez Irak y Afganistán, estas decisiones aparecen como algo estúpido. Pero a comienzos de los años 2000, la visión neoconservadora del remodelamiento del Medio Oriente según los deseos de los Estados Unidos era apoyada de forma aplastante tanto por los Demócratas como por los Republicanos en el Congreso. Y hoy, la administración Obama sigue en el mismo registro que Bush en lo que se refiere a Afganistán.

Es momento de acabar con este derroche trágico de vidas y de dinero en Afganistán, y de retirar nuestras tropas ya.

8/11/2009

Erik Ruder ha escrito este artículo para el semanario de ISO (International Socialist Organization), Chicago.
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR, a partir de la versión francesa publicada en a l´encontre, www.alencontre.org





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