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Tribuna VIENTO SUR
En la muerte de Adolfo Suárez. Aquello no fue “consenso” sino claudicación
01/04/2014 | Petxo Idoyaga

Desde el 21 de marzo en que murió el ex-presidente español Adolfo Suárez hasta ayer, día 31, en el que (creo) han finalizado los actos funerarios, el retrato de los medios de comunicación y de las portavocías de partidos, sindicatos e instituciones varias, ha sido que bajo su presidencia se vivió un maravilloso tiempo de “consenso” o, casi mejor, de “consensos”, es decir, de adoptar decisiones de común acuerdo entre dos o más partes (en definición de la Real Academia de la Lengua), pues, según nos cuentan, abarcaron lo político, lo social, lo cultural, lo habido e, incluso, lo por haber.

Aunque uno acepte el profundo sentido que tiene la marxiana aseveración de que “el ser social determina la conciencia” y no al revés, sigo teniendo un cierto respeto por el papel de los individuos en la historia. No negaré, pues, que nacido desde las entrañas del proyecto estratégico de continuismo reformado del régimen franquista, de un “franquismo sin Franco” tras la muerte del Caudillo, nacido desde el mismísimo sillón de Ministro Secretario General del Movimiento, Adolfo Suárez tuvo un papel determinante para virar desde dicha estrategia a otra de constitución de un régimen de Monarquía Parlamentaria, con un sistema de derechos y libertades de muy baja calidad, pero homologable, perfectamente, entre los sistemas democráticos occidentales.

Pero me parece justo volver al aserto marxista. Hay que recordar que desde la explosión social de combatividad contra el Proceso de Burgos en diciembre de 1970 hasta el año 1976, año en el que, hasta el 30 de noviembre según datos del oficial Secretariado de Asuntos Sociales de la CNS (el Sindicato Vertical franquista), se habían producido 1.460 huelgas que habían afectado a 8.495.301 trabajadores con una pérdida de 101.714.666 horas de trabajo (10.353.170 el año anterior), la creciente combatividad social planteaba la posibilidad abierta de convertirse, además, en un movimiento político que impusiera una ruptura democrática radical de toda la herencia (estatal, institucional, jurídica y política) de la dictadura. El viraje estratégico pilotado por Suárez lo evitó, logró el paso a la democracia sin ruptura democrática radical del franquismo y tuvo en ello el apoyo del capitalismo nacional e internacional, aunque quedasen sectores de extrema derecha y del Ejército que luego intentaran asonadas diversas.

Pero, ¿pudo Suárez pilotar ese viraje sólo mediante relaciones diplomáticas entre las fuerzas provenientes del franquismo o los sectores del capitalismo español e internacional? Pues con el riesgo que representaba la creciente combatividad social, francamente no. Para lograrlo tenía que encauzar ésta en parámetros compatibles con su proyecto de “reforma democrática” del franquismo. Y para hacerlo necesitaba agentes que dieran credibilidad a su proyecto dentro, precisamente, del movimiento social, para lo que aquellos debían tener, a su vez, credibilidad dentro de éste.

Este es el papel que jugaron el PSOE y el PCE, UGT y CC OO (apoyados en ocasiones por formaciones políticas y sociales más a su izquierda). Es cierto que la “reforma política” de Suárez –por eso dio paso a un régimen de democracia parlamentaria- permitió las elecciones parlamentarias, la legalización de partidos y sindicatos, una controlada pero real libertad de prensa y que las cárceles se vaciaran de presas y presos. Pero ese cambio de régimen era inevitable si quería evitar el estallido de imparables procesos de huelgas generales políticas contra la dictadura (algunas de las imágenes de Portugal en la “Revolución de los Claveles” resultaban pavorosas para quienes querían sostener poder, pese a la crisis en que se vivía). Pero, más allá de eso, ¿fue aquello un consenso, una adopción de decisiones en común acuerdo entre posiciones distintas? Hubo ciertamente otras concesiones impensables en el franquismo, como la de las autonomías, pero bien delimitadas en el margen del sistema de “Estado fuerte democrático” basado en la reforma del pasado o, si se prefiere, en una controlada ruptura con el mismo. Y en esto lo que se produjo fue una claudicación del PSOE y PCE a la estrategia de Suárez, no un consenso con él estableciendo decisiones representativas de posiciones encontradas.

Como, en hermosísima clave irónica, se cuenta en un escrito de la época que, al final de este artículo, rescato de nuestro periódico COMBATE de aquella época, en realidad no había posiciones distintas, no había cartas distintas en aquel juego; todos tenían las mismas cartas, las que Suárez les había dado y, además, él estaba de mano.

Los Pactos

La Ley de Reforma Política que se sometió a referéndum el 15 de diciembre de 1976, fue la primera parte de esta historia. Tanto PSOE como PCE propusieron la abstención al referéndum. Pero, ciertamente, no ya con la boca pequeña sino casi cerrada. En el Congreso del PSOE celebrado previamente, ese mismo año, fue evidente su viraje al pacto, a lo que llamaron “compromiso constitucional” con lo que representaba el proyecto reformista de Suárez desde el interior de la herencia franquista. Pero fue el PCE la pieza clave para que la Transición se desarrollara por los cauces marcados por Suárez. Carrillo apareció públicamente en Madrid en diciembre de 1976 y en la misma fecha, el día 10, uno de los principales dirigentes de ese partido, Ramón Tamames, explicaba en el diario El País, la necesidad de recorrer el camino hacia la democracia por “laberintos legales”. En enero de 1977 el PCE evitó por todos los medios que explotara una inmensa movilización política en respuesta a los asesinatos fascistas en el despacho de abogados laboralistas de Atocha, en Madrid. El 27 de febrero Carrillo se entrevistó directamente con Suárez (reunión preparada con muchos contactos y acuerdos anteriores), en la que ya se hizo patente su compromiso a remar en la misma dirección; en la primavera fue legalizado. Esta aceptación de la “reforma” de Suárez, a la que eufemísticamente estos partidos comenzaron a llamar “ruptura pactada” fue, sin duda, una barrera para que la combatividad social se cargara de conciencia política.

Desde la pseudoamnistía del 30 de julio de 1976 que dejó fuera de ella a 250 presos (en gran parte de ETA), el PCE había abandonado, prácticamente, su participación en las movilizaciones a favor de la amnistía para las presas y presos antifranquistas. Tras su legalización el 9 de abril de 1977, esto pasó ya a ser definitivo. En mayo de ese año, las movilizaciones, en una semana pro-amnistia en Euskal Herria, se habían saldado con 7 muertos. Ante el llamamiento a extender la huelga a todo el Estado Marcelino Camacho respondió: “En el momento actual, cuando las libertades son todavía frágiles, creemos que el objetivo fundamental de la clase obrera es consolidar y desarrollar las libertades. Toda actuación que venga a desestabilizar es contraria a la clase obrera”. Pocos meses después, en octubre (para entonces casi la totalidad de presas y presos antifranquistas estaban ya en la calle), el PSOE y el PCE votaban en el Congreso de los Diputados una “Ley de Amnistía” que, en realidad, significaba borrar de la memoria histórica la represión franquista e incluía: “Los delitos y faltas que pudieran haber cometido las autoridades, funcionarios y agentes del orden público, con motivo u ocasión de la investigación y persecución de los actos incluidos en esta ley” (y a) “los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas”. Amnistía en clave Suárez.

A comienzos de octubre de 1977 miles de trabajadores desfilaron por las calles de ciudades y pueblos del Estado español (una gran manifestación en Madrid) en contra del Pacto Social que el Gobierno quería acordar con todos los partidos, la patronal y los sindicatos. Pocos días después, el PSOE y el PCE, al igual que CC OO firmaban los Pactos de la Moncloa, un pacto social de libro. Bastantes secciones sindicales de CC OO se levantaron contra ello y UGT se negó a firmarlo. Más tarde, vuelta el agua a su cauce, CC OO impondría homogeneidad interna y UGT firmaría. Quizá sea esta la imagen más clara y más brutal de claudicación de la izquierda ante la estrategia de Suarez, pese a la oposición que pudo encontrar en el propio movimiento obrero… y, ciertamente, sin que las fuerzas de la izquierda radical fuésemos capaces de desbordarlo.

De todos los temas en que esa claudicación a los proyectos de Suárez ha sido el políticamente más relevante para la historia (y para determinar el futuro. ¡Catalunya!) ha sido la Constitución. Todavía se sigue hablando de su redacción y aprobación como un modelo de “consenso”, pero es, sin duda, el ejemplo más claro de algo que se situó en el mero marco de un régimen democrático de baja calidad y limitado a una ruptura muy controlada con el régimen anterior. Que aún se justifiquen sus límites porque había “ruido de sables” pero se niegue, tantos años después, a una mera revisión del mismo es más que sintomático. Todos jugaron con las cartas de Suárez, claudicantes ante él.

Arizona Suárez/1

El forastero entró en el Saloon y se acodó en la barra. La expectación general le hizo volverse hacia una mesa donde se jugaba una partida que ponía de punta la tensión de los presentes. Empezaba la ronda final. Se detuvo a mirar.

Repartieron las cartas. Le tocó hablar a Suárez. Las miró, se echó hacia atrás el sombrero y abrió con mucha calma. Suárez prometió la democracia. Después, Tierno Galván aseguró la democracia, Felipe González dejó claro que el socialismo es libertad y esa es la democracia, Carrillo anunció el socialismo en libertad, la verdadera democracia, Gil Robles cristianizó la democracia. Se contemplaron, serios, estrictos, con esa mirada lejana y al mismo tiempo vigilante que ponen los jugadores, disimulando sus posibilidades. Suárez tiró dos cartas y pidió dos nuevas. El tierno profesor pidió dos cartas, Felipe se descartó de dos únicamente, Carrillo tiró primero una, y cuando la expectación había crecido, dejó caer la otra sobre la mesa, Gil Robles pidió directamente dos cartas nuevas. Fuera hacía calor. Se removía el polvo cuando cruzaba la calle principal del pueblecito un jeep lleno de sherifs. Algún disparo sonaba de tiempo en tiempo sin alterar la partida, sin inmutar a los jugadores, integrándose en el paisaje habitual de aquel villorrio. Un par de sherifs antidisturbios sacaron rápidamente sus metralletas y liquidaron ante la puerta del saloon donde jugaban a un forastero sospechoso. Se oyó como un trueno lejano y alguien dijo: tormenta, y otro: bomba. Todo en calma, todo igual, muy parecido a siempre.

Volvió a empezar la ronda de las apuestas. Suárez se comprometió a la reforma, Tierno, inmediato, aseguró la reforma, Felipe se obligó a la reforma, Carrillo prometió la reforma, Gil Robles puso en silencio la reforma encima de la mesa. Suárez elevó la oferta hasta los derechos de la mujer, Tierno empujó los derechos de la mujer, con un gesto cansado, sobre la mesa brillante, Felipe prometió los derechos de la mujer, Carrillo aseguró los derechos de la mujer, Gil Robles dejó bien claros los derechos de la mujer. ¡Suárez exigió una amplia autonomía, Tierno se puso imperioso ante la amplia autonomía, Felipe pujó con decisión una amplia autonomía, Carrillo entonó el "Eusko Gudariak" en catalán, Gil Robles pareció rechazar con todo su espíritu la posibilidad de unas regiones sin amplia autonomía! ¡¡Suárez tiró sobre la mesa la austeridad fiscal...!!. Una fortuna ante los jugadores, los ojos brillantes, las manos rozando las pistoleras, el pianista había dejado de tocar, los tiros daban en la calle su nota de continuidad sin sobresaltos, muchos de los forasteros que miraban la partida sin sentarse a la mesa musitaban también entre dientes como si participaran: ¡voy con la democracia!, ¡los derechos de la mujer!, ¡voy con la amplia autonomía!, ¡me pongo toda una austeridad fiscal sobre el tapete! Había clientes en pleno ataque de nervios cuando las cartas cayeron sobre aquella mesa que había aguantado tanto. Hubo un rumor de sorpresa entre los mirones: todos tenían los mismos ases, la misma bandera, el mismo orden, los mismos reyes; todas las barajas tenían el mismo rey y la misma reina y los mismos oros junto a las mismas espadas. Todos presentaban, ante el pasmo general, una misma jugada. Ganó Suárez por la mano.

Notas

1/ Todo el texto que sigue es una reproducción de una columna publicada en el número 77 de COMBATE el 24 de junio de 1977. El periódico de la Liga tenía, desde el número 71 del 22 de abril de 1977, una sección firmada por Luis Ramírez que se titulaba La Palabra. Él era colaborador habitual de la prestigiosa revista “Ruedo Ibérico” y autor de obras como “Franco, historia de un mesianismo”. No me he resistido a traerlo aquí.





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