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China
El pueblo tibetano y su derecho a la autodeterminación
21/02/2014 | Tino Brugos

Cuando, allá por el año 2006, se presentó una denuncia en la Audiencia Nacional pidiendo que se juzgaran los crímenes contra el pueblo tibetano poca gente creía que se iba a llegar hasta el punto en el que se encuentra actualmente la querella y, sobre todo, las repercusiones que está teniendo en múltiples aspectos: sorpresa e indignación por parte de las autoridades chinas, alegría entre los demandantes y, en el plano doméstico, con un Partido Popular que ha manifestado su decisión para modificar, de forma inmediata y sin ningún tipo de debate previo, las leyes referidas a la Justicia Universal con la idea de restringir las condiciones en las que un juez español puede investigar delitos cometidos fuera de nuestras fronteras.

En efecto, tras la reacción inicial de sorpresa ante la querella presentada por dos asociaciones españolas (Comité de Apoyo al Tíbet –CAT- y Fundació Casa del Tíbet, de Barcelona, así como por el ciudadano español de origen tibetano Thubten Wangchen, que ostenta el título de lama) el aparato judicial se puso en funcionamiento y durante este tiempo ha ido acumulando los datos suficientes como para que el pasado mes de noviembre de 2013 se emitieran las primeras imputaciones en contra de los principales ex dirigentes del Partido Comunista Chino (PCCh) entre los que destacan los nombres de Jian Zemin, Li Peng, Hu Jintao y otros miembros de la cúpula dirigente. A todos ellos se les acusa de ser las personas responsables encargadas de supervisar a las personas que cometieron los abusos contra la población civil tibetana. Con acusaciones tan graves como genocidio, torturas y delitos de lesa humanidad, el auto del juez estipulaba una orden internacional de busca y captura con prisión provisional, incondicional y sin fianza para las personas encausadas.

Tíbet: una solidaridad cuestionada

En los ambientes de la izquierda hablar de solidaridad con el pueblo tibetano no es tema corriente ni sencillo. Por un lado, está el hecho de tratarse de un espacio situado en un ámbito geopolítico lejano del que tenemos escasas referencias directas ni afinidad cultural o política; por otro lado, nos encontramos con reacciones primarias de rechazo a solidarizarse con una causa que se puede presentar como el resultado de una campaña de hostigamiento de los Estados Unidos en contra de la República Popular China. Si a esto se añade el hecho de que la imagen de las reivindicaciones tibetanas están lideradas por los lamas, clase sacerdotal que gozaba de importantes privilegios antes de la revolución, el rechazo se convierte en una posición blindada a cualquier debate.

Existe otra posición, basada en el anticomunismo, que utiliza la causa tibetana para acosar al gobierno chino acusándole de crímenes contra la humanidad, represión salvaje y todos los calificativos imaginables para provocar rechazo y descrédito de un régimen que hace cuatro décadas se presentaba ante el mundo como alternativa revolucionaria de lucha frente al imperialismo norteamericano. Ambas posturas funcionan como un juego de espejos en los que se reflejan imágenes invertidas con argumentos simplificados que esconden multitud de matices.

En ambos casos se pasa por alto que lo que podríamos denominar la “cuestión tibetana” es un asunto mucho más complejo que la instrumentación que hacen de la misma los aparatos propagandísticos de los Estados Unidos o de la República Popular China. Este problema es el desarrollo de un proceso complejo en el que se enfrentan las aspiraciones y los intereses de las clases dirigentes de China y Tíbet. Como tal, ha tenido un recorrido a lo largo de un período de tiempo largo que le ha permitido adquirir el perfil actual y donde podemos encontrar dos factores fundamentales como elementos clave que explican el surgimiento y desarrollo del problema: por un lado, las relaciones fluctuantes y ambiguas que han mantenido China y Tíbet durante diferentes épocas; por otra parte, la presencia de una injerencia exterior, la expansión imperialista, que durante el siglo XIX se concretó en lo que se dio en llamar El Gran Juego (intereses enfrentados de la Rusia zarista e Inglaterra) y ya en el siglo XX ha sido la aspiración de los Estados Unidos, durante la Guerra Fría, a utilizar la cuestión tibetana como un punto de apoyo en su campaña para erosionar a la China comunista.

A pesar de este elemento exterior que permite posicionarse con facilidad frente al intervencionismo y la instrumentalización del pueblo tibetano, mucha gente que se situaba en el espacio del maoísmo rechazó cualquier tipo de aproximación crítica al problema. Para esta corriente se trataba de una causa impulsada desde el exterior por títeres del imperialismo que defendían intereses feudales. Este argumento escondía que, tras la proclamación de la República Popular en 1949, las tropas del Ejército de Liberación Popular de Mao entraron en Tíbet un año después y llegaron a un acuerdo con esos mismos déspotas feudales a los que ahora se estigmatiza. Ninguna referencia a los intereses del campesinado, a la posibilidad de impulsar un proceso de auto-organización de esos mismos campesinos frente a los terratenientes y los monasterios que ejercían como grandes propietarios.

China - Tíbet: relaciones ambiguas y fluctuantes

Durante la época medieva, en la meseta tibetana se forjaron los fundamentos sociales y económicos que culminaron con la creación de una entidad estatal que, debido a su singularidad geográfica, logró permanecer fuera del alcance de grandes imperios como el de los mongoles de Gengis kan o China a lo largo de las diversas dinastías que gobernaron el país. Este primer Estado tenía una base secular que en el siglo XVII cambió con la instauración de un nuevo sistema de base teocrática, el lamaísmo. La cultura budista había entrado en crisis y fue necesaria una reforma impulsada por la secta Gelugpa, los de la túnica amarilla, quienes con apoyos externos procedentes de las estepas mongolas fueron impulsados al poder.

Se implantó un sistema teocrático en el que la dirección política quedaba en manos de un dirigente que era el resultado de una reencarnación de una antigua deidad budista, el Dalai Lama. En esa misma época surgió la figura del Panchen Lama, también producto de una reencarnación, que disponía de una importante autoridad religiosa, aunque siempre inferior a la del Dalai. Esta curiosa bicefalia funcionó sin problemas durante períodos prolongados de tiempo porque las normas estipulan que prima la autoridad del personaje que cuenta con mayor edad. Aún así, en algunas ocasiones, la figura del Panchen ha servido para nuclear al sector opuesto a la dirección política impulsada por el Dalai.

En las primeras épocas del s XVIII los mongoles llegaron a invadir Tíbet y saquearon Lhasa, amenazando al Imperio Chino dirigido por la dinastía Manchú. En 1720 tropas chinas liberaron el Tíbet, restablecieron el poder del Dalai y convirtieron a la región en un protectorado que se mantuvo en vigor hasta el siglo XX. La presencia china se concretaba en la figura de dos representantes (Ambans) encargados de controlar aspectos como defensa, relaciones exteriores, comercio, elección de autoridades religiosas, etc. Este es el período en el que Tíbet se cerró a la presencia de extranjeros. Esta fase marcó el destino de Asia central con repercusiones que llegan hasta nuestros días: establecimiento de los Nuevos Dominios (Sinkiang), división del pueblo mongol (Mongolia Exterior e Interior) y presencia en Tíbet.

Se abrió un proceso que, en condiciones normales, debería haber culminado con una asimilación del pueblo tibetano. Sin embargo, la decadencia china unida a la llegada del imperialismo interrumpió esta evolución, realzando el poder del clero tibetano y de los grandes monasterios

Tíbet en el Gran Juego

Durante la segundo mitad del s XIX Inglaterra se sintió amenazada en su colonia de la India por el avance ruso en Asia central, de ahí que su principal preocupación fuera detener dicho avance o incluso limitarlo con la creación de Estados-tapón situados en medio de ambas potencias (caso de Afganistán). Tíbet era un territorio cerrado a los visitantes europeos pero eso no impidió que se enviaran diversas misiones expedicionarias con el objetivo de cartografiar el terreno de cara a posibles avances en el futuro. La presencia de súbditos budistas dentro del imperio del zar posibilitaba las relaciones desde Rusia con los lamas tibetanos, algo que creaba mucha desconfianza entre los británicos que, tras la ocupación de los emiratos centroasiáticos, desarrollaron una verdadera rusofobia. Además, el progresivo hundimiento del imperio chino creaba un vacío que había que controlar para evitar las posibles pretensiones rusas.

Finalmente una misión expedicionaria británica, mitad militar, mitad comercial, entró en Lhasa después de varias escaramuzas e impuso a los lamas un acuerdo que convertía al Tíbet en un semi-protectorado. Pero esta situación no se consolidó del todo ya que se firmó un acuerdo anglo-ruso en 1907 y se procedió a repartir zonas de influencia en Asia (Persia, Afganistán y China). Tíbet se convirtió en un territorio neutral perteneciente a China. La caída del Imperio y la proclamación de la República convirtió al Tíbet en estado independiente de facto, aunque no de derecho, ya que China nunca llegó a renunciar a su presencia. De hecho el color negro de la bandera republicana china representaba al Tíbet.

El nuevo período permitirá el impulso de reformas muy limitadas que facilitarán la llegada de una tímida modernidad: escuelas, electricidad, telégrafo, policía local en la capital…. En todo caso estos cambios se benefician de un período de estabilidad que no es suficiente para calmar al sector más integrista de los monjes, opuestos a cualquier influencia extranjera. Esta estabilidad se prolongará hasta la llegada de las tropas comunistas en 1950

El impacto del comunismo

La llegada de las tropas del EPL en 1950 sirvió para renovar la presencia china en la región y poner fin a la existencia de un Estado cuya independencia era cuestionada, sobre todo por la nueva República Popular. Aún así se firmaron acuerdos que permitieron mostrar una cara amable por parte de China. Pero la nueva situación condujo en muy poco tiempo a un enfrentamiento en toda regla. De nada sirvió la introducción de mejoras educativas, agrícolas o sanitarias, la construcción de carreteras (que facilitarían la inserción de Tíbet en China) y el compromiso de garantizar la autonomía territorial de Tibet (Región autónoma aunque no incluye la totalidad del territorio de cultura tibetana). En la época de la Guerra Fría se aplicaba la política de contención del comunismo. Pronto estalló una revuelta armada que contaba con la simpatía de buena parte del clero lamaísta. China se apoyará en el Panchen Lama frente a las élites tradicionales agrupadas alrededor del Dalai, por lo demás menor de edad en aquellos momentos. El enfrentamiento inevitable se saldó con la ocupación militar en 1958 y la huida hacia la India de unos cien mil refugiados que, con el tiempo, crearían un gobierno en el exilio en la ciudad hindú de Dharramsala.

Tras la aprobación por las Naciones Unidas de una serie de resoluciones en los años 1959, 1960 y 1961 en las que se apoyaba explícitamente el derecho del pueblo tibetano a la autodeterminación, el conflicto se internacionalizó muy pronto. Por su parte, el gobierno chino ha venido aplicando varias políticas con el objeto de resolver la cuestión sin que hayan ofrecido resultados hasta la actualidad. En los años sesenta se estableció la Región Autónoma Tibetana (TAR); en las décadas siguiente se persiguió la erradicación de los signos de identidad diferenciadora de la cultura tibetana, para pasar en la década de los noventa a un período de liberalización económica y relativa recuperación de algunos signos de identidad aunque con escasos resultados, lo que llevó nuevamente a un período de represión de cualquier tendencia identificada con las ideas del Dalai Lama. Durante este período, de forma fluctuante y con pocos resultados, se han mantenido contactos entre las partes. China intentará reforzar la figura del Panchen para mantener abierta alguna vía de intervención de cara a la resolución del problema.

Durante esta reciente época se han producido importantes cambios: desarrollo urbano, conexiones ferroviarias y aéreas junto al férreo control de los monasterios que se perciben como la base social en la que se pueden apoyar los separatistas. El desarrollo económico está marcando el camino de la modernidad aunque viene asociado a un gran peligro: la inmigración de miles de han (grupo étnico mayoritario de la República Popular China), funcionarios del gobierno y algunos campesinos que amenaza con romper el equilibrio existente y hacer de los tibetanos autóctonos una minoría en su propia patria.

Estos cambios, que se han realizado alternando épocas en las que la represión se conjugaba con medidas políticas, no han sido eficaces para resolver el conflicto. Por el contrario, éste se ha mantenido latente en el interior y ha adquirido una audiencia creciente fuera de China. En el caso del juicio que se pretende impulsar desde la Audiencia Nacional se aspira a realizar un repaso integral de la situación, valorando causas, buscando legitimidades y poniendo luz en los aspectos represivos. Para ello habría que debatir sobre el status jurídico del Tíbet en sus diversos períodos (especialmente desde el inicio del siglo XX), sobre la situación de los Derechos Humanos y la posible consideración de genocidio sobre la población tibetana, sobre la legitimidad esgrimida por la República Popular China para intervenir en los asuntos de Tíbet y sobre si el pueblo tibetano puede ser considerado como sujeto jurídico capaz de ejercer el derecho de autodeterminación.

La reacción del Partido Popular, a la vista de la reacción de la diplomacia china, amenaza con cortocircuitar el proceso. Si se lleva adelante la propuesta de recortar las facultades de los jueces españoles para intervenir en delitos cometidos fuera del Estado español es posible que queden impunes una serie de casos que tienen un valor simbólico y moral muy importante de cara al avance de la Justicia Universal: el caso de los Jesuitas españoles asesinados en El Salvador, el juicio contra Ríos Montt de Guatemala, la denuncia de genocidio contra el pueblo saharaui, el asesinato de Carmelo Soria en Chile, el caso de José Couso, la denuncia por los bombardeos en Gaza o el genocidio de Ruanda. Está por ver si la marca España incluye entre sus valores el derecho a la Justicia Universal o si, por el contrario, entra en la lógica del mercadeo y se dedica a intercambiar negocios por Derechos Humanos.

20/02/2014







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