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Tribuna VIENTO SUR
La (i)lógica infernal de la “preferencia nacional” en tiempos de crisis
17/02/2014 | Jaime Pastor

El alarmismo social que se está fomentando desde los medios de (des)información en torno al “potencial desestabilizador” de los intentos por parte de personas (¡no olvidemos que lo son!) subsaharianas de traspasar la frontera del Estrecho nos recuerda el guión de una película que ya hemos visto muchas veces en el pasado. Se produce además justamente después de las muertes de 15 inmigrantes en esa misma zona y de haber comprobado las mentiras y las contradicciones entre los representantes del gobierno español a la hora de justificar el uso de pelotas de goma contra ellos, aun a sabiendas de que ponían en riesgo su vida: “nos disparaban como a pollos”, relata un testigo saharaui superviviente. Eso sí, no falta luego el consabido discurso de denuncia oficial y mediática a unas mafias que se benefician precisamente del blindaje de fronteras que practica la UE en el Sur con la ayuda de regímenes tan represores como el marroquí.

Se trata de un guión ya conocido porque, efectivamente, ha sucedido en demasiadas ocasiones en esa frontera pero también en otras como la de la isla italiana de Lampedusa, en este caso con personas refugiadas procedentes de países como Libia o Siria. La “Europa fortaleza” muestra así su cara más insolidaria y egoísta al convertir el Mediterráneo en un cementerio que no hace más que acumular cadáveres de personas que, como recordaba Miguel Romero a propósito de sucesos semejantes en 2005 (por cierto, cuando gobernaba Rodríguez Zapatero), saben ya que “si llegan no encontrarán ningún paraíso, que les instalarán en el peldaño más bajo de la escala social, que sólo tendrán acceso a empleos y viviendas ínfimas, que no tendrán ni siquiera la débil esperanza de mejora de los inmigrantes que llegaron a Europa en los años 60. A pesar de todo, el intento de emigrar es un proyecto de supervivencia lúcido en los países subsaharianos. Más lúcido que esperar cualquier mejora de su situación en el marco del neoliberalismo. Más lúcido que creerse las promesas de cooperación del G8, de la Unión Europea o del gobierno español/1.

Pero ni siquiera para formar parte de ese “peldaño más bajo de la escala social” el Estado español y la UE les dejan entrar. Lo peor es que esa política es el resultado de la permanente obsesión por situar la “inmigración” como una amenaza más junto al “terrorismo” y al narcotráfico por parte de las elites europeas, buscando así que las poblaciones autóctonas la conviertan en chivo expiatorio de sus problemas considerando que forman parte del “crimen organizado”. Una política que, desgraciadamente, está contando con el consenso o el silencio cómplice de amplios sectores populares en nuestros países, temerosos de que su “bienestar” menguante lo sea más todavía con la presencia de esa nueva inmigración…pobre. Es lo que en los años 90 Jürgen Habermas definió como “chovinismo del bienestar” y que hoy, bajo el efecto de la “doctrina del shock” basada en los recortes sociales y las privatizaciones, está conduciendo no sólo al cierre de fronteras frente a quienes vienen del África subsahariana o de países en guerra sino también a un repliegue de cada uno de los Estados europeos en torno a la “preferencia nacional”; con la excepción, eso sí, del trato especial para los “extranjeros”, ya sean árabes o rusos, que sean ricos y puedan ayudar, como en el caso español, a que las secuelas de la “burbuja inmobiliaria” se vayan borrando comprando viviendas con dinero sucio y, de paso, tener como premio la nacionalidad del país de acogida.

El triunfo en el referéndum celebrado en Suiza de los partidarios de impedir el paso incluso a inmigrantes procedentes de la UE es una muestra clara de la dinámica infernal a la que está llevando esa interiorización entre capas populares de un discurso que, mientras se esfuerza en ocultar que los ricos están saliendo de la crisis más ricos que antes y los pobres más pobres que antes, pretende convencer a éstos últimos de que sus enemigos son todavía los más pobres, ya sean subsaharianos o simplemente quienes proceden de los países vecinos europeos para ir a trabajar a otro que, en este caso y paradójicamente, es “paraíso fiscal” de esa cleptocracia global de la que forman parte los Bárcenas y Urdangarín. Desvían así la atención de quiénes son los verdaderos responsables de los ataques a sus derechos sociales y entran en una espiral que no sólo está favoreciendo el ascenso de las fuerzas de extrema derecha sino también la deriva “securitaria” de los principales partidos sistémicos, como hemos podido ver también en Francia con el retorno al primer plano del viejo racismo anti-gitano en boca del ministro “socialista” de Interior.

A todo esto hay que sumar ahora la información de que el año pasado el Estado belga expulsó a 323 españoles, siendo el tercer grupo en la lista detrás de búlgaros y rumanos, con la excusa de que se habían convertido en “una carga para el sistema”. Se trata de una preocupante noticia que debería ser una llamada de alerta para una sociedad como la española que, de nuevo, vuelve a ser testigo de la emigración de muchos y muchas jóvenes a otros países.

Se confirma así la tendencia que ya se daba en el marco de la globalización neoliberal pero que ahora, bajo los efectos del cambio de ciclo económico, se ve reforzada: por un lado, continúa en ascenso una “dictadura de los mercados”/2 que, salvo en algunos países, no conoce barrera alguna para moverse libremente; por otro, se reterritorializa cada vez más la soberanía estatal para practicar una política cada vez más racista y clasista de control sobre el libre movimiento de las personas, incluso dentro de una UE sometida cada vez más a una jerarquización interna en función de su lugar geoeconómico e independientemente de cuáles sean las fuerzas gobernantes en cada uno de los Estados.

¿Existen alternativas frente a este camino hacia unos nacionalismos de Estado xenófobos? Sí las hay, por supuesto, pero ello implicaría proceder a la reconstrucción de la solidaridad entre los pueblos del Norte y el Sur de Europa y de las dos orillas del Mediterráneo para buscar formas de cooperación –y no de competencia- entre todos ellos, capaces de hacer frente a la “lex mercatoria supraestatal”, a esta Europa del capital y a los regímenes despóticos del Sur. A todos ellos habría que oponerles un régimen transnacional de respeto a los derechos humanos fundamentales: en primer lugar, el de tener una vida digna en cualquier lugar del planeta y, por tanto, también el de la libre circulación de las personas en su lucha por ese derecho. En resumen, reconstruir un nuevo internacionalismo, disociar la nacionalidad de la ciudadanía, respetar el principio de que “ningún ser humano es ilegal” y cuestionar abiertamente un sistema que cada día está relegando a miles de millones de personas a la categoría de “personas residuales”, “desechables” e incluso “no personas”. Mientras ese cambio de rumbo no se produzca, no habrá muros ni vallas ni ejércitos que impidan una inmigración cada vez más multidireccional.

Jaime Pastor forma parte del Secretariado de la Redacción de VIENTO SUR

Notas

1/ “Panfleto contra la vida”, VIENTO SUR, 83, noviembre 2005, pág. 117.

2/ En el suplemento Negocios de El País de este 16 de febrero se puede consultar un artículo de David Fernández, titulado “Quién maneja el mercado”, que actualiza información sobre el libre movimiento de capitales por todo el mundo y en qué manos estamos cuando se recuerda que “la intermediación en Bolsa es cada vez menos humana”.







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