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Honduras
Golpe, resistencia y posibilidades
03/07/2009 | Bruno Lima Rocha

El gobierno golpista, encabezado por Roberto Micheletti - presidente del Congreso unicameral - además de decretar toque de queda (no obedecido), pide la prisión de conocidos sindicalistas y militantes. Al amenazar dirigentes del Bloque Popular, Vía Campesina, Movimiento por los Derechos Humanos y del poderoso Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, la oligarquía hondureña alimentada oficiosamente por la CIA, desafía la disputa territorial en las calles de la capital Tegucigalpa y en las carreteras y ciudades de los 18 departamentos. Por más increíble que parezca, el acto gorila puede implica en el aumento de la unidad de los sectores populares y de izquierda organizados. Nunca es demasiado acordar que Manuel Zelaya es un convertido, uno más, a las propuestas de la ALBA y del enfoque latinoamericanista gravitado por Hugo Chávez.

De ese modo, la izquierda hondureña actúa en dos arenas simultáneas. Una, inmediata, es la defensa popular contra el golpe cívico-militar. La otra, se dará en el caso de retorno y victoria de Manuel Zelaya, de modo que el presidente no retroceda en la convocatoria de la consulta popular y en el cambio del marco jurídico a través de la reforma constitucional. En este caso, en caso de triunfo de Zelaya y del recalcitrante Partido Liberal (que lo traiciona, pero no abandona de todo), la lucha política podrá encaminarse en el sentido de construcción de espacios decisorios al margen del Estado de Derecho, buscando algo próximo al pluralismo y experimentalismo jurídico que se da en Bolivia, con menos intensidad en Ecuador y que debería darse en Venezuela.

Pero, antes de hacer la lucha contra la derecha endógena del entorno presidencial, el pueblo hondureño tiene que vencer el desafío del golpe gorila.

El golpe hondureño, antecedentes y sus tentáculos externos

Casi todo conflicto de legitimidad pasa por momentos de comoción popular. La resistencia al golpe de Estado, grosera maniobra de tipo gorila, imitando en parte el intento fallido que tuvo Pedro Carmona y la entidad empresarial venezolana (Fedecamaras) al frente del putsch de abril de 2002, siempre tiene que ser inmediata e irreprensible. Hubiera pasado algo semejante en Brasil en 1º de abril de 1964 y no sufriríamos con 21 años de dictadura. Se puede perder o ganar un contra golpe, como fue en la derrota briosa del pueblo uruguayo en la huelga general de respuesta al golpe de 1973. Pero, si un pueblo deja de pelear por no haber convocatoria, las entidades de base y los movimientos populares de ese país caen en un descrédito igual o mayor del que la “izquierda” de base parlamentaria se encuentra en la América Latina. No se iludan, las victorias electorales son, en su mayoría, “de una centro-izquierda no clasista” como sabiamente afirman columnistas de la derecha porteña como James Neilsen (Revista Informas, Grupo Perfil). Aún siendo bastante gorila en la mayoría de las veces, Neilsen acierta en el concepto y en la crítica. La derecha abusa de la estupidez colectiva pero ella en si misma no es tan pelotuda así. Que sirva de lección.

Volviendo al golpe hondureño, de inmediato recordé de Oliver North y John Negroponte. También me vino a mente el Batallón 316 y los escuadrones de la muerte de la contra centro-americana, cuando la Teoría del Dominó daba soporte conceptual a las triangulaciones de traficantes de cocaína, generales sin machete (como el panameño Manuel Noriega de triste memoria y ninguna hombría) y las agencias estadounidenses (CIA y DEA al frente). No por casualidad el Imperio se mantienen en la cínica posición de dualismo. Barack “Keynes” Obama declara en alto y buen sonido que no reconoce otro gobierno que no lo de Zelaya. Ya la abogada Hillary Rodham “Whitewater” Clinton, secretaria de Estado (equivalente la ministra de relaciones exteriores) se rechaza a llamar de golpe militar el putsch encabezado por Roberto Micheletti, el general Romeo Vázquez (con pasajes en la Escuela de Américas), los miembros de la Suprema Corte, de la Fiscalía General, empresarios de comunicación y la alta jerarquía eclesiástica (la derecha de los curas tienen tradición en estas cuestiones desde la relación Opus Dei y Franco). Ya si los EEUU clasifican como golpe de Estado la toma a la fuerza del poder, serían obligados a retirar millones de dólares en ayuda anual al país que los años ’80 tuvo para la América Céntrica papel semejante al de Colombia los años ’90 y primera década del siglo XXI. O sea, por supuesto que no lo van hacer.

La batalla política se gana en las calles

En ese momento, la pelea se da de forma directa, en la dureza de los embates callejeros. La huelga general se mantiene y la tendencia es el aumento de la unidad solidaria entre los que luchan en el suelo. En general, en estos episodios históricos se forja una gana política colectiva, más fuerte hasta del que los lazos con el mandatario derrumbado. Quién resiste en Honduras debe estar llevando en cuenta todos estos factores. En el momento en que escribo estas palabras, militantes del Movimiento por los Derechos Humanos, del Bloque Popular, de la Vía Campesina y del Consejo Cívico de las Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, además de líderes sindicales, están con sus prisiones decretadas por el gobierno golpista. Apostar en la represión, aún protegidos por el cerco y de la censura mediática, aumenta el riesgo entre los golpistas de la disidencia dentro de las Fuerzas Armadas y de la aparición de negociadores “sensatos”.

Además de la polarización contra los golpistas, ya se constituyó un polo de poder que se reconoce en la continuidad de quien fue depuesto. Se trata del Gabinete del Gobierno de Honduras en Resistencia, y tiene en su composición a 27 actores políticos de 1º y 2º escalón del gobierno Zelaya. Para contraponer este polo es preciso confrontar la oligarquía, pero también componer otro polo de aglutinación y poder decisorio. Si hubiera tiempo y sabiduría política, la coordinación puntual para resistencia civil al golpe puede consolidarse en instancia permanente, girando el poder abajo y a la izquierda. Si Zelaya retorne al poder Ejecutivo del Estado burgués, los meses subsecuentes serán definidores del futuro próximo a Honduras y de toda la región.

Contragolpe e impasse político


El domingo día 28 de junio la casa del presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, amaneció bajo cerco militar. Tropas leales al mando del Ejército metrallaron su residencia y lo retiraron del país. No por casualidad, este sería el día de una consulta popular, convocando la ciudadanía hondureña a se posicionar en cuanto a la reforma constitucional. El temor de los oligarcas locales, del arreglo político-jurídico institucional, fomentados por la presencia de capitales impulsando el antiguo Plan Puebla-Panamá (la integración forzada, estilo ALCA, para América Céntrica), era el fortalecimiento del Poder Ejecutivo a partir de una base de relación plebiscitaria con una parcela del pueblo organizado. Por lo visto la derecha centro-americana intenta reproducir la fórmula de los escuálidos venezolanos. Ya anteviendo la probable victoria de una enmienda constitucional futura (no presentada en la consulta, es cierto) habilitando la reelección, decidieron operar antes, aún pagando los costes del aislamiento y condena internacional.

Un golpe “democrático” presenta el límite de la “democracia” de procedimientos

Por más absurdo que pueda parecer, y es. Este golpe fue “autorizado” por la Suprema Corte. Eso caracteriza una distinción del periodo de la Guerra Fría. Con una técnica distinguida, portando un discurso de legitimación jurídico, la élite dirigente hondureña dio muestras de “ponderación” en el rito de conservación del poder. No creyó en los procedimientos legales de impedimento político de un Ejecutivo contestado por los poderes liberales-burgueses, y a la vez, no cerró estos mismos poderes. Apostaron en la fuerza, pero aún no en la barbarie.

En otros tiempos el cierre sería aún más trágico, como ocurrió con Salvador Allende (Chile, en 1973). En el periodo en que vivimos, donde el debate se da sobre el formato de democracia, los golpistas tomaron una medida preventiva, no cometiendo el asesinato a sangre fría del jefe de Estado depuesto la bala. Llevando Zelaya para Costa Rica, país vecino, comunican al mundo que preservan los suyos, reservando la represión para la oposición interna de izquierda, postura política esta que no es a de Zelaya. Preservar la vida del gobernante derrumbado es algo semejante al ocurrido en el fallido golpe en Venezuela, en abril de 2002, cuando Hugo Chávez fue cercado en el Palacio Miraflores, llevado a una prisión militar en el Caribe, y reconducido al poder después de la presión popular los días siguientes. Bien, este quesito presión del pueblo en las calles existe en Honduras. El problema hasta la fecha de publicar este texto, es el hecho de Manuel Zelaya ser recalcitrante y no dar señales de estar dispuesto a arriesgar la vida para mantener el gobierno.

De otra parte, se hay una diferencia entre el golpe hondureño y el intento del empresariado venezolano, es la relación con las fuerzas armadas. Chávez tenía el apoyo de la mayoría de los oficiales de baja patente y sargentos. Zelaya viene de la oligarquía hondureña y es visto como traidor por sus pares en la comandancia de las corporaciones militares aún profundamente influenciadas por la Escuela de Américas, las acciones de tipo tierra arrasada y las regulares implicaciones con el narcotráfico. Así, la variable represión va a jugar un papel importante. Esto porque, la reacción inmediata al golpe fue convocar una huelga general ya en la madrugada de domingo para segunda (29 de junio).


II. Laberintos y salidas para el contra-golpe popular


Entiendo que en estos casos, la conmoción interna es el termómetro. Si no hubiera gente movilizada, aún sabiendo que es siempre una minoría activa quien toma al frente, daría por comprender que hay un apoyo de la “mayoría silenciosa” al golpe. El silencio de los que no son siquiera entrevistados es también fruto del bloqueo mediático. Como vivimos un momento de lucha popular de 4ª generación, las fuerzas represivas tienen como blanco permanente el bloqueo de antenas de telefonía celular, el control de lan houses y cyber cafés, además de la caída de tráfico y de velocidad en las bandas de internet en el país. Minando la capacidad de convocatoria por la media electrónica y las herramientas de comunicación móvil e de interactividad, los hondureños dan pruebas de haber aprendido con velocidad las lecciones de la represión iraní contra la contestación ciudadana. Todo eso se suma con siempre pésima cobertura de las agencias de noticias transnacionales y de las TVs con cobertura global como la CNN. No por casualidad, el recado de los golpistas ya en los primeros momentos, al mantener en cautiverio por un periodo un equipo de la Telesur.

Para interrumpir las protestas, habría dos salidas. Una sería la renuncia pública de Zelaya, gesto que no fue hecho. Otra, más costosa, es el aumento de la represión interna, retomando las prácticas de la década de ’80, cuando Honduras era el centro de la guerra sucia centro-americana promovida por los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre (de 1981 a 1992). En la mayor parte de los episodios semejantes, la falta de legitimidad no soporta los costos de muertos, heridos y mártires. Pero, para mantener el aliento, la resistencia civil interna necesitará ver la salida visible, lo que incluye el papel del actor legal, el presidente electo y depuesto Manuel Zelaya Rosales.

Las medidas de lucha en Honduras son mucho más contundentes del que se difunde por las agencias internacionales. Mientras escribo estas palabras, veo la noticia de que 34 carreteras internas están bloqueadas y Tegucigalpa, la capital, está cercada por tropas leales al golpe. Es justo el opuesto del ocurrido en Caracas en abril de 2002. En la ocasión, lo muero literalmente descendió haciendo uno cerco a la entradas de la capital venezolana. Simultáneamente, el Palacio Miraflores y el más poderoso canal de televisión fueron rodeados de populares, siendo que la Telesur fuera reocupada por resistentes civiles.

En momentos de crisis, aún quienes opinan de afuera y públicamente se posiciona contra el golpe y a favor de un polo de poder popular por fuera de las estructuras de la democracia liberal de procedimientos (como modestamente lo hago yo desde Brasil), no podemos perder la frialdad analítica. Cada momento implica un paso y un proceder. Ahorita no más, aún envuelto en un manto de supuesta legalidad, está el aumento de la represión a través del Congreso golpista votando leyes de emergencia y de forma abrupta apunta que la bayoneta y las rejas son la opción preferencial de la oligarquía hondureña.

Esto se da porque afuera del país la cosa está arrecha para los gorilas. Todas las condiciones externas para frenar el golpe están dadas, pero el jefe de Estado depuesto tiene que hacer su parte también. Retomado el aliento, con sustentación verbal (pero ningún acto incisivo) de la Asamblea General de la ONU, de la OEA, de Casa Blanca (Obama se manifestó para el Departamento de Estado no cortó la ayuda externa para Honduras), de la ALBA, además de la retirada de todos los embajadores europeos en la capital hondureña, Zelaya tiene oportunidades reales de retomar el poder legal. Pero, para eso tendrá que arriesgarse físicamente. Ahora le resta cumplir su palabra, retornar al país escoltado o no por otros jefes de Estado y emparedar los golpistas.

Pero, un análisis desde el punto de vista del pueblo en movimiento no puede sostenerse según los pasos dados o no por un politiquero convertido. Las dudas de fondo no reposan en la resistencia civil y en la movilización de las entidades de base hondureñas. Ahí reside el grado de certeza de las mayorías latino-americanas. La cuestión difícil de ser respondida es en cuanto a la firmeza de propósito y la lealtad al cargo del propio Manuel Zelaya. De ese modo, prepararse para una lucha de más largo plazo y no anclar las esperanzas en las posturas políticas del oligarca convertido parece ser la medida más correcta a ser tomada.

Bruno Lima Rocha es politólogo, docente universitario y militante de la FAG
(blimarocha@gmail.com / www.vermelhoenegro.org/fag)






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