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Afganistán
La guerra y sus perspectivas
07/05/2013 | Tino Brugos

El siete de octubre del año 2001 comenzaron los primeros bombardeos de la aviación norteamericana sobre territorio afgano. El objetivo se presentaba claro en aquellos momentos: expulsar del poder a los Talibanes que se habían atrevido a acoger a Ben Laden, así como detener y castigar a los dirigentes de Al Qaeda, comenzando por el propio Ben Laden.

Cuando están a punto de cumplirse doce años del inicio de la invasión, buena parte de aquellos objetivos parecen haberse evaporado. En apariencia Al Qaeda sigue existiendo, al igual que los Talibanes, los cuales están lejos de haber sido derrotados. Uno de los argumentos clave esgrimidos en su momento para justificar la invasión fue la situación de las mujeres, cercana a la esclavitud. Las cosas apenas han cambiado. Para hacer memoria, conviene recordar que el parlamento afgano aprobó, poco antes de las últimas elecciones, una ley que obligaba a las mujeres a mantener relaciones sexuales si este era el deseo del esposo. Para colmo de hipocresía, una intervención que se planteaba mejorar la situación de las mujeres se hacía de la mano del vecino Pakistán, donde las mujeres pastunes viven en una situación prácticamente idéntica a la de las afganas.

Pero la evolución del conflicto ha hecho que muchas cosas tiendan a complicarse en lugar de aclararse. Así, en el año 2001 el conflicto se centraba en suelo afgano, pero hoy se ha contagiado al interior de Pakistán donde los Talibanes locales se rebelan con fuerza contra el gobierno central, atacan cuarteles, imponen la sharia a base de bombas e incluso denuncian la celebración de elecciones alegando que se trata de un sistema ajeno a la tradición islámica. Peor aún, si al inicio del conflicto Pakistán pasaba por ser el aliado tradicional de los Estados Unidos en la zona desde la época de la Guerra Fría, doce años después son cada vez más fuertes las corrientes que propugnan un giro estratégico en la política exterior del país.

No deja de ser llamativo que la mayor coalición internacional, liderada por los USA, que contaba con el aval de las Naciones Unidas y con la neutralidad más o menos benevolente de Rusia, China, los países de Asia central e incluso de Irán, no haya sido capaz de alcanzar los objetivos planeados al iniciarse la campaña. Buena parte de los gobiernos implicados en la misma, así como las respectivas opiniones públicas piden desde hace tiempo la retirada para poner fin a la misión. Consciente de ello, y teniendo en cuenta otros factores como el coste económico y la sangría de bajas, el presidente Obama anunció hace tiempo una salida de las tropas norteamericanas para el año 2014.

Mientras tanto la guerra sigue su curso. La pasada semana un portavoz oficial de los Talibanes anunció el inicio de la tradicional ofensiva de primavera, que tendrá como objetivo principal a las fuerzas de la coalición internacional. Sin duda este anuncio no habrá pasado desapercibido en los estados mayores ya que en lo que va de año, sin ofensiva, el número de bajas occidentales supera ya las cincuenta víctimas, británicos y norteamericanos principalmente.

A este dato militar habría que añadir otro político: la publicación de documentos oficiales que demuestran que Karzai ha venido siendo financiado personalmente por los Estados Unidos, otro ejemplo de cómo los poderosos se dedican a comprar a los gobernantes.

Así las cosas, cada vez hay más gente que se pregunta cuál será el destino de Afganistán después de la retirada del 2014 y, sobre todo, quiénes serán los encargados de dirigir el país, con la idea de que el actual gobierno tendrá serias dificultades para mantenerse en el poder, al menos con el perfil actual.

¿Ganarán los Talibanes?

El futuro al que tendrá que hacer frente Afganistán después de la retirada es una incógnita; sin embargo, existen muchas posibilidades de que cualquier cambio que se produzca sea favorable a los intereses de Pakistán, que se dispondrá a aumentar su influencia cobrándose de ese modo la ayuda prestada a lo largo de las últimas décadas. Que los talibanes son un producto made in Pakistán no es ningún secreto para nadie y precisamente por ello Pakistán ha recibido numerosas presiones para que rompa lazos y deje de tener canales de comunicación con quienes se presentan como los enemigos jurados de la intervención.

Sin embargo, los hechos son claros y los Talibanes aparecen como el polo más desarrollado de la resistencia lo que obliga, si se quiere reducir su influencia, a buscar alguna vía de integración. Desde hace más de un año se viene hablando de la posibilidad de abrir negociaciones directas entre Estados Unidos y los Talibanes aunque estos rumores no se han concretado. Aún así en el ambiente se perciben algunos cambios a tener en cuenta. Quizás el más llamativo sea el intento de jugar la carta de la reconciliación. De hecho este tema forma parte del discurso de Karzai desde hace tiempo. Lo novedoso es que el pasado marzo, en una rueda de prensa conjunta de John Kerry, Secretario de Estado norteamericano, y el presidente Karzai, se hablara de la necesidad de abrir vías para la reconciliación, incluyendo a los talibanes.

Es importante señalar que los USA tienen ahora un interés especial en garantizar una estabilidad que les permita llevar a cabo los preparativos que garanticen una retirada sin sobresaltos y evitando, si fuera posible, el hostigamiento talibán por medio de atentados o de ofensivas. A diferencia de años anteriores, hoy no se ve como algo imposible la integración de los Talibanes. Al fin y al cabo, otros señores de la guerra, con sus milicias se han ido haciendo un hueco en la Loya Jirga durante el conflicto. Unas hipotéticas negociaciones con los Talibanes no tendrían que ofrecer necesariamente resultados espectaculares, pero servirían para relajar la tensión, reducir el accionar militar y trasladar la confrontación a la mesa de negociación con ideas políticas.

Pero ese escenario, que es el que querrían los norteamericanos, no tiene por qué ser el que se imponga. De hecho, en los meses anteriores se ha insistido en que, a pesar de los costes que tiene su utilización, seguirán los bombardeos con aviones no tripulados (drones) para intentar mantener bajo control a la insurgencia talibán. Esta decisión aparece como un elemento de doble filo. Por un lado aumenta la seguridad de las tropas que evitan de ese modo los enfrentamientos directos pero, al mismo tiempo, incrementan el rechazo y el odio de la población civil que es la afectada cada vez que se produce un error.

Los Talibanes y sus desafíos

Sin embargo, la entrada en una nueva fase del conflicto obliga a los contendientes a adaptar sus estrategias a las nuevas coyunturas que se avecinan y en este sentido los Talibanes tendrán que efectuar también sus propios ajustes. De momento conviene tener un cuenta un dato que puede tener trascendencia en el futuro. Cuando en 1996 los Talibanes tomaron el poder, se interpretó su llegada como el triunfo del mundo rural conservador frente al modelo urbano, detestado por múltiples aspectos: pérdida del sentido comunitario en las ciudades, ateísmo, ideas socialistas procedentes de las élites urbanas, visión islámica demasiado intelectualizada y poco respetuosa con las tradiciones, etc. De repente el país retrocedió tres décadas para situarse justo en el momento anterior a la experiencia parlamentaria y modernizadora que, por limitada que resultara al final, abrió las puertas a cambios sociales que permitieron finalmente proclamar la República y abrieron el camino a la intervención soviética. En 1996 existía una situación social que hoy ya es pasado.

El mundo rural se ha fracturado como consecuencia del conflicto y, en buena medida, ha desaparecido. Millones de afganos viven como refugiados fuera del país, en Pakistán e Irán, pero también en lugares tan lejanos como Alemania, Italia, Inglaterra, los Estados Unidos o Canadá, al tiempo que se ha producido un éxodo rural forzado por la guerra. Kabul alberga en estos momentos a una cantidad indeterminada de población, que algunos sitúan en torno a los tres millones de habitantes.

En términos demográficos, la base rural en la que se apoyaban los Talibanes se ha venido abajo. Las estructuras tribales y comunitarias ya no son las que existían antes del conflicto, se han producido cambios étnicos en la composición de algunas regiones y enormes áreas rurales han quedado casi vacías de población. Un elemento que puede favorecer el mantenimiento de la insurgencia, pero ahora el pez se ha quedado sin agua según la tradicional doctrina de contrainsurgencia aplicada en múltiples conflictos. Ahora mismo Afganistán sería un país que se encuentra en tránsito hacia un mundo urbano, un hecho que por fuerza afecta a la estrategia talibán.

Bien es cierto que disponen de un apoyo importante y que mantienen capacidad para lanzar ataques suicidas, poner coches bomba e incluso pequeñas ofensivas locales, pero también es verdad que el impacto de las mismas entre determinados sectores es cada vez mayor, al percibir la población de las ciudades que su propia seguridad está en peligro ante determinadas acciones que pueden acabar siendo identificadas como terroristas. Sin duda este elemento dificultará su avance político entre una población urbana que no deja de aumentar.

¿Escuelas vs Madrasas?

Es en el marco urbano donde se están produciendo algunos hechos que tienen un valor importante. Uno de ellos es el desarrollo del sistema escolar. Impulsado por el gobierno, se presenta como uno de los requisitos necesarios para que Afganistán supere su tradicional aislamiento y atraso. Sin embargo, para los Talibanes las escuelas no dejan de ser un objetivo a atacar, porque representan la autonomización del conocimiento con respecto a los valores y creencias religiosas.

Durante los años ochenta, cuando la invasión soviética, las escuelas eran vistas como un lugar de adoctrinamiento y de difusión del ateísmo. En aquellos años y buena parte de la década siguiente las escuelas eran una institución rechazada. Sin embargo esa idea ha cambiado y en la actualidad gozan de un creciente prestigio. Informes de ONGs señalan que existen en estos momentos cerca de ocho millones de menores escolarizados, por precario que pueda ser el término. De ese total, aproximadamente un tercio son niñas. Al mismo tiempo el país cuenta con cien mil universitarios, de los que veinte mil serían chicas. Estos datos no podrían ser reales si no se hubiera producido un cambio en la percepción social de los valores que supone la educación y alfabetización. De consolidarse esta evolución los Talibanes estarían perdiendo una batalla crucial para su futuro. En junio del pasado 2012 la revista Newsweek informaba de un incidente ocurrido en la provincia de Ghazni cuando la población se negó a acatar una orden talibán de no llevar a los menores a la escuela. El rechazo a esta pretensión favoreció la aparición de una nueva milicia que acabó enfrentada a los Talibanes, que se vieron expulsados de la zona. La voluntad de mantener abiertas las escuelas fue el elemento que permitió enfrentarse a los Talibanes. El gobierno de Karzai dio pronto su beneplácito a la nueva milicia, que posiblemente no tenga una perspectiva muy diferente con respecto a los Derechos Humanos de la que tienen los Talibanes, pero lo cierto es que éstos perdieron presencia en la zona.

El Islam hegemónico

Aunque el futuro es una incógnita, parece claro que se dirige hacia una prueba de fuerza entre las dos corrientes que hegemonizan hoy la vida política y social de Afganistán. Por un lado estaría el polo que se agrupa alrededor de Karzai, sustentado por los ocupantes norteamericanos, que se ha beneficiado de un considerable apoyo a nivel político y financiero de cara a poner en marcha un proceso de modernización que, inevitablemente, está marcado por su dependencia del exterior así como por la hegemonía de un islamismo conservador y reaccionario.

En el otro polo, se encontrarían las fuerzas de la resistencia a la intervención, menguadas en los últimos años por la cooptación impulsada por Karzai con diversas fórmulas. Los Talibanes son la punta de lanza de este sector y desde su aparición en la década de los noventa han venido desarrollando un discurso basado en dos elementos centrales. Por un lado se presentan como los guardianes de la religión frente a la corrupción que introducen los modelos sociales ajenos al país y por lo tanto al Islam. Sin embargo en este campo tienen que hacer frente al gobierno Karzai que aparece dispuesto a disputarles este espacio. En efecto, el estado surgido al amparo de la ocupación se ha definido como República Islámica de Afganistán y en su Constitución se reconoce el papel de la Sharia como fuente para legislar. Una prueba de que el señuelo no ha caído en saco roto es la existencia de numerosos señores de la guerra, líderes tribales, así como antiguos combatientes, que han ido integrándose en las estructuras del nuevo poder. A diferencia de épocas anteriores, ahora los Talibanes tienen que luchar contra un gobierno que se sitúa en su mismo espacio ideológico, aunque presente una imagen más flexible y moderada. La retirada de las tropas extranjeras permitirá medir cuál de las dos cuenta con mayor apoyo social.

La otra bandera esgrimida por los Talibanes es la de presentarse a sí mismos como el único grupo capaz de enfrentarse a la presencia extranjera. Funcionarían como una especie de nacionalistas antiimperialistas envueltos en la bandera del Islam. Sin embargo, y dependiendo de cómo se efectúa la retirada norteamericana, existe la posibilidad de que este argumento no acabe dando más de sí. Podría producirse una inversión, ya que frente al gobierno de Kabul, que cuenta con el apoyo de sectores disidentes procedentes de la resistencia, se situarían unos Talibanes que no pueden esconder su origen y patrocinio pakistaní. En este sentido los talibanes podrían aparecer como demasiado cercanos a Pakistán, un país visto con muchas reservas desde Afganistán. En este posible escenario tendrían que adaptarse a la nueva situación y dar pruebas de su independencia si no quieren verse acusados de estar al servicio de una potencia exterior

Los daños colaterales de la guerra

En medio de todos estos elementos habrá que ver, también, cómo evoluciona el conflicto y cuáles serán los elementos más golpeados por el mismo. De momento conviene tener en cuenta otro dato que puede ser importante de cara al futuro: la cifra de bajas civiles.

Los informes que recogen balances anuales de víctimas señalan que entre los años 2007- 2011 hubo un total de once mil muertes de las cuales un 75% fueron el resultado de acciones antigubernamentales. Se trata de víctimas fortuitas producidas por tiroteos, explosiones, ataques suicidas, etc. Hasta ahora buena parte del rechazo y de las denuncias se han centrado en el 25% restante que es el producido por actuaciones de las fuerzas de ocupación que, en la mayoría de las ocasiones, son el resultado de bombardeos erróneos de drones y tiroteos. La posibilidad de que este bloque se reduzca tras la retirada hará que el impacto de la violencia talibán sea mayor en el supuesto de que decida seguir con las prácticas armadas. En ese caso, la coartada de los daños colaterales inevitables de la violencia necesaria para expulsar al invasor desaparecería y eso podría dar como resultado un alejamiento de algunos sectores de la influencia talibán. Otro dato que hace pensar que los talibanes tendrán que replantearse, al menos parcialmente, su actual estrategia de lucha.

7/05/2013





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