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Mediapart  
La función de los intelectuales
Enzo Taverso: “Hay que saber nadar contra la corriente”
28/02/2013 | Antoine Perraud

Enzo Traverso, nacido en 1957 en el Piemonte, es un universitario del compromiso y del exilio. Su vida y su obra parecen inclinar muy a la izquierda estos versos del muy derechista Charles Baudelaire que rematan El cisne, uno de los poemas más bellos de Las flores del mal:

¡Pienso en los marineros en una isla olvidados,

en cautivos y en vencidos!… ¡y en cuántos, cuántos más!

Enzo Traverso, formado primero en Italia y después en Francia, en 2009 nombrado profesor de ciencias políticas de la Universidad de Picardía (Amiens), es un especialista en la cuestión del totalitarismo y de las coacciones políticas o sociales del siglo XX. Ha publicado numerosos libros, entre ellos Los judíos y Alemania (Pre-Textos: 2005); Siegfried Kracauer, itinerario de un intelectual nómada (Alfons el Magnànim: 1998); La violenza nazista (Il Mulino: 2010); El pasado, instrucciones de uso: historia, memoria y política (Marcial Pons: 2007); A sangre y fuego. De la guerra civil europea 1914-1945 (Universitat de València, Servei de Publicacions: 2009); L’Histoire comme champ de bataille. Interpréter les violences du XXe siècle (La Découverte; 2011).

Hoy, como muchos cerebros del Viejo Mundo, se encuentra en el Nuevo Mundo, concretamente en Cornell, una selecta universidad privada del Estado de Nueva York, donde enseña la historia de los furores europeos contemporáneos. El 20 de febrero ha publicado Où sont passés les intellectuels? (Textuel), donde responde a las preguntas del antropólogo Régis Meyran, quien ya había editado para la misma colección de la editorial Textuel, “Conversation pour demain”, sendas entrevistas con Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot (L’Argent sans foi ni loi, 2012).

Où sont passés les intellectuels?, un libro breve (108 páginas), sutil e incisivo, sirve de revulsivo bienvenido en estos tiempos de bajamar ideológica, política, moral y civil. Mediapart ha querido hacerse eco de esta palabra que prefiere chapotear en el lado de la revuelta que fosilizarse en la inacción, máxime cuando Enzo Traverso acaba de publicar asimismo un ensayo notable: La Fin de la modernité juive (La Découverte; 2012). Así que le hemos llamado por teléfono al otro lado del Atlántico…

MEDIAPART. Para Sartre, “intelectual es alguien que se mete en lo que no le importa”…

ENZO TRAVERSO. Vivimos en un contexto diferente de aquel en el que Sartre forjó su definición: el advenimiento de la era digital y la universidad de masas han ampliado las fronteras del medio intelectual. Hay más gente en condiciones de intervenir activamente en los debates, y no será Mediapart quien me contradiga a este respecto. Pero en el fondo, el papel del intelectual no ha cambiado: ha de interrogar, es decir, contestar al poder. Esta función fundamental sigue en pie.

¿No debería ser el intelectual un productor de saber o de inteligencia?

Sin duda, pero hay que distinguir al intelectual del sabio. El sabio se limita a producir conocimientos, mientras que el intelectual interviene en la ciudad. Los saberes sobre el mundo y la sociedad se han especializado, diversificado, sectorializado, aunque hoy en día es difícil adoptar una postura de tipo enciclopedista, al estilo de Diderot, consistente en formular un juicio informado sobre todas las cosas. El esfuerzo debe centrarse en la autonomía crítica y la perspectiva universalista que es preciso preservar. Para convertirse en intelectual, el sabio ha de utilizar la reputación adquirida gracias a sus estudios para intervenir en la plaza pública. Ha de dedicarse a practicar, en la estela de Kant, la función crítica y el uso público de la razón.

Sin embargo, la plaza pública rebosa de reputaciones usurpadas.

La industria cultural, efectivamente, no cesa de propulsar al primer plano del escenario a seudointelectuales o pretendidos expertos. El intelectual mediático es un producto fabricado por la industria cultural, que le garantiza visibilidad a través de los medios de comunicación. El “experto” es un sabio que se pone al servicio del poder, renunciando la mayoría de las veces a su autonomía crítica. Ni uno ni otro se oponen a las estructuras y las formas de dominación. Esto se inscribe en un contexto de hundimiento político e ideológico: los partidos ya no tienen ideas que defender y por tanto ya no recurren a intelectuales para elaborar proyectos (solo activan a publicitarios para garantizarse una imagen…). A veces, estas dos figuras coinciden: el “experto mediático” encarna entonces la perfecta antítesis del intelectual clásico.

Los transmisores fundamentales han desaparecido, como las bolsas de trabajo o los sindicatos…

Los intelectuales aseguraban antaño una forma de transmisión actuando de vectores de una cultura reservada exclusivamente a la élite. Por tanto, cumplían una función pedagógica a través de organizaciones sociales dedicadas a compartir el conocimiento como todo lo demás. Después, la cultura se ha democratizado mientras que los intelectuales, en su gran mayoría, se han convertido en trabajadores como todos. Determinadas figuras adoptan, para conservar su visibilidad, básicamente mediática, una postura elitista arrogante; otros se disfrazan de aguafiestas patentados de los platós televisivos, pero en la mayoría de los casos se trata de un reparto de papeles. De este modo se llevan su tajada, en términos de imagen, sobre un telón de fondo de parálisis de los movimientos de contestación.

En su época dorada, el intelectual parecía capaz de permitirnos tanto entender el mundo como transformarlo…

Te refieres a la 11ª Tesis sobre Feuerbach, en la que Marx afirmaba, en 1845, que “los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras, y lo que importa es transformarlo”. El intelectual –utilizo esta noción por anacronismo, pues en la época todavía no existía–, con los artistas, daba forma al imaginario colectivo, en aquel entonces lleno de utopías. Proyectarse al futuro era establecer el enlace entre interpretación y transformación. El intelectual forjaba la dialéctica de este movimiento.

Hoy parece que ha asumido una nueva función: en vez de inventar el futuro, oficia en el “trabajo del duelo” de nuestras sociedades. Inevitablemente ha encajado el golpe de la emergencia de la memoria, rasgo destacado de nuestra época, que destrona la utopía. En nuestras sociedades fragmentadas o “líquidas”, donde las vidas están atomizadas y precarizadas, quienes denuncian las opresiones y el orden del mundo dan la impresión de estar predicando en el desierto.

El intelectual contestatario no ha salido indemne de la derrota histórica de las revoluciones del siglo XX. El descrédito del estalinismo y del maoísmo afecta a la imagen del intelectual comprometido. Esta puesta en tela de juicio tuvo lugar en la década de 1980, un periodo que fue testigo de la aparición, no solo en Francia, de los seudointelectuales mediáticos y de los expertos. Las celebraciones del bicentenario de la Revolución francesa, en 1989, que ciertos observadores extranjeros calificaron con razón de funerales suntuosos, marcaron simbólicamente este cambio.

Los movimientos sociales carecen desde entonces de líderes e inspiradores, para bien (son más autogestionarios y democráticos que en el pasado) y para mal (no son portadores de un proyecto de cambio de la sociedad). Y cuando el filósofo Slavoy Zizek va a hablar en Grecia, le dan un caluroso recibimiento, pero no llena ese vacío. Nos hallamos en una situación de transición. El mundo forjará sin duda nuevas utopías y habrá que definirlas y sistematizarlas. Entonces necesitaremos a nuevos intelectuales…

¿Añoras los tiempos en que no había que desesperar jamás?

Los últimos dos siglos han sido épocas de derrotas, de reflujos, de retrocesos, de exilio, de rechazo, de represión de la palabra crítica. También fueron siglos de lucha, de conquistas y de grandes esperanzas. En los peores momentos, el horizonte no estaba borroso, e incluso durante la segunda guerra mundial, cuando estábamos al borde del abismo, había una luz de esperanza. Hoy, en una situación mucho menos trágica, las expectativas están a media asta: ¿vale la pena luchar? Son muchos los que en la práctica han contestado negativamente a esta pregunta, tal vez sin ni siquiera habérsela planteado conscientemente.

En este caos, en esta desorientación, hay que mantener abierta la perspectiva de un pensamiento crítico asociado a los movimientos que surgirán, diferentes pero inevitables. No creo en el diagnóstico de François Furet, que en El pasado de una ilusión (1995) escribió: “Estamos condenados a vivir en el mundo en que vivimos”. Frente a esta “insulsez consensual”, el historiador Perry Anderson y algunos otros se han alzado para rechazar el pretendido fin de la historia tras la caída del comunismo, que supuestamente ha erigido al capitalismo en panacea universal.

Hay que saber nadar contra la corriente, campar en posiciones minoritarias, de resistencia, aceptar quedar fuera de los focos de la actualidad, hasta tal punto se desinteresan los grandes medios de todo pensamiento crítico, por mucho que este trabajo subterráneo parezca estar condenado a la impotencia, en nuestra época en que la invisibilidad mediática parece ser una forma de inexistencia.

Puede haber, en mi trabajo, una dimensión nostálgica. No la nostalgia del socialismo real, sino una melancolía, en el sentido de Walter Benjamin, o de Daniel Bensaid. No es pesimismo, ni resignación cósmica; es una melancolía de izquierda, que sabe que todo compromiso intelectual o político implica una deuda para con quienes nos han precedido. La lucha no solo es un acto gozoso, liberador, sino también un momento de rescate de los vencidos de la Historia. Se trata de interiorizar las derrotas, pero sin por ello capitular, permaneciendo atentos a lo que surja y dejándose sorprender…

¿Qué cabe decir de la experiencia socialista del siglo XX?

Hay que reconocer efectivamente el fracaso del “socialismo real”, claro que sin caer en las representaciones caricaturescas y unilaterales de los conservadores, pero también sin asumir el enfoque, a fin de cuentas apologético, de sus huérfanos, como el historiador Eric Hobsbawm. En todo caso, la URSS obligó al capitalismo, confrontado con esta alternativa, a superar su dimensión más brutal e inhumana. Las revoluciones del siglo XX, empezando por la revolución rusa, que constituyó su acto fundacional a escala planetaria, forzaron al capitalismo a democratizarse y reformarse. El keynesianismo y el Estado de bienestar fueron el fruto de ese desafío. Tras la caída del muro de Berlín, ese capitalismo ha podido volver en tromba, desmantelando los elementos protectores que se había visto obligado a introducir en sus sociedades.

Pensar el socialismo, hacer el balance de su experiencia, es una tarea necesaria que todavía queda por hacer, más allá de algunos notables esfuerzos para historiarlo. En la derecha, el rechazo ha suplantado a menudo al análisis, y en la izquierda el pensamiento crítico ha quedado paralizado por la derrota, que se ha llevado por delante las corrientes de pensamiento heréticas o disidentes.

¿Ha ahogado la emancipación marxista el afán libertario?

Es cierto que durante mucho tiempo el marxismo ha vehiculizado una visión discutible por tres razones de la historia de los movimientos sociales: una visión teleológica, pues el socialismo era la meta final de la marcha de la propia historia; una visión eurocéntrica, en la medida en que el motor de cambio se identificaba con la clase obrera industrial de los países desarrollados; y una visión de “género”, pues en sus representación dominantes esa clase era fundamentalmente masculina.

El fin del socialismo real ha puesto en entredicho la teleología, haciéndonos comprender que la historia no sigue un camino prefijado. La globalización y la crisis del fordismo también han puesto en tela de juicio tanto el lugar de Europa como el papel central del proletariado industrial en los movimientos sociales. Finalmente, el feminismo, que antaño parecía ser una especificidad del mundo occidental, es hoy un movimiento potente en Asia y en América Latina, mientras las minorías sexuales han conquistado derechos.

Todas estas transformaciones no cuestionan forzosamente el marxismo, pero le obligan a revisar sus paradigmas y a confrontarse con otras corrientes del pensamiento crítico. Un diálogo fructuoso, por ejemplo, es el que tuvo lugar con los estudios poscoloniales, que integraron ciertas categorías marxistas (subalternidad, dominación, clase). El marxismo tiene que abrirse en un mundo en que Europa se “provincializa”. Esto debería llevarle a redescubrir ciertas tradiciones libertarias, particularmente fuertes en países antes considerados “periféricos” por ser menos industriales.

François Furet, a quien te agrada fustigar, sentía desde siempre cierta ternura por el anarquizante George Orwell.

Orwell, detestado por los comunistas, siempre fue apreciado por los libertarios, aunque también por los conservadores. Era el tropismo bienpensante y no el anarquista el que llevaba a Furet hacia Orwell, quien también evolucionó, entre Homenaje a Cataluña y 1984. Este último libro puede adscribirse al antitotalitarismo conservador, aunque pueda dar pie, como toda gran obra clásica, a múltiples interpretaciones.

¿Piensas que el mundo judío es el barómetro del paso de los intelectuales del mesianismo revolucionario al decoro neoconservador?

He tratado de evitar este tópico, aunque La fin de la modernité juive : histoire d’un tournant conservateur comience por una comparación entre Trotski y Kissinger, dos paradigmas antinómicos de la judeidad. El mundo judío fue uno de los principales focos del pensamiento crítico en Occidente, desde el siglo XVIII hasta los años de posguerra. Los judíos estaban tanto en el corazón como en los márgenes del mundo occidental: se hallaban en el meollo de los movimientos culturales y sociales, pero estaban excluidos del poder político. Eran unos outsiders, ajenos –como minoría en el exilio– a las categorías centrales de la modernidad occidental: Estado, nación, soberanía.

El antisemitismo se desarrolló contra esta posición “marginal” del mundo judío, considerado una amenaza para toda cohesión nacional. Hoy en día, el cambio es total. El antisemitismo ha dejado de ser un factor estructurador de las culturas nacionales. Nuestras democracias liberales incluso han transformado la memoria del Holocausto en una especie de religión civil del mundo occidental… Está claro que nadie debería lamentar el declive del antisemitismo en Occidente. Sin embargo, la intelectualidad judía ha pasado de una postura crítica a una orientación conservadora, agotando de este modo la trayectoria de la modernidad judía.

El islam, acantonado en los márgenes, no ha explorado estos territorios del pensamiento crítico o incluso subversivo en Occidente…

El islam encarna la dominación y el poder en amplias zonas del mundo; históricamente no es la religión de una minoría en el exilio. El pensamiento crítico judío es fruto de un proceso de emancipación y de secularización que se ha manifestado mucho más tarde en el mundo musulmán. En la época de la descolonización, los intelectuales de los países musulmanes se definían más por su pertenencia nacional que por criterios religiosos. En Europa no ha habido outsiders musulmanes como sucedió con la modernidad judía durante dos siglos.

El «musulmán por la mirada del otro», para adaptar la fórmula de Sartre, o el “musulmán sin dios”, para adaptar la fórmula de Freud, es decir, el intelectual que reivindica con orgullo sus orígenes frente a la estigmatización social que sufre su minoría, al tiempo que se desprende de todo vínculo religioso, es un fenómeno mucho más reciente. Sin embargo, el palestino Edward Said –nacido en Jerusalén en 1935 y muerto en 2003 en Nueva york, donde enseñaba literatura comparada–, quien en 1978 había publicado Orientalismo, texto del que se reclaman los estudios poscoloniales, Edward Said, decía, se presentaba como ¡el último intelectual judío! Percibo una parte de verdad en esta afirmación, y una parte de judeidad en su humor…

21/02/2013

http://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/190213/enzo-traverso-il-faut-savoir-nager-contre-courant

Traducción: VIENTO SUR





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