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Pakistán
Escalada de la guerra sectaria
19/02/2013 | Tino Brugos

El año 2012 se despidió en Pakistán con varios atentados relacionados con la guerra sectaria que enfrenta a la comunidad chiita con la sunnita. Un hecho que cada vez ocupa menos espacio en los noticieros internacionales debido a su continua repetición. Sin embargo, en los últimos meses se está produciendo una verdadera escalada de violencia que amenaza con desbordar el escaso nivel de contención que despliega el estado. En lo que va de año los atentados han sido continuos alcanzando en ocasiones una gravedad preocupante. Así, el pasado mes de enero se produjo un atentado mortífero en la ciudad de Quetta, capital de Baluchistán, y otro con fuerte impacto en Mingora, en el valle del Swat, en territorio pastún. La pasada semana acabó con otro brutal atentado en Quetta que dejó nuevamente más de cien muertes. En la mayoría de las ocasiones, el objetivo de los atentados es la comunidad chiita que está sometida a una fuerte presión por parte de los grupos militantes de inspiración sunnita.

La organización Human Rights Watch ha señalado que la población chiita sufre en Pakistán un verdadero estado de sitio que impide que los individuos pertenecientes a la misma puedan desarrollar su vida cotidiana sin temor a verse implicados en cualquier incidente relacionado con la violencia que sacude a la convivencia entre ambos grupos en el país. Llama la atención la gravedad de los atentados de Quetta, convertida en la ciudad más peligrosa de Pakistán, donde coinciden diferentes elementos de conflicto que se superponen unos con otros: refugiados afganos, yihadistas tanto afganos como pakistaníes, nacionalistas baluchis y milicianos de diversos agrupamientos sectarios. En los últimos meses se han producido explosiones en mezquitas, mayoritariamente chiitas, ataques individuales, tiroteos, atentados suicidas, explosión de coches- bomba, etc. lo cual sirve para ofrecer una idea del nivel de violencia así como del miedo que mantiene aterrorizada a buena parte de la población.

El origen de la guerra sectaria

Un elemento que llama la atención es el hecho de que el actual enfrentamiento entre sunnitas y chiitas es un fenómeno reciente. En la etapa colonial y las fases anteriores, ambas comunidades compartían territorio y ciudades con entidades que contaban con gobernantes de una u otra comunidad. El proceso de islamización del subcontinente indio se produjo de forma paulatina jugando un papel muy importante en el mismo el desarrollo de los intercambios comerciales. Esa islamización escalonada dio lugar a diversas formas de interpretar y de vivir el islam. Así, la conversión de poblaciones hindúes de diferentes castas no produjo una comunidad islámica unitaria. Por el contrario, por debajo de los dos grandes agrupamientos, sunnita y chiita, se puede observar la existencia de subgrupos que cuentan con identidades diferenciadas. Así, entre los sunnitas hay que destacar la presencia de deobandis, barelvis, memonis, zikries, ahmadis o jamiat y entre los chiitas, además de los ismaelitas y duodecimanos hay que añadir joyas, bohras, etc.

Algunas de estas corrientes datan del siglo XIX, coincidiendo con la colonización británica. Otras tienen un origen anterior. En todo caso, hasta la llegada del siglo XX existía una jerarquía social ampliamente reconocida y respetada que se repartía zonas de influencia tanto en los planos social como político. Fue la llegada de la modernidad y, sobre todo, la partición de la India en el momento de la independencia el instante en el que comenzó a quebrar ese mundo. Un indicio de que antes de la independencia el enfrentamiento sectario se producía de un modo diferente al actual lo ofrece el hecho de que Alí Jinnah, el padre Pakistán, fuera un individuo procedente del grupo joya, encuadrado dentro de la comunidad chiita.

El nacimiento de Pakistán se produjo en medio de un trauma que costó decenas de miles de vidas. El resultado de la partición fue la huida de millones de individuos a un lado y otro de la nueva frontera. Este hecho supuso profundos cambios sociales, políticos, ideológicos y demográficos que, en conjunto, contribuyeron a levantar un nuevo modelo de relaciones intercomunitarias. Pakistán ha sido calificado como un estado sin nación por el hecho de ser concebido para una comunidad islámica que carecía de homogeneidad. El retroceso de la influencia cultural persa, iniciado en el siglo anterior se acentuó, contribuyendo a marginalizar a la comunidad chiita que, en todo caso, estaba formada mayoritariamente por ismaelitas que no se identifican con la versión oficial chiita procedente de Irán.

El paraíso es la para los escogidos

El nuevo estado se nutrió desde su inicio de la tradición sunnita que, aún plural, contribuyó de forma decisiva a moldear las instituciones según su interpretación del islam. De poco servirá que la Constitución declare la igualdad de todos los ciudadanos si, desde el inicio, se llevaron a cabo campañas tendentes a marginalizar a grupos que se fundamentan en escuelas coránicas diferentes. El caso de los ahmadis puede ser el más significativo.

Surgidos en el siglo XIX, los ahmadis forman una secta de carácter mesiánico que presenta a su fundador, Mirza Gulam Ahmad, como un renovador de la fe y un profeta. A pesar de no tener diferencias esenciales con la doctrina oficial islámica, su visión reformista que permite hacer una lectura individual del Corán, al estilo de la libre lectura de la Biblia por los protestantes, así como su implicación en la fundación de establecimientos educativos o empresas de comunicación con una visión avanzada y modernista, les puso desde el inicio en el punto de mira de los sectores más conservadores y tradicionalistas. Acusados de herejía han sufrido un acoso continuado hasta nuestros días, con el objetivo de que sean declarados como una comunidad no islámica, lo cual supone su exclusión social en un país que, como Pakistán, está destinado a fieles musulmanes. Durante las dos primeras décadas sufrieron ataques a sus mezquitas, expulsión de menores de las escuelas o dificultades para acceder a un puesto de trabajo. Al mismo tiempo se desarrollaban campañas políticas con el objetivo de presionar al gobierno para que declarara al grupo como no islámico. En 1974 se promulgó una ley que declaraba a la comunidad ahmadi como una minoría no musulmana y en 1984, durante la dictadura de Zia, se aprobaron reformas legales que impiden a los ahmadis saludarse a la manera islámica, usar nombres tradicionales, denominar a su centro religioso mezquita, etc. Un verdadero proceso de exclusión social que se extiende a otros países gracias a la presencia de grupos tradicionalistas o la presión de los wahabitas de Arabia Saudí, que se niega a conceder a los ahmadis autorización oficial para realizar el hajj o peregrinación a La Meca. Ante esta situación muchos ahmadis han terminado emigrando para evitar enfrentarse a denuncias por blasfemia que pueden acarrear duras penas de cárcel cuando no la muerte.

Los diversos proyectos de islamización

Son varias las corrientes sunnitas que compiten por impregnar a las instituciones del estado con su interpretación de la ley islámica. Los deobandis son quizás el grupo que tiene mayor influencia en la actualidad. Se trata en su origen de una escuela islámica preocupada por mantener la pureza de las prácticas islámicas en la época de la colonización británica. Su escuela, Darul Ulum (La Casa del Conocimiento) se fundó en la ciudad de Deoband (India) y desde allí se extendió, difundiendo una interpretación rigorista que intenta ajustar la vida cotidiana de los creyentes a las doctrinas básicas de los primeros años del Islam. Desarrolló toda una red de madrasas rurales que acogen gratuitamente a jóvenes de extracción rural sin recursos económicos. Su preocupación básica se centra en depurar todas las prácticas que no se ajustan al primer islam, lo que les ha llevado a enfrentarse con los círculos sufíes, condenar el culto a los santos y regular mediante la emisión de fatwas diversos aspectos que pueden entrar en contradicción con la sharia. Su interpretación de la pureza islámica se centra en la veneración de los compañeros del profeta, lo que significa que conceden una especial autoridad a los primeros califas sucesores de Mahoma que se corresponden con la época en la que el Islam no estaba contaminado, puesto que no tenía que convivir con ninguna otra religión.

Con el tiempo han ido radicalizando sus planteamientos hasta el extremo de llegar a proclamarse como los únicos y verdaderos sunnitas, lo que significa chocar con otros grupos tradicionalistas. Se acusa a los deobandis de haberse apropiado del término sunnita al ir cuestionando de manera progresiva al resto de corrientes. Son, junto con los Ahl e Hadiz, quienes mantienen una actitud de mayor confrontación con los chiitas.

La corriente Deobandi generó un agrupamiento político, el Jamiat Ulema al Hind que tras la partición de 1947 se convirtió en Jamiat Ulema Islami. La rama que permaneció en la India se inclinó por una visión no confesional del estado, única fórmula que permitía a la comunidad musulmana que siguió viviendo dentro de la India subsistir en un estado de aplastante mayoría hinduista. Sin embargo, en su versión pakistaní, muy pronto aspiró a imponer un proceso de islamización de las instituciones del estado. Jugó un papel muy importante en la Declaración de Objetivos de 1949, texto base a partir del cual se redactó la Constitución promulgada en 1956. En los últimos años ha participado en diversas campañas electorales alcanzando éxitos significativos en los territorios de Baluchistán y Khyber, enraizándose poderosamente entre la población pastún. Para ello se centró en desarrollar su propio sistema educativo con una potente red de madrasas vinculadas a las mezquitas deobandis. Será de esta red de mezquitas y madrasas de donde saldrán los talibanes que tomarán el poder en Afganistán y que, recientemente comenzaron también a operar en Pakistán en contra del estado. Contrariamente a lo que podría suponerse, los Estados Unidos no han incluido a la red Deobandi dentro del listado de organizaciones terroristas, al considerar que gozan de una gran influencia dentro de instituciones clave como el ejército o los servicios secretos.

Los Ahl e Hadiz o Gente de la Tradición son otro grupo fundamentalista significativo de raíz sunní. Se trata de los seguidores de la doctrina wahabita de Arabia que cuentan con una gran tradición en el subcontinente desde la época de la colonización. Aunque no son especialmente numerosos ocupan un lugar importante por tradición, ya que una parte de sus miembros tiene una extracción social elitista que se remonta al periodo anterior a la colonización británica. Su interpretación religiosa, ultra-ortodoxa y puritana, se basa también en la defensa de los cuatro primeros califas. Gozan del apoyo de Arabia Saudí que financia sus actividades de forma generosa.

La presión depuradora de los rituales religiosos de los grupos anteriores fue el motivo que dio origen a una tercera corriente, los barelvis, que tienen una considerable implantación social. El nombre de esta corriente procede de la localidad de la India, Bareilly, donde se fundó la primera madrasa de esta escuela. Se trata de una reacción tradicionalista ante las reformas depuradoras impuestas por los deobandis. Rechazan el nombre de barelvi al tratarse, en su opinión, de un gentilicio despectivo y prefieren denominarse Ahl al Sunna wa al Yamaa (Gente de la Tradición y la Comunidad). Ofrecen una imagen más liberal y flexible ya que su base doctrinal se asienta en el cuidado de las tradiciones y los cultos sufíes, en su mayoría sincréticos, surgidos tras un proceso de islamización que adoptó numerosos elementos de cultos anteriores. Así, los barelvis se identifican con las órdenes sufíes, con el culto a las tumbas de los hombres santos y otros lugares que consideran sagrados.

Sin embrago, su práctica es puritana y fundamentalista. Aspiran al desarrollo de comunidades islámicas que vivan según sus principios, sin dejarse contaminar por creencias y ritos procedentes de otras culturas. Representaron un repliegue comunitario en la época de la colonización británica logrando una importante implantación en las áreas rurales. Sus rituales se basan en la tradición oral frente a la literalidad de las escrituras que preconizan los deobandis. Mantienen una actitud más flexible en lo referente a los rituales chiitas. En épocas anteriores los barelvis podían participar en algunas de las manifestaciones públicas de los chiitas. Sin embargo, con el ascenso de fundamentalismo sunnita estos encuentros se han reducido. También han desarrollado su propia red de madrasas bien implantadas en las regiones del Punjab y el Sind.

A diferencia de los deobandis, quietistas durante mucho tiempo y opuestos a intervenir en el campo político, los barelvi apoyaron desde los inicios el movimiento para luchar por la creación de Pakistán como el estado destinado a la población musulmana de la India. Para ello crearon su propia estructura política, el Jamiat Ulema Pakistán. El JUP ha visto con recelo las diferentes etapas en el proceso de islamización de la sociedad pakistaní, sobre todo en la época de Zia ya que la mayoría de las disposiciones adoptadas significaban un proceso obligado de sunnificación con matriz Deobandi.

Fueron los barelvis quienes en la década de los años ochenta iniciaron la campaña contra Salman Rhusdie por la publicación de los Versos Satánicos. La intención de Teherán de acabar con la vida de Rushdie hizo que los barelvis tuvieran que rectificar una parte de los juicios emitidos hasta entonces. En cualquier caso en los últimos tiempos su protagonismo ha caído ante el ascenso de los fundamentalistas deobandis. Se muestran muy críticos con el papel jugado por Arabia Saudí para incentivar el activismo deobandi que tiene como blancos preferidos a la comunidad chiita y a las órdenes sufíes.

El Jamiat Islami o Sociedad Islámica es el otro sector sunnita que cuenta con una notable implantación social. Se trata de un agrupamiento que disfruta de una menor implantación social aunque basada en capas medias urbanas e ilustradas que dispone de medios para amplificar su discurso y lograr impacto social. Es el partido mejor organizado que cuenta con presencia a escala estatal y una elaborada ideología basada en las ideas de su fundador Ala Maududi. A lo largo de sus primeros años mantuvo unas posiciones políticas muy parecidas a la de Hassan Al Banna de los Hermanos Musulmanes en Egipto, pese a que no existieron, en principio, conexiones. La idea central de Maududi es la construcción de un modo de vida islámico en forma de contrasociedad, capaz de blindarse ante influencias externas ajenas al Islam. Se presenta como un movimiento revolucionario dispuesto a generar organizaciones sectoriales de mujeres, estudiantes, etc., de modo que las personas puedan vivir su fe como verdaderos creyentes en un círculo libre de contaminación. De este modo el compromiso personal se convierte en un factor esencial en el proceso de construcción de una sociedad islámica.

Durante los años anteriores mantuvo buenas relaciones con diversas estructuras estatales, principalmente con el ejército en la época del dictador Zia ul Haq. Jugó un papel central en la coordinación del reparto de ayuda a los combatientes afganos en la época de la invasión soviética. Se muestra siempre reacio a cualquier influencia europea, aunque eso no supone una visión tradicionalista. Por el contrario, el Jamiat Islami usa con profusión elementos modernizantes como internet y otros medios de comunicación para divulgar su mensaje. Su compromiso con la Yihad afgana se trasladó a principio de los años noventa a Cachemira. Varios grupos militantes parecen haber sido inspirados por el JI

Hacia la nueva violencia sectaria

Todos estos grupos de obediencia sunnita han jugado un papel protagonista en alguna de las diversas coyunturas y crisis que vienen sacudiendo a Pakistán desde el momento de su nacimiento. Tanto los gobiernos civiles como los militares se han apoyado en unos u otros para buscar una legitimidad que en muchos casos no procedía de un resultado electoral.

La década de los años setenta supuso un momento de grave crisis política que acabó con el derrocamiento del Partido Popular de Pakistán de Alí Butto, más adelante ejecutado en prisión. La solución a la crisis vino dada por un impulso decisivo en el proceso de islamización del país dirigido por Zia. Esa propuesta se convirtió en el elemento clave del discurso oficial. El concepto islamización apenas podía ocultar que se trataba de una verdadera sunnización del país lo que, como no podía ser de otra manera, levantó todos los recelos de la comunidad chiita. En adelante el Islam se convirtió en la base del estado intentando resolver por esa vía cualquiera de los problemas planteados. El giro fue tan espectacular que incluso se acabó eliminando de los libros de texto algunas intervenciones del propio Ali Jinnah ante el Parlamento.

Inevitablemente este proceso estaba condenado a generar enfrentamientos entre propuestas ideológicas tan distintas como las mantenidas por barelvis y deobandis o Ahl e Hadiz. Sin embargo, fue un acontecimiento exterior el acabó de poner en marcha todos los mecanismos de la violencia sectaria. Fue la Revolución Islámica que, dirigida por el clero chiita, se desarrolló en Irán.

Con más de cien millones de habitantes, Pakistán es junto con Indonesia, el estado que alberga una mayor concentración de musulmanes, de ahí que cualquier país que pretenda jugar un papel dirigente dentro del mundo islámico deba contar con una cierta presencia en la política pakistaní. Arabia Saudí e Irán, tradicionales rivales, se convirtieron en adversarios tras el triunfo jomeinista en 1979. Ambos países aspiran a jugar un papel dirigente dentro de la comunidad islámica mundial y Pakistán se convirtió en un banco de pruebas.

La rebeldía chiita

El proceso de islamización de Zia tropezó con la resistencia de laicos, así como de los sectores más influyentes de la comunidad chiita. Había varios puntos de fricción, pero quizás el detonante fue cuando desde el gobierno se decidió imponer nuevos impuestos a la población, el zakat y el usr, que afectaban al conjunto de la población sin tener en cuenta la confesión religiosa individual. Hasta ese momento la comunidad chiita había logrado mantener ciertos niveles de autonomía en aspectos tan delicados como los impuestos religiosos o los libros de texto en la enseñanza. La campaña de movilizaciones culminó con una gigantesca manifestación que obligó al gobierno de Zia a dar marcha atrás. Esta experiencia de movilización, que puede considerarse como el punto de partida del activismo político chiita, supuso un verdadero terremoto dentro de la comunidad, que lo interiorizó como una victoria justo en el momento en el que este grupo minoritario se sentía protagonista por haber sido capaz de llevar adelante la única revolución islámica conocida hasta entonces.

El prestigio del modelo jomeinista preocupó por igual a la élite sunnita dirigente y a Arabia Saudí, implicada en un dura pugna con Irán por dilucidar cuál de los dos países podía convertirse en el guía del mundo musulmán. La tradición quietista, de no implicación directa en los asuntos políticos se rompió en esos años.

Una nueva generación de clérigos, formados en Nayaf y en Qom se incorporó a la actividad política con propuestas radicales que pretendían acabar con la marginación y humillación a las que tradicionalmente habían sido sometidos los creyentes de confesión chiita. Un fenómeno semejante al que que se produciría también en Líbano y que acabaría dando origen a Hezbollah (Partido de Dios).

En el caso de Pakistán surgió el TNFJ (Movimiento para la Preservación de la Legalidad Chiita) convertido poco después en partido político. El asesinato de su líder, Allama Hussein, en 1987 marcará un punto sin retorno en el desarrollo de la violencia sectaria. Los grupos sunnitas, implicados en la red de apoyo a la yihad afgana fueron radicalizando su discurso y sus acciones. Pronto surgieron grupos militantes que comenzaron a atacar las manifestaciones públicas de los chiitas como las procesiones y celebraciones especiales. En las dos décadas siguientes diversos informes presentan datos que ofrecen la cifra de más de dos mil muertos como consecuencia de la violencia sectaria. Esta cifra se ha incrementado en los últimos cinco años de forma exponencial con atentados individuales, coches bomba, ataques suicidas y asalto a actos religiosos de carácter público. Los responsables son milicias armadas surgidas de los diferentes grupos de inspiración religiosa. Estos grupos milicianos cuentan con entrenamiento y fácil acceso al armamento. Si se añade la existencia de conflictos como los de Afganistán o Cachemira en los que el componente religioso juega un papel central, se entiende que, al final, la yihad tiene también una vertiente interna que centra su objetivo sobre aquellas corrientes religiosas que difieren de la dominante en sus rituales, sus prácticas o creencias. Aunque el estado pakistaní ha ilegalizado a diversas milicias, lo cierto es que no hay un plan para la erradicación de estos grupos, que cuentan con el apoyo de determinados sectores bien representados en el mismo aparato de estado. Mientras tanto la realidad social se va modificando conforme se desarrolla el conflicto, con rupturas que afectan a la población que profesa diferentes cultos, tendencia a fijar la residencia en áreas cada vez más segregadas, discursos cada vez más audaces que plantean que los chiitas no son verdaderos musulmanes, etc. Queda por ver hacia dónde se puede dirigir este conflicto que, en su misma raíz, cuestiona la propia existencia del estado pakistaní.

19/02/2013





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