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Afganistán
Sombras chinescas en el teatro afgano
13/11/2012 | Frédéric Bobin

Es un cambio de rumbo con profundas consecuencias geopolíticas: China ya no oculta sus ambiciones en Afganistán. Cada mes que pasa se confirma el papel creciente que desempeña ahora Pekín en el teatro afgano, en un momento en que Occidente, extenuado, ha empezado a retirar las tropas del país, dejando de hecho un vacío que invita a que alguien lo llene. La visita realizada por Zhou Yongkang a Kabul, el pasado 22 de septiembre, acaba de ilustrar llamativamente este cambio estratégico. Zhou Yongkang no es un don nadie, sino miembro del Comité Permanente del Buró Político del Partido Comunista Chino (PCC), el sancta sanctórum del régimen. Fue la primera visita de un dirigente chino de este rango en 46 años: todo un mensaje. Zhou, antiguo director de una compañía petrolera, es el “superpolicía” del régimen chino, y su perfil resume la doble preocupación de Pekín con respecto a Afganistán: la seguridad y los hidrocarburos.

Ahora que las tropas de la OTAN han iniciado la retirada de Afganistán, que culminará a finales de 2014, los dirigentes chinos están inquietos. Temen que vuelva el caos y que este favorezca una dinámica yihadista susceptible de tener eco entre los uigures musulmanes de la región de Xinjiang, que de por sí alberga resentimientos contra el yugo de Pekín. Esta es la prioridad de China en materia de seguridad nacional con respecto a sus vecinos de Asia Central. Esta preocupación había llevado a los chinos, a raíz de los atentados del 11 de Septiembre, a aprobar la campaña militar estadounidense que acabaría con cinco años de gobierno de los talibán (1996-2001), que habían dado cobijo a activistas islamistas uigures. Sin embargo, su apoyo no fue más allá de la luz verde diplomática dada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y, desde luego, no adoptó ninguna forma de ayuda militar. Con la mirada puesta en el futuro, China se ha cuidado mucho de no aparecer asociada a la intervención de EE UU, a diferencia de Rusia, que ha prestado varios favores de tipo logístico en su zona de influencia.

La estrategia ha dado sus frutos, ya que el no intervencionismo ha evitado cualquier resentimiento local frente a China, que ahora está en condiciones de avanzar sus peones. Estos últimos años se ha hecho con espectaculares contratos para la extracción de cobre (Logar) y de petróleo (cuenca del Amu Darya), con lo que China se convierte en el mayor inversionista extranjero en Afganistán. Este avance ha inquietado a India, que se moviliza a su vez para no quedarse al margen. Y ha dado pie a un vivo debate en EE UU, particularmente en el Pentágono, en el que se enfrentan dos escuelas. Por un lado, los espíritus cicateros consideran muy injusto que los chinos recojan los frutos de un esfuerzo estadounidense que ha costado mucha sangre (2.000 soldados de EE UU muertos). Por otro, los realistas creen que los proyectos económicos chinos ayudarán a consolidar el Estado afgano y por tanto a impedir la restauración del régimen de los talibán en Kabul, lo cual a fin de cuentas también redunda en interés de EE UU.

Sin embargo, más a largo plazo, el coste para los occidentales de esta extensión de la “pax sinica” a Afganistán podría ser elevado. Porque después de la economía, Pekín se interesa cada vez más por la política afgana. Cuando los intentos estadounidenses de “reconciliación” con los insurgentes talibán han fracasado, los chinos se muestran cada vez más activos en la búsqueda de un acuerdo de paz. Su mejor baza es la influencia que ejercen sobre Pakistán, aliado histórico que le ha servido para debilitar a India desde la guerra sino-india de 1962. Dado que el estado mayor de los talibán afganos está refugiado en Pakistán, los chinos podrían triunfar finalmente allí donde EE UU ha fracasado: llevar a los jefes rebeldes a la mesa de negociación.

El otro canal de activismo diplomático chino es la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), un foro regional inspirado por Pekín para extender su influencia en Asia Central. No sería extraño que próximamente surgieran importantes iniciativas en relación con Afganistán al amparo de la OCS, en la que Kabul está destinada a integrarse económicamente de forma progresiva. En esta perspectiva, la fórmula política resultante podría ser bastante distinta de aquella con la que soñaban los estadounidenses y sus aliados occidentales, porque si China no veía con buenos ojos un régimen del tipo de los talibán, ello se debía única y exclusivamente a la amenaza potencial que suponía para la seguridad de sus fronteras. La ideología no interviene para nada: los chinos estarían contentos con un régimen religioso ultraortodoxo pero ajeno a toda tentación de favorecer una yihad expansionista, no en vano nunca se han andado con miramientos en cuanto a la naturaleza de los regímenes con los que tratan. En estas condiciones, algunos derechos civiles y avances democráticos heredados de la era posterior a 2001 podrían peligrar seriamente en Afganistán.

La segunda consecuencia afecta a la geopolítica regional. Cuanto más se introduce China en Afganistán, tanto más peso adquiere en el mapa de los corredores energéticos que cruzan esta parte del mundo. Al proponer recientemente un gasoducto que cubra el circuito Turkmenistán-Afganistán-Tayikistán-China, Pekín resta puntos a un proyecto alternativo, Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India (el famoso proyecto TAPI), de inspiración estadounidense. De este modo, reintroduce en el juego a Irán, que Washington pretendía descartar, como eventual proveedor de Pakistán, o incluso de India. Las sombras chinescas en Afganistán están rediseñando el teatro regional.

3/11/2012

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article26807

Publicado originalmente en Le Monde

Traducción: VIENTO SUR





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