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El viaje de una imagen
El Che en el capot de un Mercedes Benz
04/10/2012 | Alberto Bonnet

En el origen, suele estar el azar. La ocasión fue un homenaje a las víctimas de un atentado en el Cementerio Colón, La Habana, realizado el 5 de marzo de 1960. El hecho fue que Alberto Díaz Gutiérrez, o Alberto Korda, Leika M2 en mano, realizó sucesivas tomas de Fidel Castro, de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir y, ya que apareció fugazmente sobre el escenario, aprovechó también para hacer dos del entonces ministro de industria de la revolución. El más célebre retrato de Ernesto Che Guevara iniciaba así su viaje. Pero el azar suele quedarse. Revolución publicó varias de esas fotografías en su informe sobre el homenaje, más no este retrato, que Korda colgó en la pared de su cuarto. Por cierto, un año después, Revolución lo publicó para anunciar una conferencia del Che –y no una sino dos veces, pues la conferencia debió ser reprogramada a causa de la invasión de Bahía de los Cochinos. Pero siguió siendo una fotografía más, cuya primera copia siguió colgada en la pared de Korda seis años más.

Su viaje comenzó a delinearse recién a comienzos de 1967. Fue entonces cuando Korda entregó gratuitamente la fotografía a Gian Giacomo Feltrinelli, el célebre editor de izquierda italiano, para que ilustrara la tapa de la primera edición del Diario del Che en Bolivia. La intención del editor era militante: publicar el diario (y además numerosas copias de la fotografía por separado) para difundir la imagen del Che y ayudar a protegerlo de la amenaza que lo acechaba cada vez más en la selva boliviana. La foto, efectivamente, parece haber empezado a circular enseguida entre los militantes de izquierda italianos. Pero el resultado, en definitiva, fue muy distinto: la fotografía no evitó ni podía evitar el asesinato del Che en octubre en La Higuera, sino que más bien este asesinato comenzó a convertir a esa fotografía en imagen por excelencia de la lucha revolucionaria. Pero, además, Feltrinelli le puso copyright: la fotografía empezaba a convertirse en imagen revolucionaria y, a la vez, en mercancía. Ambas cosas nunca estuvieron disociadas.

El arte intervino enseguida en este viaje. Y en los dos sentidos. En efecto, ya en 1967 el artista irlandés Jim Kirkpatrick, también con fines militantes y sin copyright alguno, estilizó los rasgos del Che convirtiendo esa fotografía en la imagen que desde entonces emplearían tantas fuerzas políticas, pero también tantas marcas comerciales. La imagen del Che ya circulaba en Irlanda, España, Francia, Holanda. Y apenas unos meses después, en 1968, Peter Meyer curó una muestra sobre la revolución cubana, Viva Che!, que incluía la imagen de Kirkpatrick, en el flamante London Arts Lab. Así, desde el inicio, el arte intervendría permanentemente en el itinerario de la imagen del Che. Y en los dos sentidos, desde luego, porque la tensión entre crítica y mercantilización estaba atravesando al arte mismo como nunca antes. Después vendrían la serie de Che multicolores que nunca realizó Andy Warhol (1968), el Che de la portada de Bombtrack de Rage against the machine (1992) y también la Madonna de la portada de American Life (2003), la Cher Guevara de la tapa de la revista Sleazenation (2001) y, no podemos olvidarla, la Victoria Ocampo disfrazada del Che de nuestro Roberto Jacoby: ¡hasta la victoria o campo! (2008). En 2005, en pocas palabras, la Universidad de California organizó una exposición entera dedicada a “la fotografía más famosa del mundo y un símbolo del siglo XX”./1

A lo largo de este viaje, naturalmente, la imagen del Che fue mercantilizándose y vaciándose de su significado originario. Dos casos particularmente extremos fueron el uso de la misma en las campañas publicitarias de la destilería Smirnoff (2000) y de la automotriz Mercedes Benz (2012). Ambas generaron escándalo. A raíz de la primera, Korda inició y ganó un juicio a la empresa por usar su foto sin su autorización; a raíz de la segunda, en cambio, se agitó la gusanera de Miami e incluso Félix Rodriguez, una de las larvas que la CIA había contratado para ayudar al ejército boliviano a capturar al Che, declaró indignado que ya no iba a reemplazar su Accura por un nuevo Mercedes. El hecho, en cualquier caso, es que dos grandes multinacionales se estaban valiendo de la imagen del Che para sus campañas –y agreguemos de paso: la una tan cómplice del nazismo como la otra del zarismo. Pero no sólo estos usos mercantiles de la imagen del Che vaciaron su significado originario, sino también muchos usos políticos. Algunas veces, usos bastante perversos, como sucedió en manos de muchos partidos comunistas latinoamericanos. Muchas otras veces, usos honestos, como sucede con tantas y tan diversas organizaciones políticas y sociales que esgrimen la imagen del Che como emblema de su rebeldía, pero sin que su orientación ideológica guarde relación alguna con las ideas del Che. Ahora bien, ese significado originario de la imagen del Che ya no existe y, en caso de que pudiéramos recuperarlo mediante alguna operación exegética, el resultado posiblemente sería que la imagen del Che dejaría de servirnos. ¿Qué haríamos con la imagen del Che, por ejemplo, si fuera completamente inseparable de las especificidades de la práctica revolucionaria que desarrolló como guerrillero entre los guajiros de la Sierra Maestra o bien de la que intentó teorizar para toda América Latina en Cuba: ¿caso excepcional o vanguardia en la lucha contra el colonialismo? y otros escritos?

Entonces: ¿que queda de esta imagen, después de su viaje? La fotografía fue tomada desde abajo y la figura del Che se recorta sobre un fondo luminoso. El Che aparece, entonces, mirando por arriba y más allá de la cámara, como interrogando el horizonte o el porvenir. La foto de Korda es, en buena medida, la foto de una mirada. Y esta mirada combina la dureza con cierta dulzura. Korda, en algún reportaje, recordó que efectivamente el Che estaba enojado y dolido por el atentado. Algunos señalaron semejanzas con las estatuas del realismo socialista y otros con la imagen de Cristo. Y hay algo de ambas cosas, en la rigidez del ceño, en la tristeza de los ojos y, quizás, en la propia personalidad del Che. La foto fue bautizada Guerrillero Heroico. Pienso que es un nombre desafortunado: la función política del culto al heroismo dentro de la práctica revolucionaria es muy ambigua y confieso que prefiero, a la figura del héroe, la figura de los hombres y mujeres comunes y corrientes del zapatismo. Pero, en cualquier caso, con este nombre y con esos rasgos, a pesar de todos los usos mercantiles y de algunos usos políticos que se hicieron de ella, la imagen del Che sigue vigente como una imagen de rebeldía. Sigue siendo imagen de rebeldía para ellos. El Comité Olímpico Internacional acaba de prohibir explícitamente el ingreso a los eventos deportivos de Londres 2012 con remeras del Che. Y sigue siendo imagen de la rebeldía para nosotros.

Octubre 2012

Notas

/1 La expresión proviene del Maryland Institute College of Art (BBC News 26/5/2001). De catálogos y otros materiales asociados con la citada exposición itinerante curada por Trisha Ziff proviene buena parte de la información de estas páginas.





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