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Afganistán
Miedo e incertidumbre ante el principio del fin
01/03/2012 | Tino Brugos

Nuevamente Afganistán ha vuelto a ser centro de noticias internacionales a partir de los hechos ocurridos tras descubrirse restos quemados del Corán, libro sagrado de los musulmanes. El hecho de que dichas cenizas aparecieran en la base de Bagram, usada por los norteamericanos, se convirtió en motivo de inmediata irritación para miles de fieles musulmanes que no tuvieron que esperar mucho para escuchar llamamientos, tanto del clero islámico como de los grupos insurgentes talibanes, para que manifestaran su ira y su rechazo contra el invasor.

La situación en el país se parece cada vez más a una enorme olla a presión que amenaza con estallar y arrasar con todo lo que se encuentre a su lado. Hechos como los ocurridos tras la quema de los libros sagrados suponen incrementar el fuego y, por lo tanto, acelerar la posible explosión. No cabe ninguna duda de que se trata de una torpeza más de las tropas ocupantes que hiere los sentimientos de una población en la que el sentimiento religioso funciona como un instrumento básico de cohesión social y nacional. Quizás lo más lamentable sea que no es la primera vez que esto ocurre. En fechas recientes se registraron incidentes como la aparición de unas fotos en las que unos marines orinaban sobre cadáveres de combatientes talibanes, o cuando un extravagante pastor de Florida anunció, a bombo y platillo, que se disponía a quemar ejemplares del Corán en su parroquia. En todas estas ocasiones se repitió el mismo esquema: a la indignación general le sucedieron los llamamientos a manifestarse, los incidentes y el consiguiente reguero de víctimas.

Lo mismo ha ocurrido en estos días últimos. La insurgencia, conocedora de los sentimientos de la población aprovechó el viernes, día festivo musulmán, para salir a la calle en numerosas ciudades del país. La movilización de masas puede servir para medir tanto el grado de influencia de los sectores islamistas radicales como el hastío de una población que soporta a duras penas a un gobierno corrupto e ineficaz. En esta ocasión los incidentes se han extendido por todo el país, desde Herat, fronteriza con Irán, donde los manifestantes intentaron tomar el consulado de los Estados Unidos hasta Kabul en el este o Kunduz en el norte. La gravedad de los hechos reside en que ha sacado a la luz uno de los peores temores de las fuerzas ocupantes: el posible fracaso del ejército y policía que se está construyendo a toda velocidad antes de que se haga efectiva la retirada anunciada para el año 2014. En efecto, los talibanes han hecho un llamamiento a que los soldados y policías se rebelen contra sus instructores occidentales y disparen contra ellos. No es la primera vez que esto ocurre. Hace un mes se produjo un grave incidente cuando fueron abatidos cuatro militares franceses por un afgano que recibía instrucción a sus órdenes. El hecho fue considerado como grave y Francia anunció la posibilidad de abandonar la misión en Afganistán. En esta ocasión han sido dos soldados americanos los abatidos por otro militar afgano, confirmando así el temor occidental a que se esté produciendo una infiltración talibán entre las filas de quienes están a llamados a garantizar la paz y la seguridad tras la retirada de las fuerzas multinacionales de la ISAF.

Estos hechos vendrían a sumarse a otros incidentes menores de ataques sobre instalaciones militares y de seguridad que sirven para calibrar la osadía con la que actúa la insurgencia y también su conocimiento desde dentro de ciertas instalaciones oficiales. Todo ello hace temer que la lealtad de las fuerzas regulares de H. Karzai quede en entredicho y supongo una preocupación más de cara al futuro inmediato tras la retirada. Cuando todos los analistas pronostican la posibilidad de una guerra civil generalizada, el hecho de que el ejército en formación pueda romperse añade una grave incertidumbre tanto a las posibilidades de supervivencia del régimen de Karzai como a la posibilidad de detener el ciclo infernal de conflictos en los que Afganistán se encuentra envuelto desde hace más de treinta años. Se trata de un dato más que confirma que los americanos y la coalición internacional no ha sido capaz de ganarse los corazones de la población local.

Anuncio de retirada y crecimiento talibán

Conforme pasa el tiempo, cada vez hay más analistas que se hacen la misma pregunta ¿Por qué está fracasando la misión? Hay que recordar que se trata de la coalición más potente del mundo, auspiciada por la ONU, que cuenta con la actitud benevolente de países tan dispares como las repúblicas ex soviéticas de Asia central, China, la Revolución Islámica de Irán y, de forma más ambigua, el vecino Pakistán. Estamos ante una campaña que cuenta con una generosa financiación y el apoyo de amplios sectores mediáticos así como de buena parte de la opinión pública. Sin embargo, los datos no cuadran y la población local, expectante en un principio, se ha ido alejando ante la incapacidad de poner en marcha un proceso de reconstrucción que eliminara como factor político a los fundamentalistas talibanes pero, al mismo tiempo, fuera visto como algo cercano a los usos y costumbres del país y respetuoso con la religión. Los soviéticos no fueron capaces de encontrar este punto y su política de represión generalizada en el campo y sobre los sectores religiosos contribuyó de manera decisiva a su aislamiento y posterior derrota.

La estrategia norteamericana intentó evitar este hecho, de ahí que desde el comienzo de la campaña considerara esencial contar con una figura local respetada que diera legitimidad interior al proyecto. Karzai fue la figura elegida, pero ya se ha comentado en numerosas ocasiones el desprestigio de su gobierno debido a su torpeza para solucionar el conflicto, su política de corrupción incuestionable, su incapacidad para unir en un mismo frente a las diferentes fuerzas y corrientes enfrentadas a la insurgencia talibán. Si a esto añadimos los errores militares cometidos por las fuerzas ocupantes: bombardeos indiscriminados con numerosas víctimas civiles, dificultades para establecer bases sólidas en áreas rurales, incomprensión de los usos y hábitos sociales del país… las cartas están echadas para intuir que la misión está al borde del fracaso oficial.

Esta idea estaba en la mente de quienes decidieron el pasado año anunciar una retirada unilateral antes de que la continuación de su presencia en Afganistán pueda convertirse en una clamorosa derrota. En este sentido, existe un discurso oficial anunciado por Obama y repetido por todos los portavoces de la coalición. Habrá una retirada pero eso no significa un abandono de Afganistán. De hecho está prevista la continuación de las labores de asesoramiento en la construcción de las fuerzas de seguridad, así como cuantiosas inversiones que tendrán como objetivo modernizar las estructuras del país. Se insiste, de forma categórica, que la guerra tiene que ganarse porque, en caso contrario, no habría tenido ningún sentido. Además hay que evitar que Afganistán y la red de Al Qaeda pueda volver a usar el territorio afgano para amenazar a los Estados Unidos.

Fuera de la retórica oficial la realidad es mucho más sombría. Los ataques de la guerrilla talibán continúan y tienden a extenderse por todo el país, incluidas las zonas en las que la población pastún no es mayoritaria. Durante estos años se ha hecho una apuesta fuerte por crear un sector social que pueda servir de base social para ofrecer cobertura a los proyectos modernizadores del país. Esta clase de intelectuales laicos ya existía antes de la intervención soviética y tenía una presencia significativa en los centros urbanos más importantes. Era el resultado de una política de reformas puestas en marcha en la década de los cincuenta. De este grupo se nutrieron las dos facciones comunistas de la época. Sin embargo, el fracaso de la invasión y la posterior retirada soviética forzó a buena parte de sus componentes a elegir el camino del exilio ante la llegada de los islamistas.

En la actualidad estamos ante un proyecto semejante que tendría que desarrollarse a marchas forzadas. La realidad indica que en áreas urbanas como Kabul, al abrigo de las instituciones internacionales y diversas ONGs habría ido haciendo aparición este deseado sector social llamado a tener gran transcendencia ya que permitiría ofrecer un balón de oxígeno al proyecto modernizador al ser asumido por un estrato de la propia población afgana. Sin embargo, las clases y los grupos sociales no aparecen por decreto y requieren un tiempo y un proceso largo. En este sentido la noticia de la retirada y la amenaza de un posible retorno islamista aparece en el horizonte como una amenaza para este nuevo sector social que puede ser acusado de cosmopolitismo y connivencia con el invasor, de ahí que el pesimismo empiece a manifestarse entre quienes podrían jugar un papel esencial de apoyo al gobierno oficial tras la retirada.

Ellos se irán y nosotros seguiremos aquí

Comienzan a circular algunos datos que señalan cómo en las áreas rurales muchas familias cuentan con miembros comprometidos en las fuerzas de seguridad y también en las filas insurgentes. Se trataría de tener abierta siempre una posibilidad de supervivencia ante un futuro poco definido. Oficiales del gobierno admiten en privado la existencia de problemas porque si se transmite la sensación de derrota oficial pueden ir aflorando casos de complicidad con los talibanes con una frecuencia mayor. En este sentido se admite que quienes cuentan con parientes entre las filas insurgentes pueden volverse hacia ellos facilitando información que permita golpear en el corazón de las instituciones oficiales. Ya se han producido hechos en este sentido como el atentado contra el hermanastro de Karzai cometido por un miembro de su escolta. La idea de que los invasores se irán y que los islamistas seguirán presentes en el país con una influencia creciente puede ayudar a desertar o a colaborar con el enemigo a un sector indeterminado de los cuerpos de seguridad.

Al mismo tiempo se viene señalando que en buena parte de las áreas rurales del país los talibanes están poniendo en marcha una verdadera estructura de estado en la sombra. Una de las quejas más generalizadas es la sensación de impunidad que gozan los adictos al régimen. Determinadas denuncias sobre extorsiones, malos tratos e incluso asesinatos quedan sin investigar ni juzgar. Aprovechando este espacio la insurgencia se presenta como perteneciente al mundo local, con capacidad para imponer una justicia que no imparte el gobierno oficial y, de paso, hacer campaña para recoger donaciones y posible reclutamiento. Las donaciones forman parte de los mandamientos islámicos aunque tengan un carácter voluntario, sin embargo mucha gente las utiliza como vía para ganarse una imagen de colaboración con los combatientes en una coyuntura en la que el estado parece alejarse de la realidad existente en las zonas rurales aisladas y alejadas de los grandes núcleos urbanos y vías estratégicas de comunicación. El reclutamiento es el otro objetivo al que se accede con mayor facilidad si la zona se ha visto afectada por bombardeos. Diversos testimonios señalan un incremento tanto de donaciones como de reclutas. Las donaciones facilitan la vinculación de la población y la financiación de unos combatientes que, a diferencia del ejército oficial, no tienen ningún salario. Los nuevos reclutas anuncian un aumento de la capacidad ofensiva y la posibilidad de reponer las bajas de forma continuada. Todos ellos son datos que hay que interpretar de forma cauta pero que, evidentemente, muestran un estado de opinión poco favorable para el gobierno de Karzai.

Objetivo norteamericano: salvar a Karzai

Si algo preocupa a los norteamericanos desde que se hizo pública la fecha de la retirada es la de llegar a ese momento en condiciones de seguridad. Para esto hay que garantizar un gobierno fuerte y efectivo por todo el territorio, algo que está lejos de suceder en estos momentos. Por eso, aunque no existen datos oficiales, todos los rumores señalan que se vienen produciendo múltiples maniobras para intentar llegar a un acuerdo honorable con determinados sectores de la insurgencia islamista. A estas alturas se impone la idea de que no habrá solución militar y que hay que buscar alguna fórmula que permita ampliar la base social del régimen, una preocupación que también tuvieron los soviéticos en su día y a la que no llegaron a dar una respuesta concreta.

En este caso la única posibilidad que ofrece la estructura social del país pasa por lograr algún tipo de acuerdo con el islamismo más posibilista. Sin embargo, no está nada claro cómo se va a poder llegar a ese punto ya que nadie admite que estén produciendo gestiones negociadoras. En los últimos meses Karzai viene efectuando algunas críticas públicas a cómo se están gestionando determinadas actuaciones militares que causan bajas entre civiles. Se trata de una toma de posición que pretende ganar legitimidad ante su propia población apareciendo como enfrentado a quienes lo han aupado al poder y lo mantienen en el mismo como única carta con la que pueden jugar. Por su parte los talibanes asisten con expectación al desarrollo de los acontecimientos. Saben que pueden golpear cuando quieran al enemigo y que éste busca desesperadamente abrir alguna vía negociadora. Esos acuerdos no se vislumbran en el horizonte pero es evidente que algo se intentará en ese sentido. Queda por ver cómo será, si tendrá impacto en la legislación del país, en un reparto de las estructuras de poder o en un reforzamiento de la línea pastún frente al predominio del resto de etnias presentes en el Frente Unido anti-talibán existente antes del inicio de la operación.

Lo que sí parece cierto y admitido por todos los analistas es que cualquier acuerdo deberá de contar con la aprobación de Pakistán, el vecino que sigue moviendo los hilos tras el telón, justo en un momento en el que las relaciones entre Washington e Islamabad atraviesan uno de los peores momentos. A estas alturas nadie duda que el poderoso servicio secreto pakistaní (ISI) será un factor clave para hacer efectivo cualquier acuerdo o convertirlo en papel mojado.

29/02/2012





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