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Túnez
Los oportunistas y la revolución
30/01/2012 | Gilbert Achcar

Como si estuvieran imbuidos del espíritu del orientalismo occidental, tal como lo definió Edward Said, algunos árabes han llegado a sostener que en la mayoría de sus congéneres ha arraigado una mentalidad despótica a resultas de sus antecedentes culturales y educativos. Un defensor de semejante opinión en un pasado no tan lejano es Moncef Marzuki, el presidente transitorio de Túnez, cuando todavía se encontraba en el exilio en Francia siendo opositor al régimen del presidente anterior, el tirano Zine el Abidine Ben Alí.

En un artículo que publicó en el sitio web de Al Yasira el 19 de febrero de 2010, Marzuki citó a la arabista francesa Béatrice Hibou (que pertenece a la escuela orientalista), autora de La force de l’obéissance: économie politique de la répression en Tunisie (La fuerza de la obediencia: economía política de la represión en Túnez), para explicar la supuesta “obediencia” de los tunecinos a los tiranos, atribuyéndola a una mentalidad arraigada en el transcurso de generaciones (tesis que han sido refutadas contundentemente por el profesor tunecino Mahmud Ben Romdhane en un reciente libro publicado en francés).

Marzuki afirmó que quienquiera que lea el libro de Hibou “comprende que lo que desconcierta de los árabes a los occidentales es nuestra trascendente capacidad para obedecer a los gobernantes más corruptos, mientras que la cultura occidental está basada en la negativa a someterse a la injusticia y en la legitimación del derecho a oponerse a ella”. De este modo añadió a la imagen orientalista de los árabes una imagen idealizada de la “cultura occidental”, como si fuera un don eterno, y omitió el hecho de que los regímenes más despóticos de la historia moderna se establecieron después de la Primera Guerra Mundial en dos de las civilizaciones occidentales más antiguas, Italia y Alemania. También olvida el hecho de que con anterioridad Occidente había conocido un largo periodo de monarquía absoluta.

Marzuki fue todavía más lejos, superando incluso a la orientalista francesa: “Escoge a cualquier tunecino o egipcio o yemení que pasa por la calle y dale el poder. Hay un 90% de probabilidades de que no actuará de modo muy distinto que Ben Alí o Mubarak o Saleh.” Uno de los principales logros de las revoluciones árabes en curso con respecto a la imagen de los árabes es que han destruido la caricatura creada por el orientalismo occidental sobre la sumisión árabe y la adicción cultural de los árabes o los musulmanes al servilismo, como si odiaran la libertad y amaran la tiranía. La ola revolucionaria que comenzó en Túnez y todavía se halla en su fase inicial ha demostrado al mundo entero que los árabes odian la tiranía y ansían la libertad tanto como cualquier otro pueblo. También ha demostrado que cuando “aspiraban a la vida” –ppr citar el famoso verso del poeta tunecino Abul-Qasim al Shabi– y lograron romper la barrera del miedo, los árabes protagonizaron revueltas que se convirtieron en un modelo digno de ser imitado en todo el mundo.

Cuando Marzuki volvió a Túnez tras la caída de Ben Alí, se vio tan imbuido de la euforia revolucionaria que por un instante echó mano del análisis de clase, al estilo de la izquierda radical, publicando el 10 de marzo de 2011 estas lúcidas palabras: “Los revolucionarios no son los que recogen los frutos de la revolución. Detrás de los revolucionarios vienen los oportunistas, y después de la épica llega la hora de las esperanzas frustradas, de que los pobres de Sidi Bouzid vuelvan a su pobreza y los que habitan en los cementerios de El Cairo retornen a los cementerios. No se aportan soluciones radicales a sus problemas, sino tan solo montones de promesas que pueden o no cumplirse. En cuanto a quién sale ganando más, en nuestro caso es la burguesía: gozaba de un nivel de vida digno bajo el despotismo, pero sus vidas estaban envenenadas por la corrupción reinante y la falta de libertad. Con el fin del despotismo, la burguesía –gracias a los sacrificios de los humildes y los pobres– suma a sus derechos económicos y sociales los derechos políticos que antes se le negaban, mientras que las clases pobres, a su vez, consiguen libertades políticas que no llenan las bocas hambrientas.”

La sabiduría popular dice que el poder corrompe. Después de ser nombrado presidente de Túnez, Moncef Marzuki dejó de comprender por qué el pueblo de Sidi Bouzid se negó a volver a su pobreza, rechazó las promesas vacías e insistió en reclamar soluciones radicales a sus problemas. De pronto su negativa y su insistencia le resultaban tan desagradables que tomó prestados los argumentos habituales del tirano, como si quisiera confirmar lo que había escrito dos años antes. Cuando le preguntaron en una entrevista en Al Yasira, emitida el 20 de enero de 2012, sobre las protestas populares que no cesan en Túnez desde la caída del tirano, Marzuki contestó que eran, por un lado, fruto del legado del régimen derribado y de la parálisis económica, y añadió: “Pero también la manipulación, politización e incitación por parte de algunos sectores, bien por falta de responsabilidad, bien con la intención de sabotear esta revolución; intervienen estos dos factores. Hay gente que yo considero irresponsable, como la extrema izquierda que dice ahora que ama la revolución y sabe que este Gobierno está en su primer mes, esto es lo que yo considero una irresponsabilidad.”

Es una cantinela con la que los tunecinos y los árabes en general están familiarizados: las masas nunca se alzan por sí solas contra sus miserables condiciones de vida, siempre hay “agitadores,” “subversivos,” “irresponsables” y “extremistas” de distintos colores políticos que las incitan a protestar y rebelarse. Esta lógica no entiende que la furia ante la explotación y la miseria conduce de un modo natural a la radicalización política y tergiversa este hecho con la idea de que son los radicales los que generan la indignación pública ante la miseria y la explotación. Lo que no entiende el nuevo presidente tunecino es que su llamamiento del pasado mes de diciembre a una tregua social de seis meses estaba condenado al fracaso porque no vino acompañado de ningún programa que reflejara una intención real del nuevo gobierno tunecino de responder a las necesidades evidentes y las demandas básicas de la población, por las que el pueblo se rebeló y tumbó a Ben Alí.

Hamadi Jebali, un dirigente del Movimiento Ennahda y primer ministro del Gobierno de transición tunecino, no dudó en afirmar en Al Yasira (22 de enero de 2012) que el declive económico de Túnez durante el año pasado “se debe a los fenómenos de las sentadas, los bloqueos de carreteras y las huelgas salvajes”. Añadió que estas protestas masivas impedían la realización de nuevos proyectos de inversión que iban a crear “miles” de nuevas oportunidades de empleo.

Con arreglo a las propias palabras de Marzuki citadas más arriba, los señores que están ahora en el poder quieren que las masas pongan fin a sus luchas ahora que el dictador ha sido derrocado y que “los pobres de Sidi Bouzid vuelvan a su pobreza... No se aportan soluciones radicales a sus problemas, sino tan solo montones de promesas que pueden o no cumplirse. En cuanto a quién sale ganando más, en nuestro caso es la burguesía: gozaba de un nivel de vida digno bajo el despotismo, pero sus vidas estaban envenenadas por la corrupción reinante y la falta de libertad. Con el fin del despotismo, la burguesía –gracias a los sacrificios de los humildes y los pobres– suma a sus derechos económicos y sociales los derechos políticos que antes se le negaban, mientras que las clases pobres, a su vez, consiguen libertades políticas que no llenan las bocas hambrientas.”

No hace falta ser muy lúcido para darse cuenta de que los vencedores de las primeras elecciones de después de la revuelta y sus Gobiernos son realmente los oportunistas y no los revolucionarios, como dijo con razón el propio Marzuki cuando todavía le guiaban la emoción y la sabiduría de la revolución. La condena de las huelgas y su culpabilización por del declive económico del país y la misma vieja cantinela de los “extremistas” y “subversivos” de la “extrema izquierda” se han convertido en el lenguaje común de los nuevos gobernantes de Túnez y Egipto de un modo que nos recuerda por fuerza a los regímenes derribados.

Pero las masas que un día aspiraban a la vida y probaron el sabor de la libertad no dejarán de luchar y protestar hasta que el “destino responda a su llamada”, aunque tarde años en hacerlo.


27/1/2012


Gilbert Achcar es profesor de la School of Oriental and African Studies de la Universidad de Londres.





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