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Argelia
Lecciones del 11 de enero de 1992: Recordando la anulación de las elecciones en los umbrales del otoño árabe
14/01/2012 | Karima Bennoune

Hace veinte años, el gobierno militar argelino canceló el proceso electoral para evitar que el Frente Islámico de Salvación (FIS) llegara al poder y desmantelara la República Argelina, tal y como lo había anunciado abiertamente durante las elecciones. En el contexto de aquella época era la menos mala de las dos alternativas posibles: interrumpir las elecciones o permitir que el poder cayera en manos de fascistas que habían proclamado abiertamente su oposición a la democracia.

Estoy seguro de que durante esta semana de conferencias correrá mucha tinta sobre lo mejor que les hubieran ido las cosas a los argelinos si no hubieran adoptado esa posición. Ha sido derramada mucha sangre debido a esta decisión y es necesario arrojar luz sobre lo que ocurrió. Entre el público de habla inglesa existe un relato estándar sobre estos acontecimientos: las elecciones iban viento en popa, el Frente de Salvación Islamista iba a ganar, intervino el ejército y comenzaron los problemas. Un relato simplista de lo que realmente ocurrió.

La raíz del problema reside en la forma en que se concibió el proceso electoral. Durante las revueltas de octubre de 1988, en la cual los militares, a lo largo de una semana, mataron a 500 argelinos en las calles, el gobierno organizó una serie de elecciones como maniobra de distracción para que la gente no prestara atención a las reivindicaciones, en su mayoría socio-económicas, de quienes protestaban en las calles. "Elegimos a Alí Baba, pero no a los 40 ladrones" era una consigna popular.

Después de décadas de un régimen de partido único durante el cual los partidos de oposición no podían actuar abiertamente, el Frente Islámico de Salvación -cuyos precursores habían estado militando en las mezquitas - tenía una gran ventaja ante las elecciones. Se trata de un movimiento que no cree en la democracia como fundamento del Gobierno, pero en aquel momento era la fuerza mejor preparados para beneficiarse de la democratización del régimen: "un hombre, un voto, una voz". Una contradicción terrible. De hecho, según la legislación argelina, este partido no tendría que haber sido legalizado por proclamarse religioso. Sin embargo, el gobierno del presidente Chadli Bendjedid, demasiado ocupado en hacer tragar las políticas neoliberales a una población frustrada, quería usar a los fundamentalistas para intimidar a su izquierda y a los nacionalistas críticos, y ocupar el espacio populista. Un juego peligroso que se les fue de las manos.

La idea de que la violencia empezó tras la interrupción del proceso electoral es absurda. Fundamentalistas armados (grupos e individuos), algunos de ellos relacionados con el FIS, ya venían utilizando la violencia contra las mujeres y los jóvenes reclutas del ejército desde varios años antes.. Nadie - excepto las inquebrantables feministas argelinas - les prestó mucha atención cuando atacaban a las viudas que no se volvían a casar. En los tensos momentos preelectorales, los miembros del FIS también amenazaron a muchos otros con el derramamiento de sangre que se produciría cuando controlasen el aparato del Estado.

Una mujer argelina, trabajadora de un restaurante, que no porta velo me contó cómo en una manifestación del FIS que pasó por delante de su trabajo, le dijo en tono amenazante: "Tú, americana, serás una de las primeras que mataremos." Una personalidad cultural argelina, comentó:: "Me dijeron: ’un día llegará su turno’ ." Había listas de gente a las que asesinar cuando tomaran el poder. La renombrada periodista Salima Tlemcani dijo que ya se veía venir esta situación a finales de 1980: "se mascaba un terrorismo verbal cotidiano a través de los violentos sermones sobre la mujer; contra las que no portaban el velo, contra las que trabajaban o las que se atrevían a ocupar un espacio público y contra las que no eran sumisas a la familia. Vi llegar esta amenaza desde hace tiempo y me dije a mí misma: si esta gente llega al poder tal vez mueran tres cuartas partes de la población."

Otro mujer periodista, Malika Zouba, me comentó también, ’los islamistas prometieron que todo iba a cambiar. Que las mujeres serían devueltas al hogar. En sus sermones y en la campaña electoral anunciaban que no habría Constitución y que en su lugar se establecería la Sharia."
En aquella época, una mujer activista me dijo :"el fundamentalismo es la muerte de nuestro país". Años más tarde, otra me dijo amargamente: "me rio yo de los que dicen que los fundamentalistas deberían llegar al poder".
El 2 de enero de 1992, 500.000 argelinos salieron a las calles aterrados por sus vidas y por el futuro del país (para utilizar el texto del artículo 4 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que permite la derogación de algunos derechos humanos en situaciones alto riesgo) exigiendo la interrupción del proceso electoral. Se creó un comité nacional de salvación formado por sindicatos, grupos en pro de los derechos de las mujeres, artistas e intelectuales.
Nadie se acuerda de todo esto fuera del país

La falta de comprensión es muy dolorosa para muchos argelinos seculares. Asma Guenifi, cuyo hermano fue asesinado por Hichem (Grupo Islámico Armado) en 1994 cuando sólo tenía 20 años, escribió recientemente en su libro de 2011 "no perdono a los asesinos de mi hermano". Mucha gente como ella sufrió por las simpatías internacionales hacia el FIS.
Por supuesto, la cancelación de la segunda vuelta de las elecciones, la menos mala de las soluciones, llegó cargada de sufrimiento. Se cree que en la "decenio negro" que le siguió murieron 200.000 argelinos. La mayoría de ellos sacrificados -a menudo de formas terribles- por grupos fundamentalistas armados, algunos de los cuales están estrechamente relacionadas con el FIS. El ejército también cometió abusos graves, incluida la tortura y las desapariciones, estimadas en 8.000 personas. Sin embargo, es ingenuo pensar que el resultado hubiera sido mejor si los fundamentalistas (que estaban dispuestos a masacrar pueblos enteros de musulmanes por no ser islamistas, que sajaban la garganta de las jóvenes que no cubrían el cabello…) hubieran llegado al poder.

Ciertamente, apartarlos de esa manera conllevó costos enormes: aparecieron como víctimas a nivel internacional, reforzó el poder del Ejército que, aún hoy en día, constituye un terrible problema y, lo peor de todo, cientos de miles de argelinos murieron en una década dominada por el terror de los matones fundamentalistas.
Pero se evitó que el país se convirtiera en una república islámica. Los fundamentalistas no tomaron el poder. Todo eso fue en beneficio los derechos humanos. A pesar de que intentaron forzar a las mujeres a llevar velo a punta de pistola, no pudieron convertir eso en ley. Aunque se opusieron a las escuelas mixtas y quemaron escuelas, no lograron eliminar la educación mixta. Ahora bien, algunas de las cosas que no pudieron imponer entonces han ido extendiéndose en la sociedad través de los medios de comunicación pan-árabes y la islamización progresiva que se ha extendido en la región. La lucha ideológica contra el fundamentalismo continua.

Por otra parte, el actual gobierno argelino ha fracasado totalmente en lo que respecta defender la república y a la población. El gobierno está políticamente en bancarrota y es incapaz de satisfacer las necesidades sociales que se reivindican de forma clara en protestas como las que se dieron ayer en la ciudad de Laghouat. El poder silencia las expresiones pacíficas de oposición y recientemente ha promulgado leyes que recortan aún más los derechos sociales.
El gobierno ha promulgado una amnistía para los autores de los actos violentos en la década de los 90. Ha fracasado en la preservación de la memoria de lo ocurrido durante esa "decenio negro", lo que constituye un desprecio a los enormes sacrificios realizados para salvar a la república, dejando el país en unas pésimas condiciones que puede beneficiar a los partidos fundamentalistas en las elecciones parlamentarias previstas para el mes de mayo.

Esto no quiere decir, sin embargo, que las cosas estarían mejor ahora si el 11 de enero de 1992 se hubiera adoptado otra decisión. Más bien, nos recuerda una vez más que la lucha por la democracia debe ser implacable y asentarse en varios ejes, no estar centrada únicamente en la libertad política sino, también, en la justicia socioeconómica y la igualdad de mujeres y hombres. ¿Qué significa todo esto en el contexto de lo que se llama la primavera árabe? No hay una respuesta fácil. Cada país tiene sus propias especificidades y mi análisis no puede trasladarse mecánicamente a otros países. Pero hay algunas lecciones importantes a tener en cuenta. La primera es que cuando se hace frente a los fundamentalistas y a la autocracia al mismo tiempo, hay que realizar opciones estratégicas difíciles, todas ellas con una mezcla de consecuencias positivas y negativas que hay que ponderar cuidadosamente. Sin duda, la democracia es importante, pero ¿qué significa esto? Se trata de un proceso pero, también, de un contenido. El voto es parte de la democracia, pero el voto que recibe la extrema derecha no constituye intrínsecamente una victoria para la democracia o los derechos humanos. Es más bien una tragedia que originará otras batallas en pro de los derechos humanos.

La lección más importante es que no hay manera de juzgar este tipo de acontecimientos sin escuchar a las mujeres, que son las que más tienen que perder. Este último año, he llevado a cabo entrevistas en Argelia, Egipto y Túnez. He descubierto que hay una brecha de género en toda la región en términos de quién se preocupa más por lo que puede suceder ahora con el resurgimiento del fundamentalismo. Pero, al mismo tiempo, me ha sorprendido la frecuencia con la que las opiniones de las mujeres quedan excluidas del debate político, lo que no debería ocurrir.
Esta semana tenemos que recordar no sólo los terribles acontecimientos que siguieron a la anulación de las elecciones en Argelia, sino también los hechos que la precedieron y las consecuencias, peores sobre todo para las mujeres y los hombres argelinos, que tuvo esa decisión que podía haberse desarrollado de otra manera. Mientras la demanda de una verdadera democracia en Argelia y el norte de África, continúe vigente, tenemos que enfrentarnos a todas las fuerzas que la amenazan: fundamentalistas o autócratas. Como me dijo hace poco una activista egipcia: el desafío pendiente es crear las condiciones para otras alternativas.

Karima Bennoune es profesora de derecho en Rutgers University School of law en Newark, New Jersey. En la actualidad, forma parte del Consejo de Administración del Centro de Derechos Constitucionales y el Consejo de la Red de Mujeres Viviendo Bajo Leyes Musulmanas

http://www.intlawgrrls.com/2012/01/lessons-of-january-11-1992-remembering.html
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article23978

Traducción: VIENTO SUR





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