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Afganistán-Pakistán
Af-Pak: una frontera conflictiva
19/09/2011 | Tino Brugos

En los últimos años un concepto nuevo está logrando una importante difusión mediática. Se trata de Af-Pak, que hace referencia a la frontera entre dos estados vecinos, Afganistán y Pakistán, que suscita referencias de la época colonial y una mutua desconfianza entre los actuales estados. El origen del trazado fronterizo se remonta al dominio británico en la India y a su deseo de estabilizar una línea de demarcación estable de sus territorios ante la amenaza que, en aquella época, constituía el Imperio Ruso. Para asegurar su presencia Inglaterra ayudó a consolidar un estado tapón, Afganistán, cuya misión consistía en separar a las dos grandes potencias imperialistas. Completaba ese esquema defensivo la formación de la Provincia Fronteriza del Noroeste (NWFP en sus siglas inglesas, rebautizada hace pocos años con el nombre de Pastunkhwa) y dentro de la misma la existencia de una zona fronteriza semiautónoma, las Áreas Tribales, conocidas con el nombre de FATA.

En medio de todo este entramado se encuentra el pueblo pastún del que se puede atestiguar su presencia en esos territorios desde tiempo inmemorial. La delimitación fronteriza definitiva sucedió en 1893 con el trazado de la Línea Durand y se mantiene hasta la actualidad. Sin embargo no se puede hablar de una frontera consolidada ya que, desde que Pakistán se constituyó como estado en 1947, ha existido una tensión continua en la zona motivada por los intereses enfrentados entre ambos países. Afganistán, un estado artificial dominado por la etnia pastún, ha rechazado su reconocimiento y, en ocasiones, ha publicitado su deseo de reunificar al pueblo pastún para construir un Pastunistán que ponga fin a la división creada a finales del siglo XIX. Por su parte, Pakistán, otra entidad artificial, teme al irredentismo pastún impulsado desde Afganistán y ha venido desarrollando en esa zona una política que perpetua las divisiones creadas en la época colonial, al tiempo que impedía el desarrollo económico de la región en un intento de evitar el nacimiento y desarrollo de una elite que pudiera impulsar un nacionalismo pastún.

Con la invasión soviética de Afganistán, en 1979, se produjo un giro en la percepción del asunto y fueron los pakistaníes quienes impulsaron la intervención en Afganistán desde su territorio, aprovechando los lazos sociales y económicos existentes, con la idea de ganar influencia en el futuro afgano de forma que se consiguiera disipar la amenaza irredentista y, al mismo tiempo, ganar “profundidad estratégica” ante un eventual enfrentamiento con la India, país con el que mantiene una profunda rivalidad desde el momento de la descolonización y la partición.

No es necesario señalar que el pueblo pastún asistió a todas estas maniobras diplomáticas y estratégicas como convidado de piedra, ya que éstas respondían a los intereses de la elite feudal gobernante en Afganistán y a los diseños estratégicos impulsados por el ejército pakistaní, la única estructura capaz de cohesionar al nuevo estado cuestionado desde varios frentes (Baluchistán, Bengala, Pastunes…).

Durante el período de la Guerra Fría Pakistán mantuvo una estrecha alianza con el bloque impulsado por los Estados Unidos, de ahí que al producirse la invasión soviética de Afganistán, la frontera afgano-pakistaní pasara a ser uno de los puntos calientes en el enfrentamiento entre las grandes potencias del momento. La administración Reagan decidió aplicar la política de contención del comunismo y para ello procedió a instrumentalizar a su aliado, Pakistán, enviando una ayuda económica millonaria para impulsar la resistencia antisoviética. Esta ayuda fue canalizada a través de los servicios secretos del ejército de Pakistán (ISI) utilizando todos los resortes posibles, entre otros, el llamamiento a desarrollar la yihad o guerra santa contra el ocupante infiel. Desde entonces la zona fronteriza se ha convertido en un santuario desde el que han ido operando diferentes actores: combatientes islámicos opuestos a la invasión soviética, sobre todo de origen pastún; posteriormente los estudiantes islámicos (Talibanes) enfrentados al gobierno de Kabul surgido tras la derrota y retirada de las tropas soviéticas; y en la actualidad insurgentes islamistas que se enfrentan a las tropas desplegadas tras la invasión de Afganistán por los Estados Unidos el año 2001 como respuesta al atentado de las Torres Gemelas.

El resultado de todos estos factores ha sido una profunda islamización de la zona, alentada por Pakistán, que creía ver en este fenómeno un aliado natural para alcanzar sus intereses, así como la consolidación de una inestabilidad crónica que, en un efecto boomerang, amenaza la seguridad del propio Pakistán. En efecto, en medio de todos estos conflictos las estructuras sociales tradicionales han entrado en crisis y los nuevos factores políticos, el islamismo en sus distintas variantes, han logrado una autonomía significativa y comienzan a escapar del control de quienes hasta hace poco tiempo eran sus patrocinadores. Todo esto implica una quiebra del estado pakistaní que cada vez tiene mayores dificultades para controlar de manera eficaz el territorio bajo su control nominal. El epicentro de toda esta inestabilidad se sitúa en la NWFP y más exactamente las Áreas Tribales.

Las Áreas Tribales (FATA)

Si se observa detenidamente el mapa de la Provincia de Noroeste de Pakistán se puede observar la existencia de una división administrativa en su interior. Se trata de las Áreas Tribales bajo administración federal (FATA en inglés), que forman un estrecho corredor que se extiende en forma de colchón a lo largo de la frontera entre los dos países a lo largo de mil kilómetros. Están formadas siete Agencias o Distritos siendo los más extensos los de Waziristán del norte y sur. En total las FATA tienen una superficie de unos 27000 kilómetros cuadrados, una superficie semejante a Galicia, y albergan a más de tres millones de habitantes.

Cada una de las Agencias es el núcleo de una tribu pastún y todas ellas, salvo Orakzai, tienen frontera con Afganistán. Todas estas tribus se extienden más allá de sus territorios y cruzan la frontera con Afganistán. Su origen se remonta a la época británica con la idea de comprar la lealtad de las tribus en las regiones fronterizas. Al frente de cada Agencia se nombró a un Agente Político, es decir, una especie de gobernador que representaba al gobierno colonial y supervisaba aspectos relacionados con la gestión de infraestructuras básicas y la seguridad. Todo ello a cambio de privilegios para las familias feudales (maliks) y con el compromiso de respetar el derecho tradicional recogido en el Código Pastunwali, lo que implicaba el mantenimiento de los privilegios de estas familias, que ejercían su dominio por medio de las jirgas o consejos de ancianos, formadas por dignatarios de las principales familias y que eran las encargadas de regular la vida cotidiana y la aplicación de justicia.

Cuando se produjo la independencia de Pakistán, surgió el cuestionamiento abierto del trazado de la Línea Durand, convertida entonces en frontera entre dos estados soberanos. Ante la eventualidad de un conflicto con Afganistán, el nuevo estado pakistaní decidió mantener vigente las Áreas Tribales y su especificidad administrativa dada la conflictividad de la zona. De este modo se heredó un sistema de carácter colonial que se mantuvo con ligeras modificaciones hasta la actualidad.

El modelo pakistaní mantuvo a los Agentes Políticos como representantes del gobierno federal en cada Agencia y no reconoció los derechos elementales a la población de las FATA, de modo que los partidos políticos no pudieron operar legalmente ni existió un derecho de expresión o asociación. Para evitar una exclusión absoluta se creó una representación de las FATA en el Parlamento, no elegida, aunque ese Parlamento Federal no tenía competencias para legislar sobre aspectos que afectaran a las FATA. La herencia colonial se perpetuó con la continuidad del Código de 1901 que regulaba los crímenes en la zona fronteriza (FCR en inglés), que se ha mantenido con ligeros retoques hasta la actualidad. Este Código se caracteriza por su dureza y hace posibles las detenciones preventivas, las deportaciones y castiga los movimientos sediciosos. Su pervivencia ha generado un sistema paralelo de justicia, diferente al existente en el resto del país, que permite al estado intervenir directamente en la zona aunque respetando el Código tradicional pastún y las atribuciones de las Jirgas o consejos de ancianos.

Las razones de un conflicto

Todo el edificio administrativo singular de las FATA sirvió durante años al estado pakistaní para justificar su presencia en la zona impidiendo que fuera la propia población quien designara a sus representantes o decidiera las soluciones a los problemas planteados. La limitación de actividad legal a los partidos impidió que se pudiera desarrollar una sociedad civil, lo cual facilitó que el clero islámico se convirtiera en portavoz de la población y la implantación de partidos de inspiración islamista. La seguridad fue la preocupación inmediata, por encima del bienestar de la población. Esto dio como resultado el mantenimiento de unos niveles de atraso y de pobreza significativos. Así la tasa de población alfabetizada se sitúa en el 17% en las FATA, frente al 57% de media en el conjunto de Pakistán; en el caso de las mujeres es del 3% frente al 32% a nivel estatal. Antes de la última fase del conflicto había 41 hospitales para más de tres millones de personas dispersas por territorios montañosos inaccesibles. No se explotan los recursos minerales de la región, que sigue centrada en una agricultura de subsistencia. Partidos políticos laicos como la Liga Awami han denunciado que, por temor a un separatismo pastún, el estado ha negado los derechos sociales y económicos a la población manteniendo un colonialismo interior.

Durante décadas el sistema ha funcionado sin grandes sobresaltos, sin embargo, durante los últimos tiempos ha empezado a saltar por los aires y se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza para el gobierno de Islamabad. El origen de este cambio hay que situarlo en la ruptura del pacto no escrito que funcionaba en la región. El estado se dedica a cuestiones de seguridad y a comprar la lealtad de los notables y éstos disfrutan de autonomía en aspectos cotidianos y de pequeños privilegios. Sin embargo, cuando las repercusiones del conflicto afgano empezaron a manifestarse en las FATA se empezó a agrietar el status quo anterior. La premisa para el funcionamiento correcto pasaba por le existencia de una buena sintonía entre las Jirgas y los Agentes Políticos y estas buenas vibraciones se han roto cuando las aspiraciones de ambos han entrado en conflicto. Así, el gobierno federal aspira a garantizar su dominio sobre el territorio y a imponer sus decisiones. La invasión de Afganistán por parte de los USA generó la llegada de refugiados que buscaron apoyo y hospitalidad en las FATA, algo a lo que obliga el Código Pastún. Las Jirgas se vieron ante una situación incómoda ya que se sentían obligados a acoger y ayudar a quienes huían de la invasión porque buena parte de los fugitivos eran miembros de la misma tribu, otros eran conocidos desde la época de la yihad contra los soviéticos y, en muchos casos, se habían establecido vínculos familiares.

El gobierno de Musharraf, presionado por los Estados Unidos, se vio obligado a intervenir en la zona y a desplegar al ejército cuando la resistencia talibán volvió a operar en la región, convertida ahora en santuario de su lucha contra los americanos igual que lo fue en la época de los soviéticos. En las Jirgas los Agentes Políticos comenzaron a intervenir en busca de fugitivos afganos. La lucha contra Al Qaeda implicaba localizar a los muyahidines de origen extranjero (árabes, uzbekos, principalmente) y proceder a su eliminación. Sin embargo estos combatientes habían tejido lazos de solidaridad familiar que les permitían moverse con facilidad y las presiones gubernamentales no fueron suficientes para facilitar su denuncia y detención. Más bien al contrario, el celo gubernamental llevó al conflicto ya que los ahora refugiados gozaban del reconocimiento al que obliga el Código Pastún. La hospitalidad, el apoyo a los fugitivos, el derecho a la venganza y a la formación de milicias son elementos del Pastunwali que fueron utilizados para proteger a quienes huían de Afganistán y eran perseguidos en Pakistán. De este modo se abrió un abismo entre la población pastún de las FATA y el gobierno. Pronto surgieron líderes religiosos en las Agencias que denunciaban la complicidad del gobierno de Pakistán con los norteamericanos y amenazaban con extender la yihad contra el Musharraf. Las contradicciones fueron en aumento conforme los americanos insistían en la necesidad de controlar la actividad insurgente y evitar que las FATA se convirtieran en un santuario desde el que la resistencia talibán lanzara ataques contra las fuerzas internacionales desplegadas en Afganistán.

La reacción del gobierno pakistaní ha sido cuanto menos ambigua. Por un lado ha intentado maniobrar ante las presiones americanas alegando la complejidad de la zona; por lo cual se han denunciado las vinculaciones del ISI con la resistencia talibán así como la pasividad oficial frente a la insurgencia. Forzado por las circunstancias el gobierno ha intervenido finalmente en momentos puntuales, lo cual ha suscitado la aparición de grupos talibanes operativos contra el gobierno de Islamabad que han provocado sangrientos enfrentamientos (invasión del valle de Swat, asalto de la mezquita roja en Islamabad y eliminación del líder Mahsud, aparición de Shuras o Consejos de muyahidines en las Agencias que se enfrentan con las tropas pakistaníes, etc.). A esto hay que añadir la intervención americana que, con el pretexto de perseguir a dirigentes de la resistencia afgana, han lanzado una serie de bombardeos con aviones no tripulados que han causado numerosas bajas entre la población civil de las FATA. Los operativos militares norteamericanos en los montes de Tora Bora (2001), la operación Anaconda en 2002, la operación Kalusha en 2004… fueron los elementos que permitieron cristalizar una solidaridad entre la insurgencia afgana y los militantes locales, marcada por lazos familiares, simpatía por la hermandad islámica así como por los apoyos económicos con los que se han pagado determinados favores logísticos.

Ante una situación que amenazaba con escapar a su control el gobierno pakistaní se vio obligado a desplegar sus efectivos militares en la frontera. Pero tras comprobar la complejidad de la situación y los primeros enfrentamientos armados decidió probar la línea del acuerdo. Así en el año 2006 se llegó a un acuerdo en Waziristán por el que se establecía un alto el fuego que permitía la retirada del ejército pakistaní a cambio de que la insurgencia desplazara sus acciones hacia Afganistán. Con ello se incrementaron las desavenencias entre Washington e Islamabad ya que los norteamericanos vieron confirmarse la idea de que Pakistán venía realizando un doble juego desde el inicio del conflicto. Esta conclusión reforzó la intervención directa norteamericana en la zona, desde el incremento de los vuelos no tripulados hasta el asalto del refugio de Bin Laden y su eliminación. Pakistán ha condenado los ataques, pero al mismo tiempo ha reafirmado su cooperación en la lucha contra el terrorismo. Esta actitud ha servido para que los talibanes pakistaníes hayan continuado enfrentados al gobierno federal y se hayan convertido en gobiernos en la sombra tanto en las Agencias tribales como en algunos otros distritos pertenecientes a la Provincia del Noroeste.

Así mientras la insurgencia talibán amenaza al gobierno de Karzai, la pieza clave del operativo norteamericano, los militantes pakistaníes amenazan con desestabilizar todavía más al gobierno de Islamabad, lo cual complicaría mucho las cosas a los norteamericanos, que temen que un auge islamista en Pakistán dificulte todavía más el complicado plan de retirada de Afganistán diseñado por Obama para el 2014.





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