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Afganistán
El fantasma de Saigón acecha en Kabul
22/07/2011 | Tino Brugos

La situación en Afganistán no deja de deteriorarse. La misión internacional impulsada por los Estados Unidos se encuentra ante un callejón sin salida. El país no se estabiliza. Por el contrario, la insurgencia continúa su ritmo ascendente convirtiendo su actividad en un verdadero infierno para las fuerzas invasoras. A esto hay que añadir las enormes dudas suscitadas tras el anuncio por parte del presidente Obama, de la retirada de tropas norteamericanas desplegadas por todo el territorio.

Como era previsible, las acciones de la insurgencia talibán se han incrementado a un ritmo muy preocupante para las fuerzas invasoras. Estaba anunciado de antemano que una ofensiva islamista era inminente, pero además es de sobra conocido que, por causas geográficas y climáticas, la guerra en Afganistán se reactiva siempre coincidiendo con la llegada del verano.

En vísperas de una difícil transición

La perspectiva de una retirada, escalonada pero inevitable, de las tropas occidentales, abre paso a un escenario político nuevo para Afganistán. En teoría debería tratarse de un estado basado en el funcionamiento de un sistema parlamentario, con elecciones, y capaz de administrar todos los rincones del país de cara a prevenir el desarrollo de movimientos islamistas radicalizados. Ese futuro estado debería ser también independiente y soberano, aunque para nadie es un secreto que su teórica soberanía estará mediatizada durante muchos años por la injerencia del patrón norteamericano.

Sin embargo, vista la situación sobre el terreno, las perspectivas no son especialmente favorables de cara a un desarrollo lineal y sin sobresaltos del proceso de repliegue. Es más, comienzan a ser numerosas las voces que dudan de la viabilidad de ese futuro gobierno independiente, sobre todo si lo que se pretende es la permanencia en el poder de Hamid Karzai, máxima expresión del gobierno títere impuesto por los Estados Unidos tras la invasión que puso fin al gobierno talibán y, al mismo tiempo, de la todopoderosa corrupción que se extiende por todo el país.

Al hilo de estas dudas, dos fantasmas comienzan a deambular por la calles de Kabul. El primero hace referencia a la retirada de las tropas soviéticas en 1989 y su heredero, el gobierno de Najibulah. Durante los dos años siguientes realizó esfuerzos desesperados por ampliar la base social del régimen que dejaron los rusos tras su retirada. Para ello intentó atraer a grupos urbanos secularizados, sectores disidentes del viejo partido comunista especialmente implantados entre la minoría tadjika, tradicionalmente excluidos de las esferas de poder. El resultado es sobradamente conocido: en 1992 una heterogénea coalición de grupos islamistas tomó el poder y Najibulah tuvo que refugiarse en las dependencias de la ONU en Kabul, donde permaneció hasta la toma del poder por los talibanes, quienes le sacaron de la delegación diplomática para ahorcarle en público.

El otro fantasma que empieza a hacerse presente es el de Saigón. Se trata en este caso de la catástrofe que supuso para los Estados Unidos el hundimiento del régimen corrupto y autoritario de Van Thieu, encargado de dar continuidad al conflicto tras la retirada norteamericana para abrir una nueva etapa que tenía como objetivo principal vietnamizar la guerra. Las imágenes de las últimas horas del gobierno títere, con cientos de personas huyendo de la ofensiva guerrillera y los helicópteros norteamericanos atestados de fugitivos, comienzan a reaparecer y están llamadas a convertirse en una pesadilla para los estrategas del imperio si no son capaces de ordenar el proceso de repliegue y retirada y consolidar, al mismo tiempo, al gobierno heredero de Karzai. Al igual que la caída de Saigón supuso el hundimiento total del sistema levantado por los Estados Unidos para defender sus intereses en el Sureste asiático, existe hoy el riesgo de que un gobierno débil en Kabul tenga sus días contados, lo que supondría la evidencia más clara de la inutilidad del conflicto iniciado por G. Bush tras los atentados del 11-S.

La incapacidad de Karzai

Expulsar del poder al gobierno talibán no fue una tarea complicada para los norteamericanos. Lo realmente difícil fue encontrar un recambio que sirviera a sus intereses y que, a la vez, apareciera como aceptable a los ojos de la población afgana. Hamid Karzai fue la persona que logró reunir esos requisitos. Su figura fue impulsada por los Estados Unidos y se consolidó tras la Conferencia de Bonn en diciembre del 2001. Su origen pastún fue un elemento clave, ya que tradicionalmente la máxima autoridad afgana ha estado siempre en manos de esa etnia. Sin embargo, debido a que el peso de la resistencia a los talibanes se desarrolló en el norte, en la zona de población tadjika, el gobierno formado por Karzai surgió como un híbrido en el que junto a la máxima autoridad pastún convivía una mayoría de notables tadjikos procedentes de la Alianza del Norte. Este hecho ha venido lastrando desde el comienzo la unidad del gobierno títere que se ha dividido en numerosas ocasiones a la hora de tomar decisiones trascendentes.

La inviabilidad del mismo hizo que finalmente, en las elecciones del 2009, se presentaran candidaturas separadas por parte de Karzai y de la antigua Alianza del Norte. Esta división contribuyó a profundizar los antagonismo étnicos, al tiempo que la oposición tadjika denunció la existencia de un fraude masivo. Durante más de medio año los resultados no se hicieron públicos en un intento por fraguar una alternativa que restableciera la armonía entre quienes están llamados a gestionar los asuntos del gobierno local con el visto bueno norteamericano.

Lejos de apaciguarse, la situación interna se ha caracterizado, desde entonces, por una creciente inestabilidad. En enero de 2010, tras arduas negociaciones, Karzai presentó un gobierno al parlamento afgano que reaccionó rechazando a 17 de los 24 ministros propuestos /1. Desde entonces hasta hoy la inestabilidad y los juegos de palacio han marcado la política interior del país, al tiempo que la guerra sigue su curso en las diferentes áreas de actividad insurgente y la resistencia amplia su campo de actuación. A día de hoy una cuarta parte de los representantes electos amenazan con su dimisión, lo que invalidaría el parlamento y obligaría a una nueva consulta electoral en condiciones muy adversas. Por su parte, una comisión parlamentaria nombrada por los seguidores de Karzai pretende expulsar a 62 parlamentarios, mayoritariamente opositores, a los que se acusa de haber logrado su cargo por medio de prácticas fraudulentas.

En medio de todo ello, Karzai continúa figurando como presidente pero, después de 18 meses, ha sido incapaz de formar un gobierno que cuente con el apoyo parlamentario necesario. Es esta situación la que hace que salten todas las alarmas de cara al inminente proceso de cambios que, sin duda, se producirán en Afganistán conforme se vaya aplicando el calendario de retirada. De momento es incuestionable que la fractura étnica entre pastunes y tadjikos no deja de acrecentarse. Este hecho se perfila en el horizonte como un elemento complejo al que habrá que dar algún tipo de salida si se aspira a constituir un gobierno estable.

Por otro lado continúa existiendo una seria fractura dentro de la comunidad pastún. La división entre talibanes y seguidores de Karzai es un claro exponente de la misma. En realidad el pueblo pastún mantiene vigente una estructura tribal y de clanes organizada en torno a dos grandes confederaciones tribales. Las relaciones entre ambas siempre han sido tensas y no han estado exentas de graves choques. Hay quienes afirman que la unidad pastún funciona cuando se trata de enfrentar un enemigo externo y se cuestiona cuando se trata de resolver sobre aspectos internos. En este juego los compromisos son siempre inestables, con frecuentes cambios e inversiones de alianzas entre las diversas familias, tribus y clanes. Cuando se trata de enfrentamientos militares entre fracciones la tendencia es a que un número creciente se vaya situando al lado de quienes parece que pueden vencer en ese enfrentamiento. La justificación siempre es religiosa. Quienes cambian de aliado se acercan a quienes aparecen como posibles vencedores. Es una decisión de Alá y no es cuestión de contradecir a los poderes superiores. Seguramente en un futuro próximo asistamos a recomposiciones en las alianzas y acuerdos entre los clanes. Quien se presente con la iniciativa política en momentos de cambio se llevará una cuota importante de aliados y estará en condiciones de disputar el poder. Los importantes golpes asestados por la insurgencia talibán este verano anuncian quebraderos de cabeza para un Hamid Karzai que cada vez tiene menos autoridad ante sus aliados occidentales y sigue sin lograr un sólido apoyo interior.

La eliminación de su hermanastro, Wali Karzai, aparece como uno de los golpes más serios asestados por los insurgentes. En efecto, su figura jugaba un papel clave en el sistema levantado por Karzai para garantizar el dominio del país. Wali Karzai era el encargado de mantener bajo control gubernamental la región de Kandahar, bastión donde surgieron los talibanes y cuna de su principal dirigente el mulá Omar. Los informes de la CIA presentaban al hermanastro como uno de los pilares más sólidos del régimen de Karzai. Era él quien se encargaba de tener un control estricto sobre una cuarta parte del país, al tiempo que jugaba un papel central en el comercio de opio y era uno de los corruptos más importantes, según los propios informes del espionaje norteamericano /2. Su eliminación parece un golpe certero al aparato de estado. Para rematar el operativo, durante los funerales se produjo un atentado suicida que lleva el sello talibán. Como consecuencia se contabilizaron cuatro muertos más y trece heridos.

Organizar la retirada, reducir las bajas propias

En medio de este desolado paisaje se empiezan a tomar las primeras decisiones de cara al repliegue de las tropas extranjeras. Los Estados Unidos han iniciado simbólicamente el proceso este mes de julio, coincidiendo con el anuncio de Obama.

En Francia el debate sobre la presencia en suelo afgano se avivó con la muerte de varios soldados en vísperas de la fiesta nacional del 14 de julio. Con un total de 58 soldados muertos la opinión pública se interroga sobre la continuación de la misión y los posibles costes por asumir. Hasta ahora han perdido la vida 17 soldados a lo largo del año 2011, un dato que contrasta con las 14 bajas entre el 2001 y 2007.

Canadá es otro país que anuncia su deseo de proteger a sus tropas antes de que se produzca la retirada definitiva; para ello aspira a que su despliegue se produzca fuera de las zonas de combate, algo cada vez más difícil de precisar. Hasta ahora cuenta con 156 muertos y 1500 heridos entre sus filas.

En el caso de Gran Bretaña el número de bajas es mayor, situándose en torno a las 370 bajas, un dato superior al total de pérdidas sufridas durante la guerra de las Malvinas.

Otros países como Dinamarca, Italia y España cuentan con un número inferior, pero significativo de bajas (40, 36 y 31 respectivamente), lo que convierte a la misión en un elemento claramente impopular ante sus propias opiniones públicas.

En todo caso son las tropas norteamericanas quienes soportan el mayor número de muertos en sus filas, con una cantidad que se acerca a las 1600 bajas.

En medio de todo este desastre, a mitad de julio se dio a conocer la retirada del general David Petraeus del mando de las fuerzas internacionales de Afganistán. Sus éxitos en Irak no se han reproducido en Afganistán. Dividir a la insurgencia, ampliar el control territorial del país y formar un ejército nacional afgano, así como unas fuerzas policiales profesionalizadas eran los objetivos básicos que se quedan a medio hacer. A pesar de la despedida oficial y del triunfalismo su sucesor, John Allen, declaró ese mismo día que “habrá días duros por delante y no hay que hacerse ilusiones sobre los retos que aún tenemos que encarar” /3

22/7/2011

Notas:
/1
.- El País 3-1-2010
/2.- Mediapart http://www.mediapart.fr/journal/international/150711/afghanistan-recent-inventaire-dun-immense-desastre
/3.- El País 19-7-2011





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