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Pakistán
La difícil relación del Ejército con EE UU
01/07/2011 | Ayesha Siddiqa

Pakistán se presta cada vez menos a hacer caso de EE UU en relación con la “guerra contra el terrorismo”. Dentro y fuera de Pakistán, mucha gente se pregunta cómo un aparato militar tan poderoso ha sido incapaz de detectar a Osama bin Laden, que ha estado residiendo en el país por lo menos durante cinco años. Es más, ¿cómo ha sido posible que Bin Laden pudiera sobrevivir durante tanto tiempo en Pakistán sin que lo supiera alguien de la poderosa agencia de espionaje militar, la ISI? Inevitablemente, muchos también se preguntan si los altos cargos de la ISI estaban al corriente de la presencia de Bin Laden en el país o si simplemente le ayudaron algunos elementos incontrolados. Finalmente, ¿qué pasará con las futuras relaciones entre EE UU y Pakistán? Hoy por hoy no es posible dar una respuesta cabal y completa a ninguna de estas preguntas.

Abbottabad, la población donde fue abatido Bin Laden, alberga la principal academia militar del país, la PMA. En fecha muy reciente, el 23 de abril de 2011, el jefe del ejército, general Ashfaq Parvez Kayani, acudió a presidir la ceremonia de clausura del curso nº 123 de la PMA, una ocasión en que sin duda los servicios de inteligencia tuvieron que peinar el entorno en busca de eventuales amenazas. De hecho, nadie debería sorprenderse de que el jefe de Al Qaeda fuera descubierto en Abbottabad, no en vano esta ciudad se halla en Hazaea. Se sospecha desde hace tiempo que este distrito alberga campos de entrenamiento de combatientes, algunos de los cuales se trasladaron de Afganistán a las regiones limítrofes de Mansehra y Azad Kashmir, sobre todo después de que Afganistán apareciera en el punto de mira de EE UU tras los atentados de 11 de septiembre de 2001. Muchos yihadistas que colaboran con grupos combatientes radicados en Pakistán, como Sipha-e-Sahaba Pakistan, Lashkar-e-Jhangavi, Jaish-e-Mohammad y Lashkar-e-Toiba, han informado de que recibieron instrucción en campos situados en las colinas que bordean Abbottabad. Un elemento común a todas estas declaraciones es la mención de la presencia de ciudadanos árabes en esos campos. Algunas de las personas con las que hablé en Abbottabad después de la operación contra Bin Laden me contaron que a menudo venían yihadistas afganos a la ciudad a hacer compras. Por consiguiente, era muy probable que por Abbottabad pasara una ruta de tránsito de varios grupos combatientes.

En cuanto a lo que sabían o no sabían los militares sobre el paradero de Bin Laden, incluso si consideramos que se trata de un fallo del servicio secreto, una de las respuestas más benignas es que los mandos simplemente miraban a otra parte. La probabilidad de que un combatiente muy buscado se cuele entre las rendijas de la vigilancia es mayor si el marco político general favorece sutilmente el islamismo violento, prestando incluso un apoyo activo a algunos grupos. Una explicación más plausible, por otro lado, es que el alto mando militar sabía perfectamente qué estaba ocurriendo, quién estaba husmeando y quién se estaba escondiendo en la zona. Aunque la gente no suele decir abiertamente lo que opina sobre esta cuestión, muchos tienen serias dudas de que un ejército tan poderoso no supiera nada de un residente tan importante en una ciudad guarnición del calibre de Abbottabad. El ejército es más que un agente político en Pakistán, es también un importante agente económico, que administra más de un octavo del gasto del gobierno central y cuenta con un imperio económico cifrado en unos 20.000 millones de dólares estadounidenses. Además, sus servicios secretos están en todas partes, escuchando incluso las conversaciones de pakistaníes normales y corrientes. Por tanto, es imposible concluir que la cúpula del ejército no supiera que Bin Laden estaba escondido en Abbottabad.

Controlar el discurso

Los comentaristas favorables a los militares y el propio ejército pakistaní han rechazado toda idea de complicidad a este respecto, aduciendo como prueba el hecho de que las fuerzas armadas han perdido 5.000 soldados en la lucha contra los extremistas. También se argumenta que no es posible que el ejército apoye a los combatientes islamistas porque es la única institución “secular” del país. En su libro Pakistan: A hard country, publicado recientemente, Anatol Lieven, del Reino Unido, considerado un académico proclive a los militares, presenta a las fuerzas armadas como el único órgano laico y liberal que hace de contrapeso al Estado y a la sociedad, que de otro modo se radicalizarían rápidamente. Más allá de la dificultad de calificar de laico al ejército de un Estado religioso-ideológico, también es importante señalar que Lieven representa a una falange de académicos y periodistas que el ejército pakistaní cuida con esmero para que elaboren una narrativa favorable a los militares.

El caso es que el ejército pakistaní no es laico ni religioso, pero utiliza la religión para obtener ventajas estratégicas. La idea de que la institución es laica ayuda a atraer las simpatías del elemento liberal-secular de la sociedad pakistaní, mientras que la narrativa sobre la identidad prorreligiosa pule la imagen de la institución a los ojos de quienes tienen una mentalidad radical. Tener un pie en cada lado de la divisoria ideológica resulta beneficioso en varios sentidos. Una imagen laica ayuda a mantener la relación clientelar con Occidente, sobre todo con EE UU. Este vínculo es estratégico no solo desde el punto de vista militar, sino también financiero. Históricamente, las relaciones entre Islamabad y Washington han girado alrededor del patrocinio ofrecido por EE UU, particularmente en el ámbito de la ayuda al desarrollo, la instrucción militar y el suministro de armamento, entre otras cosas. Estos dos últimos elementos también generan fuentes de ingresos, sobre todo para los oficiales superiores del estamento militar. Así, no sería extraño que el exgeneral Pervez Musharraf hubiera acordado con EE UU que las fuerzas armadas estadounidenses pudieran realizar unilateralmente incursiones en Pakistán para capturar a Osama bin Laden. Musharraf ha negado esta información publicada en el diario británico The Guardian, pero son muchos los que encuentran lógico el desmentido por lo ansioso que está de volver al redil de su organización de procedencia.

Sin embargo, el argumento de que Pakistán es el cliente de EE UU nos permitiría suponer que el ejército pakistaní nunca se atrevería a llevar la contraria a Washington, como parece ser el caso desde la operación contra de Bin Laden. A mediados de mayo, el ejército pakistaní expresó públicamente su malestar con EE UU por llevar a cabo la operación por su propia cuenta, sin involucrar al gobierno de Rawalpindi. Esta contradicción nos lleva a la segunda explicación con respecto a la división ideológica en el seno del ejército. Las fuerzas armadas pakistaníes están históricamente alineadas tanto con EE UU como con la derecha radical del país. La idea de los militares parece ser que la alineación con la derecha religiosa y los elementos radicales ayuda tanto a controlar a la sociedad como a reforzar significativamente la relevancia de las fuerzas armadas. El conservadurismo religioso próximo al radicalismo latente es una trayectoria natural del desarrollo social de un país como Pakistán, que se creó en nombre de una identidad religiosa. Es más, el discurso religioso-cultural en el periodo fundacional del país carecía de contrapunto liberal, lo que desde entonces ha llevado a la sociedad al punto en que la derecha religiosa está resultando más aceptable para el público en general que la izquierda liberal.

Esto no significa que el ejército pakistaní siga un plan premeditado de proyectar una imagen radical para ganar popularidad. Lo que ocurre es más bien que, junto con el resto de la sociedad, el ejército ha seguido su propia trayectoria independiente hacia el radicalismo. La generación actual de oficiales militares es muy distinta de la inmediatamente posterior a la partición, formada por oficiales instruidos en Sandhurst y por tanto culturalmente más afines a Occidente y al liberalismo occidental. La cuestión es que el alejamiento de Occidente, o cualquier proximidad con los talibán, no es fruto de una percepción errónea o del temor a EE UU, sino que se debe a un cambio de naturaleza del ejército pakistaní, la institución más poderosa del país. Un número creciente de miembros de la nueva generación de oficiales no se sienten tan vinculados a EE UU como lo fueron sus predecesores. En efecto, el número de oficiales que se inclinan por su identidad religiosa, se fijan objetivos geopolíticos basados en la política de identidad religiosa o simplemente no simpatizan con Washington, crece constantemente. A resultas de ello, el cuartel general del ejército en Rawalpindi ya no está dispuesto, como tal, a aceptar órdenes de EE UU en la “guerra contra el terrorismo”.

Desde la década de 1980, el pensamiento de los islamistas ha ejercido una influencia significativa en los oficiales y suboficiales del ejército. Esto ocurrió particularmente tras el comienzo de la guerra en Afganistán contra las fuerzas de ocupación soviéticas. El elemento radical fue ganando fuerza en las décadas sucesivas. En Pakistán, la generación posterior a 1960 no solo se ha criado en una concepción más radical de la religión, sino que también ha sido alimentada con una dieta constante de retórica antiestadounidense. Gran parte de esto último se ha nutrido de lo que el comentarista político Pervez Iqbal Cheema llama las “traiciones” de EE UU. El embargo de armas estadounidense de 1962 y 1965, en medio de los conflictos militares entre Pakistán e India, o el posterior embargo de 1990, se consideran ejemplos de desengaños causados por EE UU a Islamabad.

En años más recientes, la actual camada del alto mando militar se ha sentido cada vez más irritada por los continuos ataques de aviones no tripulados estadounidenses, y hoy los oficiales declaran que no dejarán que fuerzas de EE UU actúen dentro de Pakistán, incluidos los aviones no tripulados. A partir del 9 de mayo, el general Kayani rompió relaciones con EE UU y la OTAN durante dos días, y más tarde instó al parlamento a revisar las relaciones con EE UU. Se trataba de un castigo simbólico, por supuesto, pero fue posible porque el general duda de la capacidad de EE UU para gestionar y llevar a cabo el abandono paulatino de su implicación en un conflicto de una década de duración en Afganistán sin la ayuda de Pakistán. El predecesor de Kayani, Musharraf, no tenía tanto margen en sus tratos con EE UU, pues ideológicamente estaba menos inclinado a enseñarles los dientes. En cualquier caso, Kayani ha sido capaz de permitirse ciertos lujos con EE UU gracias a la mayor lejanía de la crisis del 11 de Septiembre, mientras que Musharraf tuvo que capear las amenazas estadounidenses de lanzar una campaña de bombardeos masivos sobre Pakistán si no colaboraba con Washington. El general Kayani, por su parte, ha podido confiar mucho más en que es capaz de forzar a EE UU a hacer concesiones a Pakistán en virtud de las necesidades estratégicas de Washington en Afganistán.

La sombra de India

Mientras, el ejército pakistaní no parece perder la esperanza de mantener a Afganistán dentro de la esfera de influencia de Islamabad. El general Kayani ha hablado de la importancia de que su país mantenga una influencia política sobre Kabul , más que el control físico, en virtud de un cálculo derivado del temor de Islamabad con respecto a India. El cuartel general entiende que la influencia india en Afganistán es un factor desestabilizador para Pakistán. Últimamente, EE UU se ha granjeado la ira pakistaní por el apoyo de Washington a la permanencia de India en Afganistán y por considerarla un elemento central de su plan de seguridad en esta parte de Asia.

Es justamente este apoyo de EE UU a India en Afganistán el que hace que el ejército pakistaní se haya mostrado reacio a actuar contra la red Siraj-ud-Din Haqqani en Wasiristán del norte o contra las franquicias locales de Al Qaeda en Pakistán, como Lashkar-e-Toiba, Jaish-e-Mohammad, Sipha-e-Sahaba y otros grupos. Estos elementos son mucho más letales que los talibán afganos, pues cuentan con líderes instruidos, procedentes de la clase media, y profesan una ideología expansionista en lo que respecta a sus puntos de vista y objetivos geopolíticos. Los grupos basados en Pakistán, en particular, se consideran la garantía de seguridad a largo plazo del ejército pakistaní; desde la década de 1980, el ejército depende estratégicamente de estos combatientes. Dada la constante amenaza que sufre el país de parte del islamismo radical, el ejército parece haber efectuado un cálculo de costes y llegado a la conclusión de que más le vale mantener el control de al menos algunos de esos grupos a través de su influencia política en ellos. El principal problema, por supuesto, es que resulta difícil separar el grano de la paja, en la medida en que los grupos amistosos mantienen profundos lazos con los grupos hostiles que atentan contra el Estado.

En el Pakistán de hoy no parece probable que los órganos de seguridad del Estado vayan a distanciarse de los agentes no estatales. El poderoso ejército ha conseguido silenciar las voces que antaño pedían que el Estado rompiera con los combatientes. Ha sido capaz de imponer un discurso político y estratégico que, aunque en ocasiones pueda ser crítico con el ejército, no insiste en ese tipo de rupturas. Algunos creen que la presión exterior de EE UU u otros países no haría más que reforzar a quienes se resisten a romper. Sin embargo, esto encierra muchos riesgos, ya que un Estado que tiene armamento nuclear puede tomar cualquier salida si su sociedad se ve amenazada por la pobreza, el hambre o la frustración generalizadas.

En todo caso, EE UU ahora influye muy poco en las actitudes y actividades de Pakistán frente al islamismo radical. Quienes utilizan el término matrimonio para calificar las relaciones bilaterales entre Islamabad y Washington proponen una analogía incorrecta. La relación es la de patrón y cliente y está perdiendo fuerza a ojos vista. Está por ver hasta qué punto uno dejará que el otro se aleje. Después de todo muchos creen que las tres elementos cruciales en Pakistán son el ejército, EE UU y la religión. Y el Estado nunca se aleja demasiado de ninguno de los tres.


6/2011

Ayesha Siddiqa es analista independiente de cuestiones militares, residente en Islamabad.

Traducción: VIENTO SUR





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