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Pakistán
Teatro bélico
31/05/2011 | Pierre Rousset

Con la ejecución sumaria de Osama Bin Laden por orden de Barack Obama, Pakistán ha vuelto a primer plano de la actualidad internacional. Algunos han dicho que la desaparición del dirigente de Al-Qaeda no cambiaba casi nada. Esto puede ser verdad, visto desde el mundo árabe. Pero visto desde Washington y desde Islamabad /1, el asunto no es ni mucho menos anecdótico. Agudiza las contradicciones que operan en la sociedad pakistaní. Muestra los conflictos de intereses que fragilizan la alianza con los Estados Unidos. Pero Pakistán es una pieza clave en un espacio geoestratégico que va de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central hasta China. Las consecuencias de la operación “Gerónimo” /2 serán sólo locales.

Este artículo está dedicado sólo a Pakistán, pero debemos comenzar haciendo un breve desvío por los Estados Unidos. La ejecución sumaria de Bin Laden es la ocasión para una amplia ofensiva política para rehabilitar la libertad de intervención del imperialismo estadounidense, cuestionada en la opinión pública por las mentiras y los escándalos de la era Bush, al dar una nueva legitimidad a los asesinatos selectivos, al infierno carcelario de Guantánamo (que Obama prometió cerrar), al uso de la tortura (la batida de Bin Laden ha sido supuestamente facilitada por confesiones obtenidas tras repetidas torturas), a la intervención directa y secreta en territorio extranjero en nombre del interés nacional, a traspasar cualquier regla de derecho y de moral... Todo ello con un fondo ideológico de nacionalismo exacerbado de gran potencia.

Esta ofensiva ideológica es aún más perniciosa por haber sido llevada a cabo por Obama, presidente demócrata y negro, cuya elección suscitó el entusiasmo de muchos progresistas en los Estados Unidos y en todo el mundo.

Volvamos a Pakistán. El asunto Bin Laden reaviva la imagen de un país cuya población es rehén de conflictos regionales –guerra de Afganistán y controntación con India–, del terrorismo islámico, de los servicios secretos, del ejército y de clanes familiares especuladores, de las presiones e intervenciones extranjeras (los Estados Unidos, pero también Arabia Saudí y muchos otros). Por desgracia hay mucho de verdad en esta imagen y hay que intentar comprender por qué.


Advertencia: Pakistán es un país muy complejo –probablemente mucho más que la mayor parte de los otros Estados. Pero no siempre, ni siquiera en casos relativamente “sencillos”, es fácil percibir las realidades que subyacen tras las apariencias. ¿Qué es el sunismo? ¿El universo tribal? ¿La cultura urdú, pastún, baluche o sindi? ¿Cuál es el encaje específico de los poderes en cada una de las provincias hoy día “pakistaníes” –y a escala federal? El autor de estas líneas no pretende responder a estas cuestiones. Este artículo se limita, digamos, a un primer nivel de análisis. Persigue sólo objetivos limitados: hacer aparecer esa complejidad, comprender los retos nacionales e internacionales de la actual crisis, señalar algunas cuestiones de fondo.

La crisis pakistaní presenta aspectos propiamente paroxísmicos, debidos tal vez a las condiciones que presidieron su nacimiento (la partición del Imperio británico de las Indias, en 1947), la incuria de sus clases dirigentes y la debilidad histórica de las fuerzas de izquierda. Es el caso, por ejemplo, del “talibanismo”, de la nuclearización del conflicto indo-pakistaní, o de los sucesivos callejones sin salida a que ha conducido la política imperial de los Estados Unidos. Se pueden extraer enseñanzas de estos paroxismos con un alcance que supera a esta región del mundo y que nos interesan a todas y a todos.

La herencia: un país en pie de guerra

Pakistán es un Estado de creación tardía –1947– que nació con la herencia de los sangrientos traslados de población por motivos religiosos con ocasión de la “partición” del Imperio británico de las Indias: unos 17 millones de personas fueron desplazadas en un inmenso intercambio. El nuevo Estado se constituyó en las regiones del noroeste y del noreste, donde los musulmanes eran históricamente mayoritarios. Además, siete millones de musulmanes procedentes de otras regiones indias se sumaron al Estado pakistaní desde su constitución –los mohajirs.

Desde la “vivisección” de 1947, quedan muy pocos hindús en Pakistán. En cambio, India sigue conservando una importante comunidad musulmana que asciende actualmente a ciento cincuenta millones de personas, ¡tantas como en Pakistán! Representan un 12% de la población india.

Se pueden encontrar desde luego en el Pakistán actual raices históricas propias, antiguas, sobre todo en sus provincias más pobladas como el Panyab /3 (en el centro) y el Sind (al sur). Pero de todos los grandes Estados asiáticos, es el que tiene una delimitación fronteriza más artificial. En su origen comprendía dos alas físicamente separadas por toda la extensión de India, con un Pakistán occidental monopolizando el poder político, y un Pakistán oriental, demográficamente más numeroso en aquel tiempo. Este último se independizó, tras la guerra de 1971, con el nombre de Bangladesh.

Pero incluso tras la amputación de Bangladesh (¡una segunda partición!), las fronteras de Pakistán siguen siendo doblemente artificiales, trazadas en la parte occidental por la colonización británica y en la parte oriental por la partición de 1947 –aunque naturalmente cerradas al norte por la cadena del Himalaya (más allá de la cual se encuentra China) y al sur por el mar de Arabia. El mismo nombre de Pakistán se parece a un puzzle, formando el acrónimo de “Punjab, Afghania, Kashmir /4, Iran, Sindh and Balochistan”, designando “Afgania” a las provincias de las fronteras afgana e irani.

Existe más identidad histórica común entre las poblaciones de una parte y otra de cada frontera que entre las distintas poblaciones del Estado pakistaní: pastunes o patanes al Noroeste como en Afganistán, baluchis al Oeste (Irán), panyabis y sindis al Este (India) o cachemiros al Noreste... Las provincias orientales han estado muy marcadas por la dominación británica, pero no ocurre igual con las regiones occidentales: las primeras estuvieron directamente implicadas en la sangrienta partición de 1947 y sus desgarros, no así las segundas. Al provocar una afluencia de población desplazada, la partición complicó aún más el mosaico de poblaciones que viven en territorio de Pakistán: los musulmanes inmigrados de la India, los mohajirs, se adueñaron en cierto modo de Karachi, alienándose a los habitantes de la provincia de Sind.

La unificación de Pakistán nunca se ha terminado y desde hace años existen irredentismos o movimientos armados de liberación nacional, como en Baluchistán, que ha conocido cinco guerras en 1947-1949, 1955, 1958-1969, 1973-1977 (ocho mil muertos) y desde 2004...

Desde su fundación, Pakistán es un país en pie de guerra, atravesado por conflictos internos y fuertes tensiones fronterizas. Está también en el corazón de importantes retos geoestratégicos, tanto en el Sur de Asia como en las relaciones entre grandes potencias mundiales.


Una encrucijada geoestratégica

El sur de Asia comprende siete Estados (si se considera a Birmania dentro del Sudeste asiático), dos de ellos insulares (Sri Lanka y Maldivas) y dos himalayos (Nepal, Bután), de población poco o relativamente poco numerosa. Los extremos este y oeste están ocupados por dos de los países más poblados del mundo: Pakistán (más de 180 millones) con su capital Islamabad, y Bangladesh (más de 165 millones) con capital Daca. No obstante, el conjunto del subcontinente está dominado por un gigante: India y sus mil doscientos millones de habitantes, siendo su capital Nueva Delhi. Por superficie, población, economía y fuerzas armadas, India tiene mucho más peso que sus vecinos (aunque Pakistán también posee armamento nuclear). Es la gran potencia regional.

En esta región del mundo, la rivalidad pakistaní-india ha condicionado siempre (esto es, desde el final de la Segunda Guerra mundial) las decisiones políticas de unos y otros. Así, Islamabad apoyó al gobierno de Sri Lanka en la época en que Nueva Delhi entrenaba y armaba a los Tigres tamiles para oponerse al régimen de Colombo, que consideraba demasiado pro-occidental.

Por otra parte, Pakistán es geográficamente la bisagra entre el Sur de Asia, el Oriente próximo y el Asia central y sus ex–repúblicas soviéticas. En su frontera este tiene a India, en la noroeste a Afganistán, y en la oeste a Irán. Culturalmente es un punto de encuentro entre el espacio irani y el espacio indio. País musulmán de mayoría suní (75%) y minoría chií (20%), sufre las consecuencias de las rivalidades entre Arabia Saudí e Irán. Además, el puerto de Karachi (principal centro industrial del país) constituye una de las potencialmente mejores vías de acceso al océano para el petróleo de Asia central.

Pakistán fue un importante peon en la geoestrategia de la época de la guerra fría y del conflicto chino-soviético. Islamabad era apoyado entonces tanto por Washington como por Pekín, en contra de Nueva Delhi. Aunque capitalista, India buscaba la ayuda de Moscú para protegerse de la dominación imperialista. Además, un conflicto chino-indio se sobreañadía a las repercusiones del conflicto chino-soviético. El Himalaya era y sigue siendo una zona muy sensible. En 1962, una guerra enfrentó en sus alturas a India y China –que venció– a cuenta de un contestado trazado fronterizo. Del Tibet a Nepal y a Bután, la cadena himalaya es el escenario de una intensa lucha de influencias entre los dos gigantes asiáticos.

A través de Afganistán y de los movimientos islamistas que operan en todo el mundo, Pakistán está también implicado en los actuales conflictos entre potencias para definir el futuro de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central –una región aproximadamente situada entre el mar Caspio y China, incluyendo a Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán (tres países fronterizos con Afganistán) y, un poco más al norte Kirguistán, donde los Estados Unidos han establecido su primera base militar en esta parte del mundo, la de Manas, que sirve actualmente de retaguardia a las fuerzas de la OTAN en el teatro de operaciones del “Afpak” /5.

Por una cosa o por otra, Pakistán se ha convertido en una pieza clave en la gran partida de ajedrez que Washington, Pekín y Moscú están jugando desde el Nordeste de Asia (Corea, Japón) al Sur de Asia (pasillos marítimos del océano Indico) y al Asia Central (ex–Repúblicas soviéticas) y al Oriente Próximo (Irán). Una pieza nada despreciable hoy día, porque posee el arma atómica.

Encrucijada estratégica, Pakistán está en el cruce de muchas tensiones regionales e internacionales. Las guerras de Afganistán han anudado el conjunto.


El vaivén del frente indio al frente afgano

Durante mucho tiempo, la frontera “caliente” de Pakistán se situaba al Este –frente a India– y en particular al Noreste, por esa obsesión que constituye Cachemira, territorio de mayoría musulmana cuyo control consiguió conservar en gran medida Nueva Delhi en la partición (aunque una parte se encuentra en la parte pakistaní de la frontera). India se niega a conceder el derecho de autodeterminación a los cachemiros y hay varios movimientos de resistencia armada actuando con el apoyo de Islamabad, una situación que justifica el mantenimiento de un estado de guerra permanente entre los dos países, salpicado de conflictos militares abiertos (ha habido cuatro guerras calientes entre Pakistán e India desde 1947).

Aunque Pakistán ha resultado perdedora en los principales enfrentamientos militares, el estado de guerra latente con India ha ayudado al nuevo Estado a imponer su unidad (recordemos que esto no fue suficiente para evitar la pérdida de Bangladesh). El ejército y sus servicios de seguridad (ISI6) han podido justificar de esta manera su predominio y su omnipresencia. Los movimientos autonomistas o independentistas, la oposición democrática y la izquierda han sido reprimidos en nombre del interés nacional y denunciados como “quintacolumnistas”.

El conflicto con India ha permitido por tanto al Estado pakistaní (y en particular al ejército pakistaní) basar su legitimidad. India ha jugado la función útil de “enemigo hereditario”: la “partición” de 1947 abrió un foso de sangre, cuidadosamente mantenido desde entonces. El conflicto indo-pakistaní es instrumentalizado por las clases y las élites dirigentes a una y otra parte de la frontera; no es sorprendente que todos los procesos de paz negociados entre Islamabad y Nueva Delhi se hayan atascado. La tensión entre los dos Estados sigue siendo hoy día grande, avivada por masacres: terrorismo hinduista contra la población musulmana (y cristiana) en India, terrorismo islamista endógeno en India o manipulado en Pakistán, como en el caso del mortífero “ataque” de Mumbai en 2008 por un comando suicida.

Pero con la guerra de Afganistán que día lleva a cabo la OTAN, la frontera noroeste de Pakistán se ha vuelto mucho más “caliente” que su frontera oriental –y esto cambia muchas cosas. El actual conflicto no atañe a enemigos “hereditarios”. Todo lo contrario, enfrenta hoy a los aliados de ayer: Washington e Islamabad favorecieron el desarrollo de los movimientos islámicos para combatir durante los años 1980 al régimen laico de Kabul /7 y después a los soviéticos una vez que ocuparon el país. Tras los mortales atentados del 11 de setiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Manhattan y el Pentágono, el gobierno USA convirtió cómodamente a sus amigos en enemigos. Los dirigentes pakistaníes no podían hacer lo mismo.

Frente a la potencia demográfica y a la inmensidad geográfica de India, sólo Afganistán puede ofrecer a Pakistán, en caso de guerra, la “profundidad estratégica” necesaria para reorganizar y redesplegar sus fuerzas. Para ello necesita en Kabul un régimen favorable a Islamabad: fueron los talibanes. El fundamentalismo suní ha servido de cimiento ideológico a esta alianza geoestratégica, facilitada por el hecho de que tribus pastunes ocupan el territorio a una y otra parte de una frontera internacional muy teórica.

La cuestión afgana se ha convertido así en una cuestión interna de Pakistán. La situación en ambos Estados está tan entrelazada que hoy se suele hablar en medios diplomáticos del “Afpak”, fundiendo los dos países en un único nombre. Washington también los trata como un único teatro de operaciones.
El conflicto con India engarza el Estado pakistaní, el conflicto afgano lo desequilibra
Con la intervención de la OTAN, la crisis afgana se ha vuelto una crisis pakistaní. Ha cristalizado en 2009 en el valle de Swat, un feudo talibán del Noroeste. Se extiende ahora al Panyab y desestabiliza el país (a la vez que alimenta un inmenso tráfico de armas).
Pakistán está hoy enfermo de Afganistán. Pero la crisis que mina al régimen tiene otras raíces.


Una inestabilidad geopolítica nueva

Ha acabado el tiempo de la guerra fría, cuando las alianzas internacionales eran estables, estructuradas por la división del mundo en dos “campos” a la manera de “los enemigos de mis enemigos son mis amigos” –cuando Pakistán podía contar con el apoyo simultáneo y constante de Washington y de Pekín. Islamabad se beneficiaba entonces de una importante capacidad de chantaje hacia las potencias occidentales.

Desde los años 1990 y la implosión de la URSS, las alianzas geoestratégicas se han vuelto mucho más fluidas en el Sur de Asia. El acercamiento entre Washington y Nueva Delhi resulta hoy día espectacular, con la negociación de un acuerdo nuclear y la entrada de India en el orden mundial neoliberal. Antes de las elecciones legislativas de mayo de 2009, el gobierno del Congreso necesitaba del apoyo del bloque parlamentario dirigido a nivel federal por el PCI-M para asegurarse la mayoria, lo que daba a la izquierda un poder de presión. Tras la derrota electoral de los PC indios esto ya no ocurre. Nueva Delhi tiene así las manos aún más libres para asociarse con los Estados Unidos.

Al estado mayor pakistaní no le gusta tener que desguarnecer el frente este (India) en beneficio del frente oeste (Afganistán). Los talibanes y otras corrientes fundamentalistas conservan muchos apoyos en los servicios secretos. El ejército pakistaní ha mantenido siempre un doble juego en la cuestión afgana: oficialmente está al lado de la OTAN contra el “terrorismo islamista”, pero mantiene estrechos lazos con los talibanes y otros movimientos religiosos “extremistas”.

Sin embargo, Pakistán no tiene nada asegurado del lado de los Estados Unidos: ahora es Washington quien puede ejercer un chantaje creciente sobre Islamabad, haciendo más difícil la continuidad de la política de doble juego. Aunque la intervención estadounidense en Afganistán desestabiliza a Pakistán y refuerza el “anti-americanismo” ambiente, Washington exige de Islamabad un compromiso más franco contra los talibanes. El gobierno estadounidense se lo exige a cambio de su dinero: Islamabad recibe un maná, en forma de dólares, por su compromiso en la línea del frente; el ejército pakistaní no quiere perderlo. Por eso la ofensiva de 2009 del ejército pakistaní contra los talibanes del valle de Swat tenía una amplitud sin precedentes -¡no era ninguna operación cosmética!

Como lo acaba de confirmar con toda crudeza el asunto Bin Laden, nada de esto ha impedido a los servicios pakistanís continuar su doble juego, manteniendo viva la gallina de los huevos de oro (el jefe de Al-Qaeda cuya persecución alimentaba la ayuda financiera USA) en Abbotabad, una ciudad cercana a Islamabad que alberga la principal academia militar del país. Pero la extensión de la guerra más allá del valle de Swat volvía a cuestionar nuevamente el equilibrio anterior e interior.

Desde 2009, Pakistán ha entrado en una fase de inestabilidad creciente, tanto por el contexto geopolítico regional como por las repercusiones en el país de la guerra de Afganistán.


Entre ejército y talibanes

La guerra de Swat ha mostrado hasta qué punto la población se encuentra acorralada entre la espada fundamentalista y la pared militar. Ha estado sometida por los talibanes a una dictadura teocrática. El ejército le ha ordenado abandonar el lugar antes de desencader la ofensiva, para no resultar víctima de los combates. Pero los refugiados han estado vagando por las carreteras o aparcados en campamentos de lona bajo un calor tórrido (acostumbrados al frescor de las alturas), a veces sin agua potable, sin poder alimentarse o cuidarse adecuadamente, sin seguridad, abandonados. Con 2,5 millones de personas posiblemente desplazadas en el conjunto del país, están reunidas las condiciones para una crisis humanitaria de gran amplitud.

La misma incuria criminal se ha manifestado en una nueva crisis humanitaria de enorme amplitud (afecta directamente a unos veinte millones de habitantes) con ocasión de las excepcionales inundaciones de 2010.

Que un ejército “burgués” haga gala de tal menosprecio hacia la población que supuestamente debe socorrer, es algo por desgracia bastante común. Pero en Pakistán hay mucho más que eso. Los militares han estado en el poder la mayor parte del tiempo desde la creación del Estado. El cuerpo de oficiales se ha aprovechado para asediar a la sociedad, apropiándose de las tierras y de otros intereses económicos. No sólo sirve a las clases dominantes. Se ha convertido en una componente de ellas. Reproduce la tradicional arrogancia y la negación de democracia de los grandes poseedores y de las castas superiores en una sociedad muy desigual.

Si el ejército pakistaní es una verdadera caricatura de la institución militar, otro tanto ocurre con los talibanes en lo que se refiere al área de influencia fundamentalista.

La escena varía según las regiones, pero en su conjunto, Pakistán no es un país “naturalmente” poblado de barbudos y donde las mujeres serían invisibles. Los hombres prefieren muchas veces llevar sólo un orgulloso bigote. En cuanto a las pakistaníes –una de las cuales, Benazir Bhutto, llegó a ser Jefe de Estado antes de ser asesinada–, libres de decidir, pueden no llevar velo alguno o sólo un ligero chal que no tapa el cabello, las orejas o el cuello –o en el caso de las que trabajan en el campo, un chal más espeso que protege del sol o la lluvia... La imposición de normas rigoristas de comportamiento no es la expresión de un supuesto “ser musulmán”. Es una violencia social. En materia de religión (no sólo en el Islam), las prohibiciones sirven para asentar poderes jerárquicos, sociales y patriarcales –y los fundamentalistas radicales llevan este uso hasta su paroxismo.

Para definir un movimiento no basta con pegarle una etiqueta asociada a la “creencia” (“musulmán”, “cristiano”, ...). Una corriente “de referencia religiosa”, como se dice prudentemente hoy, puede estar muy a la izquierda (fue el caso de la teología de la liberación en América Latina, o la teología de la lucha en Filipinas...) o a la extrema derecha (por ejemplo, los próximos a Bush en los Estados Unidos). Hay que comprender por tanto la función política de los movimientos religiosos, porque si no, los términos “creencias” y “referencias religiosas” se vuelven peligrosamente equívocos.

¿Cómo calificar a los movimientos fundamentalistas radicales del Pakistán, y en particular a los talibanes? Digamos (y no es una analogía) que ocupan el lugar de los fascismos en Europa. En este sentido son “clérigo-fascistas”. Gracias a la incuria del régimen, pueden ganar cierto apoyo social –y aún más porque garantizan a los hombres un control absoluto sobre las mujeres. Las personas desplazadas por la guerra de Swat denuncian el terror talibán (sin apoyar por ello al ejército), aunque algunos aprueban el recurso a la charia para resolver los conflictos judiciales en suspenso: la justicia pakistaní se desentiende totalmente de este tipo de asuntos (herencias, litigios sobre la propiedad de tierras...) cuando sólo implican a gente corriente ¬–y si no, resuelve a favor de los poderosos, influyentes o corruptos...

Los talibanes combaten hoy a los Estados Unidos. ¿Les convierte esto en “anti-imperialistas progresistas”? No han cambiado de naturaleza desde los tiempos en que eran estrechos aliados del Estado pakistaní, sostenido a su vez por Washington. Eran reaccionarios, siguen siendo reaccionarios. Las alianzas se hacen y se deshacen pero los talibanes, vistos desde Pakistán, no tienen nada de progresistas: es una constancia y es lo que importa. Imponen un poder totalitario, oscurantista y, aunque ideológicamente supernostálgico, que se inscribe en el orden dominante neoliberal.

Los enemigos de nuestros enemigos no son necesariamente nuestros amigos. Desde el punto de vista de las clases populares, los conflictos no son siempre binarios, un “campo progresista” que combate contra un “campo reaccionario”. Pueden ser (y a menudo lo son) triangulares, cuando se oponen dos campos reaccionarios. Cómo intervenir en tales casos es cuestión de relación de fuerzas, por desgracia muy desfavorable en Pakistán. Pero ni alineándose tras el ejército ni apoyando a los talibanes puede esperar la izquierda mejorar esta relación de fuerzas.

La caja de pandora islamista

Los movimientos fundamentalistas radicales no son sólo una creación de las guerras “afganas”, aunque el apoyo recibido de los servicios secretos pakistaníes y estadounidenses para oponerse a Moscú haya sido muy importante. Su desarrollo en el propio Pakistán ha sido incluso favorecido –en particular desde los años 70 y 80– por el estado mayor y los principales partidos, abriendo así una verdadera caja de Pandora.

El Estado pakistaní nació musulmán, pero no islámico. Afirmar la existencia de “dos naciones” en el Imperio británico de las Indias, sobre una base religiosa, y justificar por ello su partición dio inicio a una peligrosa dinámica de depuración. Pero la referencia musulmana era o podía ser cultural –siendo la identidad reivindicada una cultura y no específicamente una religión; o una interpretación sectaria de esta religión. Los grandes partidos de los orígenes eran laicos. Las leyes fueron heredadas de la tradición inglesa, vía las Indias, o del reconocimiento de derechos consuetudinarios. La islamización inacabada del Estado pakistaní ha sido impuesta. El punto de inflexión se produjo a finales de los años 1970, bajo la dictadura militar del general Zia-ul-Haq.

Durante varias décadas, y con el fin de reforzar su poder, las clases y élites dominantes, el ejército y los partidos clientelistas, han jugado por turnos la carta de la islamización de las leyes y del Estado pakistaní. Lo cual condujo, en un primer momento, a violentísimos conflictos sectarios (con centenares de muertos en algunos años) entre obediencias musulmanas chiíes y suníes. En lo fundamental, los conflictos religiosos oponen a unas corrientes islamistas con otras, aunque tampoco resulta agradable pertenecer a una minoría religiosa (cristiana, hinduista... alrededor del 3% de la población únicamente, sin olvidar a los Ahmadiyya, no reconocidos como musulmanes en Pakistán), muchas veces chivos expiatorios de los fundamentalistas.

En un segundo momento, con Afganistán en segundo plano, los talibanes levantaron el vuelo en el propio Pakistán (hoy día están implantados más allá de las comunidades pastunes, sobre todo en el Panyab). Supieron hacer buen uso de sus vínculos con el aparato de Estado y del rechazo general a los Estados Unidos. Se beneficiaron temporalmente de apoyos o de cierta tolerancia en la “opinión pública” –es decir, los medios de comunicación y las clases medias. Pero su aura de combatientes o de víctimas se ha desgastado por su extrema brutalidad: incendios de comercios culpables de vender música, destrucción de escuelas para niñas, estudiantes a las que se ha arrojado vitriolo a la cara por no haber llevado velo en los campus del Panyab, justicia sumaria y decapitaciones filmadas y colgadas en Internet, opositores degollados, secuestros y atentados salvajes en la capital...

En febrero de 2009, el gobierno intentó un compromiso con un ala de los talibanes, autorizando oficialmente, en nombre de un supuesto derecho consuetudinario, la imposición de la charia (o mejor dicho, de una concepción reaccionaria de la “justicia islámica”) en el valle de Swat. A ello siguió una serie de acontecimientos que tuvieron un gran impacto político en la opinión pakistaní. Como habían previsto muchos comentaristas, el acuerdo resultó ser una trampa: en lugar de un cese el fuego, los talibanes tomaron la delantera en las provincias vecinas, avanzando sus unidades militares hasta un centenar de kilómetros de la capital...

La difusión en Internet de un video filmado clandestinamente permitió visualizar lo que significaba la imposición de la charia. Mostraba a una joven chica azotada por mala conducta. Un jefe religioso de Swat echó aceite al fuego al declarar que la víctima debería haber sido lapidada. Esto suscitó una gran emoción en el país y provocó muchas manifestaciones de mujeres.

En estas condiciones, cuando se desencadenaron las operaciones militares en el valle de Swat el gobierno y el ejército encontraron mucho mayor apoyo que antes en los propios partidos de oposición, los medios de comunicación, medios intelectuales, ONGs y organizaciones progresistas, en la “opinión pública” en sentido bastante amplio.

La infernal espiral del sectarismo religioso

En materia de sectarismo religioso, la situación en el país no deja de empeorar. Al contrario de lo que querrían hacenos creer muchos clichés aceptados socialmente, el vector de la intolerancia y del oscurantismo religioso no lo forman necesariamente las clases menos cultas, aunque muchas familias pobres envían a sus hijos a escuelas coránicas –las madrasas– al no poder acceder a la enseñanza pública. Las “clases medias”, educadas, pueden ser extremadamente conservadoras (es el caso de Tailandia), como lo testimonia la reciente difusión en Pakistán del velo integral (al campo no se va a trabajar en burka...).

Una vez desencadenada, la infernal espiral de la intolerancia religiosa no encuentra límites. Una ley de 1968 consideraba a la blasfemia como un crimen merecedor de la pena de muerte –y lo que ha ocurrido es paradigmático . Quien critica esta ley comete, en opinión de los censores religiosos, crimen de blasfemia. Así, el 4 de enero de 2011, Salman Taseer, poderoso gobernador de la provincia de Panyab y miembro del partido del gobierno, el PPP8, laico, fue asesinado por haber defendido valientemente a una ciudadana cristiana, Asia Bibi, encarcelada por blasfema y condenada a la horca.

El gobernador fue asesinado por uno de sus escoltas, a la vista de los demás que no intervinieron. El radicalismo religioso ha penetrado en todo el aparato de Estado. Lo que es más significativo aún, el asesino es un sufí, siendo considerado el sufismo una tradición tolerante y espiritual del Islam. Sus abogados también lo son, y aseguran que no se les puede acusar de extremismo, porque son sufíes, y por definición tolerantes. Además, explican, su cliente no es culpable: no es él quien ha matado a Salman Taseer, sino Dios... ¿Acaso deberían los tribunales condenar a dios?

Nada de ironía: que la comunidad sufí entre todas aclame públicamente al policía asesino y lo convierta en un héroe del Islam dice mucho sobre la descomposición de la sociedad pakistaní. Cuatro meses después de Salman Taseer, le tocó el turno en ser abatido a Shahbaz Bhatti, único cristiano del gabinete y Ministro de las Minorías.

La mitad de las personas condenadas por blasfemia pertenecen a la pequeña minoría cristiana. Pero el mal corroe todos los ambientes y es la ocasión para simples arreglos de cuentas. Como ese doctor enviado a prisión porque había tirado a la papelera la carta de un visitador médico que se llamaba ... Mohamed. Como ese joven chií cuya moto chocó por accidente contra un monumento dedicado a Mohamet. Cometió el doble crimen de ser chií y ser un pescador que se opinía a una tribu rival sobre el uso de un lago. Fue brutalmente asesinado mientras se encontraba detenido.

Más de un millar de personas han sido acusadas de blasfemas –una acusación que equivale a la muerte social, impone la clandestinidad y la huida, aunque no recaiga condena legal. Todo el mundo espera el próximo asesinato religioso de una personalidad que se opone a esta ley terrorista: la diputada Sherry Rehman ¬–que el Ministerio del Interior dice no poder proteger.

Entre dictaduras militares y democracia clientelista

No existe poder en Pakistán que tenga legitimidad democrática. El país ha vivido sometido la mayor parte del tiempo a regímenes militares, entrecortados con interludios parlamentarios.

“Parlamentarios”, no “democráticos”, y la distinción tiene importancia. Los gobiernos civiles han sido acaparados por partidos clientelistas, especuladores y nepotistas. Los militares denuncian un parlamentarismo al servicio de los intereses particulares de los “clanes” políticos, que representan a las “22 grandes familias” que dominan el país. Los partidos denuncian la incapacidad de los militares para gestionar de forma duradera el Estado. Por su incuria, los estados mayores han conseguido desacreditar los regímenes militares. Por su rapacidad, las “grandes familias” han logrado desacreditar los regímenes parlamentarios. Ambos han extendido sin vergüenza su corrupción. De ahí esa alternancia entre el ejercicio directo del poder por el ejército y el dominio directo de los clanes “civiles” sobre el parlamento –una alternancia debilitadora, cuya consecuencia es que el país se encuentra sumergido en una profunda crisis de legitimidad.

La alianza de Islamabad con Washington ha agravado este estado de cosas. Vistos desde Pakistán, los Estados Unidos no tienen ninguna legitimidad democrática. Han sostenido las peores dictaduras y tapado las peores corrupciones. Han hundido a Afganistán en una guerra sin fin. Apenas se disculpan por los repetidos “errores” con víctimas entre la población que vive en la frontera afgana. Bush ha soplado sobre el fuego de la guerra de las civilizaciones, invocando urbi et orbi la voluntad de su dios cristiano para justificar el envío de los ejércitos USA a países musulmanes –además de utilizar burdas mentiras como excusa para invadir Irak. Aunque su estilo es más prudente, Obama ha hecho del “Afpak” la principal apuesta de su presidencia en la región y exige un creciente derecho de vigilancia sobre la política pakistaní. Ha ordenado la más flagrante violación de la soberanía pakistaní enviando a sus comandos a ejecutar a Bin Laden.

La ayuda financiera masiva entregada por los Estados Unidos a Pakistán tras el 11 de setiembre de 2002 no ha mejorado la condición de los pakistaníes. En cambio, las políticas neoliberales promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), presidido actualmente por el socialista francés Dominique Strauss-Kahn9, han contribuido a agravar la crisis social.

Un poder fragmentado

Pakistán aparece como un país vertebrado por un ejército que campa a sus anchas en la sociedad y controla al Estado. Pero tras esta fachada, el poder está muy fragmentado.

Por su omnipotencia y su centralidad política, el ejército habría podido ser un canal de integración y de unificación de las élites, por encima de las diferencias regionales. Pero no ha sido así. El cuerpo de oficiales estaba y sigue estando dominado por los panyabies. El Partido del Pueblo Pakistaní (PPP) mantuvo durante un tiempo aspiraciones progresistas que podían haber generado solidaridades en el conjunto del país –pero ha sido “privatizado” por el clan Bhutto (originario de Sind, aunque con sólidos puntos de apoyo en Panyab), convirtiéndose en un partido clientelista como los demás. Lejos de unificar a la población, el islamismo y el fundamentalismo han avivado los conflictos sectarios. Los intereses particulares de los dominantes se han impuesto en todas partes, incluso en detrimento del interés colectivo de las clases dirigentes y de las élites –un interés colectivo de los poseedores que ninguna fuerza política ha sido capaz de representar, una vez agotado el impulso fundador de Pakistán.

La privatización del poder ha conducido a su fragmentación entre grandes familias, fracciones militares, estructuras comunitarias... Las leyes se aplican de forma diferente según cada lugar, en función de las relaciones de fuerzas y de las “costumbres” –y no se aplican en absoluto cuando los “señores” locales no lo quieren. La política es un negocio que debe dar beneficios, aunque exige grandes inversiones –la corrupción es el medio (legítimo) para asegurar su rentabilidad. Las alianzas fluctúan según los intereses de cada clan o de cada consejo tribal. Todos ellos gestionan clientelas.

Los conflictos se dan simultáneamente a varios niveles: guerras sectarias entre obediencias musulmanas, violencias intercomunitarias (mohajirs contra sindies, sindies contra panyabies, musulmanes contra cristianos...), asesinatos entre clanes políticos rivales, vendettas entre tribus, ejército contra ciudadanos, poseedores contra explotados, poderes patriarcales contra mujeres... Un conflicto en apariencia simple –político o religioso– suele esconder por lo general otros, más profundos, más complejos. Por ejemplo, los talibanes pretenden participar en una yihad mundial, pero las tribus pastunes implicadas en el Noroeste pakistaní están comprometidas en conflictos de poder muy locales, que requieren movedizas alianzas entre clanes.

Un conflicto puede ser “estructurante”, asegurando reagrupamientos estables de fuerzas y la definición de proyectos políticos duraderos. No es el caso hoy día de Pakistan. De hecho, es el Estado pakistaní en su totalidad quien corre el riesgo de entrar mañana en una crisis de descomposición. Un Estado nuclear, recordémoslo.

¿Un nuevo dato geoestratégico?

La operación “Gerónimo” ha provocado una tempestad política en Pakistán y un primer atentado sangriento de respuesta –pero hasta ahora poca movilización popular (ha habido menos condena que cuando fue liberado David Ramond, un agente de la CIA que había abatido a dos pakistaníes a plena luz del día en Lahore). El gobierno es acusado a la vez de dejar a los Estados Unidos violar la soberanía del país, de haber protegido a Bin Laden o de ser incapaz de saber lo que hacen sus servicios secretos. La crisis política es profunda, pero me parece difícil prever por dónde vaya a salir. Más que nunca, Pakistán es una pieza maestra en un juego geoestratégico con muchos actores.

Los Estados Unidos tienen necesidad de una solución política para la guerra afgana –por tanto, un acuerdo con algunos talibanes que será difícil imponer sin el apoyo de los servicios secretos pakistanís (que protegen hoy al mullah Omar de cara a dichas negociaciones). Pero la definición de lo que es un talibán “bueno” no es forzosamente la misma. Para Islamabad, un talibán “bueno” debe combatir exclusivamente en Afganistán y no atacar al poder pakistaní –pero el problema más urgente de Washington es precisamente el de los movimientos que atacan a las fuerzas de la OTAN...

Islamabad no puede aceptar un gobierno en Kabul que establezca buenas relaciones con Nueva Delhi –e India está cada vez más activa en Afganistán. Lo que ha podido precipitar la crisis actual es la sensación de las autoridades pakistaníes de que se han emprendido negociaciones en Afganistán a sus espaldas, para un acuerdo del que serían excluidas.

Por último, Pekín descubre sus cartas al afirmar un respaldo sin fisuras a Islamabad en el asunto Bin Laden. Algunos en Pakistán reclaman una modificación de las alianzas para recuperar una capacidad de chantaje ante Washington: amenazar con apoyarse exclusivamente en China, la amiga fiel cuyo peso no deja de aumentar en Asia, denunciando la arrogancia imperial de los Estados Unidos.

El gobierno del PPP no quiere romper con Waskington, sin cuya ayuda caería –y el gobierno USA tampoco desea enconar las cosas. Pero no son los únicos dueños del juego.

Los pueblos son los grandes ausentes de este juego de ajedrez –o de go, o de poker mentiroso– en torno al teatro de operaciones pakistaní-afgano. Y sin embargo, lucha...

Son las luchas de los trabajadores de las fábricas de ladrillos, sometidos a condiciones casi esclavistas en el interior del país, o del textil en el centro económico de Faisalabad. Son los campesinos del Panyab o los pescadores de Sind que combaten a la institución militar. Son las mujeres que resisten cotidianamente a una ancestral opresión patriarcal o al reciente auge del integrismo religioso. Son progresistas de todas condiciones que intentan defender libertades democráticas y derechos humanos...

Estos combates populares pocas veces llegan a la portada de la actualidad internacional. Pero no por eso son menos importantes. Después de haber tratado de Pakistán, “teatro bélico”, convendría rendirles homenaje en un artículo que podría titularse “Pakistán, teatro de luchas”.



14/05/2011



Pierre Rousset es el editor de la web www.europe-solidaire.org


Traducción: VIENTO SUR

NOTAS

1. Capital de Pakistán
2. Gerónimo: nacido el 16 de junio de 1829, murió el 17 de febrero de 1909. Guerrero apache, llamado en su nacimiento Go Khla Yeh (el que bosteza), combatió contra México y los Estados Unidos. La Casa Blanca dio a Osama Bin Laden el nombre codificado de Jerónimo; una decisión sobrecogedora que muestra un terrible desprecio hacia una de las principales figuras de la resistencia india a la ocupación europea de Norteamérica – y que rinde un homenaje involuntario e inmerecido a Bin Laden.
3. Conocido en inglés como Punjab
4. Cachemira
5. Afpak: acrónimo para designar a Afganistán y Pakistán, incluidos en un mismo escenario bélico.
6. ISI: Inter-Services Intelligence. Dirección para los servicios de información, la más importante y poderosa de las tres ramas de los servicios de informacion de Pakistán. Formalmente dependiente, constituye un Estado dentro del Estado.
7. Capital de Afganistán.
8. Partido del Pueblo Pakistaní
9. Strauss-Kahn dimitió como director del FMI el pasado 19 de mayo tras una acusación de agresión sexual.






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