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Pakistán
Obama, Bin Laden y la crisis pakistaní
20/05/2011 | Pierre Rousset

Lo más importante en la operación realizada por los comandos estadounidenses en Abbottabad, el 2 de mayo de 2011, no es probablemente la desaparición de Osama Bin Laden –incluso si seguía siendo la figura emblemática de Al Qaeda– sino la forma en que ha sido ejecutado. Washington no desea la caída del gobierno pakistaní, como tampoco este último desea romper con los Estados Unidos, debido a la necesidad que tiene de su apoyo. Pero decidiendo intervenir así en territorio extranjero, Barak Obama juega al aprendiz de brujo.

Estos últimos años, la opinión pública pakistaní soporta cada vez con mayor dificultad el aumento de las actividades militares americanas del lado pakistaní de la frontera afgana –en particular la multiplicación de los ataques de aviones sin piloto (drones) con su cortejo de víctimas civiles. Hoy, la clase política pakistaní no puede sino condenar una violación flagrante e inédita de la soberanía nacional del país, de una intervención aerotransportada en un importante centro urbano. El gobierno civil no puede, sin embargo, explicar la presencia de Bin Laden en una ciudad que abriga la principal academia militar del país, salvo que confiese que no controla ni el ejército ni los servicios secretos.

La crisis política en Pakistán es tanto más aguda cuanto que la cuestión talibán ha tomado en 2009 una nueva dimensión, con la guerra de Swat (un valle del Noroeste). Ha adquirido verdaderamente una dimensión interna y no solo fronteriza. Grupos talibanes se forman más allá de las comunidades pashtunes, donde nacieron, añadiéndose a los otros movimientos islamistas y fundamentalistas radicales. El doble juego tradicional del ejército (combatir y apoyar simultáneamente a los talibanes) se ve por ello singularmente complicado. Con el ascenso de la presión integrista y de los conflictos sectarios que la acompañan, las fracturas en el seno del estado corren el riesgo de ampliarse.

El ejército pakistaní debe también mostrar que no habrá paz en Afganistán sin su acuerdo. Washington está a la búsqueda de una solución política a la que serían asociados los talibanes, pero Pakistán ha sido mantenido al margen de esos esbozos de conversaciones. Sin embargo, Islamabad no puede aceptar ver en Kabul un gobierno aliado a la India, "el enemigo hereditario". Los servicios secretos pueden utilizar sus relaciones, muy íntimas, con los talibanes para hacer fracasar las negociaciones y el gobierno puede volverse hacia China para hacer pinza a los Estados Unidos y Nueva Delhi. El asunto Bin Laden está en el corazón de un juego geopolítico complejo que afecta a toda la región.

En este caso, Pakistán paga también las consecuencias del rearme ideológico del imperialismo estadounidense. La ejecución extrajudicial de Bin Laden es la ocasión, en los Estados Unidos, de rehabilitar los asesinatos selectivos (que habían sido prohibidos por la justicia), la prisión "fuera de la ley" de Guantánamo (que el candidato Obama había prometido cerrar), el uso de la tortura (según la versión oficial, serían confesiones arrancadas a un detenido en Guantánamo las que habrían puesto a la CIA sobre la pista del jefe de Al Qaeda), el nacionalismo de gran potencia y el "derecho" de intervención universal que se arroga Washington. La operación política es tanto más eficaz en la medida en que es realizada por un presidente demócrata, negro, cuya elección había sido saludada por numerosos progresistas. Claramente, el tiempo de las ilusiones ya ha pasado.

La acción de los comandos estadounidenses es una operación de guerra –pero de una guerra cuyo objetivo sobrepasa de lejos la puesta en escena espectacular de un duelo Obama-Bin Laden y las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Washington ha anunciado al mundo su voluntad guerrera. En Asia, las cartas del juego geopolítico alrededor del conflicto afgano están echadas. En Pakistán, la crisis se agrava –una crisis de la que la población paga las peores consecuencias.

19/05/2011

Traducción: VIENTO SUR





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