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Cuba
El castrismo después de Fidel Castro.
Un ensayo general
22/05/2007 | Janette Habel

El traspaso “provisional” de poderes anunciado en Cuba en julio de 2006 tiene todas las posibilidades de durar. La era post-Fidel Castro ha comenzado claramente. Incluso si Raúl Castro, hermano del fundador del régimen revolucionario, ha sido designado como garante de la continuidad institucional, un verdadero relevo generacional es a corto plazo inevitable. Frente a las graves dificultades del desarrollo económico, frente a las desigualdades y la corrupción crecientes, frente en fin a la amenaza que sigue siendo real de una ingerencia estadounidense, la futura dirección tendrá muchas dificultades para asentar su legitimidad. El carisma paternalista del dirigente histórico no tiene ya mucho éxito, pero ¿cómo será posible inventar un paradigma institucional más democrático a la vez que se conserva lo que queda de las conquistas sociales?. Para Janette Habel, principal especialista francesa del sistema político cubano, los riesgos que corre la dirección postcastrista están muy lejos de ser despreciables.


“Cuba es un sistema único sobre el que hay que tener cuidado de no colocar ningún análisis preconcebido” /1. Lejos de ser un lugar común, esta afirmación de Pierre de Charentenay debería ser la regla de cualquier análisis del sistema político castrista vigente desde hace cerca de medio siglo. Cuando el postcastrismo es actualidad, los comentadores que no dejan de criticar el “gulag tropical” ganarían inspirándose en ella. La sucesión de Fidel Castro (cumplió 80 años el 13 de agosto de 2006) era evocada en Cuba varios meses antes de la intervención quirúrgica que conllevó el traspaso “provisional” de poderes a favor de Raúl Castro. El post-Fidel Castro ha sido objeto de comentarios públicos desde el comienzo del año 2006 por su sucesor designado y por el ministro de asuntos exteriores Felipe Pérez Roque. El 26 de julio de 2006, aniversario del comienzo de la Revolución, cinco días antes del anuncio de su operación, Fidel Castro ironizaba con el ojo puesto en los Estados Unidos: “Que los vecinitos del Norte no se preocupen, no pretendo ejercer mis funciones hasta los 100 años…”. Frase premonitoria.
Reconociendo que no es eterno, el comandante en jefe que ejerce un poder exclusivo desde hace cerca de medio siglo ha roto un tabú, el de su sucesión. El relevo está pues al orden del día. Pero mientras Raúl Castro está consagrado como único heredero en la Constitución, Fidel Castro ha reconocido que el problema era “generacional” /2. Es la generación de la Revolución la que está desapareciendo. Ciertamente, su hermano menor debe ser el garante de la continuidad del “después de Fidel”, pero la distancia de 5 años que le separa de su hermano mayor pone en evidencia el carácter provisional de esta solución y no tranquiliza a quienes temen que la desaparición del Comandante en jefe abra la crisis y desemboque en el caos.

Las contradicciones de la sociedad
En efecto, “las contradicciones de la sociedad cubana son evidentes e inquietantes” /3. Fidel Castro no es ya escuchado como lo era en el pasado y su legitimidad se ha debilitado. Su discurso está en retraso con respecto a los problemas cotidianos que afrontan la mayoría de los cubanos. Desde el hundimiento de la Unión soviética, la población ha debido soportar los efectos terribles de diez y seis años de crisis, el “período especial en tiempos de paz” como se dice en La Habana. El hundimiento económico consecutivo a la implosión de la Unión soviética ha quebrantado a toda la sociedad. Se mide mal en Europa la gravedad de la crisis social que ha afectado a la isla. Adoptada en 1993, la dolarización que ha estado en vigor hasta 2004 ha modificado la jerarquía salarial anterior, bastante igualitaria.
La dualidad monetaria y la tasa de cambio entre el dólar y el peso han afectado profundamente a los trabajadores cubanos del sector público, cuyas rentas son en pesos. A falta de inversiones, los transportes se han degradado, el estado de las viviendas (en número muy insuficiente) es desastroso, la alimentación es muy cara en los supermercados o en los mercados campesinos libres y la libreta (el carnet de racionamiento) no permite alimentarse más que durante 10 o 12 días. Los cortes de corriente eléctrica de varias horas representaban aún hace poco una molestia insoportable, antes de la instalación reciente en toda la isla, bajo el impulso de Fidel Castro, de grupos electrógenos. De forma general, las infraestructuras (las canalizaciones de agua entre otras) están en muy mal estado. Este deterioro de las condiciones de vida ha tenido lugar en un contexto mundial difícil.
La Habana, al perder a sus aliados más cercanos, se encontró aislada en el plano internacional, confrontada a las políticas neoliberales en pleno auge en el continente latinoamericano en los años 1990. Para hacer frente a la crisis, Fidel Castro tuvo que aceptar con reticencia reformas económicas mercantiles (legalización del dólar, autorización de los mercados libres campesinos anteriormente prohibidos, actividades privadas, cooperativas en la agricultura, inversiones extranjeras, desarrollo del turismo, etc.). Estas reformas, aunque limitadas, iban a introducir desigualdades muy importantes entre los cubanos, oponiendo a quienes no tenían acceso al billete verde y a quienes tenían acceso a él gracias a los envíos (remesas) de su familia en el extranjero o a las consecuencias del turismo. Estas desigualdades fueron muy mal soportadas; la promoción social que habían disfrutado las capas más pobres desde la revolución /4 fue puesta en cuestión, incluso si los cubanos seguían gozando de la gratuidad de la salud y de la educación. En adelante, el dólar era el rey independientemente de las competencias profesionales. “La pirámide social se había invertido” y con ella los “valores” y la ética de la Revolución.
Otra razón demográfica ha agravado el malestar: el hueco cultural y político ha aumentado entre la generación de la Revolución y la mayoría de la población, nacida después de 1959. No solo la juventud no ha conocido la dictadura de Batista, sino que solo ha conocido la crisis, y las conquistas sociales –educación y salud gratuitas, pleno empleo-, sin cesar recordadas por Fidel Castro, no bastan para responder a sus aspiraciones. Desea viajar, pero no puede. El acceso a Internet está bajo control. Las salidas profesionales que le son ofrecidas no se corresponden a menudo a las calificaciones obtenidas. El lenguaje estereotipado que reina en los medios hace árida la información. La formación y el nivel cultural elevados de las nuevas generaciones, conquistados gracias a la revolución, se enfrentan ya a las cortapisas impuestas por Fidel Castro. Hoy, los jóvenes quieren disponer de bienes de consumo inaccesibles hasta este momento.
Esta distancia generacional tiene otra consecuencia. El comandante en jefe, cuyo talento oratorio fascinaba a las multitudes y que podía hablar durante horas ante auditorios atentos, es ahora víctima del síndrome del patriarca. Su carisma se ha rutinizado (Max Weber). Ocurre que se cambia de canal cuando aparece en la televisión. Incluso si el blasón del castrismo ha recuperado brillo en el continente latinoamericano, sus éxitos exteriores no bastan para compensar el desgaste de su imagen en la isla. Y esto incluso si es cierto que los desastres provocados por el liberalismo en el continente –50% de pobres o de indigentes viven en él con menos de dos dólares (incluso un dólar) por día- hacen relativizar la situación de los cubanos más indigentes.
La crisis económica, las reformas y la brecha abierta en el sector público han provocado un recrudecimiento de la corrupción. El mercado negro prospera, alimentado por los robos en el sector estatal. El auge de las actividades privadas en un sistema en el que la extrema centralización estatal no logra responder a las necesidades de la vida cotidiana ha favorecido el desarrollo de la economía informal: fontaneros, mecánicos, pintores, ejercen su actividad a la vez que salvaguardan su afiliación a una empresa del estado para preservar sus derechos sociales. Es también en su empresa donde se procuran los materiales necesarios para el ejercicio de su actividad privada. El último ejemplo es el de los robos masivos de gasolina en las estaciones de servicio –con la complicidad de los empleados de las mismas. Descubiertos en 2005 por un ejército de jóvenes trabajadores sociales movilizados por Fidel Castro, las pérdidas engendradas por estos robos serían del orden de decenas de millones de dólares. No es difícil imaginar los beneficios retirados por los revendedores –los cuales podían ser, por otra parte, revolucionarios convencidos.
La “doble moral” en Cuba se extiende y justifica por la imposibilidad de vivir “normalmente”, pues como dicen numerosos cubanos, para sobrevivir en estas condiciones, “hay que robar o abandonar el país”- o bien hundirse /5. En resumen, las tensiones económicas, sociales, políticas, demográficas imponen un cambio de orientación. ¿Pero en qué dirección?. Los esquemas de la transición española o chilena a menudo puestos de ejemplo por algunos medios oficiales europeos o americanos implican un desmantelamiento del sistema económico y político. Al contrario, los cambios esperados por numerosos sectores de la población se inscriben aún en el marco del sistema, incluso si otros estiman que ha quebrado y que hay que instaurar una economía de mercado.
Para los sucesores de Fidel Castro, las dificultades son de varios órdenes. En primer lugar, hay que mejorar el nivel de vida. ¿Qué reformas económicas hay que adoptar?. ¿Al precio de qué tensiones sociales?. Habrá luego que definir a medio plazo una nueva legalidad institucional apoyándose en una participación popular efectiva. No existe ninguna posibilidad de perpetuar el sistema político actual una vez que desaparezca Fidel Castro. En fin, habrá que realizar cambios económicos y políticos en un contexto conflictivo, bajo la amenaza de ingerencia de la administración de George W. Bush.

La recentralización económica, el fin de las reformas
Raúl Castro asume –provisionalmente quizás- la dirección del país en una coyuntura particular. Tras más de un decenio de reformas económicas mercantiles, Fidel Castro ha puesto en cuestión estos últimos años la apertura realizada en plena crisis de los años 1990.
Desde el otoño de 2004, las transacciones en dólares no tienen ya curso. El billete verde ha sido reemplazado desde entonces por el peso convertible (CUC) para el conjunto de las transacciones en metálico en la isla /6. Pero este CUC –que es paritario con el dólar en la isla- no es convertible en el exterior. El otro peso, el peso usual, se cambia a una tasa de 26 pesos por un dólar y sigue siendo aún la moneda corriente para los salarios. En cuanto a las empresas del estado que tienen cuentas en pesos convertibles, no pueden ya alimentarlas en cash por dólares. Ocurre lo mismo en las sociedades comerciales de capitales 100% cubanos.
Desde el 1 de enero de 2005, se ha creado una Cuenta única de las rentas en divisas del estado, en la que deben ingresarse todas las rentas en divisas convertibles recibidas por la caja central. Los beneficios recibidos en el marco de las empresas mixtas por los socios cubanos deben ser también ingresadas en esta cuenta única. En otros términos, las empresas (y los bancos) tienen necesidad de obtener el consentimiento del Comité de aprobación para disponer de los recursos necesarios para sus actividades. Este aumento de la centralización va a reforzar los controles financieros limitando la autonomía de las empresas. Se trata de una puesta en cuestión de las reformas anteriores. El sistema de gestión puesto en pie precedentemente preconizaba, en efecto, la autofinanciación de las empresas del estado, debiendo cubrir cada entidad sus gastos con sus rentas propias y generar beneficios. Al depender la mejora de las condiciones de trabajo de los trabajadores de las rentas de las empresas, las más rentables han favorecido a veces a sus asalariados sin preocuparse por la equidad respecto a otros. Casos de corrupción de cuadros, principalmente en las empresas de turismo, han implicado a responsables gubernamentales.
La situación que hereda Raúl Castro es paradójica. La bonanza económica que conoce el país gracias a los precios elevados del níkel, a la progresión de las rentas del turismo (alrededor de 2.300.000 visitantes este año), a los intercambios beneficiosos con Venezuela y China, no ha atenuado las dificultades de los cubanos que trabajan en el sector del estado (alrededor del 75% de la población activa) o de quienes dependen para sobrevivir de jubilaciones escasas. Son ellos los que han soportado el peso de la crisis, los más afectados por las reformas económicas y las disparidades de poder de compra que han producido. Se benefician poco de la mejoría macro-económica. En cambio, han emergido nuevas categorías sociales, “nuevos ricos” según la terminología oficial: pequeños artesanos y empresas privadas cuyo auge ha coincidido con la liberalización de los años 1990, propietarios de pequeños restaurantes (paladares) que no pueden servir más de 12 cubiertos a la vez, pequeños campesinos que venden en los mercados sus productos agrícolas a precios muy elevados. Se han aprovechado de las penurias para ofrecer los bienes y los servicios que el estado no ha asegurado nunca mientras que el estatus de la pequeña producción mercantil ha sido siempre diabolizado.
En este contexto, la enésima ofensiva lanzada por Fidel Castro en 2005 contra la corrupción está condenada al fracaso. Paralelamente, Fidel Castro lleva a cabo una campaña ideológica para movilizar a la población: “la batalla de las ideas”. Pero esta “batalla” es una abstracción para unos cubanos sumergidos en las dificultades cotidianas y que, en diferentes grados, recurren al mercado negro para sobrevivir. Tanto más cuando la propiedad del estado no es percibida por el pueblo, contrariamente al discurso oficial, como su propiedad, sino como una propiedad que le es extraña. Los cubanos no influyen nada en las decisiones económicas. Además del hecho de que la “batalla de las ideas” tiene un regusto a algo ya visto y recuerda el “proceso de rectificación” de los años 1980, suscita irritación. “Que controlen los robos de gasolina, está bien, pero que no repriman a los que intentan ganarse la vida!”, exclama un vendedor ambulante, al que se le acaban de confiscar 500 CDs.

¿Qué desarrollo? ¿Qué estrategia económica?
La economía cubana habría conocido en 2005, según cifras oficiales, una tasa de crecimiento del 11,8%, pero estos datos son puestos en duda por organismos internacionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Nuevos socios estratégicos juegan un papel capital en esto progresos, que resultan en primer lugar de la ayuda aportada por Venezuela y en segundo lugar de las inversiones y de la financiación china. En el momento en que el barril del petróleo alcanza los 80 dólares, Caracas entrega alrededor de 100.000 barriles por día a Cuba en condiciones privilegiadas en contrapartida al envío de miles de médicos cubanos y de una cooperación multiforme, que incluye, entre otras cosas, la modernización de los hospitales y de los principales centros de salud de Venezuela.
¿En qué condiciones puede este pequeño país construir un desarrollo duradero, autónomo, frente a los Estados Unidos?. A esta cuestión, la integración regional, la Alternativa bolivariana de las Américas (ALBA), estrategia latinoamericana que asocia ya a Venezuela y Bolivia, quiere dar un comienzo de respuesta. En su último viaje público y simbólico a Buenos Aires para la 30 cumbre de Mercosur, Fidel Castro, cuya vocación latinoamericana es antigua, se encontró con los presidentes de los cinco países miembros del mercado común suramericano (Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y desde hace poco Venezuela) y de dos miembros asociados, Chile y Bolivia. Fue la ocasión para el dirigente cubano de firmar un acuerdo de cooperación económica con el Mercosur, considerado como uno de los más importantes por La Habana desde hace cuarenta años. En diciembre de 2005, Fidel Castro había participado ya en una cumbre del CARICOM, el mercado común del Caribe, cuyos estados mantienen en su mayor parte buenas relaciones con La Habana.
La unidad latino-americana está en el corazón de la estrategia de Fidel Castro y de su aliado Hugo Chávez. ¿El objetivo?. Construir la “patria grande”, la América Latina, y pensar el desarrollo de Cuba en ese marco. La integración energética de la región es una herramienta de primerísima importancia. En efecto, Venezuela y Bolivia representan más del 65% de las reservas de hidrocarburos conocidas en América Latina. El plan Petrocaribe firmado en junio de 2005 permite a los países del Caribe disfrutar del fuel venezolano en condiciones preferenciales.
En cuanto al Brasil, primera potencia del subcontinente, intenta reinsertar a Cuba en la comunidad latinoamericana. En 2004, el ministro de asuntos exteriores, Celso Amorim, había propuesto integrar a la isla en el grupo de Río (compuesto de los ministros de Asuntos exteriores de 19 países de América Latina).
La idea según la cual América Latina es el campo geopolítico natural para Cuba es tan vieja como la revolución y no había desaparecido con el acercamiento a la URSS, a pesar de la ruptura con La Habana decidida en aquella época por el conjunto de los gobiernos latino americanos con excepción de México. Hoy, el sueño bolivariano encarnado por Chávez hace un poco más creíble esta perspectiva. Pero, ¿se puede apostar todo por Venezuela?. Además de las incertidumbres políticas que pesan a medio plazo sobre el futuro de Hugo Chávez, algunos economistas cubanos se interrogan a media voz sobre la estrategia seguida.
Decisiones con consecuencias económicas y sociales importantes han sido tomadas por Fidel Castro, cuyos sucesivos “golpes de timón” ponen en cuestión cualquier tentativa de planificar un desarrollo a largo plazo. Exportando sus servicios de salud (entre ellos varias decenas de miles de médicos) a Venezuela, Bolivia y otros países del mundo, Cuba saca provecho de la calificación de su mano de obra y parece orientarse hacia una economía de servicios cuya perennidad se ve sin embargo con dificultades en la medida en que cada país tiene por vocación formar sus propios médicos y enseñantes.
Especialistas que habían propuesto utilizar los derivados del azúcar para diversificar la producción azucarera, critican el cierre de la mitad de las centrales azucareras y la pérdida de un saber hacer histórico cuando los precios del azúcar suben. El turismo progresa, pero genera efectos indeseables. La cooperación con China en el terreno estratégico de las biotecnologías y el acercamiento de los centros de investigación cubanos y chinos parecen prometedores /7, pero las relaciones chino-cubanas han conocido siempre altos y bajos. Algunos dirigentes cubanos podrían ser tentados por el “modelo chino”, pero ese modelo implica el desarrollo de contradicciones sociales (paro, desigualdades…) que Cuba no soportaría y sobre todo, las relaciones con los EE.UU. están exactamente en el punto contrario: de una parte el aumento de los intercambios con China, de otra el refuerzo del embargo estadounidense en contra de Cuba. En cualquier caso, la mejora del nivel de vida se hace esperar.
Decisiones como la del reparto de ollas a presión por iniciativa de Fidel Castro parecen ridículas ante las necesidades de la población. La intrusión de los trabajadores sociales en los hogares para controlar los aparatos eléctricos demasiado consumidores de energía y reemplazar las viejas bombillas por otras de bajo consumo ha suscitado protestas. Incluso el sistema de salud y la calidad de los cuidados, sin embargo de gran nivel, sufren por la salida de numerosos médicos de familia al extranjero. En los barrios, se oyen a menudo comentarios críticos sobre la ayuda concedida a los venezolanos en detrimento de la población local.

Una nueva legalidad institucional
¿Cómo pasar de la legitimidad revolucionaria encarnada por Fidel Castro a una nueva legalidad institucional sin desmantelar las conquistas de la revolución? Tal es el desafío. No es pequeño para una pequeña isla situada a 200 km de la primera potencia mundial. George Bush ha elegido ya en el seno del Departamento de Estado un “coordinador” de la transición cubana y puesto en pie una Comisión de ayuda a la transición para una Cuba libre cuyo informe dibuja los contornos de un gobierno de transición, rechazando todo diálogo con Raúl Castro.
Ningún dirigente revolucionario ha permanecido tanto tiempo en el poder, además en un pequeño país sometido desde el comienzo a agresiones militares y luego a un hostigamiento económico, comercial y político permanente. En Rusia como en China o Vietnam (no hablamos aquí más que de los países que han conocido un proceso revolucionario autóctono), los partidos comunistas estalinistas, aunque burocratizados y fosilizados, funcionaban como instituciones estructuradas. En Cuba, el PCC no ha celebrado un congreso desde hace cerca de 10 años. El periódico Granma, órgano del Comité Central, informa raramente de las reuniones y de las decisiones del Buró Político. Tras un largo silencio, la última reunión del Comité Central se ha celebrado el 1 de julio de 2006. Unos miembros pueden ser excluidos por la dirección del PCC (cuyos votos y procedimientos no son conocidos) y otros cooptados según de criterios de geometría variable (“las cualidades, la experiencia y la trayectoria de los camaradas”). El secretariado del Buró Político había sido suprimido en 1991, ha sido restablecido en 2006. Recientemente, varias destituciones han afectado a altos funcionarios y un miembro de Buró Político del PCC ha sido condenado a 12 años de prisión por “tráfico de influencias”.
El PCC sirve de rueda administrativa y de correa de transmisión, pero no es un lugar de debate. Es un partido sin real coherencia ideológica desde la caída de la URSS. Con excepción de ciertos sectores –intelectuales e investigadores marginados-, sus análisis y su producción teórica son pobres. La dirección del PCC ejecutaba hasta ahora las decisiones tomadas por el “líder máximo”. Los centros de decisión están concentrados en manos de Fidel Castro, que cortocircuita al Buró Político. Se observa así una especie de dualidad institucional materializada por la existencia de instancias diferentes, siendo el grupo de apoyo del comandante en jefe muy a menudo el inspirador de las decisiones gubernamentales. Aunque Fidel Castro sea el primer secretario del Partido, es un electrón libre que gobierna al margen de las instituciones –incluido el PCC.
¿Se puede imaginar que el vacío creado por la desaparición de Fidel Castro pueda ser llenado duraderamente por un equipo de dirección colectiva del PCC?. Es en efecto el PCC el que Raúl Castro ha citado como “el único heredero digno de Fidel Castro, en tanto que institución que reagrupa a la vanguardia revolucionaria, garantía sólida y segura de la unidad de los cubanos en todo tiempo” /8. “El 90% de mi tiempo está consagrada al PCC y la mayor parte de mis ocupaciones no son públicas, por eso no aparezco mucho en la prensa”, declaraba en 2003 /9. Pero en 1996, cuando investigadores pertenecientes a un centro prestigioso, el Centro de estudios de las Américas (CEA), ligado al PCC, produjo análisis críticos sobre el estado de la sociedad cubana, fueron tratados como “quinta columna” por Raúl Castro en la televisión. Los dirigentes del centro fueron trasladados, la revista y las ediciones censurados /10. Además de Raúl Castro, dos dirigentes hoy miembros del nuevo Secretariado (José Ramón Balaguer, 74 años, y José Ramón Machado Ventura, 75 años) fueron particularmente activos en esta campaña de excomunión. ¿Cómo pensar que podrán tolerar los indispensables debates de orientación en el seno del partido y en la sociedad?
El ejército es, con el PCC, el otro pilar institucional del país. Ya primer secretario “provisional” del Partido, Raúl Castro es ministro de las FAR (Fuerzas Armadas revolucionarias), una institución sobre la que se especula mucho. Su cohesión y su disciplina hacen de ella una de las instituciones más sólidas del régimen. El ejército, con 50.000 hombres, representa una potencia económica mayor que invierte en el turismo, la agricultura, la industria, las telecomunicaciones y controla los dos tercios de la economía /11. Ciertos observadores /12 no dudan en afirmar que las FAR son “los pioneros del capitalismo cubano”. Fue en el ejército donde se experimentó (bajo el impulso de Raúl Castro apoyado luego por Carlos Lage), a finales de los años 1980 y en los años 1990, un proceso llamado de “perfeccionamiento de las empresas del estado”, con el objetivo de aumentar la productividad del trabajo. Esta modernización productiva, que implicaba reducir efectivos excesivos, fue aplicada en las empresas del estado controladas por las FAR. Gracias a la disciplina inherente a la institución, dió resultados. Pero generalizar su aplicación era peligroso en el plano social y ciertos responsable sindicales de la CTC /13 (Central de los Trabajadores Cubanos) habían puesto en guardia contra sus consecuencias /14. La reforma parece haber sido abandonada. A la cabeza de las grandes empresas figuran antiguos comandantes del ejército rebelde así como jóvenes oficiales que han adquirido una formación económica en las escuelas de gestión europeas. Pero si el trabajo del ejército es ganar dinero, como afirma Frank Mora, profesor en el National War College de Washington /15, una parte importante de estas ganancias es dedicada a la defensa del país anteriormente financiada en lo esencial por Moscú (una parte de la ayuda militar soviética era gratuita).
Las FAR son muy respetadas. Reivindican una doble herencia: la de los mambises, los combatientes de las guerras de independencia, y la del Ejército rebelde que luchó en la Sierra Maestra contra la dictadura de Batista. No constituyen un aparato represivo cuya función sería aplastar la disidencia. Este papel corresponde al ministerio del interior, a sus servicios secretos y a su policía (es a ésta a la que incumbe el mantenimiento del orden y si el ministerio del interior está bajo control de los militares, el reclutamiento de los policías obedece a otros criterios).
El V Pleno del Comité Central presidido por Fidel Castro el 1 de julio de 2006 había consagrado sus trabajos al refuerzo del partido y de la defensa. A este propósito, Fidel Castro había reafirmado la necesidad de “consolidar la invulnerabilidad militar” del país. El Comité Central había adoptado el informe presentado por Raúl Castro sobre el estado de preparación del ejército, basado en una concepción defensiva de la guerra popular de resistencia contra una intervención militar americana. Tras la intervención de la coalición americano-británica en Irak en marzo de 2003, efectuada sin el aval del Consejo de Seguridad de la ONU, Fidel Castro impulsó ejercicios estratégicos llamados “Bastión 2004”, maniobras militares de una amplitud inigualada desde hacía 18 años, justificadas por el nuevo contexto internacional. En el Comité Central, Raúl Castro subrayó los esfuerzos desplegados por “un gran número de empresas civiles y militares nacionales” (más de 1.000 direcciones de empresas estaban presentes) para modernizar los equipamientos y el armamento a la vez que indicaba que “los debates no se habían limitado a las cuestiones técnicas o militares sino que habían incluido los aspectos ligados al desarrollo económico y social con un impacto directo considerable sobre la defensa” /16. La ley de defensa nacional reafirma el carácter defensivo de la estrategia adoptada. “La misión fundamental de las FAR es combatir al agresor desde los primeros momentos con todo el pueblo, conducir la guerra todo el tiempo necesario, en cualquier circunstancia, hasta la victoria” (art 34).
Las FAR no son una institución política, en el sentido en que están subordinadas al PCC, presente en cada escalón del ejército. Los oficiales son numerosos en el Buró Político y en el gobierno, pero el estado mayor no es una instancia donde se decidan orientaciones para el país. Toda intervención en este sentido pondría en peligro el instrumento considerado como una baza esencial para protegerse del peligro mayor: la intervención de los Estados Unidos. Sin embargo, el papel económico del ejército puede producir en su seno diferenciaciones susceptibles de engendrar divergencias políticas, en particular sobre el grado de liberalización económica. El reparto del trabajo entre Raúl y Fidel Castro (a Fidel la estrategia, a Raúl la organización) preservaba la unidad de las FAR pero esta síntesis familiar llega a su fin.
Preocupado por la continuidad, Fidel Castro había hecho modificar en junio de 2002 la Constitución para inscribir en ella con tinta indeleble “el carácter irrevocable del socialismo”. Tres años más tarde, a pesar de esta precaución constitucional, Fidel Castro puso en guardia el 17 de noviembre de 2005, contra los riesgos de la implosión del sistema. Pero el esquema que ha previsto hace reposar la sucesión institucional en Raúl Castro, junto con el PCC, lo que no es viable a largo plazo. Como siempre, el jefe militar ha desconocido las necesidades democráticas crecientes de una sociedad profundamente renovada.
A medio plazo, deberán emerger nuevas instituciones. Una tarea difícil cuando a la vez habrá que poner en marcha una nueva política económica y redefinir un proyecto democrático alternativo, todo ello preservando las conquistas de la revolución. La relación carismática y paternalista del dirigente con el pueblo, sustituto democrático, debería dejar lugar progresivamente a un nuevo paradigma institucional. ¿Se tolerará ese proceso al otro lado del estrecho de Florida?. Nada autoriza a pensarlo. Ciertamente, el exilio está dividido entre quienes tienen la obsesión de recuperar a cualquier precio sus propiedades y los “moderados” como Marifeli Pérez Stable, que rechaza la idea de que “una administración responsable de la intervención en Irak pueda aconsejar una Cuba democrática /17”. Pero como observa un antiguo embajador de la UE en México y Cuba: “Si fuera cubano, tendría miedo, pues su futuro pasará por los Estados Unidos /18”.
Si la crisis es estratégica, ¿podrán los nuevos dirigentes contentarse con ajustes tácticos?. Para Heinz Dieterich, “el viejo paradigma socialista no sostendrá la Revolución cubana confrontada a un doble vacío, el agotamiento de un proyecto histórico fundador y la desaparición de la generación heroica”. Es preciso “construir un socialismo del siglo XXI. Si la Revolución no toma medidas inmediatas a fin de que la población comprenda que su nivel de vida va a mejorar y que la sociedad será más democrática, habrá pocas fuerzas en el mundo para salvarla /19”.
Desde hace cerca de medio siglo, la defensa de la Revolución ha impuesto restricciones, privaciones, desgarros familiares. Imputar esto exclusivamente al régimen, o a Fidel Castro, es omitir las agresiones, el terrorismo de estado, el acoso incesante –aún aumentado los últimos años- de la administración americana. No se puede explicar la resistencia del pueblo cubano por la represión. No es que esa represión no exista, sino que es más limitada que la que reinaba en la URSS, en Checoslovaquia, en Polonia, donde no impidió la emergencia de los Vaclav Havel, Lech Walesa y de gentes como Andrei Sajarov. El régimen no resistiría un Tian An Men. Pero si los cubanos han resistido en su mayoría por convicción, para salvaguardar su independencia y sus conquistas sociales, aunque estén disminuidas, si se han reconocido en el discurso del comandante en jefe, piden hoy más confort, más facilidades materiales. Su nivel cultural entra en contradicción con la infantilización y la ausencia de debates democráticos que han vaciado de su sustancia los Órganos de Poder Popular (OPP). Manuel David Orrio, un antiguo periodista “disidente”, antes infiltrado en los grupos de oposición interna /20, se interroga en voz alta: “El pueblo cubano ha tolerado muchas cosas a Fidel. ¿Las tolerará a sus sucesores?”. La respuesta está clara. La enfermedad de Fidel anuncia otra época.

8 de mayo de 2007

Janette Habel es especialista en América Latina y, más en particular, en Cuba. Colabora en Le Monde Diplomatique.

Traducción: Alberto Nadal

NOTAS.

1/ de Charentenay, P. “Église et État à Cuba”, Études, Paris, diciembre de 1988.
2/ Ramonet , I.. Biografia a dos voces, Debate, España, abril 2006.
3/ Anderson J. L., El País, 4/08/2006.
4/ El malentendido sobre este punto es total en Europa. La gran burguesía parasitaria y las clases medias se vieron perjudicadas por la Revolución, incluso si, los primeros años, sectores acomodados apoyaron a Fidel Castro por razones ideológicas en detrimento de sus intereses materiales. Ocurre algo muy diferente en el caso de los sectores pobres (los negros principalmente),cuyo estatus social había conocido una mejora hasta la crisis. Son estos últimos los que hasta una época reciente han sido el principal apoyo del castrismo.
5/ Anderson, J. L. El País, op. cit.
6/ Tres monedas estaban en circulación en Cuba: el dólar, el peso convertible utilizado en los almacenes especiales que venden en dólares a la tasa de cambio de uno por uno, y el peso tradicional utilizado para el pago de los salarios y el mercado interno. Ya no quedan más que dos monedas en circulación.
7/ Mission économique de la Havane, Lettre de La Havane, n° 54, enero de 2006.
8/ Discurso de Raúl Castro pronunciado en el 45 aniversario del ejército oriental, el 14 de junio de 2006.
9/ El País, 02/08/2006.
10/ Sobre este asunto, cf. J. Habel, “¿Apostar por la Iglesia para salvar la Revolución cubana?”, Le Monde Diplomatique, febrero de 1997.
11/ Mission économique de La Havane, Lettre de La Havane, n° 60, julio-agosto de 2006.
12/ The Economist, 05/08/2006.
13/ Entrevistas con el autor.
14/ Parece que Fidel Castro comprendió mejor que su hermano los riesgos que había en practicar despidos en plena crisis.
15/ Miami Herald, 06/08/2006.
16/ granma.cubaweb.cu/2006/07/04/nacional
17/ Marifeli Pérez Stable es vicepresidenta del Diálogo interamericano, un “think thank” en Washington y profesora en la Universidad internacional de Florida en Miami.
18/ Lecomte, J. Le Soir, Bruselas, 12-13/08/2006.
19/ Heinz Dieterich El futuro de la revolución cubana, Popular (España), 2006.
20/ Agente secreto del estado cubano encargado de infiltrarse en los medios disidentes, Manuel David Orrio salió a la luz con el arresto de 64 periodistas en 2004. Hoy anima una página web en internet que continúa teniendo un carácter “disidente”. A pesar de las preguntas que pueden plantearse sobre la autenticidad de su actitud de opositor, Orrio no practica el lenguaje estereotipado oficial. Sus observaciones sobre la sociedad cubana de hoy no carecen de interés.





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