En Revista Viento Sur82

Memoria
Ernest Mandel: la misión del enlace
Miguel Romero

¿Está viva la obra de Mandel en este primer curso del siglo XXI, tan diferente del futuro que orientó sus luchas y sus sueños? ¿Qué pueden encontrar en ella quienes, coincidiendo o no con la corriente política en la que Mandel militó, buscan ahora respuestas a los desafíos de la emancipación humana, de la revolución socialista, que constituyeron la energía y el horizonte de su vida y su obra?
Cuando se cumplen diez años de la muerte de Ernest Mandel, el homenaje, por justificado que sea, debe ceder el lugar al debate y leer a Mandel es la condición para un debate serio sobre sus ideas. La reedición en este libro de dos de sus últimos textos [este escrito es el prólogo al libro Ernest Mandel. El lugar del marxismo en la historia y otros textos, de inmediata publicación en Los libros de la Catarata] es una buena noticia para quienes creemos que, efectivamente, Ernest Mandel es un pensador revolucionario vivo. Estas notas quieren ser una invitación a su lectura.

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No existe afortunadamente un “mandelismo” canónico, mérito que hay que atribuir en primer lugar al propio Mandel, que detestaba el patético caudillismo de tantas organizaciones de izquierda. Hay pues motivaciones y razones muy distintas entre quienes pensamos que Mandel sigue siendo una imprescindible referencia intelectual y militante.
Yo lo veo como un enlace entre dos siglos, la persona que pasó el testigo en el más difícil relevo de la trayectoria de una de las corrientes revolucionarias de nuestra época, a la que Daniel Bensaid, que formó parte del “equipo” de Ernest Mandel, ha llamado, con pudor autobiográfico, “un cierto trotskismo”: “El hundimiento del `socialismo realmente existente´ ha liberado a la nueva generación de los antimodelos que envenenaban el imaginario y comprometían la propia idea del comunismo. Pero la alternativa a la barbarie del Capital no se diseñará sin un balance profundo del siglo terrible que ha terminado. Al menos en este sentido, un cierto trotskismo, o un cierto espíritu de los trotskismos no está superado. Su herencia, sin normas de uso, es sin duda insuficiente, pero no menos necesaria para deshacer la amalgama entre estalinismo y comunismo, liberar a los vivos del peso de los muertos y pasar la página de las desilusiones/1. Para este camino, “al menos”, Mandel es una buena compañía.
Mandel fue un hombre muy valeroso, en la acción, como muestra su biografía en la entrevista con Tariq Alí incluida en este libro, pero también en el pensamiento. Arriesgaba mucho, hasta la temeridad en los análisis, en los pronósticos y hasta en la elección de sus temas de trabajo: así pudo escribir una “teoría marxista de la burocracia” -su penúltimo libro, El poder y el dinero /2- en medio de la crisis terminal de la antigua URSS, y sin esperar siquiera a la conclusión del régimen del Gorbachov.
Era, por encima de todo, un militante. Pensaba, hablaba, escribía ... para intervenir sobre la realidad, para ayudar a sus camaradas a comprenderla y a actuar sobre ella. Por eso trabajaba en caliente, un paso, y a veces más de uno, por delante del presente, en un territorio peligroso.
Éste es el riesgo de la misión del enlace, sometido a las tensiones de las dos épocas que definen su trayectoria, entre la necesidad de transmitir una herencia y la necesidad de mantenerla viva en relación con la nueva etapa, cuyos perfiles apenas ve esbozados.

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De omnibus dubitandum”, “dudar de todo”: a Mandel le gustaba recordar este lema de Marx. Y lo aplicó más sistemáticamente de lo habitual en un dirigente político.
Mandel no fue un doctrinario. Pero fue un hombre de “respuestas”. Consideraba que una organización política revolucionaria, especialmente en una época de desconcierto y desesperanza, tenía que basarse en “respuestas”, sometidas al debate, a la crítica y a la rectificación, pero con categoría de puntos de referencia estables. Y quienes buscan y dan respuestas son quienes cometen errores; las preguntas siempre tienen, o pueden reclamar, la inocencia.
Hay, por supuesto, errores de diversa naturaleza la obra de Mandel; cada lector o lectora destacará unos u otros, según sus propias ideas. Es absurdo hacer una lectura talmúdica de Mandel. Necesita la metodología de “apropiación crítica” que él consideraba constitutiva del marxismo, como puede leerse en “El lugar del marxismo en la historia”, y que a su vez aplicó al estudio de sus maestros, como puede verificarse en el balance crítico de la política bolchevique en “Octubre de 1917: Golpe de Estado o revolución social”.

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La gran fuerza de atracción intelectual del marxismo reside en que permite una integración racional, completa y coherente de todas las ciencias humanas, sin equivalente conocido (...) El marxismo es la ciencia del desarrollo de la sociedad humana, es decir, a fin de cuentas, la ciencia de lo humano, punto” /3. He aquí una “respuesta” típica de Mandel. No particularmente atractiva en estos tiempos, hay que reconocerlo. Pero sobre todo, tomada literalmente, una respuesta que cerraría el debate, la investigación y la autocrítica. Nada de esto se corresponde con su trayectoria intelectual y política. Intentaré una interpretación del significado de esta sentencia.
Mandel estaba convencido de que: “Sólo una teoría basada científicamente y capaz de comprender la realidad puede ser un arma eficaz en el combate por la transformación socialista de la sociedad”. Pero esta tesis no le conducía a una visión apologética del marxismo, sino a una extraordinaria autoexigencia: “Un control severo de las fuentes y de los hechos; la disposición a verificar de nuevo cada hipótesis de trabajo, desde el momento en que tendencias contradictorias parecen aparecer o aparecen realmente; un despliegue ilimitado de la libertad de crítica más amplia y, por ello mismo, la necesidad de pluralismo científico e ideológico: éstas no son solamente componentes del método marxista, son por decirlo así condiciones previas necesarias para que el marxismo puede alcanzar su pleno desarrollo (...) Un seudomarxismo que sacrifica la autocrítica pública despiadada, la expresión pública de la verdad, incluso muy cruel, a no se sabe qué `exigencias prácticas´ es indigno, no solamente de la dimensión científica del marxismo, sino también de su dimensión liberadora. Es también, a largo plazo, totalmente ineficaz”./4.
Este enfoque, que es incompatible con una idea cerrada y autosuficiente de la teoría, caracteriza el trabajo intelectual de Mandel, especialmente, sus dos obras maestras como científico social: El capitalismo tardío /5 y Las ondas largas del desarrollo capitalista /6. Su objetivo en ellas no era, simplemente, actualizar el conocimiento de las leyes de desarrollo del modo de producción capitalista en las condiciones generales del último tercio del siglo XX. Para Mandel se trataba, como dice Francisco Louça /7, de “incorporación de la historia a la vida económica real, es decir, a la economía política (o la economía como “ciencia moral”) en sentido clásico”, en definitiva, la continuación del propio programa de El Capital. Louça añade: “De lo que trata es de procesos y no de equilibrios, cambios en vez de continuidad, dialécticas y no causalidad circular, determinación en vez de determinismo”. Éste es el sentido, y el contenido fundamental, creo yo, de la “integración coherente” que buscaba Mandel, necesaria para intentar comprender el movimiento real de la vida económica, una comprensión sin la cual la transformación del mundo es imposible.
La “apropiación” de los estudios de Mandel, particulamente de esas obras excepcionales, debe ser crítica. Hay en ellas muchas ideas que hoy resultan perfectamente válidas, e incluso aparecen como anticipaciones (por ejemplo, lo fundamental de su análisis de “la naturaleza específica de la tercera revolución tecnológica”, que entre otros aspectos, establece la dinámica de la dualización de la sociedad como un elemento estructural, consecuencia de la incapacidad del capitalismo para impulsar una nueva fase expansiva).
Otras ideas me parecen más discutibles (por ejemplo, alguna de las consideraciones sobre cómo el Estado en el capitalismo tardío responde a las crecientes dificultades para la valorización del capital: “(...) una tendencia en el capitalismo tardío hacia el aumento no sólo de la planificación económica del Estado, sino también de la socialización estatal de los costos (riesgos) y pérdidas en un número cada vez mayor de procesos productivos. Hay por lo tanto una tendencia inherente bajo el capitalismo tardío a que el Estado incorpore un número cada vez mayor de sectores productivos y reproductivos dentro de las condiciones generales de producción que el mismo Estado financia. Sin esta socialización de los costos, estos sectores no serían ni remotamente capaces de responder a las necesidades del proceso de trabajo capitalista /8. La “socialización de costos” ha ido fundamentalmente por otros caminos (gigantescas subvenciones a los procesos de reconversión, de producción y de inversión y comercio exterior; privatizaciones con alta rentabilidad garantizada...) que entran con dificultad en este diagnóstico.

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Se ha calificado a Mandel, justamente creo yo, como un “marxista clásico”, aludiendo a la profundidad de sus raíces en la obra fundacional de Marx y Engels, pero también a su cultura militante, a su concepción de la revolución y de la vida. Tiene razón Gilbert Achcar cuando dice: “... si el `retorno a Marx´ debe ser considerado como el rasgo característico del marxismo moderno, Ernest Mandel es el más actual de los marxistas de la última época. La parte principal de su obra se basa, en efecto, sobre una reapropiación y una actualización directas del marxismo original” /9.
En este sentido, me parece especialmente significativo recordar lo que Mandel consideraba el “anclaje materialista” del viejo proyecto socialista, la “principal contribución” de Marx a la causa de la emancipación humana: “... los movimientos radicales de emancipación sólo pueden tener éxito si se vinculan no sólo con intereses específicos de clase, sino también con una situación específica de clase que permita a la clase llevar a cabo la transformación radical de la sociedad. Que se lo permita en el sentido económico de la palabra, es decir, que disponga del poder necesario para ello. Que se lo permita en el sentido político-sociológico de la palabra, en la medida en que muestre, al menos periódicamente, la inclinación a ello /10.
Mandel consideraba que esta tesis tenía carácter científico, en el sentido más fuerte de la palabra. Su validez debía demostrarse empíricamente en dos sentidos: la existencia de una fuerza social cuyos intereses materiales coinciden con el proyecto socialista y la acción social efectiva de esta clase, movida por esos intereses, en esa orientación.
Llevaba muchos años trabajando en lo que llamaba “los grandes ciclos de la lucha de clases” desde mediados del siglo XIX y sus relaciones con las ondas largas del capitalismo. Su punto de partida, como en las ondas largas, era un material empírico que admitía un interpretación cíclica: época de ascenso hasta 1848; caída posterior hasta la derrota de la Comuna en 1871; segundo ciclo ascendente desde 1890 hasta la época de la victoria de la revolución rusa en 1917; nuevo declive hasta la ofensiva del nazismo en la II Guerra Mundial; nuevo ascenso en la inmediata posguerra hasta la victoria de la revolución en Yugoeslavia, pero con una estabilización del capitalismo en Europa, Japón y EE UU; posteriormente, estancamiento de’las luchas en el hemisferio occidental y desarrollo de movimientos de liberación nacional en países del Sur; en fin, nuevo ascenso en 1968, con la particularidad de que no puede apoyarse en ninguna victoria revolucionaria.
Mandel rechazaba todo determinismo objetivista en sus estudios sobre las ondas largas del capitalismo y, con más razones aún, en estos estudios sobre los ciclos de las luchas sociales. Lo que intentaba comprender es lo que llamaba la “dialéctica del factor objetivo y del factor subjetivo de la historia”, entre “la tendencia a la rutina cotidiana de la vida proletaria y las rupturas periódicas hacia grandes enfrentamientos de clase”. No está nada claro en qué puede consistir tal “dialéctica”. Pero queda por ver qué hay sobre estos temas en los archivos de textos no publicados de Mandel, probablemente enormes. En todo caso, nos hemos perdido un debate apasionante entre Mandel y, por ejemplo, Sidney Tarrow /11. (La mayoría de los debates públicos de Mandel han tenido un carácter excesivamente “defensivo”: con Krasso, con Nove, con Bahro. En cambio hay debates que se echan en falta en su abundante producción polémica: con Bloch, al que sólo hace breves referencias; con Polanyi, a quien no sé si llegó a conocer personalmente; y, en especial, con dos de sus contemporáneos, Manuel Sacristán y Jean Marie Vincent, también marxistas abiertos, lúcidos e innovadores, cuyas aportaciones van en sentidos distintos, y a veces contradictorios con las de Mandel /12).

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Se ha criticado frecuentemente a Mandel por “obrerismo”. Creo que estas críticas tienen fundamento en cuanto a la sobrevaloración, hasta la mitificación, del papel político que atribuyó a la clase obrera industrial, al “obrero de la gran fábrica” (“...los trabajadores productivos de la industria (son) la vanguardia (del proletariado) (aunque) sólo en el sentido más amplio/13.
Estamos ante un problema más político que teórico: los conceptos que utiliza Mandel de relaciones de producción (“todas las relaciones fundamentales entre hombres y mujeres en la producción de su vida material”), clase obrera (“la característica estructural que define al proletariado en el análisis marxiano del capitalismo es la obligación socioeconómica de vender su propia fuerza de trabajo/14, “...de un modo más o menos continuo/15), división social del trabajo en el capitalismo (“la división entre productores de plusvalía y todos aquellos que amplían o aseguran el proceso de expansión del capital”), no son “obreristas”, en absoluto.
Pero ese problema político tiene considerable importancia, porque creo que está en el origen de las dificultades de Mandel para comprender a los llamados “nuevos movimientos sociales”, especialmente, el ecologismo y el feminismo.
Hay que decir, muy en primer lugar, que sobre la necesidad de participar y apoyar las luchas de estos movimientos, Mandel no tuvo dudas, especialmente, cuando entraban en conflicto con las burocracias obreras (“La burocratización de las grandes organizaciones obreras ha aplastado el entendimiento de los intereses de clase en el sentido más amplio de la palabra y por eso los intereses de grupo, los intereses gremiales, es decir, la defensa del puesto de trabajo directo (...) pasan a un primer plano. La primera reacción del obrero de una gran empresa dedicada a producir máquinas para centrales nucleares es en estas condiciones frecuentemente no una reacción de clase, es decir configurada a partir de los intereses generales de la clase mayoritaria de esta sociedad (...) sino que su reacción es una reacción gremial en tanto que trabajadores de un determinado sector de producción cuyos puestos de trabajo se verían amenazados por una moratoria en la construcción de nuevas centrales nucleares/16).
Pero sobre el papel político autónomo de estos movimientos, Mandel era, al menos, muy reticente. Por una parte, porque consideraba posible, e imprescindible, que el movimiento obrero asumiera los objetivos emancipadores de todos los movimientos sociales para poder expresar el “interés general” de la mayoría social frente al capitalismo; desde este punto de vista, consideraba que esa “autonomía” era innecesaria. Por otra parte, porque esa autonomía podía alejar a los movimientos del conflicto social fundamental sobre la propiedad de los medios de producción; en ese sentido, la consideraba potencialmente negativa.
A partir de las grandes luchas de los “nuevos movimientos” de la primera mitad de los años 80, y de la influencia que tuvieron en algunas de las organizaciones de la IV Internacional, Mandel fue considerando con creciente interés sus aportaciones. ¿Le faltó tiempo para aproximarse más a estos movimientos, especialmente “nuevos” para una persona de su generación? Así lo creo. Por ejemplo, en el plano teórico, los conceptos de “intereses específicos de clase” y “situación específica de clase” requieren una revisión marxista en esta época y un debate entre diversas corrientes de pensamiento crítico: Mandel debe ser una de las referencias para esa tarea.

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Aunque hay una evolución notable del pensamiento de Mandel, no fueron nada frecuentes en él los cambios importantes y explícitos de opinión en cuestiones teóricas de fondo. Por eso, son especialmente recomendables los trabajos de Catherine Samary en los que realiza un balance minucioso y muy crítico de las ideas de Mandel sobre los problemas de la transición al socialismo, a la luz de la restauración capitalistas en la URSS /17.
Samary “descubre” un importante cambio de opinión de Mandel sobre el papel del mercado en las sociedades de transición, entre los puntos de vista que defendió en su conocida polémica con Alec Nove en la New Left Review entre 1986 y 1988 (en la cual definió a la democracia directa como sustitución del mercado en el sector socializado de la economía, en el cual no existirían ni moneda, ni precios, sino intercambio directo de valores de uso o de trabajo concreto), y los que escribiría dos años después, en un artículo con un título extraño tratándose de Mandel, “Plan o mercado: la tercera vía”: “De hecho la vía más eficaz y mas humana para construir una sociedad sin clases es un tema de experimentación y debe progresar por aproximaciones sucesivas. No hay buenos libros de `recetas´ para eso, ni la `planificación total´, ni el `socialismo de mercado/18. Los elementos que debían ser utilizados en esta experimentación son los que definió Trotsky: el plan, el mercado, la democracia, a los que Mandel añadío un cuarto elemento, muy querido por él: la reduccion radical del tiempo de trabajo, que debe suministrar el tiempo necesario para ejercer la democracia.

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Un leninista con ligeras desviaciones luxemburguistas/19. A Mandel le gustaba, presumía puede decirse, definirse así. Sus ideas sobre la organización partidaria se corresponden bastante bien con esta definición. En cambio, sus ideas sobre el papel político de los movimientos de masas y su capacidad para descubrir y para crear, imprescindible para la acción política revolucionaria, y sobre las instituciones coherentes con la emancipación humana, le definirían mejor mejor intercambiando los términos: “un luxemburguista con ligeras desviaciones leninistas”. Pienso que fue en este área, especialmente en sus trabajos sobre la autoorganización y la autogestión, donde Mandel hizo las aportaciones políticas más importantes, más vivas y, ojalá, más duraderas.
Mandel publicó Control obrero, consejos obreros, autogestión /20 en 1970. En el clima vanguardista posterior al 68, donde el “partido” era la preocupación central de la izquierda revolucionaria, había que tener lucidez y coraje para proponer como eje de la estrategia emancipadora, precisamente, la autoemancipación de la clase obrera, y como sus medios fundamentales, las manifestaciones concretas de autoorganización: las múltiples variantes de “consejos”.
Con los años y con la durísima experiencia de los “Estados revolucionarios” que nos ha tocado vivir, Ernest fue haciéndose, en este sentido, más “luxemburguista”. Sus propuesta iban orientadas cada vez más a que la fuerza política estuviera donde está la fuerza social emancipatoria.
Esa es la base de la radicalidad democrática, que consideró un imperativo de la organización del poder político post-revolucionario,: “El ejercicio del poder político por las masas trabajadoras en el marco de la democracia consejista y del pluralismo de partidos políticos son precondiciones adicionales absolutas para la superación de la indiferencia, la apatía y la atomización política. Las masas trabajadoras han de obtener mediante la experiencia práctica la prueba de que son ellas realmente las que adoptan por sí mismas todas las decisiones importantes (...) la inmediata abolición de la división del trabajo entre productores y administradores, es decir, el inmediato ejercicio del poder administrativo y estatal, del `trabajo general´ por la masa de los trabajadores es la condición material objetiva previa para el desarrollo de la `conciencia general (...)/21.
Ese es también el origen del papel fundamental que atribuyó a la reducción radical de la jornada de trabajo: “El verdadero dilema, que es la opción histórica fundamental a que está confrontada hoy la humanidad es el siguiente: o bien una reducción radical del tiempo de trabajo para todos –empezando por la media jornada o media semana de trabajo- o bien la perpetuación de la división de la sociedad entre los que producen y los que gestionan. La reducción radical del tiempo de trabajo para todos –que era la gran visión emancipadora de Marx- es indispensable, a la vez para adquirir por todos el saber y la ciencia, y para la autogestión generalizada (dicho de otro modo, un régimen de productores asociados). Sin esta reducción, esos dos objetivos son utópicos” /22.
Y esa es, en fin, la razón última del impulso libertario de su crítica al Estado: “Las víctimas humanas causadas por el terror estatal en el siglo XX son incomparablemente más numerosas que las causadas por el terror individual o la anarquía o los accidentes o no importa qué. En una sociedad escindida por intereses materiales antagónicos, toda tendencia a reforzar el Estado entraña la tendencia a reforzar el terror estatal, la violencia estatal y la arbitrariedad estatal (...). Sólo si el Estado se debilita y órganos de control social que no sean órganos estatales adquieren cualitativamente más poder que el que hoy tienen, sólo entonces podrán limitarse efectivamente los peligros de esta evolución arbitraria y basada en la violencia/23.
Palabras que parecen dichas ahora mismo y que deben decirse ahora mismo.

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En su testamento, Mandel llamó a la IV Internacional, “el sentido de mi vida”. No podía haberlo expresado mejor. Dedicó la mayor parte de sus muy considerables energías a construir la Internacional. En este esfuerzo no se permitió, y no permitía, ni la menor duda. La convicción sobre la necesidad de la tarea le permitió resistir a un muy modesto balance de resultados en términos de fuerzas e influencia política, a la terrible decepción por el curso de los acontecimientos en el Este, a la falta de perspectivas para las luchas y movimientos anticapitalistas en todo el mundo... Mandel llamaba “programa” a esta convicción. Otros preferimos llamarla de otra manera: compromiso militante, por ejemplo. En la práctica, viene a ser lo mismo.
Mandel ha desempeñado un papel determinante en la historia de la IV Internacional durante casi medio siglo. En esta larga etapa ha habido momentos de euforia y de amargura, de acuerdo y de conflicto, y orientaciones políticas diversas. No creo que tenga sentido intentar codificar una política “mandelista”. No sólo por los giros y rectificaciones inevitables en un período tan extenso y tan complejo. También porque Mandel no ejerció nunca de “gurú”, y aún con toda la autoridad moral que tenía, respetaba muchísimo las opiniones mayoritarias y no siempre coincidió con las políticas concretas de la Internacional.
Cualquier interpretación en este tema es puramente subjetiva. En la “forma de hacer política” de Mandel, yo valoro especialmente, en primer lugar, la radicalidad democrática también en la organización militante, tan distinta de los cuentos al uso sobre el “pluralismo”. Asimismo, la atención siempre despierta y esperanzada hacia el surgimiento de nuevos procesos de radicalización y la voluntad de convergencia con las organizaciones y corrientes que los encarnaban, desde el guevarismo al sandinismo, pasando por el PT brasileño: aqui especialmente, Mandel no admitía ningún apriori ideológico, sólo contaba la lucha real; en mi opinión, las decepciones y los errores acumulados no cambian la vigencia de este punto de vista. Finalmente, en el orden, no en la importancia, la construcción de la Internacional, de organizaciones políticas militantes internacionalistas, volcadas hacia la movilización social tan amplia y unitaria como sea posible, comprometidas por entero con el proyecto de la revolución socialista.

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Se suele atribuir un optimismo desmedido a Mandel. No lo veo yo así. Especialmente desde comienzos de los años 80, había en él una preocupación enorme por el curso de los acontecimientos y por los problemas de la Internacional. Pero donde la razón le metía en una encrucijada, salía de ella no con optimismo, sino con esperanza.
Esa esperanza, que forma parte de lo más valioso de su legado, estaba construida con dos materiales muy resistentes y, esta vez, nada “científicos”.
El primero es el compromiso con sus camaradas del pasado, no los “trotskistas”, sino todas las personas insumisas, rebeldes, revolucionarias de todas las épocas, las “generaciones vencidas” de Walter Benjamin.
El segundo es mucho más modesto, solamente una chispa: “Nosotros marxistas de la época de la lucha de clases entre el capital y el trabajo asalariado, sólo somos los representantes más recientes de esa corriente milenaria, cuyos orígenes se remontan a la primera huelga en el Egipto faraónico, y que, pasando por las innumerables sublevaciones de los esclavos en la Antigüedad y las revueltas campesinas en los viejos China y Japón, conducen a la gran continuidad de tradición revolucionaria de los tiempos modernos y del presente.
Esta continuidad resulta de la chispa inextinguible de la insubordinación a la desigualdad, a la explotación, a la injusticia y a la opresión, que se renueva siempre en la historia de la humanidad. En ella reside la certidumbre de nuestra victoria. Porque ningún César, ningún Poncio Pilatos, ningún emperador de derecho divino, ni ninguna inquisición, ningún Hitler, ni ningún Stalin, ningún terror, no ninguna sociedad de consumo han conseguido sofocar duraderamente esa chispa” /24.
Que así sea.

Madrid, 24 de julio de 2005

(Post-data: Quienes mantenemos un gran respeto por la hoja, o la pantalla de ordenador, en blanco, necesitamos a veces una presión externa para decidirnos a escribir, especialmente sobre temas que nos afectan personalmente. Así que puede decirse que he escrito este artículo gracias a la presión de mis amigos, colegas de la redacción y camaradas Josep Maria Antentas, Andreu Coll y Carlos Sevilla. Espero que este reconocimiento no sea una borrón en sus curriculum y sirva en cambio como una especie de dedicatoria)

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1/ D. Bensaid. Les trotskysmes. PUF. París, 2002
2/ E. Mandel. El poder y el dinero. Siglo XXI México, 1994. El libro fue reseñado por Mikel de la Fuente en el nº 23 de VIENTO SUR. El último libro de Mandel, Trotsky as alternative fue publicado en inglés en 1995. Creo que no hay versión en castellano.
3/ E. Mandel. “Pourquoi je suis marxiste”, en G. Achcar (ed.) Le marxisme d´Ernest Mandel. PUF. París, 1999. p. 205-208.
4/ E. Mandel. “Pourquoi...”, p. 218
5/ E. Mandel. El capitalismo tardío. Era, México, 1972. En 1997 se publicó en francès la versión definitiva de la obra, con el título La troisième âge du capitalisme, Éd. de la Passion, París, con textos inéditos de Mandel, más un prefacio de Daniel Bensaid y un postfacio de Jesús Albarracín y Pedro Montes. Lamentablemente, no hay versión en castellano.
6/ E. Mandel. Las ondas largas del desarrollo capitalista. Siglo XXI, Madrid, 1980. En 1995 se publicó un segunda edición actualizada en inglés, Long Waves of Capitalist Development, Verso, Londres, de la cual tampoco hay versión en castellano.
7/ F. Louça. “Ernest Mandel y el pulso de la historia” en VIENTO SUR nº 28. Octubre 1996
8/ E. Mandel. El capitalismo tardío. p. 478, subrayado en el original.
9/ Gilbert Achcar. La actualidad de Ernest Mandel. www.vientosur.info
10/ E. Mandel. Marxismo abierto. Crítica, Barcelona, 1982. p. 88-89.
11/ Sidney Tarrow. El poder en movimiento. Alianza Universidad, Madrid, 1997. Puestos a dar cuenta de las equivocaciones, y aunque el asunto no tenga mayor importancia, quede aqui constancia de una de las mías. En el artículo que escribí en VIENTO SUR (nº 23. 0ctubre 1995. “Un hombre de respuestas en un tiempo de preguntas”) tras la muerte de Mandel, que me ha servido de referencia para éste, trato el interés de este proyecto de Mandel con mucho escepticismo. He cambiado de opinión, hacia una posición de “expectativa”.
12/ Por ejemplo, el estudio crítico que Vincent dedicó a su memoria: “Ernest Mandel et le marxisme revolutionnaire”, Editions Page deux, Lausanne, 2001, constituye un serio desafío a las ideas de Mandel sobre la clase obrera como sujeto revolucionario
13/ E. Mandel. El Capital. Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx. Siglo XXI, México, 1985 p. 128.
14/ Ibidem. Ver también el capítulo de este mismo libro: “¿Los trabajadores improductivos son parte del proletariado?”.
15/ E. Mandel. Introducción al marxismo. Akal, Madrid, 1977
16/ E. Mandel. Marxismo abierto, p. 83
17/ C. Samary. “Mandel et les problèmes de la transition au socialisme”, en G. Achcar (ed.) Le marxisme d´Ernest Mandel. PUF. París, 1999.
18/ Mandel, “Plan ou marché: la troisième voie”, Critique Communiste, nº 106-107, abril mayo 1991.
19/ E. Mandel. Marxismo abierto, p. 83
20/ E. Mandel. Control obrero, consejos obreros, autogestión. Era, México, 1970
21/ E. Mandel. Marxismo abierto. p. 139
22/ Citado por Michel Husson “Après l´âge d´or: sur Le troisieme âge du capitalisme” en Gilbert Achcar (ed.) “Le marxisme d´Ernest Mandel”. PUF, París, 1999.
23/ E. Mandel. Marxismo abierto. pp. 28-29.
24/ E.Mandel. “Pourquoi...”. p. 230.





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