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Cumbre por el clima en Madrid (COP25)
Un marco común para una lucha de masas
02/12/2019 | Juanjo Álvarez

Mientras el mundo oscila entre tendencias neo-autoritarias y reajustes geoestratégicos globales, una nueva generación de militantes ha venido a poner en el centro la emergencia de la cuestión climática. Podríamos leer esta oposición como un resumen palmario del viejo lema, socialismo o barbarie, que en el fondo no hace sino plantear la alternativa brutal entre elegir entre sociedades basadas en el dominio de una minoría o modelos de cooperación política y reparto de la riqueza. La actualización de este dilema, que en cada fase de la historia toma una forma específica, adquiere ahora un carácter epocal. No en vano, la crisis que pone en marcha este conflicto no es una crisis más, ni siquiera una correspondiente al final de una de las ondas largas de las que hablaba Ernst Mandel, sino una crisis ecológica que pone en juego el conjunto de los ecosistemas. En este marco se desenvuelve la Cumbre del Clima de Chile, trasladada a Madrid por decisión de un gobierno chileno acorralado entre la protesta y su irremisible tentación represiva, como un símbolo más de la tensión que la crisis aplica a todo el entramado institucional.

Como en cualquier momento de crisis global, la disputa subyace en el apoyo de la mayoría. No es de extrañar entonces que tanto los populismos de derechas que articulan la propuesta neo-autoritaria como el movimiento climático estén, cada uno a su manera, tratando de efectuar ese giro que permite pasar de un apoyo de ciertos sectores de la sociedad a un apoyo masivo. Es evidente que la ultraderecha lo realiza frente a un supuesto enemigo común, con un reforzamiento del discurso xenófobo, y la apuesta ecologista lo hace a través de una superación del espacio juvenil que ha desempeñado el papel protagonista. Ambos proyectos tienen pocas cosas en común, tal vez esta sea la única: la necesidad de desbordar su base social para alcanzar la mayoría. Un desafío, por otra parte, que no deja de ser un viejo problema.

La semana de movilización del 20 al 27 de septiembre supone un primer escalón en esa estrategia de apertura. El movimiento, hasta ese punto, había construido una dinámica de movilización y gozaba de un apoyo popular bastante amplio, pero desvinculado, por lo que el desafío era evidente: salvar el lapso que existe entre el apoyo externo, de carácter ideológico, y la activación para el movimiento de esas mayorías. Así, la invocación a los sectores no juveniles de la sociedad adquirieron un carácter central y también lo hizo el trabajo con otras organizaciones del ámbito ecologista. Lo que en ese momento no podía estar presente era la necesidad de nuevas estructuras organizativas que den cuerpo a esa apertura. Y para esto, un problema central es la orientación de las organizaciones ya existentes, que articulan un capital político importante y son clave en la creación de nuevas estructuras. Pero todo esto se hacía desde la situación real y material de esas organizaciones, y esa es la que no se puede comprobar hasta que entra un nuevo ciclo y se pone a prueba su capacidad de reacción.

Cuando hablamos de la situación de los proyectos de izquierda es habitual tener en la cabeza reflexiones sobre el escenario social, sobre el triunfo de los presupuestos ideológicos neoliberales y, la estructura económica; sin embargo, una consecuencia que apenas se tiene en cuenta es el impacto en el terreno organizativo de la izquierda política y social. La derrota histórica de los años 90 se refleja en una serie de organizaciones que se adaptaron al momento social, replegándose sobre los espacios de trabajo útiles y construyendose a modo de núcleos de resistencia. Al margen de la estética heroica de la derrota, hay pocas cosas positivas en esta vocación de aldea gala frente al Imperio Romano. En los años 80 del pasado siglo, por poner un ejemplo, el movimiento autónomo contaba con un buen número de centros sociales okupados con actividad y un carácter claramente antagonista, el movimiento ecologista era capaz de agrupar fuerzas como para parar el plan de desarrollo nuclear y la izquierda radical pudo construir una resistencia que estuvo a punto de doblarle la mano el régimen en el referendum de la OTAN; veinte años después, apenas existía una red raquítica de centros sociales y los militantes ecologistas o izquierdistas apenas alcanzaban una mínima parte de lo que fueron.

No se trata de entonar lamentos ni de hacer una justificación de nuestras propias flaquezas. La crisis climática, primer elemento que aparece con fuerza en el marco de una crisis ecosocial generalizada, pone al movimiento ecologista ante la necesidad de efectuar una doble transformación: de un movimiento minoritario a uno masivo, y de un planteamiento defensivo a uno ofensivo. Ambos, evidentemente, están muy relacionados, y obligarán a transformar la relación de los colectivos entre sí y con otros espacios. Más aún, lo tiene que hacer con unos cuadros activos que todavía son pocos y que en su mayoría se han formado políticamente en la cultura de esas organizaciones de resistencia del periodo neoliberal. Ya no basta con hacer buenas relaciones y avanzar en acciones concretas, sino que habrá que ser capaces de ampliar la estructura común hasta formar un magma en el que cada organización y cada espacio tengan sentido dentro de un cuerpo mas grande. Las alianzas entre colectivos ecologistas, sindicatos y partidos tienen que tener un carácter más sólido a la vez que se mantiene la diferenciación entre lo político y lo social, que es necesaria pero no puede convertirse en la excusa para mantener los viejos compartimentos. Con toda seguridad, todos los actores tendrán que jugar en un escenario al que no están acostumbrados y tendrán que asumir necesidades que no les resulten cómodas. Los partidos tendrán que acometer propuestas programáticas que lleguen del movimiento, el movimiento tendrá que reconocer a los partidos como parte de su misma lucha y los sindicatos tendrán que salir del terreno de las reivindicaciones inmediatas para abordar trabajos aparentemente menos rentables.

Lo que está de fondo esta vez es la auténtica oportunidad del ecologismo para erigirse como alternativa social y política de referencia, con una movilización de masas y un proyecto de sociedad alternativo al neoliberalismo. La Cumbre del Clima puede marcar un punto de inflexión, dando la puntilla a la reacción institucional ante la crisis, cada vez más desacreditada. Pero eso no exige meramente un movimiento ecologista fuerte, sino una sociedad articulada en torno al escenario ecologista, más allá del movimiento propiamente dicho. Referentes como el 8M, que ha conseguido una estructura organizativa abierta y un discurso que supera con mucho el entorno de su propia militancia, son clave en este momento de transformación, porque lo que exige el periodo no es un crecimiento de los colectivos, sino un momento de mestizaje organizativo en el que la mayoría tenga un cauce para incorporarse y dar cuerpo a la revolución ecosocial.

2/11/2019

Juanjo Álvarez es miembro del Área de Ecosocialismo de Anticapitalistas







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