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Mundo árabe
Revoluciones a la luz de la historia
28/11/2019 | Alain Gresh y Jean Pierre Sereni

Estamos experimentando la segunda ola del movimiento de protesta y revuelta en el mundo árabe inaugurado en Túnez en diciembre de 2010. La primera causó la caída de las dictaduras en Túnez, Egipto, Libia y Yemen, y llevó a tambalearse a las de Bahrein y Siria, sin mencionar las múltiples protestas en Marruecos o Argelia, Irak o Sudán. Luego se desarrolló la contrarrevolución, especialmente con el golpe de Estado en Egipto el 3 de julio de 2013, financiado por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Una mezcla de represión, inyección de dinero fresco (proveniente de los países del Golfo o de la renta del petróleo) y concesiones más o menos formales parecían confirmar la resistencia del viejo orden, mientras que el espectro de las guerras civiles actuó como una advertencia para todos los manifestantes.

Sin embargo, quienes se ilusionaban, una vez más y en particular en Occidente, con la "estabilidad" reencontrada tuvieron una nueva decepción. Y el año 2019 está experimentando una reanudación del fuego revolucionario: el levantamiento popular en Sudán ha derrotado a una dictadura de casi treinta años, la del general Omar Al-Bashir; una ola masiva de protestas en Argelia ha bloqueado el quinto mandato de un presidente tremendamente enfermo y pide el fin del "sistema" que ha saqueado el país; el pueblo iraquí se alza para denunciar un sistema establecido por Estados Unidos en 2003, respaldado por Irán y basado en el confesionalismo y la corrupción. Finalmente, las y los libaneses, exasperados por los mismos males, salieron a las calles y exigieron "¡Que se vayan todos! O "Todos, significa todos! Incluso los egipcios, aunque controlados y sofocados por un aparato represivo sin precedentes en la historia del país, se manifestaron en septiembre, aunque en cantidades limitadas, pero tanto en El Cairo como en Suez, en Alejandría como en Mahallah Al- Kobra.

Un estado por encima de la ciudadanía

Esta segunda ola se alimenta de los mismos combustibles que la primera: poderes autoritarios instalados por encima de la ciudadanía, lo que significa que cualquier persona puede ser arrestada en cualquier momento, y no solo por razones políticas, arrojada a una prisión, abusada, torturada; una situación social insoportable, con un desempleo masivo que afecta a las y los jóvenes en primer lugar, y formidables desigualdades que se amplían constantemente. ¡Medio Oriente es la región más desigual del mundo! Más aún que en 2011, las injusticias están en el centro de los levantamientos.

Si estos "hiraks", como son llamados ahora todos estos movimientos, han aprendido algunas lecciones del pasado, si rechazan la militarización a pesar de la violencia de la represión como en Irak o Sudán, si también rechazan los intentos de división sobre una base confesional o el espantajo de las "conspiraciones extranjeras" y entienden que el choque real no es entre supuestos laicos y presuntos "barbudos", se enfrentan a una gran dificultad, un obstáculo que habían intentado soslayar en 2011-2012: inventar un nuevo orden económico y social.

Cuando el mundo árabe se transformaba

Para comprender la dificultad de la tarea, debemos volver al final de la Segunda Guerra Mundial. Este período estuvo marcado por la descolonización, las luchas por la soberanía política real, con la demanda de la salida de las bases e influencias militares occidentales, la aspiración a recuperar las riquezas naturales de sus países y una economía nacional basada en un poderoso sector público y reforma agraria.

Este proyecto se concretó desde Egipto hasta Irak, desde Argelia hasta Siria. Se tradujo en una mejora de las condiciones de vida de las categorías más pobres, la extensión de la educación y el sistema de salud. Estas opciones fueron acompañadas por una política exterior independiente que se pretendía no alineada. A pesar del precio pagado, a menudo pesado, un aparato policial omnipresente y la limitación drástica de las libertades civiles, este programa impregnó a muchas fuerzas políticas en los años 1960-1970, ya sea en el poder o en la oposición

Pero la derrota árabe de junio de 1967 contra Israel, la muerte del presidente Gamal Abdel Nasser en 1970, la del presidente argelino Houari Boumedienne en 1978, así como la creciente crisis del "sistema socialista" representado por la URSS marcarían un punto de inflexión. La "crisis del petróleo" de 1973 dio a las monarquías del Golfo un peso cada vez más importante.

A escala internacional, la globalización y el triunfo del neoliberalismo impusieron el "Consenso de Washington" y los planes del Fondo Monetario Internacional (FMI) como el único medio para el desarrollo. " There is no alternative !¡No hay alternativa! proclamaba Margaret Thatcher. Los planes elaborados por el FMI, respaldados por el Banco Mundial y la Unión Europea, se aplicaron sin contemplaciones.

Con su política llamada "infitah" (apertura económica), el presidente Anwar El-Sadat condujo a su país por un camino seguido pronto por otros. El sector público fue abandonado progresivamente, a veces simplemente liquidado a precio de saldo. En adelante, las élites mirarán a Washington, traicionando las “viejas” demandas nacionalistas, como el apoyo a Palestina. Las libertades públicas no ganaron nada con todo ello porque las policías controlaban todas las actividades políticas.

Una clase política que se apoyaba mutuamente

Este modelo neoliberal basado en el libre comercio se ha revelado como desastroso para la gente. El sector privado no ha tomado el relevo del sector público, invirtiendo el producto de su saqueo en paraísos fiscales. Millones de jóvenes, con mejor capacitación, no han encontrado trabajos de calidad en sus hogares y muchos han emigrado, a menudo arriesgando sus vidas. El choque bursátil de 2008 confirmó esta crisis, que no se limita al mundo árabe, como hemos visto en Grecia, Chile o Irán. Mientras el cambio climático amenaza áreas de la región que pueden volverse inhabitables.

En el momento en que emerge la segunda ola de revoluciones árabes, los poderes existentes están aún más debilitados. El colapso de los precios del petróleo en 2014 les priva de una red de seguridad: donaciones y préstamos a tasas bajas ofrecidas a particulares, algunas medidas sociales, etc. La desconfianza golpea a toda la clase dominante que se une y hemos visto en Líbano o Iraq el consenso de estos partidos que se han enriquecido, todos, más allá de sus diferencias de fachada.

Un camino estrecho

Está surgiendo una nueva cultura política democrática, pero requiere también programas económicos que no pueden resumirse en "pagar las deudas" y "abrir los mercados". Pero ya no existe ningún modelo, excepto el del capitalismo de estado al estilo chino, que implica desvíos inhumanos como la subcontratación y la explotación salvaje de la fuerza laboral local, y que difícilmente podría aplicarse hoy en día, porque la subcontratación es menos popular, los mercados están cerrando y la emigración se está volviendo más peligrosa cada día.

¿Qué hacer entonces? Al contrario de lo que piensan muchos líderes occidentales, no hay posibilidad de retorno a la estabilidad sin un cambio político profundo. Mantener a las élites actuales en el poder significa la expansión del caos, del que se beneficiarán las organizaciones más radicales, ya sea Al-Qaida, la Organización del Estado Islámico (OEI) o un movimiento que aún no ha nacido. El otro camino estrecho, empinado y lleno de dificultades es esta nueva cultura pluralista emergente y un desarrollo económico nacional basado en la satisfacción de las necesidades de la gente, lo que requiere una ruptura con la lógica neoliberal y el libre comercio desenfrenado.

Y la pregunta que se plantea, tanto para Francia como para la Unión Europea, es saber si acompañarán estas opciones o si se aferrarán a dogmas obsoletos que solo pueden propagar una inestabilidad cuyo precio también pagaremos.

22/11/2019

https://orientxxi.info/magazine/les-revolutions-arabes-a-l-aune-de-l-histoire,3426

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur







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