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En Revista Viento Sur166

plural
Las nuevas derechas radicales
Neoderechas y antifeminismo
Judith Carreras

Red pill, unicorn, incels (celibatos involuntarios), AWALT (all women are like that – todas las mujeres son iguales) (Rational Wiki, 2019) son algunos de los neologismos que pueden leerse en blogs, foros y sitios web de movimientos con una tendencia general misógina y antifeminista; la llamada manosfera o manosphere. Irónicamente se inspiran en películas como Matrix para señalar que aquellos que toman la píldora roja son los que han conseguido liberarse de las persuasiones feministas dominantes y eligen abrazar la dolorosa verdad de la manosfera, frente a los que toman la píldora azul (blue pillers), a los que llaman también vendidos a la causa feminista o detractores. En la misma lógica usan también los términos macho alfa y macho beta.

En el mundo anglosajón, Red Pill Room, A Voice for Men, Return of Kings son algunos de los nombres de estas webs. En el Estado español, Forocoches es probablemente el primero que mencionaríamos, pero hay una amplia lista de webs y blogs como Stop Feminazis, grupos de Facebook sobre custodia compartida o contra las llamadas denuncias falsas y medios como Mediterráneo Digital o Caso Abierto que conforman una suerte de manosfera hispánica con un argot propio –feminazi, feminismo supremacista, ideología de género– que promueve el sexismo, la misoginia, el antifeminismo y el antigénero.

Toda una jerga –glosario de la manosfera– que, así descrita, parece caricaturizar una guerrilla comunicativa reaccionaria, pero que está contribuyendo a armar un discurso antifeminista que alimenta las posiciones, organizaciones y partidos de ultraderecha. Si bien no existen necesariamente vínculos orgánicos, este movimiento en la red ha encontrado en muchos casos en los partidos de extrema derecha un referente y un altavoz.

Es el caso de Vox, que ha convertido estos temas en aspectos centrales de su discurso. La utilización del concepto de violencia intrafamiliar e ideología de género en sus discursos, su negativa a sumarse a los minutos de silencio cuando se comete un asesinato por violencia machista, el cuestionamiento, de nuevo, de la ley del aborto, sus exigencias para acceder a los nombres de las trabajadoras en materia de violencia de género en Andalucía, el discurso de suprimir los organismos feministas radicales, han vuelto a poner sobre la mesa cuestiones que ya se daban por asumidas o que ni se planteaban y han forzado a otros partidos como PP y Cs a mover sus posiciones.

Sin embargo, no todas las derechas radicales parecen relacionarse igual con el feminismo y con el antifeminismo. Por ejemplo, ni Salvini ni Le Pen se meten en cuestiones como el aborto; en cambio sí lo hacen Vox o el PiS (derecha polaca). Observamos también cambios en un mismo partido a lo largo del tiempo, como en el caso del Frente Nacional, que con Marine Le Pen ha querido acercarse a más mujeres y personas homosexuales, diferenciándose así de las posiciones mantenidas por su padre. Partidos como Alternativa por Alemania (AfD) han impulsado grupos de mujeres (Frauen in der Alternativ) con el fin de aumentar la presencia de mujeres en la estructura del partido y a nivel electoral. Incluso alguna de los miembros de AfD ha ido tan lejos como para luchar por los derechos de las mujeres a través del lenguaje del movimiento Me Too.

Los partidos de extrema derecha parecen mantener dos posiciones en relación al feminismo que pueden parecer aparentemente contradictorias entre ellas pero que, en muchas ocasiones, ambas se dan a la vez; en particular en la extrema derecha europea. Una de ellas la definimos como netamente antifeminista, antigénero, sexista y misógina y la encarnan, por ejemplo, figuras como Jair Bolsonaro, un presidente condenado a indemnizar a una diputada por decirle que no la violaría “porque no se lo merece”, y con una ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, que declara que a las feministas no les gustan los hombres “porque son feas” y “porque ninguno se ha querido casar con ellas”.

La otra se caracteriza por la utilización del feminismo para defender medidas o políticas xenófobas y racistas con la excusa de que son necesarias para la liberación de las mujeres. En una lógica de lo que podríamos llamar purplewashing, utilizando un término ya extendido que acuñó la activista feminista Brigitte Vasallo, o femonacionalismo, con un concepto más reciente de Sara R. Farris. A modo de ejemplo, en otoño de 2018, Nicole Höchst, miembro de AfD, afirmaba en una entrevista a Der Spiegel estar preocupada por el futuro de Alemania y la protección de las mujeres contra los islamistas radicales y los migrantes. Y añadía: “Creo que somos el único partido en Alemania que realmente lucha por los derechos de las mujeres, porque señalamos que estamos en peligro de perder las libertades y los derechos de las mujeres por los que hemos luchado durante siglos” (Bonhome, 2019).

Este artículo pretende analizar, de forma diletante, cómo se relacionan las neoderechas con el feminismo, valorando más en detalle estas dos posiciones que acabamos de mencionar. Asimismo se incluye un apartado donde se argumenta que ambos enfoques, a pesar de parecer opuestos, tienen importantes puntos de convergencia que refuerzan el relato general. Se cierra el texto con unas breves conclusiones sobre qué retos presenta todo ello al feminismo y cómo articular estrategias de resistencia y ofensivas.

Cruzada contra el feminismo

El significado del antifeminismo ha variado a través del tiempo y el territorio, pero ha sido y es profundamente político. Se basa en la negación de alguna de las siguientes dimensiones (o de todas ellas): que exista el patriarcado, que la división sexual del trabajo favorezca a los hombres o que se deben impulsar acciones colectivas para corregir estas discriminaciones y desigualdades. En otras palabras, el antifeminismo es una oposición colectiva a la emancipación de la mujer (McRobbie, 2018).

El antifeminismo es probablemente tan antiguo como el feminismo. Tal y como describe la historiadora Christine Bard en el trabajo colectivo Antifeminismos y masculinismos de ayer y de hoy, ya en el siglo XIX y a lo largo de los siglos XX y XXI hemos asistido a la aparición de movimientos políticos neoconservadores y reaccionarios al calor de las demandas feministas. Desde movimientos que se opusieron al sufragio femenino, a la entrada de las mujeres en la fuerza de trabajo o su derecho a afiliarse a un sindicato, a posiciones actuales que hablan de feminismo supremacista o ideología de género para oponerse al feminismo.

El antifeminismo actual no es homogéneo, alguna de sus expresiones son burdos ataques a las mujeres y defienden de forma clara la división sexual del trabajo como algo natural, inevitable, cuando no divino. Son sexistas, misóginos, racistas, colonialistas. Claramente es el caso de las webs y blogs manosfera que mencionábamos. Sin embargo, hay expresiones del antifeminismo contemporáneo que han refinado su discurso. Ante la tesitura de luchar contra un feminismo que ha conseguido legitimidad social, política y normativa (Rubio, 2013), lo atacan de manera que pareciera más sutil, incluso asumiendo parte de su discurso, pero introduciendo la idea de que el movimiento feminista ha logrado ya sus objetivos y ahora busca un estatus más alto para las mujeres que para los hombres. También señalan que el feminismo, a pesar de afirmar que defiende la igualdad, ignora los problemas exclusivos de los hombres y les niega derechos.

Si bien es cierto que no deben confundirse las declaraciones de los líderes con la posición del partido, las palabras de algunos de ellos están dando legitimidad al antifeminismo, normalizándolo y haciéndolo más aceptable. Duterte en Filipinas alardea de que intentó violar a una criada cuando era adolescente. Trump arremete contra varias congresistas mujeres por su descendencia. La última de Bolsonaro, burlarse de la diferencia de edad de Emmanuel Macron y su pareja, Briggite Macron, por ser ella mayor que él. Estas declaraciones misóginas, sexistas y racistas de cada uno de ellos, que pueden seleccionarse de la larga lista que tienen, no responden solo a salidas de tono execrables, sino que han hecho del antifeminismo y el autoritarismo sus señas de acción política.

En el antifeminismo confluyen diferentes actores, desde la derecha conservadora y los poderes religiosos a los partidos de extrema derecha y neoconservadores, los nuevos y los no tan nuevos. Sus discursos se entrelazan y están dando forma a la misma ola reaccionaria que está librando no solo una batalla cultural, sino también económica, social y democrática contra los feminismos. La lucha es encarnizada y en muchas ocasiones la están ganando.

La agenda antifeminista se articula en torno a la negación de las violencias machistas como estructurales, la acción contra los derechos sexuales y reproductivos, en particular el tema del aborto, la negación del género como una construcción social con la consecuente homofobia y transfobia, el sexismo y la pugna terminológica en la articulación de su relato –ideología de género– como algunos de los aspectos más destacados. Hay otras dimensiones, como los temas de segregación laboral o brechas salariales, que sencillamente no abordan o apelan a una respuesta basada en lógicas meritocráticas.

Hablando del concepto de ideología de género, este fue acuñado por la jerarquía católica en los últimos años del mandato de Juan Pablo II en el Vaticano. Se trata de un discurso que busca combatir el género como concepto (Alabao, 2018). Esta posición es también avalada por el progre papa Francisco quien, en declaraciones con ocasión de la presentación del libro Papa Francisco: Esta economía mata, hace la siguiente reflexión:

“Pensemos en las armas nucleares, la posibilidad de aniquilar

a un gran número de seres humanos en unos momentos. Pensemos también en la manipulación genética, la manipulación de la vida o la teoría de género, que no reconoce el orden de la creación con esta actitud, el hombre comete un nuevo pecado contra Dios el Creador. La verdadera custodia de la creación no tiene nada que ver con las ideologías que consideran al hombre como un accidente, como un problema a eliminar. Al hombre y la mujer y la cumbre de la creación y él ha confiado la tierra. El diseño del Creador está escrito en la naturaleza” (McElwee, 2015).

Como explica Nuria Alabao (2018):

“Los sectores ultrarreligiosos que impulsan esta nueva cruzada –no todos los católicos piensan igual–, quieren recuperar la idea de hombre y mujer como biológicamente diferenciados y vincular esa diferencia natural a los preceptos divinos de los que hacen estandarte. Estas diferencias naturales estarían, por supuesto, relacionadas con una determinada imagen de la mujer como cuidadora y de la familia como familia tradicional heterosexual con división de funciones entre sexos”.

En realidad significa negar que el género es una construcción sociocultural y asumir que es una realidad natural.

Esta noción configura un recipiente que se puede usar para diferentes propósitos y que permite englobar desde el aborto a supuestos ataques a la familia y/o el matrimonio entre personas del mismo sexo. En España, esta cruzada no había tenido mucho predicamento hasta hace poco. Los ataques contra la llamada ideología de género existen desde hace tiempo, pero eran minoritarios y se reducían a sectores asociados al catolicismo más conservador. Es con Vox cuando entran en la escena política y mediática. La propia vicesecretaria de movilización de Vox, Alicia V. Rubio, se ha destacado como firme defensora del concepto de ideología de género, defendiéndolo en las múltiples tertulias en donde participa, en las que expone las tesis principales de su libro Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres: para entender cómo nos afecta la “ideología de género” (Urbán, 2019). Vox ha movido, a su vez, al PP a incorporarse en su discurso. Pablo Casado, durante las primarias, se comprometió a “una gran convención de rearme ideológico”, centrada fundamentalmente en combatir lo que denominan la ideología de género, retomando la pretensión de volver a la ley de supuestos de 1985, relativa al aborto, como una de sus expresiones concretas.

Donde está muy presente el combate contra la ideología de género es en las Américas. Esta cruzada ha sido rápidamente asumida por el evangelismo, sobre todo en su versión neopentecostalista, la más poderosa, que ha tenido, por ejemplo, un papel relevante en la elección de Bolsonaro. En Colombia, las posiciones evangelistas del NO fueron un elemento determinante en el referéndum para los acuerdos de paz. En EE UU, el propio vicepresidente, Mike Pence, es evangelista y es considerado uno de los principales enemigos del movimiento feminista y LGTBI (Urbán, 2019).

La utilización de la denominada ideología de género tiene, pues, un marcado carácter político. La extrema derecha necesita crear y señalar enemigos para ganar cohesión y dar respuesta a problemas estructurales señalando a colectivos específicos. El feminismo promueve la igualdad y ello resulta inaceptable para el neomachismo y el conservadurismo más radical. La lucha de las mujeres se convierte en un enemigo, como también los migrantes, respecto a los cuales el discurso de la seguridad pasa a ser el eje central y donde el discurso feminista pasa a ser instrumentalizado por muchas formaciones de extrema derecha.

Femonacionalismo y purplewashing ante la diversidad

El purplewashing (del inglés purple, morado, y whitewash, blanquear o encubrir), lavado lila o lavado de imagen púrpura, se puede entender como la práctica que consiste básicamente en defender medidas o políticas xenófobas y racistas con la excusa de que son necesarias para la liberación de las mujeres (Wikipedia).

Otro término que se emplea para denunciar el uso sectario que se hace del feminismo para amparar discursos o políticas xenófobas y de promoción de la islamofobia, es el de femonacionalismo (acrónimo de feminismo y nacionalismo). Este es un término propuesto originalmente por Sara R. Farris para describir los procesos por los que ciertos poderes se alinean con algunas de las reivindicaciones del movimiento feminista con el fin de justificar posiciones racistas, xenófobas, aporófobas o islamófobas respaldándolas en los prejuicios de que las personas migrantes han de ser forzosamente machistas y de que la sociedad occidental es completamente igualitaria. De esta forma se hace uso de las mujeres y los derechos conseguidos para sostener posturas en contra de la inmigración como chivo expiatorio de una supuesta degradación socioeconómica y cultural (Pérez, 2019).

El purplewashing y el femonacionalismo se han convertido en un recurso utilizado por la mayoría, por no decir todos los partidos de extrema derecha en Europa. Con la particularidad de que no solo la extrema derecha recurre a ello, sino que es un relato sobre el que también se deslizan la derecha conservadora e incluso el social-liberalismo. Sin ir más lejos, en esta lógica se inscribe la propuesta de la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que sitúa “la protección de nuestro estilo de vida europeo” como parte de las seis claves programáticas para el próximo mandato. Se podría pensar, de forma buenista o ingenua, que hace referencia a la voluntad de revertir los efectos de la austeridad, de reforzar el Pilar Social Europeo y preservar derechos sociales y económicos, pero el hecho es que el discurso viene acompañado de la idea de fronteras exteriores fuertes como dimensión de política interior: “Necesitamos unas fronteras exteriores fuertes. Una pieza fundamental en esta ambición es el refuerzo de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas”, con un discurso securitario hacia el interior:

“Toda persona que se encuentre en la Unión tiene derecho a sentirse segura en la calle y en su propio hogar. A la hora de proteger a nuestros ciudadanos no se puede prescindir de ningún medio. Debemos mejorar nuestra cooperación transfronteriza para abordar las lagunas en la lucha contra

la delincuencia grave y el terrorismo en Europa” (Gil, 2019).

El concepto de seguridad –en una triple dimensión– se convierte en el eje central de la neoderecha que lo recubre de un relato morado. La seguridad económica, con la idea de que la migración hace uso y abuso del Estado del bienestar en un momento, donde, además los recursos son más escasos debido a las medidas de austeridad provocadas por la crisis económica. La seguridad de valores o culturales, que está detrás del concepto de estilo de vida europea y que alimenta la islamofobia: las mujeres con velo que deben ser liberadas porque están subyugadas y ponen en riesgo valores europeos. La seguridad física de las mujeres autóctonas, que pasa por representar a los hombres extranjeros, sobre todo musulmanes, como una amenaza sexual.

Tenemos demasiados ejemplos de ello. Desde los Demócratas Suecos (SD) –tercera fuerza con un 17,6 por ciento de los votos en 2018–, que formulan un discurso en torno al orgullo de modelo escandinavo/nórdico, así como de equidad de género y presentan la migración como un peligro para la nación. Ebba Hermansson, de 22 años, la diputada más joven en el Parlamento sueco, portavoz de igualdad de género de este partido, señaló al poco de tomar el acta que una de sus mayores preocupaciones es mantener a las mujeres “a salvo de la violencia sexual. Si vienes de un país donde las mujeres no valen tanto como los hombres, o las mujeres no tienen derecho a vivir sus vidas como quieran, cuando vienes [a Suecia] hay un shock” (Chrisafis, Connolly, Giuffrida, 2019). Discursos parecidos los vemos en los Verdaderos Finlandeses, segunda fuerza con el 17,5 por ciento en 2019; en el Partido Popular Danés, con el 21,5 por ciento y segunda fuerza en 2015; en Alternativa por Alemania (AdF), con un 12,7 por ciento en 2017, o en el Partido del Pueblo Suizo (SVP), con el 29,4 por ciento en 2018. O en UKIP en Reino Unido con el 1,8 por ciento en 2017, aunque también aquí cabría mencionar a Boris Johnson cuando dijo que “las mujeres musulmanas que llevan burkas parecen buzones de correos”. O la Liga Norte de Salvini, con un 17,4 en 2018, así como el Frente Nacional en Francia con un 21,3 en 2017. La respuesta de Le Pen ante la crisis humanitaria en el Mediterráneo fue la de: “Tengo miedo de que la crisis migratoria señale el principio del fin de los derechos de las mujeres” (Chrisafis, Connolly, Giuffrida, 2019).

Vox también se ha sumado a ello cuando, por ejemplo, Abascal en el Congreso declaró: “Cuando una repugnante violación colectiva es cometida por españoles, conocemos todos los detalles de los violadores y se convocan manifestaciones. Pero en las decenas de delitos semejantes cuando sus autores son extranjeros todo cambia”. O cuando Vox sale como primer partido en negarse a asistir a una recepción en la Embajada de Teherán porque dice que no estará presente en un acto “que exige un trato diferente para las mujeres” al no poderles dar la mano a los representantes iraníes. Cabe recordar también que en el Estado español el primer partido que recurrió al purplewashing fue Plataforma per Catalunya (PxC), consiguiendo que numerosos ayuntamientos de distinto color político se sumaran a sus propuestas prohibiendo el burka en sus localidades (Urbán, 2019).

Parece que los partidos de la Europa del Este, como Ley y Justicia (PiS) con el 37,6 por ciento en 2015, Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik) con un 19,1 en 2018, o también Amanecer Dorado en Grecia con un 7 por ciento en 2015, no recurren o recurren menos al purplewashing, por lo menos no se encuentran referencias al respecto. Cabría analizar si es porque la agenda de género está socialmente menos extendida o si es porque ante conflictos abiertos como el tema del aborto en Polonia, el PiS decide no recurrir a ese relato para que no pueda leerse como una debilidad ante el movimiento, sin rédito en otros sectores, o sencillamente por otras cuestiones.

Se observa, en cualquier caso, que estos mismos partidos que recurren al purplewashing y el femonacionalismo lanzan a la vez mensajes por los que el feminismo puede suponer un peligro para la nación (Sager, Mulinari, 2018).

Cabalgando las contradicciones

El relato del antifeminismo parece antitético al del purplewashing y sin embargo observamos que muchos partidos de extrema derecha recurren a ambos, tal y como señalan muchos análisis. ¿Es ello una muestra de su gran elasticidad para cabalgar contradicciones o en realidad existen elementos conceptuales de fondo que no los sitúan tan lejos unos de otros?

A continuación esbozo algunas reflexiones que construyen en esta segunda dirección, señalando aspectos que son compartidos por ambos enfoques:

La identidad masculinista se siente atacada

Las declaraciones de Carl Benjamin, candidato de UKIP al Parlamento Europeo en 2014, dan muestra de ello cuando, después que un hombre de 22 años asesinara a seis personas en California como respuesta a que lo rechazaron sexualmente, afirmaba: “Antes de tu estúpida mierda feminista de justicia social, no sucedió en esta escala. Es una locura, esta es una enfermedad de la era moderna. Esto es lo que ha hecho el feminismo: una generación de hombres que no saben qué hacer” (Walker, 2019).

Joan Sanfélix, sociólogo especializado en masculinidades, introduce además un factor material interesante:

“El resquebrajamiento de la identidad masculina tradicional se debe al gran avance de las mujeres que han ido ocupando el espacio público y desvistiendo las estructuras familiares clásicas. Junto a ello, la crisis económica ha dado al traste con el ideal de tener trayectorias laborales estables y longevas, un aspecto básico en la construcción de la identidad de género masculina vinculado a su papel de proveedor económico” (Sen, 2019).

Suma al análisis la inseguridad ante la precariedad laboral y vital que generan las políticas neoliberales, aunque ello no debe desdibujar la posición antifeminista que existe provocada por la renuncia a cambiar la posición privilegiada en la que se encuentran los hombres.

Ante estas inseguridades la extrema derecha proyecta culpables: las personas migrantes, pobres y el propio movimiento feminista. Así, el antifeminismo recoge parte de las inseguridades y malestares sociales, laborales y económicos de un cierto tipo de hombres que ven en la puesta en entredicho de la masculinidad clásica el eje de sus problemas. Un malestar que no solo puede circunscribirse a una determinada generación, sino que es transversal.

El cuerpo de las mujeres como campo de batalla

Desde el antifeminismo, la cuestión del aborto y del control del cuerpo de las mujeres es un tema recurrente. La libertad sexual y reproductiva de las mujeres se llega a considerar como una amenaza para la civilización misma. Las mujeres no quieren parir hijos, no quieren quedarse en casa cuidando. El papel esencial de la mujer es dar vida y garantizar la continuidad de la patria y se niegan a ello. En una Europa en declive demográfico esta cuestión es decisiva, más aún dentro de una lógica de la supuesta invasión migratoria musulmana. Teorías conspirativas como la que apunta Renaud Camus en El Gran Reemplazo, según la cual la población blanca cristiana europea en general –y lo personaliza en los franceses– está siendo sistemáticamente reemplazada con pueblos no europeos, ahondan en esa lógica del control del cuerpo de las mujeres, su rol en la sociedad y cómo deben vivir su sexualidad las mujeres autóctonas.

A su vez, desde el discurso purplewashing asistimos también a una voluntad de control del cuerpo de las mujeres, en este caso migrantes. Bajo una supuesta liberación de las mujeres que “son estereotipadas como víctimas, como personas sin capacidad de agencia” (Pérez, 2019), se les prohíbe usar el velo, se les dice cómo pueden, o no, vestir en público. Las llamadas guerras del velo están transformando el cuerpo de las mujeres en un campo de batalla.

El paternalismo aflora

Las posiciones antifeministas renovadas que han asumido parte del discurso feminista ponen ahora el énfasis en que la igualdad es una realidad y que el problema es querer ir más allá, porque ello supondría desequilibrar la balanza a favor de las mujeres. O que en Europa las mujeres ya no están oprimidas y que el problema está en otras regiones. Una lectura que no deja de tener una clave paternalista al señalar que se autoriza el camino recorrido hasta ahora, pero se reprueba ir más allá. En la misma clave, en los discursos purplewashing, allí donde el feminismo propone la emancipación, la extrema derecha habla de liberar, manteniendo así el esquema del hombre (blanco, occidental y cristiano, a poder ser) que libera a las mujeres en este caso oprimidas del mundo y de la sociedad. De paso, se aprovecha para afirmar la superioridad de la civilización occidental y de los valores liberales, sirviéndose paradójicamente para ello de la muy patriarcal fórmula defendamos a nuestras mujeres. Aflora así un paternalismo racista y colonialista.

¿Una respuesta antiestablishment?

Los partidos de extrema derecha han construido su imagen y relato basado en la provocación, en romper lo políticamente correcto, en presentarse a sí mismos como aquellos que dicen lo que nadie se atreve a decir, aunque ello implique la deslegitimación de las premisas democráticas fundamentales, como la igualdad, la inclusión, los derechos humanos, la protección de las minorías, la lucha contra la discriminación, e incluso contra la ciencia.

Parecen jugar a una lógica antiestablishment en el terreno cultural y simbólico, que no económico. Contra la ciencia, contra lo políticamente correcto, contra las políticas de género. Habrá que seguir analizándolo.

A modo de conclusión

La extrema derecha ha encontrado un filón electoral con el antifeminismo porque juega un papel agregador de identidades importante. Desde el antifeminismo consigue polarizar el debate político integrando a amplias capas sociales descontentas con el sistema al otorgarles un sentido de pertenencia, con un rol sexual y de género definido, que el neoliberalismo les roba.

No obstante, la confrontación no tiene solo una clave electoral; el feminismo es capaz de ofrecer imaginarios colectivos alternativos con dimensión antirracista, decolonial, anticapitalista, ecologista, antisexista y de justicia social que son identificados por la extrema derecha como una ideología peligrosa para sus propias posiciones e intereses.

En el combate contra la extrema derecha no sería tampoco justo dejar gran parte de la responsabilidad al movimiento feminista. Es un monstruo demasiado grande como para no llenar todos los vacíos. El feminismo tiene su parte de tarea, que no es menor, construyendo una agenda y movimiento donde el antirracismo sea una prioridad, donde no se sustituya el paternalismo por el maternalismo, donde se apoye la lucha por la emancipación desde la autonomía, donde quepan identidades múltiples en un sentimiento compartido de comunidad.

Judith Carreras es activista feminista

y presidenta de la Fundación viento sur

Referencias

Alabao, Nuria (2018) “El giro ultra de Casado y la ideología de género”, Ctxt, 28 de julio.

Bonhomme, Edna (2019) “The Disturbing Rise of ‘Femonationalism’”, The Nation, 7 de mayo.

Chrisafis, Angelique; Connolly, Kate; Giuffrida, Angela (2019) “From Le Pen to Alice Weidel: how the European far-right set it sights on women”, The Guardian, 29 de enero.

Comas d’Argemir, Dolors (2019) “La ‘ideología de género’, el antifeminismo y la extrema derecha”, El País, Agenda Pública, 25 de febrero.

Gil, Andrés (2019) “Proteger el estilo de vida europeo: cuando los ‘populares’ asumen la narrativa de la extrema derecha”, eldiario.es, 14 de septiembre.

McElwee, Joshua J. (2015) “Francis strongly criticizes gender theory, comparing it to nuclear arms”, National Catholic Reporter, 13 de febrero.

McRobbie, Angela (2018) “Anti-feminism and anti-gender far right politics in Europe and beyond”, Open Democracy, 18 de enero.

Pérez Colina, Marisa, “Entrevista a Sara Farris: ‘Hay que abandonar el paternalismo que caracteriza a parte del feminismo europeo’”, Ctxt, 4 de septiembre.

Rational Wiki (2019) https://rationalwiki.org/wiki/Manosphere_glossary

Rubio Grundell, Lucrecia (2013) “Instinto depravado, impulso ciego, sueño loco. El antifeminismo contemporáneo en perspectiva histórica”, Encrucijadas: Revista Crítica de Ciencias Sociales.

Sager, Maja; Mulinari, Diana (2018)“Safety for whom? Exploring femonationalism and care-racism in Sweden”, Women’s Studies International Forum, 68, pp. 149-156.

Sen, Cristina (2019) “La amenaza del neomachismo”, La Vanguardia, 3 de marzo.

Urbán, Miguel (2019) La emergencia de Vox. Apuntes para combatir la extrema derecha española, Sylone y viento sur.

Walker, Peter (2019) “Ukip MEP candidate blamed feminists for rise in misogyny”, The Guardian, 22 de abril.







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