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Palestina
La expulsión masiva de beduinos forma parte del intento de Israel de desterrar a la población palestina de sus territorios históricos
15/11/2019 | Jonathan Cook

La lucha durante décadas de decenas de miles de beduinos israelíes contra su expulsión de sus hogares –en algunos casos por segunda o tercera vez– debería ser una prueba suficiente de que Israel no es la democracia liberal de tipo occidental que pretende ser. La semana pasada, 36.000 personas de la comunidad beduina –todas ellas ciudadanas israelíes– descubrieron que su Estado se dispone a convertirlas en refugiadas en su propio país, internándolas en campos de confinamiento. Por lo visto, estas ciudadanas israelíes no son de buena madera. El trato que reciben tiene resonancias dolorosas en el pasado. En 1948, 750.000 palestinos fueron expulsados por el ejército israelí fuera de las fronteras del Estado de Israel recién proclamado en su territorio: fue lo que el pueblo palestino llama su nakba, o catástrofe.

Se critica regularmente a Israel por su ocupación beligerante, la continua expansión de asentamientos ilegales en tierras palestinas y sus salvajes ataques militares repetidos, especialmente sobre Gaza. En raras ocasiones, los analistas también señalan la discriminación sistemática por parte israelí de los 1,8 millones de palestinos cuyos antepasados sobrevivieron a la nakba y que viven en Israel, aparentemente como ciudadanos. Sin embargo, cada uno de estos abusos se contempla aisladamente, como si no guardaran relación unos con otros, y no como facetas distintas de un proyecto de conjunto. Podemos discernir una pauta de actuación, basada en una ideología que deshumaniza a la población palestina dondequiera que Israel tropieza con ella.

Esta ideología tiene un nombre. El sionismo constituye el hilo conductor que conecta el pasado –la nakba– con la actual limpieza étnica que practica Israel contra la gente palestina, expulsándola de sus hogares en la Cisjordania ocupada y en Jerusalén Este, la destrucción de Gaza y los esfuerzos concertados del Estado por expulsar a ciudadanos y ciudadanas palestinas de Israel fuera de lo que queda de sus territorios históricos y meterlas en guetos. La lógica del sionismo, por mucho que sus seguidores más ingenuos no lo perciban, lleva a sustituir a las familias palestinas por familias judías, lo que Israel denomina oficialmente judaización.

El sufrimiento palestino no es un desafortunado efecto colateral del conflicto. Es el propósito declarado del sionismo: incentivar a la gente palestina que todavía vive en el país a abandonarlo voluntariamente, para huir de la asfixia y la miseria. El ejemplo más claro de esta estrategia de sustitución de poblaciones es el trato que da Israel desde hace tiempo a los 250.000 beduinos y beduinas que formalmente tienen la ciudadanía israelí. Se trata del grupo más pobre de Israel, que vive en comunidades aisladas, principalmente en la vasta zona semiárida del Negev, en el sur del país. En gran parte fuera de la vista, Israel ha tenido las manos relativamente libres en su propósito de reemplazarlos.

De ahí que durante una década después de que supuestamente hubiera dado por concluidas sus operaciones de limpieza étnica en 1948 y obtenido el reconocimiento de las capitales occidentales, Israel siguió expulsando en secreto a miles de familias beduinas fuera de sus fronteras, pese a que estos reivindicaran su ciudadanía israelí. Mientras tanto, otros beduinos de Israel se vieron forzados a abandonar sus tierras ancestrales y fueron internados en zonas de confinamiento o en asentamientos de propiedad pública que pasaron a ser las comunidades más deprimidas de Israel.

Es difícil calificar a la población beduina, simples agricultores y pastores, de amenaza para la seguridad, como se hizo con los palestinos en los territorios ocupados. Sin embargo, Israel tiene una definición mucho más amplia de la seguridad que la mera seguridad física. Su seguridad exige el mantenimiento de un predominio demográfico absoluto de la población judía. La gente beduina puede ser pacífica, pero es tan numerosa que suponen una amenaza demográfica y su modo de vida basado en el pastoreo es incompatible con el destino previsto para ella: apiñarla dentro de guetos.

La mayoría de los beduinos tienen títulos de propiedad sobre sus tierras que son mucho más antiguos que la creación de Israel. No obstante, el Estado israelí se ha negado a reconocer estos títulos y muchas decenas de miles han sido criminalizados por el Estado, que ha denegado el reconocimiento legal de sus aldeas. Durante décadas los han forzado a vivir en chabolas o carpas porque las autoridades no aprueban la construcción de casas ni la prestación de servicios públicos como escuelas, agua y electricidad. Los beduinos tienen una posibilidad si desean vivir dentro de la legalidad: han de abandonar sus tierras ancestrales y su modo de vida para trasladarse a uno de los míseros asentamientos.

Muchos beduinos se han resistido, aferrándose a sus territorios históricos a pesar de las terribles condiciones que se les impone. Una de estas aldeas no reconocidas, Al Araqib, sirve de ejemplo. Las fuerzas israelíes han demolido las viviendas improvisadas que había allí más de 160 veces en menos de una década. En agosto, un tribunal israelí aprobó que el Estado facturara 370.000 dólares (1,6 millones de dirhams) a seis habitantes de la aldea por las repetidas expulsiones. El líder de Al Araqib, de 70 años de edad, el jeque Sayah Abu Madhim, pasó recientemente varios meses en la cárcel por haber sido condenado por traspasar los límites del asentamiento, aunque su carpa se halla a tiro de piedra del cementerio en que están enterrados sus antepasados.

Ahora las autoridades israelíes están perdiendo la paciencia con las comunidades beduinas. El pasado mes de enero salieron a la luz planes para la expulsión urgente y forzosa de cerca de 40.000 personas beduinas de sus hogares en aldeas no reconocidas so pretexto de que deben dejar sitio a proyectos de “desarrollo económico”. Será la expulsión más masiva en décadas. El desarrollo, como la seguridad, tiene una connotación diferente en Israel. En realidad significa desarrollo judío, o judaización, no desarrollo para la gente palestina. Los proyectos incluyen una nueva carretera, una línea de alta tensión, una instalación de ensayo de armamentos, una zona de maniobras militares y una mina de fosfato.

La semana pasada se supo que las familias serían desplazadas a centros de internamiento en los asentamientos, alojándose en viviendas temporales durante años hasta que se decida su destino definitivo. Estos centros ya se equiparan a los campos de refugiados establecidos para la gente palestina a raíz de la nakba. El objetivo apenas disimulado consiste en imponer a la comunidad beduina unas condiciones tan terribles que finalmente acepte ser confinada en los asentamientos con arreglo a las condiciones establecidas por Israel.

Seis destacados expertos en derechos humanos de Naciones Unidas enviaron en verano una carta a Israel en la que protestan por las graves violaciones de los derechos de las familias beduinas consagrados en el Derecho internacional y señalaban que era posible seguir enfoques alternativos. Adalah, un grupo de juristas que defiende a la población palestina en Israel, informa de que Israel ha estado expulsando por la fuerza a familias beduinas durante más de siete décadas, tratándolas no como seres humanos, sino como peones en su sempiterna batalla por reemplazarlas por colonos judíos. El espacio de sustento de las comunidades beduinas se ha ido reduciendo continuamente y su estilo de vida se ha vuelto imposible.

Esto contrasta fuertemente con la rápida expansión de los asentamientos y los ranchos unifamiliares judíos en las tierras de las que han sido expulsadas las familias beduinas. Se hace difícil no concluir que lo que está teniendo lugar es una versión administrativa de la limpieza étnica que las autoridades israelíes llevan a cabo de forma más flagrante en los territorios ocupados, supuestamente por razones de seguridad. Estas expulsiones interminables se asemejan menos a una política necesaria y razonada que a un tic nervioso ideológico muy feo.

16/10/2019

https://www.jonathan-cook.net/2019-10-16/bedouin-eviction-israel-historic-lands/

Jonathan Cook es escritor británico y periodista independiente radicado en Nazaret, Israel, que escribe regularmente sobre el conflicto israelí-palestino.

Traducción: viento sur







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