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Preacuerdo PSOE-UP
PSOE: nuevas tácticas con idénticos objetivos
13/11/2019 | Toni García

Ayer se anunció a bombo y platillo el preacuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos para constituir un “gobierno progresista de coalición”, cuya hoja de ruta común es un listado de 10 escuetos puntos, algunos de ellos loables brindis al sol, pero ni son loables todos los que están (se cierran las opciones sobre Catalunya que impliquen mover una coma de la Constitución, o de su interpretación restrictiva, y se reafirma el credo neoliberal de la disciplina presupuestaria) ni están todos los que son.

No quisiera yo asumir el rol del cínico aguafiestas, pero es lo que toca. Comprendo el renovado entusiasmo de mucha buena gente de izquierdas, que respira con alivio después de seis meses de negociaciones tramposas e infructuosas y de una repetición de elecciones cuyo principal resultado es el ascenso de los ultraderechistas de Vox. Es completamente humano agarrarse al primer clavo ardiendo que se te presente en una situación de máxima incertidumbre, miedo y desilusión. Pero no es menos necesario autoimponerse algunos mecanismos correctores de esa ilusión.

El primero de todos es la más básica de las precauciones: hasta que no lo vea en el BOE no me lo creo. Podría parecer impensable que se frustrara el preacuerdo, pero cosas más raras se han visto, y más en los últimos años. No son pocas las voces de la derecha mediática que reclaman que PP y Ciudadanos hagan una contraoferta a Pedro Sánchez. Sí, todo queda asimilado al lenguaje mercantil: Pablo ha dado la entrada para comprarse un piso (o un chalet), pero el vendedor todavía puede echarse atrás, devolver la entrada y adiós, muy buenas. Cayetana Álvarez de Toledo ha ofrecido un gobierno de "Concentración Constitucional" (que supongo que en su cabeza incluiría a Vox), y Ciudadanos ya ha ofrecido nada menos que Castilla y León y Andalucía a cambio de detener el “gobierno Frankenstein”. Si a las voces mediáticas y a la derecha sumamos las presiones de los grandes poderes económicos, el avispero conservador que es el PSOE por dentro y la personalidad vacía e insustancial de Pedro Sánchez, creo que son razones suficientes para no descartar la posibilidad de un nuevo bandazo.

En segundo lugar es sorprendente que ahora la negociación del reparto de cargos y nombres se posponga a después de la investidura. Es verdad que técnicamente el Congreso vota a un presidente y que es este el que elige al gobierno, pero este gesto de extrema confianza por parte de Iglesias en que luego van a ser capaces de ponerse de acuerdo es algo bastante sorprendente. Es decir, supongo que ya lo tienen negociado, pero si no lo haces público es todavía menos vinculante para un Pedro Sánchez que no ha dado precisamente muestras de ser alguien en quien se pueda confiar.

No voy a entrar a enumerar la ristra histórica de decepciones provocadas por el PSOE. Basta tan solo con mirar unas semanas atrás, al proceso trilero de negociación con Unidas Podemos, una negociación que nunca fue sincera porque, como ha quedado más que acreditado, nunca quisieron la coalición pero sí querían la repetición electoral.

Si ponemos el foco en el lado de Unidas Podemos, es cierto que yo nunca he apoyado la idea del gobierno de coalición. Me parece una pésima idea para quienes defendemos una agenda de transformación profunda de la sociedad y la economía españolas. Siempre sostuve y sigo sosteniendo que habría sido mucho más inteligente apoyar de manera crítica, condicionando desde fuera de él, un gobierno del PSOE. Esa habría sido también la mejor opción en diciembre de 2015. Es verdad que Pedro Sánchez y el PSOE nunca lo quisieron y prefirieron pactar con Ciudadanos, pero también es verdad que Pablo (e Íñigo y compañía) repartiéndose ministerios en una rueda de prensa tampoco ayudaron mucho.

Pero en 2015 al menos había un argumento simbólico que podía hacer que tuviera sentido aspirar a una coalición de gobierno: Podemos y sus confluencias tenían casi los mismos votos que el PSOE. Sumando a IU, tenían 1 millón de votos más que el PSOE. Aunque el injusto sistema electoral español hacía que el PSOE tuviera algunos escaños más, se podía jugar esa baza simbólica para hablar en pie de igualdad. Pero ahora no; la presencia de Unidas Podemos en el gobierno siempre sería subalterna y minoritaria.

Tenemos el contraejemplo claro de Vox, que desde fuera de los gobiernos autonómicos y municipales se ha demostrado como útil para sus votantes. Y por eso ha duplicado su representación parlamentaria. Y no solo eso, sino que ha movido todo el espectro político a la derecha, y sus competidores, PP y Ciudadanos, le copian el discurso.

Soy consciente de que para la gente de izquierdas es muy atractiva la idea de ver a quienes consideramos de los nuestros (y me refiero a Unidas Podemos, claro, no al PSOE) ocupar cargos del máximo nivel en un gobierno. Puede parecer incluso una forma de hacer justicia con la historia (no faltan quienes pretenden relacionar, con toda su buena voluntad, este proyecto de gobierno con los gobiernos de izquierdas de la Segunda República).

Sin embargo, y sin entrar en esos ejemplos tan lejanos, los ejemplos históricos recientes nos muestran que nunca estas operaciones han sido positivas para la izquierda. Basta mencionar el caso francés, donde el Partido Comunista de Francia participó en gobiernos socialistas en los años 80 (o a finales de los 90 con Jospin), con resultados nefastos para la sociedad y para la izquierda; el caso italiano, con Rifondazione Comunista, desaparecida del mapa tras su alianza con Romano Prodi. O más cercano en el tiempo y en el espacio, la experiencia de gobierno de Izquierda Unida en Andalucía con Susana Díaz, cuyo resultado fue una pérdida de apoyo electoral para IU y un cogobierno de Díaz con Ciudadanos.

Pero si miramos al lado del PSOE la pregunta es ¿por qué ahora sí?. Aun cuando pueda parecer muy arriesgado suponer algún tipo de estrategia racional y no simplemente que se lo están jugando a cara o cruz, mi hipótesis es esta: el plan A del rasputín Iván Redondo era repetir la jugada Rajoy de 2015-2016 y esperar una subida sustancial del PSOE que se comiera no solo a Ciudadanos sino también a Unidas Podemos. De esos tres objetivos solo se ha cumplido uno, el de comerse a Ciudadanos. Los otros dos han sido un fracaso, aunque bueno sea todo mordisquito pegado a Unidas Podemos (con la inestimable ayuda de Errejón). Por lo tanto se activa ahora el plan B con idéntico objetivo, pero en diferido, como los despidos de María Dolores de Cospedal: desgastar a Unidas Podemos desde dentro de un gobierno al que no le tiemble la mano a la hora de reprimir al movimiento independentista en Catalunya o a los movimientos sociales en el resto del Estado, y al que no le temblará la mano para aplicar los recortes que Europa y los mercados demanden. De esta manera el campo a su izquierda quedará vacío por cooptación, de modo que en las próximas elecciones (sean en 2023 o, con bastante probabilidad, antes) el PSOE vuelva a ser la única opción de la izquierda.

El riesgo que asume Iglesias es tremendo, pero desde su lógica parece que no le queda otra vía para intentar sobrevivir. Si bien es verdaderamente sorprendente la resiliencia con la que el pablismo ha sabido mantener los muebles, no se puede obviar que las caídas en votos y representación han sido constantes desde 2015 en adelante. Sin embargo, entrar en un gobierno del PSOE con el conflicto catalán hecho unos zorros, con una más que probable crisis económica internacional en ciernes, por poner solo los dos grandes temas en los que, a priori, las diferencias con el PSOE deberían ser muy grandes, les expone al riesgo de ser devorados.

La repetición de elecciones se ha llevado por delante (de momento) a Albert Rivera y puede que a Ciudadanos en su conjunto. Pero la conformación de este gobierno, si es que se llega a conformar, puede llevarse por delante a Pablo Iglesias (y a Podemos, que hoy por hoy es un partido más personalista incluso que Ciudadanos).

Para empezar, hoy ya tiene una primera de fuego con el vergonzoso desalojo de la Ingobernable. Puede parecer algo pequeño y de ámbito local madrileño, pero simbólicamente es algo muy importante para el campo de la izquierda social. ¿Se pronunciará el vicepresidente en potencia Pablo Iglesias a favor de la Ingobernable y los centros sociales?

13/11/2019

Toni García es miembro de la redacción de viento sur







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