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V. Jornadas Feministas de Euskal Herria
Organizadas para un nuevo ciclo de movilizaciones
12/11/2019 | Júlia Martí Comas

Con abrazos de agotamiento, orgullo y emoción, así terminaron las V. Jornadas Feministas de Euskal Herria. Hubo nervios, tensión, cansancio, pero lo logramos: 3.000 mujeres, bolleras y trans nos encontramos en Durango, para seguir construyendo este hilo feminista que iniciaba su camino en Euskal Herria con la celebración de las primeras Jornadas Feministas en 1977. Tres días de autoafirmación, para demostrar que no solo llenamos las calles, paramos las casas y los trabajos, sino que también llenamos aulas y auditorios para formarnos y fortalecer nuestro discurso y nuestra práctica.

Y –¡qué coincidencia!– mientras nosotras debatíamos, nos estremecíamos, dudábamos y nos enfadábamos, fuera de nuestra burbuja empezaba la enésima campaña electoral. Mítines a base de discursos aprendidos, aplausos enlatados y emociones forzadas, que han terminado con unos resultados terroríficos. Viendo el panorama que nos viene, no puedo estar más orgullosa de lo que hicimos en Durango. Sé que vamos a poder resolver diferencias y fortalecer alianzas, por ello me parece tan potente el debate, no se trataba de recrear una escenografía, sino de abrir melones y ponernos las pilas en los deberes pendientes.

Hay quien querría vernos monolíticas, estancadas, con una falsa potencia basada en la masividad pero sin capacidad de interpelar a nadie, ni a nosotras mismas ni al sistema. Pero no, no somos esto, ni queremos serlo. La fuerza de nuestro movimiento radica en la capacidad de (r)evolucionar, de ir ampliando la agenda y los sujetos que lo conformamos. Y sí a veces duele, a veces cuesta o se toman caminos que son complicados de andar. Pero la clave está en ser capaces de volver a reconocernos, interpelarnos y aprender de lo que se ha hecho mal.

En Durango volvimos a demostrar que si algo caracteriza nuestro movimiento es la diversidad, tanto identitaria como de cultura política y ámbito de actuación. El feminismo se construye desde muchos lados, desde las asambleas y grupos feministas, hasta los baserris, hogares o medios de comunicación. Y todas estábamos allí. Estas jornadas no habrían sido posibles sin la capacidad de organización de los grupos feministas autónomos, las jóvenes organizadas y el tejido feminista de Durango, que trabajaron muchísimo para poder acoger a tanta gente. Pero tampoco sin las baserritarras que cultivaron y cocinaron para miles de asistentes, ni las feministas trabajando en espacios mixtos que aportaron sus talleres, o las comunicadoras que hicieron posible el seguimiento de todo lo ocurrido.

Tanta dispersión hace compleja la organización, y no somos pocas las que nos quejamos de una tendencia a consumir feminismo sin comprometerse en la organización. Pero quizás estas jornadas muestran el camino hacia nuevas formas de articularse, que consigan superar la falta de compromiso y la debilidad organizativa de un movimiento con muchas menos manos de las que se ven en las manis. Sin tener que volver a un escenario de militancias entregadas y jerárquicas, en el que sabemos que muy pocas tienen cabida y del que muchas se han visto expulsadas.

Más allá del plano organizativo, la diversidad de identidades y agendas fue, como decíamos, uno de los ejes centrales de los debates. Seguimos a cuestas con el debate sobre cómo huir del binarismo, la heteronorma y cisnorma, y romper las costuras de este sujeto “mujer” que cada vez queda pequeño a más compañeras. Pensábamos que con el asterisco teníamos el problema temporalmente resuelto, pero hemos visto que no, que seguimos con un cacao considerable sobre cómo nombrarnos, sobre cómo nos identificamos, sobre cómo evitamos que nadie se sienta excluida o invisibilizada. Aunque seguramente con bastante consenso sobre la necesidad de incorporar en la agenda todas las opresiones de este sistema heteropatriarcal sobre los cuerpos y vidas que lo subvierten y eliminar las prácticas transfobas y transmisóginas tanto dentro como fuera del movimiento.

Por otra parte, ha ocupado un lugar central por primera vez en unas jornadas feministas el debate sobre la necesidad de descolonizar nuestras prácticas y discursos y seguir construyendo el movimiento desde la horizontalidad y el reconocimiento. Un debate que sacude, que escuece, que nos hace en algunos casos perder la ética feminista y hasta tener que reprochar actitudes racistas impropias de cualquiera que se considere feminista. El llamado es claro: reconocer privilegios, asumir responsabilidades y atrevernos a vernos también como opresoras. Asumir –como decían desde Amar, Mujeres del Mundo, Garaipen, Raízes y la Red de mujeres racializadas de Euskal Herria– la lucha antirracista sin instrumentalizar, sin liderar y sin victimizar.

Para ello, desde la mesa central llamaron a entender la decolonialidad como un proceso permanente en el que desaprender la colonialidad discursiva, reconocer el pensamiento decolonial hecho desde las periferias y acabar con el paternalismo y la victimización. Además de reivindicar los espacios no mixtos de migrantes y racializadas y la importancia de dejar de ocupar espacios, pero también la necesidad de tender puentes y contar con espacios comunes. Espacios comunes y alianzas contra el neofascismo, el racismo, el antigitanismo y la islamofobia, capaces de abordar la reparación y el reconocimiento de las prácticas coloniales y extractivistas. Un reto que, ante los resultados electorales de esta semana, se presenta aún más imprescindible que antes.

Incorporar opresiones en la agenda no es un tema fácil y a veces surge la necesidad de comparar unas con otras, pero sabemos que este no es el camino, que intentar jerarquizar opresiones nunca ha servido para fortalecer un movimiento. Para ello tenemos el reto de convertir la interseccionalidad en algo más que en un concepto teórico, pasar de la teoría a la práctica y tejer los puentes necesarios para fortalecer un movimiento feminista que, como quedó claro en las Jornadas, queremos que sea antipatriarcal, antiheteronorma, anticapitalista, antirracista y ecologista.

Porque, más allá de los encontronazos, hay un consenso crucial en estos momentos, del que tenemos que sentirnos orgullosas y cuidar, porque es lo que nos hace tan peligrosas para el sistema. El convencimiento de que necesitamos ser radicales y anticapitalistas. Como decía Jeanne Rolande no queremos un feminismo amable, queremos un feminismo que se le atragante al sistema.

Un feminismo que en los próximos meses tendrá que poner toda su capacidad de movilización para frenar el neofascismo, el colapso ecológico y la pérdida de derechos. Vamos a estar con las pensionistas, vamos a estar en los movimientos de solidaridad internacional contra el autoritarismo y el extractivismo, vamos a estar con la lucha antirracista y contra la ley de extranjería, y esperemos también en las luchas ecologistas.

Fuera de Landako hace mucho frío. Hace poco más de una semana que nos despedimos emocionadas y ya ha habido un asesinato machista en Baiona, unos resultados electorales terroríficos y un golpe de estado en Bolivia (y tantas noticias desalentadoras más). Hace frío y corre un viento paralizante, pero no vamos a dejar que el miedo nos pare. El próximo 25 de noviembre y cada día en nuestros pueblos y barrios, saldremos de nuevo a mostrar nuestra fuerza. Ante el neofascismo, la violencia machista y la pérdida de derechos: autodefensa y organización feminista!

Júlia Martí Comas es militante de FeministAlde! y forma parte del consejo de redacción de Viento Sur.







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