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En Revista Viento Sur166

el desorden global
Liberación animal
Letras escarlatas: carne, normalidad y el poder de la denuncia pública
Nicolas Delon

Al escribir estas líneas acaban de destrozar una carnicería parisina, supuestamente por obra de activistas favorables al veganismo. Desde noviembre de 2018 hasta febrero de 2019, en el norte de Francia se han visto atacados diversos comercios relacionados con productos cárnicos. Entre los daños causados hay escaparates rotos, incendios en carnicerías, pescaderías y restaurantes, originados en incursiones nocturnas en que los y las activistas también dejaron pintadas con lemas como Alto al especismo y Asesinos. El pasado mes de junio, una serie de carniceros escribieron al Ministerio de Interior una carta solicitando mayor protección, preocupados por las consecuencias de la “excesiva atención mediática a los estilos de vida veganos” y de que los veganos quisieran “imponer su estilo de vida a la inmensa mayoría de la gente”. Hace poco, dos activistas defensores de los derechos de los animales han sido declarados culpables de daños y perjuicios por un juzgado de Lille. “Necesitábamos que sirvieran de ejemplo para poner fin a estas acciones de pequeños grupos con ideas extremistas y profundamente violentas”, dijo el portavoz de la federación local de carniceros, Laurent Rigaud.

Francia está acostumbrada a las protestas, pero estos ataques escandalizaron a muchas personas en un país en el que la gastronomía ocupa un lugar destacado en el altar de la cultura. Los ataques tuvieron lugar en un contexto de crecientes debates en torno a la carne, el maltrato animal, el veganismo y el especismo, animados en parte por una serie de investigaciones encubiertas realizadas en diversos mataderos por la organización defensora de los derechos de los animales L-214. Los hábitos de alimentación también están cambiando, aunque lentamente, con un descenso de las ventas de carne y productos animales y la creciente popularidad del movimiento pro derechos de los animales. Como ha señalado el cofundador de L-214, Sébastien Arsac, “condenamos toda violencia” y si disminuyen las ventas de carne no es debido al 5 por ciento (como mucho) de vegetarianos que hay en Francia, sino más probablemente a que una mayoría de personas se plantea reducir su consumo de carne 1/. Los carniceros parecen buscar publicidad, despertar la simpatía del público y recibir apoyo del gobierno sobre la base de un número muy reducido de incidentes registrados. Y mientras ha decaído una iniciativa legislativa que preveía obligar a las escuelas a proporcionar una comida vegetariana por lo menos una vez a la semana, la industria cárnica se opone al uso de términos como hamburguesa, beicon y salchicha para referirse a sucedáneos vegetales de la carne.

Muchas activistas tampoco son ajenas a la desobediencia civil y desafían los límites de la legalidad en pro de lo que consideran una causa justa 2/. Los y las animalistas no son una excepción y a veces también cometen actos de desobediencia incivil. La liberación animal puede propugnarse de muchas maneras, desde los sabotajes del Frente de Liberación Animal hasta las manifestaciones pacíficas o los debates razonados a la hora del almuerzo. Los objetivos también abarcan todo un espectro que va, simplificando, del bienestarismo (reformas incrementales) al abolicionismo (el fin de todas las formas de explotación animal). También hay una serie de preguntas que se plantean. ¿Es moralmente admisible practicar el activismo ilegal? ¿Qué tácticas son las más efectivas? ¿Conviene combinar distintas tácticas? Asimismo, ¿a qué sectores de la población deben dirigirse las acciones? Los carniceros representan una línea de trabajo económicamente vulnerable y son bastante incapaces de introducir cambios importantes por sí mismos, a diferencia de las grandes empresas agroindustriales.

Lo que parece preocupar realmente a la industria es la publicidad negativa, como han revelado las investigaciones encubiertas, pero también las acciones directas que buscan avergonzar, humillar y estigmatizar a los perpetradores de la violencia contra animales. En el resto de este ensayo explicaré en qué sentido el antiespecismo, la liberación animal y el veganismo constituyen extremos, en contraste con la normalidad de comer carne. Después explicaré qué entiendo por normalidad y cómo las normas de la normalidad obstaculizan el cambio social. Finalmente, comentaré el uso de la denuncia pública como instrumento eficaz de cambio social o manera de desafiar las normas sociales, presentando las conclusiones del libro Is Shame Necessary?, de Jennifer Jacquet (2015). En general, no presupondré (aunque personalmente lo creo) que los antiespecistas tienen razón con respecto a nuestras razones morales. Mi único supuesto será que tenemos algunos motivos para poner en tela de juicio el status quo y sus normas sociales subyacentes.

Perspectivas extremistas

Examinemos este simple hecho: el consumo de carne y productos animales es perfectamente normal. El antiespecismo –la opinión de que la pertenencia a una especie no hace por sí misma que los miembros de determinadas especies (en este caso, los seres humanos) son moralmente más importantes (o sus intereses más significativos) que los de otras– es por tanto inevitablemente extremista. Al avergonzar a los humanos que comen carne y denunciar la explotación animal en general, los y las antiespecistas buscan cambiar las normas existentes –exigiendo que dejen de verse y tratarse a los animales sensibles como meros productos, cuerpos comestibles, fuentes de placer individual o compartido ritualmente, simples medios para la satisfacción de intereses humanos–, cosas que la mayoría de las personas hacemos casi todo el tiempo. ¿Qué puede haber de más extremista que poner en cuestión los fundamentos mismos del sistema alimentario global, así como un principio de muchas gastronomías y culturas?

La mayoría de personas defensoras de los animales no considera que las personas que comen carne, los ganaderos, los trabajadores de los mataderos y los carniceros sean mala gente u objetivos legítimos de actos violentos. Por muy extremista que le parezca a uno su posición, no necesariamente justifica tácticas violentas, a pesar de los horrores que propagan la industria cárnica y los medios, que califican el debate de batalla entre carniceros asesinos y veganos terroristas. La mayoría de defensoras de los animales y de veganas son inocentes, bien intencionadas y razonables, aunque algunas personas las asocian y las culpan de los desmanes de un puñado de activistas violentos; asimismo, la mayoría de personas carnívoras y trabajadoras del sector son inocentes, bien intencionadas y razonables, por mucho que algunas personas las asocien y las culpen de dos cosas: 1) los desmanes de un puñado de trabajadores violentos que realmente abusan de los animales y/o 2) el daño sistémico y colectivo que permite el abuso de los animales.

La confusión resulta de la naturaleza extrema del reto: por un lado, las normas sociales normalizan y por tanto legitiman prácticas que las animalistas consideran dañinas e injustas (con razón, desde mi punto de vista), convirtiendo así a un gran número de agentes en la cara visible de la industria; por otro lado, las normas sociales tratan las desviaciones significativas como violaciones y con ello deslegitiman los intentos de ponerlas en tela de juicio. En otras palabras, la estructura social de nuestras relaciones con los animales lleva inevitablemente a cada bando a percibir al otro como extremista. Si no fuera normal comer carne, los antiespecistas serían vistos como menos extremistas, y los individuos carnívoros como objetos más legítimos de denuncia pública o indignación. De hecho, los y las antiespecistas estarían cumpliendo las normas sociales y los carniceros serían quienes las cuestionarían, los antiespecistas quienes las aplicarían, y los carnívoros radicales no tendrían más remedio que cenar hamburguesas vegetales. Sin embargo, en el actual estado de cosas, los carniceros son ni más ni menos quienes se atienen a unas normas sociales que gozan de un apoyo amplio (y, por tanto, difícilmente pueden ser denunciados individualmente), mientras que los antiespecistas son quienes las cuestionan (aunque desde su punto de vista sean los defensores de normas justas).

¿Es la carne fruto de un asesinato y el ordeño una violación? ¿Merecen los carniceros que los condenen a llevar letras escarlatas 3/? Lo que el antiespecismo quiere que creamos es que no hay ninguna diferencia entre matar a una vaca y matar a un ser humano que sea suficientemente significativa para justificar rutinariamente lo uno y no lo otro. Esto no quiere decir que un acto es necesariamente igual de importante desde el punto de vista moral que el otro, ni que habría que tratar a las vacas como seres humanos. Los antiespecistas ponen en entredicho la normalidad de comer carne, normalidad que excluye arbitrariamente a los animales del ámbito de aplicación del concepto de asesinato.

El significado de lo normal

Pero, ¿qué significa que algo es normal? Las normas sociales pueden ser un obstáculo al progreso moral, pero su estructura de aceptación conjunta puede utilizarse para impulsar el cambio mediante razones compartidas (Tam, 2019). He explorado la cuestión de las normas sociales en otro lugar (Delon, 2018), pero hay tres aspectos que conviene destacar en este contexto.

La trampa de la normalización

Las normas sociales generan y se basan en creencias de que un comportamiento es normal. Adam Bear y Joshua Knobe realizaron una serie de experimentos en que examinaron la interpretación popular del concepto de normalidad. Observaron que la gente tiende a combinar un sentido de lo que es típico con un sentido de lo que es ideal (Bear y Knobe, 2017). Lo normal es un complejo estadístico-valorativo. Uno de sus ejemplos es: “¿Cuál es el número de horas normal/medio/ideal que una persona debería estar mirando la televisión al día?” Las y los participantes dieron respuestas diferentes a cada variante: “normal” (unas 3 horas), “medio” (unas 4 horas) e “ideal” (alrededor de 2 horas y media). Esto indica que lo que se considera normal se desvía del promedio hacia un criterio valorativo e ilustra un curioso rasgo de nuestras mentes: que en el pensamiento común a menudo no sabemos diferenciar el promedio de lo ideal, lo descriptivo de lo prescriptivo. Las normas morales influyen en la adquisición de la normalidad; la normalidad (las normas sociales percibidas) influye en la adquisición de normas morales. “Las consecuencias pueden ser graves”, señalaron los autores en el New York Times (pensemos en la normalización del comportamiento antes estrafalario del presidente Trump). La otra cara de la moneda es que instituciones o prácticas antes controvertidas que se extienden pueden llegar a considerarse legítimas, como por ejemplo el matrimonio homosexual. En suma, la trampa de la normalización puede ser tanto una fuente de preocupación como comportar cambios positivos.

La racionalización de la carne

Jared Piazza y colegas (2015) partieron de la Three Ns theory of “carnism”, de la psicóloga Melanie Joy, que dice que la idea de que comer carne es necesario, natural y normal es la principal justificación que tiene la gente para comer animales. Los autores reclutaron a personas omnívoras de EE UU y les preguntaron “¿Por qué está bien comer carne?” Observaron que la gente a menudo añadía a las tres N de Joy una cuarta N: comer carne es rico (es decir, sabe bien/es sabroso). Asimismo, observaron que las personas que abogaron por las 4N suelen no estar motivadas por preocupaciones éticas a la hora de elegir lo que comen, están menos orgullosas de sus decisiones sobre productos animales, consumen carne y productos animales con mayor frecuencia y son firmes defensoras de ello. Las 4N pueden ejercer una gran fuerza racionalizadora para las personas omnívoras, sustituyendo a menudo a otros argumentos a la hora de justificar su comportamiento cuando se les pregunta. Aunque lo normal no parece ser más que un subconjunto de las principales justificaciones, sospecho que la normalidad, tal como se ha descrito más arriba, subyace a las cuatro justificaciones, que implican todas una combinación de elementos descriptivos y prescriptivos.

El problema de la conformidad

La gente suele calibrar sus acciones a la luz de lo que creen que es el comportamiento común. No se limita simplemente a hacer lo que le dicen que haga, sino que se ajusta a lo que le dicen que hace la mayoría. Por ejemplo, en lugares llenos de basura es más probable que la gente tire más basura. En algunos casos, señalar la norma –a qué edad beben alcohol otras adolescentes o cuánta energía consumen los hogares vecinos– puede acercar el comportamiento de la gente a la norma (véase Bicchieri, 2017 para una revisión de las pruebas). El problema surge cuando la norma no es buena (por ejemplo, cuando la mayoría consume demasiado de una cosa) o cuando la gente cree erróneamente que otros transgreden rutinariamente la norma, o peor, cuando aprueba una norma que de hecho todo el mundo desaprueba (un fenómeno llamado ignorancia pluralista). Como dice Cristina Bicchieri, “las expectativas empíricas actualizadas se filtran fácilmente al ámbito normativo. Revelar información sobre cuán comunes son ciertos malos comportamientos [por ejemplo, descargas ilegales o sobornos] es contraproducente” (ibid.: 86). Los ejemplos de un mal comportamiento son corrosivos y contagiosos. Lo que más importa, para bien o para mal, es la comparación con la red de referencia de cada uno.

La norma descriptiva está clara: la mayoría de la gente come carne; la norma social resultante no está menos clara: la mayoría de la gente cree que es aceptable, e incluso deseable, comer carne. Debido a la normalización, la conformidad general señaliza bendición por parte de la red de referencia, lo que refuerza todavía más la conformidad. Así, la carne es normal. A su vez, el animalismo apoya normas diferentes para acusar a quienes comen y producen carne. Se basa en impulsos sociales comunes asociados a la violencia, el prejuicio, el asesinato, la violación, etc., para convencer al público de que los carniceros y demás violan normas morales implícitas. De este modo esperan acercar las normas sociales a aquellas. Pero esta forma de culpabilizar se parece más a la idea de avergonzar que la inculpación interpersonal propiamente dicha. ¿Está justificada y/o es eficaz?

La fuerza de la vergüenza

La vergüenza se asocia a las normas sociales; trata de restablecer el cumplimiento de una norma existente o promover la adhesión a una norma nueva. Jennifer Jacquet ha defendido el acto de avergonzar como instrumento para resolver algunos problemas de gran alcance, en particular los problemas de la acción colectiva medioambiental como el cambio climático y la pesca excesiva. “Nos afecta a todos –escribe–, y avergonzar puede resultar más aceptable como medio de imposición social porque el público también es víctima de la transgresión y porque tenemos muy pocas opciones de castigo diferentes” (Jacquet, 2015: 26).

Jacquet niega eficacia a la culpa verde:

“Los consumidores culpabilizados compran hoy atún con etiqueta de delfín seguro, bombillas fluorescentes compactas, automóviles híbridos y agua mineral Ethos… Las compensaciones a la emisión

de anhídrido carbónico guardan la mayor similitud con las indulgencias y a menudo se empaquetan en conceptos religiosos” (ibid.: 45-46).

Las etiquetas pueden ser laxas, vagas, confusas y generan “complacencia no deseada” (ibid.: 49). Jacquet cita trabajos sobre licencias morales y señala que las personas que compran productos ecológicos pueden justificar más fácilmente actos de codicia, mentiras y robos subsiguientes. Jacquet se muestra escéptica con la filosofía de negocio de los comercios, como la de Whole Foods en EE UU.

“Estándares voluntarios, etiquetado ecológico y posibilidades de elección del consumidor proporcionan a Whole Foods su capacidad de negocio… Si se obligara a todas las tiendas de comestibles a vender alimentos ecológicos o sostenibles, Whole Foods tendría que hallar alguna otra manera de diferenciarse” (ibid.: 52).

Además, Whole Foods abastece a un pequeño sector de consumidores en su mayoría conscientes. El etiquetado solo puede modificar las normas industriales marginalmente, a menos que reflejen normas sociales ya existentes. Los mercados dependen mucho de normas sociales inveteradas (por ejemplo, el gusto de los norteamericanos por los automóviles y la carne), en mayor medida que la regulación (de la industria automovilística o de la ganadería industrial). Dado que las normas limitan lo que pueden hacer los mercados, y los mercados reflejan las normas sociales, los mercados no pueden originar por sí mismos el cambio social.

¿Puede ser más eficaz la denuncia pública? Una virtud de esta es su capacidad de propagación, y por tanto de influir en grupos. La denuncia pública está relacionada con la manera en que nos ven las demás personas y a muchos grupos esto les preocupa: aunque no puedan sentirse avergonzados, los grupos pueden ser avergonzados públicamente. Y puesto que “los pequeños cambios realizados por grandes instituciones pueden suponer una gran diferencia” (para bien o para mal), la denuncia pública puede ser mucho más eficaz que el remordimiento de los consumidores en cuestiones de acción colectiva. Unas pocas empresas poderosas pueden ser manzanas podridas y echar a perder todo el cesto.

Los grupos de presión bien organizados son capaces de influir en las normas económicas y sociales que gobiernan el comportamiento de los consumidores, lo que a su vez refuerza la posición de dichos grupos e inhibe el cambio al hacer que toda desviación devenga más arriesgada o costosa. Por ejemplo, las grandes empresas en los países industrializados nos encerraron efectivamente en la economía de los combustibles fósiles mediante campañas agresivas contra la regulación, cambiando el destino de los subsidios, estableciendo impuestos y cerrando acuerdos internacionales. Otros grupos de presión igual de influyentes nos ataron a la ganadería industrial con medios parecidos (Singer y Mason, 2007; Wolfson y Sullivan, 2004).

La influencia desproporcionada de la agroindustria y unos precios artificialmente bajos moldean las preferencias de los consumidores. Las manzanas podridas también incitan a los miembros del grupo a dejar de cooperar. El sistema alimentario industrial hace que la cooperación con vistas a mejorar el sistema resulte más costosa e incierta, tanto para las empresas alternativas como para los consumidores individuales. En el contexto de bienes comunes como la salud pública, el bienestar social y los recursos naturales, o de valores ampliamente compartidos, como los derechos humanos o el bienestar animal, la gente estaría más motivada para imponer la cooperación si percibe que las manzanas podridas comprometen las ventajas compartidas que quiere conservar. Pero como he señalado, las manzanas podridas son agentes poderosos, normalmente grandes empresas o grupos de presión, no individuos. Por tanto, la denuncia pública debería centrarse en ellos. La investigación también demuestra que la denuncia pública puede ayudar a reducir el consumo indeseable de productos no saludables, “no avergonzando a los consumidores, sino denunciando los alimentos, es decir, señalando los peores productos que están disponibles en el comercio” (ibid.: 107). Por tanto, la denuncia pública debería apuntar a los productores de alimentos y no a los consumidores. En otras palabras, pinta una letra escarlata en la representación de la industria cárnica, no en la fachada de las carnicerías.

Los boicots pueden ayudar a cambiar las normas. Recordemos un ejemplo famoso, el boicot a los autobuses de Montgomery, encabezado por Rosa Parks. Jacquet señala que “la denuncia pública fue un instrumento utilizado en la lucha por cambiar la norma sobre quién podía sentarse allí, así como la norma mucho más importante de la discriminación” (Jacquet, 2015: 79). Recientemente, el grupo animalista The Humane League lanzó una campaña pública contra McDonald’s por abuso y prácticas crueles con animales en su cadena de suministro. La eficacia de la campaña se basa en el solapamiento de su propia audiencia con la clientela de la empresa y su sensibilidad ante las normas cuya violación se denuncia. Centrándose en graves violaciones, The Humane League ha escogido un objetivo que para mucha gente bien merece ser vituperado. En Francia, grupos como L-214, Compassion in World Farming y Welfarm han emprendido campañas similares de denuncia pública, consiguiendo que grandes empresas se ajusten a unos estándares al menos mínimamente dignos, indicando los proveedores, los comercios y las marcas con cuya clientela se identifican. Sin embargo, algunas empresas son más susceptibles de ser denunciadas públicamente que otras porque les preocupa más qué piensa de ellas su clientela, o porque determinadas campañas reflejan mejor los valores de su clientela. De hecho, puede que sea más fácil y valga más la pena denunciar públicamente a empresas que ya han dado muestras de querer ajustarse a las normas que a aquellas que parecen totalmente reacias al cambio.

Al mismo tiempo, hay que dar la posibilidad a los transgresores de reincorporarse al grupo previa rectificación de su comportamiento. Las ONG que examinan a las empresas y organizan campañas de denuncia pública priorizan, elogian y premian a las que hacen esfuerzos y dan señales concretas de compromiso, así como a las que ascienden en la clasificación. A una escala más modesta, The Humane League ofrece tarjetas de agradecimiento que los clientes pueden dejar en el restaurante que ofrece opciones veganas y que dicen: “He venido a comer aquí porque sirven platos veganos”. Los comercios pueden alardear de su buena clasificación y los restaurantes publicitar comentarios elogiosos en la web Happy Cow [La vaca contenta]. Restablecer o mantener el prestigio dentro del grupo, si la audiencia de las denuncias públicas es importante para un establecimiento, puede ser una potente motivación.

Saber qué medios utilizar es una cosa, emplearlos efectivamente es otra distinta. Idealmente, la denuncia pública solo afecta a una parte de la población, normalmente a los peores transgresores, el comportamiento denunciado se modifica en respuesta a la mera amenaza de denuncia, y esta última restablece el cumplimiento haciendo que miembros del grupo se ajusten cada vez más a la norma. En el capítulo 6 de su libro, Jacquet enumera “siete hábitos de denuncia pública sumamente eficaces” 4/, que indican que las campañas de denuncia pública de empresas que buscan el cambio de comportamiento de las mismas y de las políticas públicas tienen más posibilidades de ser más eficaces, y quizás más legítimas, que la acción directa protagonizada por individuos en quienes no se confía y dirigida contra objetivos individuales o grupos pequeños que apenas influyen en el sistema. Las (empresas) transgresoras son sensibles al origen de la denuncia pública (consumidores). No quieren que se las considere ajenas o contrarias a los valores de su clientela. Esta última puede asegurar que el comercio minorista se ajuste a los estándares prometidos. Las ONG pueden pedir públicamente responsabilidades a las empresas. Cuanto más poderosa la entidad, tanto más justificada y eficaz será la denuncia pública.

Los límites de la denuncia pública

La denuncia pública tiene, y debe tener, sus límites. En primer lugar, al igual que otros castigos, la denuncia pública puede humillar, estigmatizar e incluso deshumanizar, privando a los transgresores de su dignidad (Nussbaum, 2004). Sin embargo, como hemos visto, lo mejor es centrar la denuncia pública en entidades que no pueden ser deshumanizadas, o sea, empresas y Estados. Por mucho que no puedan sentir vergüenza, es posible avergonzarlas hasta que cambien de comportamiento. Las letras escarlatas no les hacen sentir vergüenza, pero los efectos de la estigmatización sobre su comportamiento son reales. Centrarse en grupos puede dar buenos resultados, aunque tampoco es un camino de rosas. Ante todo, los denunciados pueden blindarse. En EE UU, la ganadería industrial elude las campañas de denuncia pública recurriendo principalmente a tres medios.

A) Medios jurídicos: La Ley de actos terroristas contra empresas ganaderas (Animal Enterprise Terrorism Act, AETA), de 2006, ratificada por el presidente George W. Bush con el apoyo de importantes empresas agroindustriales, amplió el ámbito de la actividad terrorista para incluir toda acción “encaminada a perjudicar o interferir en las operaciones de una empresa ganadera”, inclusive grabando imágenes de una instalación en la medida en que exista la intención demostrable de difamar a la instalación o a su propietario. Junto con las leyes Ag-Gag 5/, la AETA impide que posibles denunciantes e investigadores encubiertos denuncien actividades ganaderas, que suelen ser la única vía que tienen los defensores de los animales para pedir responsabilidades a la industria. Estos medios jurídicos también socavan la credibilidad pública de la mayoría de defensores de los animales al asociarlos al terrorismo en el plano lingüístico y legal, reflejo invertido de la asociación de los carniceros con asesinos. Las condenas a activistas equivalen a las letras escarlatas, ya que les impiden efectivamente viajar a muchos países y desempeñar otras actividades.

B) Dilución o elusión de la responsabilidad, manteniendo un perfil bajo, creando empresas pantalla para evitar riesgos o integrándose en grupos más grandes, en los que “es más probable que los transgresores encuentren a otros transgresores, lo que ayuda a normalizar la transgresión” (Jacquet, 2015: 153). Los grandes grupos de presión cobijan a los productores y los defienden de la denuncia pública.

C) Distancia entre causa y efecto. Los grupos son menos susceptibles de avergonzarse que los individuos, y algunos grupos muestran una mayor cohesión y conciencia de grupo que otros: por ejemplo, McDonald’s o Tyson Foods en comparación con la categoría abstracta de consumidores de Big Mac o pollo frito. Puesto que se considera que son más activas (por ejemplo, planificando), las empresas aparecen como más responsables (Waytz y Young, 2012). Además, los grupos se atienen a normas diferentes de los individuos (por ejemplo, maximización de beneficios, deberes fiduciarios con respecto a los accionistas). Así, mientras que la denuncia pública de grupos es más eficaz que la de individuos, estos últimos pueden ser “funcionalmente menos susceptibles de avergonzarse” (Ibid.: 159).

Estas son tres maneras de escudarse frente a las denuncias públicas. También existen maneras de equivocarse por parte de quienes formulan las denuncias públicas. La evolución de la costosa incitación (pensemos en la cola del pavo) nos ayuda a comprender por qué. Las señales fiables son más costosas. El cotilleo y la indignación evolucionaron en el seno de grupos pequeños, en los que la gente interactuaba personal y duraderamente y la cooperación era esencial para la supervivencia. Sin embargo, nuestro gusto inveterado por la indignación nos dificulta resolver conflictos con autocontrol cuando la tentación de la indignación es tan ubicua en internet (Crockett, 2017). La denuncia pública en internet ofrece la forma más barata de la incitación, “una forma de bajo riesgo de compromiso moral” (Jacquet, 2015: 124). El esfuerzo marginal y el riesgo de sumarse a la crítica cuando ya son miles los que lo han hecho son muy bajos, pero el beneficio marginal es proporcionalmente incierto. La denuncia pública también puede ser desproporcionada –pequeñas transgresiones publicitadas ampliamente comportan un castigo mayor que otras más graves, pero no registradas– y a veces tiene consecuencias más formales y materiales (venganza, despido, suicidio). Recordemos la indignación causada por el tuit racista de Justine Sacco o la muerte del león Cecil en Zimbabue a manos de un dentista de Minnesota 6/. La indignación en línea no admite los matices ni la priorización razonable.

La psicóloga Molly Crockett (2017) advierte contra el peligro de la indignación en línea. La gente experimenta pocas transgresiones de las normas en propia persona; por otro lado, en internet encuentra toda una amplia gama. Las plataformas en línea han alterado los incentivos del intercambio de información: las empresas compiten por la atención de los usuarios para generar ingresos publicitarios, de manera que los algoritmos priorizan el contenido que tenga más probabilidades de ser compartido, “al margen de si beneficia a quienes lo comparten, o siquiera de que sea cierto” (ibid.: 769). La investigación en materia de viralidad demuestra que la gente comparte contenidos más fácilmente si este comporta fuertes emociones morales (Brady et al., 2017). Así, las transgresiones observadas en internet provocan mayor indignación que las vividas personalmente o conocidas a través de medios tradicionales. Una posible consecuencia es la fatiga de indignación:

“La constante exposición a noticias indignantes puede reducir la intensidad general de las experiencias de indignación, o hacer que la gente se indigne más selectivamente a fin de reducir las exigencias emocionales y de atención”.

También existe el efecto bumerán: denunciar a todos los contaminadores y abusadores puede indicar que el comportamiento criticado es muy común, normalizándolo.

Manifestar indignación es una manera de comunicar la calidad moral propia a las demás personas y “las redes sociales en línea amplifican masivamente los beneficios reputacionales de la manifestación de la indignación” (Crockett, 2017: 770). Crockett reconoce que la indignación puede beneficiar a la sociedad al responsabilizar a los transgresores y remarcar la inaceptabilidad de su comportamiento. Las plataformas de internet permiten “tradicionalmente a grupos desempoderados examinar el comportamiento de intereses más poderosos”. Sin embargo, estos beneficios son limitados. En primer lugar, las redes sociales permiten a la gente convertirse en cajas de resonancia (Brady et al., 2017), que impiden una comunicación efectiva y pueden ahondar las divisiones sociales. En segundo lugar, el umbral de manifestación de la indignación es más bajo en línea, de modo que “la gente puede expresar indignación moral sin experimentar realmente el grado de indignación que implica su comportamiento” (Crockett, ibid.). De este modo, los medios digitales difuminan la fiabilidad de las señales y la capacidad del emisor de distinguir “lo verdaderamente cruel de lo meramente desagradable”. En tercer lugar, “manifestar indignación en línea puede dar pie a una implicación menos significativa en causas sociales”. En conjunto, estos factores plantean algunas dudas sobre la capacidad de la denuncia pública en internet para configurar normas sociales.

En suma, la denuncia pública es un arma poderosa, pero sus ventajas son cuestionables. No porque sea ineficaz, sino precisamente porque su fuerza exige prudencia para que sirva a su función. No obstante, si se maneja con cuidado, se dirige efectivamente a grupos sensibles a la reputación y se combina con otros medios, puede ser un motor de cambio social, haciendo cumplir normas que son violadas rutinariamente y estableciendo nuevas normas.

Conclusión

¿Conviene denunciar públicamente a carniceros individuales? Probablemente no, si lo que una desea es avergonzar efectiva y legítimamente. Sin embargo, esto por sí solo no nos dice si podemos pintar letras escarlatas en paredes de ladrillo y mortero o en fachadas virtuales de un comercio, y cuándo hacerlo, puesto que no todas las empresas son igualmente responsables y/o buenos objetivos de denuncia pública. Es más, la táctica puede ser eficaz con vistas a otros objetivos (un cambio social a largo plazo) o estar justificada por otros motivos (desobediencia civil). Otras tácticas que la de atacar a comerciantes son probablemente más defendibles.

Finalmente, la denuncia pública no es más que una pieza de la caja de herramientas, y es muy posible que valga la pena combinar tácticas de confrontación –léase: no violentas– con otras que han demostrado ser más eficaces directamente y aceptables públicamente. Porque podríamos no ver los costes y beneficios reales del activismo radical. Jeff Sebo y Peter Singer (2018) señalan que las ventajas de una táctica moderada suelen ser más directas y medibles que sus costes, mientras que los costes de unas tácticas más radicales suelen ser más directos y medibles que sus beneficios. De ahí que corramos el riesgo de sobrevalorar los primeros e infravalorar los segundos.

La historia de los movimientos sociales enseña que el activismo radical, al denunciar ideologías opresoras, puede desplazar el centro del debate, abriendo así camino a un cambio moderado a corto plazo y a un cambio radical a largo plazo. Así, paralelamente a, digamos, la implementación de los Lunes sin Carne, la defensa del veganismo puede hacer que más personas reduzcan su consumo de productos animales, y con márgenes más amplios, que los mensajes moderados, y a la larga cuestionar las estructuras sociales de la opresión. La defensa simultánea de múltiples ideales, sugieren Sebo y Singer, puede dar el mejor resultado. En última instancia, algunos sectores serán más receptivos al cambio moderado que no al antiespecismo. La clave es esta: tácticas diferentes no son necesariamente excluyentes 7/. De acuerdo con Lori Gruen y Robert Jones (2015), podemos pensar en el “veganismo como una aspiración”, que expresa tanto la inevitabilidad de causar daño como la idea de que los animales sensibles no son comestibles. Pensemos o no que comer carne es normal o una vergüenza, lo que sí está claro es que los antiespecistas aspiran a vivir en un mundo que deje de ser extremista, en que el tofu sea la nueva normalidad y las carnicerías solo vendan carnes vegetales.

02/09/2019

Nicolas Delon es profesor ayudante de Filosofía y Estudios Medioambientales

https://booksandideas.net/Scarlet-Letters.html

Traducción: viento sur

Notas:

1/ Es difícil reunir datos fiables, pero la mayoría de estudios indican que hay alrededor de un 5% de personas vegetarianas en Francia, algunas de las cuales posiblemente sigan comiendo pescado. El número de personas veganas no suele superar el 0,5% en todos los estudios. Dicho esto, el mercado de productos vegetarianos y veganos, junto con la tendencia flexitariana, ha crecido significativamente

2/ Véase Utria (2009) para una disquisición sobre la liberación animal justificada por motivos de autodefensa y/o la teoría de la guerra justa. Sobre la historia y la sociología del activismo animal, véase Carrié y Traïni (2019).

3/ La letra escarlata es una novela de Nathaniel Hawthorne, publicada en 1850 y considerada su obra cumbre. Está ambientada en la puritana Nueva Inglaterra de principios del siglo XVII, y relata la historia de Hester Prynne, una mujer acusada de adulterio y condenada a llevar en su pecho una letra A, de adúltera [Wikipedia].

4/ 1. El público responsable debe estar preocupado por la transgresión. 2. Debe haber una gran diferencia entre el comportamiento deseable y el real. 3. Debe faltar toda sanción formal. 4. El transgresor debe ser sensible al origen de la denuncia pública. 5. El público debe confiar en el origen de la denuncia pública. 6. La denuncia pública debe centrarse allí donde los posibles beneficios sean mayores. 7. Realización escrupulosa.

5/ Ag-Gag son diversas leyes estatales contra posibles denunciantes, que prohíben la filmación o fotografía encubiertas de las actividades en las explotaciones ganaderas sin el consentimiento del propietario. Estas leyes se promulgaron a comienzos de la década de 1990 en respuesta a las actividades encubiertas del Frente de Liberación Animal. Las leyes Ag-Gag han sido criticadas y recurridas ante la justicia.

6/ Sin embargo, señala Jacquet, la compañía aérea Delta cedió a las presiones para anunciar que dejaría de permitir que en sus aviones se transporten trofeos de caza; el senador de EE UU Bob Menendez anunció que presentaría un proyecto de ley contra la caza de trofeos. El caso originó asimismo un debate público sobre la conservación, la reforma agraria y si estos casos merecen una mayor atención que otras cuestiones como el gatillo fácil de la policía, la masificación de las prisiones, la pobreza y la ganadería intensiva.

7/ Se trata de cuestiones empíricas que manejan organizaciones como The Humane League y otras como Animal Charity Evaluators o el Open Philanthropy Project, que se basan en hechos tangibles.

Referencias

Bear, Adam y Knobe, Joshua (2017) “Normality: Part descriptive, part prescriptive”, Cognition, 167, pp. 25-37.

Bicchieri, Christine (2017) Norms in the Wild: How to Diagnose, Measure, and Change Social Norms. Oxford: Oxford University Press.

Brady, William J.; Wills, Julian A.; Jost, John T.; Tucker, Joshua A.; Van Bavel, Jay J. (2017) “Moral contagion in social networks”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 114, 28, pp. 7313-7318.

Carrié, Fabien y Traïni, Christophe (dir.) (2019) S’engager pour les animaux. París: Presses Universitaires de France.

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