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Entrevista a Gilbert Achcar
El largo proceso de la revolución árabe: más que una primavera
11/11/2019 | Joris Leverink

Cuando a finales de 2018 la gente de Sudán salió a las calles exigiendo el fin del gobierno autoritario de Omar al Bashir, esto inmediatamente trajo recuerdos de 2010, cuando la autoinmolación de Mohamed Bouazizi en protesta contra el régimen tunecino puso en marcha un proceso de levantamientos populares y revoluciones en toda la región, que desde entonces se conocen como la Primavera Árabe. ¿Iban las protestas en Sudán a poner en marcha un proceso similar?

Desde entonces se han producido movimientos de protesta masivos en Argelia, Egipto, Líbano e Iraq, cada uno con sus propios factores desencadenantes y dinámicas específicas, y con diferentes grados de éxito: mientras que en Sudán y Argelia la gente logró deshacerse de sus respectivos gobernantes autoritarios y en Líbano el gobierno se vio obligado a renunciar, el levantamiento en Egipto fue de corta duración y reprimido violentamente, y la violenta represión en Irak ya ha costado la vida de cientos de manifestantes.

El editor de ROAR, Joris Leverink, habló con Gilbert Achcar, profesor de Estudios de Desarrollo y Relaciones Internacionales en SOAS, Universidad de Londres, y autor de muchos libros sobre la primavera árabe y la geopolítica de la región, para tratar de correlacionar todos estos hechos.

¿Cómo debemos entender y enmarcar esta ola actual de levantamientos en Oriente Medio y África del Norte y cuál es su relevancia histórica? ¿Cuáles son las dinámicas propias de cada levantamiento y cuáles son algunas de las características que tienen en común? ¿Por qué algunos movimientos de protesta obtuvieron victorias históricas, mientras que otros fueron violentamente aplastados? En esta entrevista en profundidad, Gilbert Achcar responde a estas y otras preguntas.

Joris Leverink: A principios de este año, cuando la gente de Sudán y Argelia salió a las calles en masa, se planteó la cuestión de si lo que estábamos viendo era el comienzo de una segunda primavera árabe. Desde entonces, han estallado revueltas masivas en Egipto, Líbano e Irak, cada una con resultados diferentes, y las dos últimas aún tienen mucho recorrido. Usted ha señalado que el concepto de primavera árabe es ante todo engañoso, que las revueltas de 2011-2013 no fueron un acontecimiento pasajero, sino más bien el comienzo de un proceso revolucionario prolongado. ¿Podría explicar esto?

Gilbert Achcar: Los hechos que vemos acontecer ahora en todo el mundo se dan a dos niveles diferentes. Uno es una crisis general del capitalismo neoliberal, que se exacerbó con la Gran Recesión de 2008. Esto desencadenó una serie de protestas sociales en todo el mundo y provocó una polarización política expresada en el surgimiento de la extrema derecha, por un lado, y afortunadamente, por otro lado, en avances significativos de la izquierda radical en algunos países, incluidos Estados Unidos y el Reino Unido.

Dentro de ese marco global, la cadena de acontecimientos más espectacular es la que comenzó en Túnez en diciembre de 2010 y se extendió a toda la región de habla árabe en 2011, llegando a ser conocida como la primavera árabe. Mi opinión es que la onda de choque revolucionaria en la región árabe –los países de habla árabe de Oriente Medio y África del Norte, que alcanzó proporciones muy espectaculares– tiene su especificidad. El año 2011 fue testigo de importantes levantamientos en seis de los países de la región, y todos los demás conocieron un fuerte aumento de las protestas sociales. La crisis general del neoliberalismo dio pie en la región árabe a una crisis estructural muy profunda, relacionada con la naturaleza específica de su sistema estatal.

El bloqueo del desarrollo de la región se vio exacerbado por la prevalencia de los Estados patrimoniales rentistas, patrimoniales en el sentido de que las familias gobernantes los tratan como su propiedad privada en las ocho monarquías de la región, así como en algunas de las llamadas repúblicas. El bloqueo del desarrollo, cuya consecuencia más sorprendente es el hecho de que durante décadas la región árabe ha tenido las tasas más altas de desempleo juvenil en el mundo, causó una gigantesca explosión de disturbios sociales en toda la región, que solo puede superarse con un cambio radical que abarque sus estructuras políticas, sociales y económicas.

Por eso insistí desde el comienzo, en 2011, en que esto no era más que el comienzo de un proceso revolucionario prolongado que continuará durante años y décadas con una alternancia de revueltas y reacciones violentas. Continuará mientras no se produzca un cambio radical en la región. El año 2013 vio el paso de la ola revolucionaria inicial a una reacción contrarrevolucionaria, con los hombres del viejo régimen a la ofensiva en Siria, Egipto, Túnez, Yemen y Libia. A partir de entonces, la euforia de 2011 dio paso a la pesadumbre. En el momento de la euforia, advertí contra la ilusión de que la transformación de la región fuera a ser rápida y fluida, y en el momento de pesadumbre seguí afirmando que habrá otros levantamientos, otras primaveras por venir.

De hecho, las erupciones sociales han seguido ocurriendo en un país tras otro desde 2013: Túnez, Marruecos, Jordania, Irak y Sudán han sido los más afectados. Y luego, a partir de diciembre de 2018, exactamente ocho años después del inicio de la primera ola de levantamientos en 2010, el movimiento de protesta sudanés se convirtió en levantamiento, seguido de Argelia en febrero, y ahora, desde octubre, Irak alcanza el punto de ebullición seguido de Líbano. Los media globales comenzaron a hablar de una “nueva primavera árabe”. Lo que ahora se está desarrollando en la región árabe demuestra que, de hecho, estamos ante un proceso revolucionario prolongado que comenzó en 2011.

En cuanto a este proceso revolucionario prolongado propio de la región árabe, ¿podría describir algunas de sus características? ¿Qué tienen en común todas estas revueltas?

Lo que tienen en común es el rechazo de los regímenes políticos responsables de las condiciones sociales y económicas cada vez más intolerables. El desempleo juvenil en la región árabe afecta a los jóvenes graduados de manera desproporcionada en esta parte del Sur Global, que se caracteriza por una tasa relativamente alta de ingreso en la educación terciaria. La relación entre este hecho y los levantamientos, que son en su mayoría rebeliones juveniles protagonizadas por los jóvenes educados, es evidente. Más allá de la diferencia natural entre los problemas específicos que afectan a cada país, varios temas son comunes a todas las revueltas regionales: un anhelo de igualdad social, lo que los manifestantes llaman justicia social y un cambio radical de las condiciones económicas. Quieren los medios para llevar una vida digna, comenzando con un trabajo decente.

Otro tema común es la libertad y la democracia: las libertades políticas y culturales y la soberanía popular. Las protestas y los levantamientos han mostrado mucha creatividad cultural, como sucede normalmente en los procesos revolucionarios, al menos en sus fases pacíficas. Recientemente cité la expresión de Jean-Paul Sartre sobre las protestas de mayo de 1968 en Francia: “La imaginación al poder”. Estas son algunas de las aspiraciones y características comunes de las luchas de la región encabezadas por la nueva generación.

Las revueltas recientes en Sudán y Argelia han logrado éxitos significativos: la retirada de sus respectivos líderes autoritarios de siempre y un impulso a favor de la democratización de sus sistemas políticos. Aunque, por supuesto, está por ver cómo se desarrollarán a la larga estas victorias actuales, lo que han conseguido hasta ahora es notable. ¿Cuál ha sido el secreto del éxito de los levantamientos en Sudán y Argelia? ¿Y cuáles son los desafíos que esperan a los movimientos en ambos países en los próximos meses e incluso años?

Los levantamientos en Argelia y Sudán son los dos acontecimientos más importantes de la segunda ola en curso del proceso revolucionario regional. Tienen similitudes obvias, pero son diferentes en un aspecto clave: la dirección de la lucha. Esta diferencia ha dado pie a resultados diferentes, más allá del derrocamiento del presidente en ambos países. En Sudán, Omar al Bashir presidió una dictadura militar que trabajó en estrecha alianza con los fundamentalistas islámicos desde 1989, el año del golpe liderado por Al Bashir. En Argelia, los militares habían cooptado en 1999 a un civil, Abdelaziz Bouteflika, en el cargo de presidente. En ambos países, el levantamiento masivo llevó a los militares a destituir al presidente.

Pero estas no son victorias excepcionales. Otras similares ocurrieron en 2011 en Túnez, donde el complejo militar y de seguridad destituyó al presidente. En Egipto, un mes después, el ejército destituyó al presidente de una manera muy similar a lo que ocurrió recientemente en Sudán y Argelia.

Sin embargo, los movimientos populares de los últimos dos países han aprendido la lección de los acontecimientos egipcios. Los procesos revolucionarios prolongados también son curvas de aprendizaje: los movimientos populares aprenden las lecciones de experiencias revolucionarias anteriores y tienen especial cuidado de no repetir sus errores. Los sudaneses y los argelinos evitaron la trampa en la que habían caído los egipcios cuando se hicieron ilusiones sobre las intenciones democráticas de los militares. Cuando el ejército de Egipto retiró a Hosni Mubarak del poder en febrero de 2011 y nuevamente cuando derrocó a su sucesor Mohamed Morsi en julio de 2013, las masas lo aplaudieron, creyendo erróneamente que los militares iban a establecer la democracia.

Las masas en Sudán y Argelia no albergaban tales ilusiones. En ambos países, los levantamientos siguieron desafiando a los militares. Entendieron que el ejército, al destituir al presidente, solo buscaba preservar su poder dictatorial. Fueron golpes conservadores, ni siquiera golpes reformistas. Los sudaneses y los argelinos lo entendieron y mantuvieron la movilización. Desde hace varios meses, se ha convertido en una tradición en Argelia realizar grandes manifestaciones populares todos los viernes, rechazando explícitamente cualquier cosa que el ejército proponga para salir de la crisis.

Pero la diferencia clave entre los dos movimientos, una diferencia enormemente importante, es que no existe un liderazgo reconocido del movimiento de masas en Argelia, mientras que en Sudán, claramente, sí existe. En Argelia, el mando del ejército se comporta como si pudiera ignorar el movimiento popular. Ha fijado una fecha para una nueva elección presidencial en diciembre, a pesar de que el movimiento de masas lo rechaza sin ambigüedades. Sin embargo, los militares se muestran decididos a seguir adelante con las elecciones, pero no es seguro que lo logren. Sin embargo, el caso es que no hay una contrademanda representativa sobre la mesa: ningún grupo de personas puede hablar en nombre del movimiento de masas.

En Sudán, por el contrario, la fuerza impulsora del movimiento es la Asociación de Profesionales del Sudán (SPA), que se formó en 2016 como una red clandestina de asociaciones de maestros, periodistas, médicos, abogados y otras profesiones. El SPA fue decisivo para sentar las bases de lo que finalmente llevó al levantamiento popular. Luego convocaron una coalición de fuerzas que incluía, junto a su asociación, a grupos feministas, algunos partidos políticos y algunos de los grupos armados que libraban luchas étnicas contra el régimen. Esta coalición se convirtió en el liderazgo reconocido de la sublevación y los militares no tuvieron más remedio que negociar con ellos.

Después de meses de lucha, incluidos algunos episodios trágicos, cuando una parte del ejército intentó sofocar el movimiento a sangre y fuego, ambos bandos llegaron a un compromiso, que solo puede ser provisional. Entonces califiqué la situación una situación de doble poder: se formó un órgano de gobierno en el que están representados los dos poderes opuestos: los militares y el movimiento popular. Es difícil decir cuánto tiempo van a coexistir, pero lo cierto es que no pueden coexistir mucho tiempo. Uno de los dos acabará imponiéndose decisivamente sobre el otro.

Ahora bien, el movimiento en Sudán ya ha logrado mucho más y ha ido mucho más allá de lo que se ha logrado en Argelia, donde los militares simplemente ignoran, o pretenden ignorar, el movimiento popular. La organización social de base que constituyó el SPA en Sudán creció masivamente cuando comenzó el levantamiento: se le unieron sindicatos independientes que surgieron en varios sectores hasta que terminó organizando a la mayoría parte de la clase trabajadora del país. Este tipo de liderazgo, esta red coordinada de sindicatos y asociaciones, ha sido el tipo de liderazgo más avanzado que ha surgido en la región desde 2011. Y se ha convertido en un modelo: tanto en Iraq como en Líbano, hay esfuerzos continuos en la base por organizarse según el modelo sudanés.

A finales de septiembre, los manifestantes en todo Egipto salieron a las calles exigiendo la renuncia del presidente Sisi. Esta vez, a diferencia de 2011, el movimiento no logró movilizar los números necesarios para lograr ningún tipo de cambio político. La manifestación fue aplastada rápida y violentamente por las fuerzas de seguridad de Sisi. Mirando a Egipto, ¿cuál es la diferencia entre 2011 y 2019? ¿Y por qué la gente de Sudán y Argelia logró ocupar las calles mientras que sus hermanos y hermanas egipcios fracasaron? ¿Qué es diferente en Egipto esta vez?

Ya he mencionado las ilusiones que tenía el pueblo egipcio en el ejército cuando derrocó a Mubarak en 2011. Estas ilusiones no duraron mucho. Pero en 2012, la Hermandad Musulmana llegó al poder al ser elegido presidente Mohamed Morsi. Un año después, en el contexto de una gigantesca movilización popular contra su gobierno, Morsi fue derrocado por el ejército, con una renovación de las ilusiones populares sobre los militares como una fuerza para el cambio progresivo. Esta vez, las ilusiones fueron aún más fuertes debido al gran susto creado por la forma en que los Hermanos Musulmanes se comportaron en el poder. Esto terminó finalmente con la elección de Abdel Fattah el Sisi como presidente en 2014, con altas expectativas populares. Rápidamente resultó se