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Librecambismo y Proteccionismo en la revisión de la globalización capitalista
Un planteamiento alternativo
29/10/2019 | Daniel Albarracín

El proceso de globalización capitalista asiste a su estancamiento. Esto conduce al recrudecimiento de procesos habituales de este modelo socioeconómico al encontrarse claros límites en la disponibilidad de nuevos mercados o posibilidades de ascenso de la productividad, condiciones sine qua non para su expansión. El camino al que nos lleva, para sostener la vitalidad del sistema, conduce, por un lado, a medidas de intensificación del trabajo, degradación de las condiciones de empleo y trabajo y vulnerabilidad de las garantías y, por otro, a la intensificación de la competencia comercial en varias de sus facetas: guerra de tipos de interés, de divisas y de rivalidad comercial por la vía arancelaria.

Esto se traduce en una redefinición del formato de globalización capitalista. El periodo de multilateralismo a favor del libre comercio (entre grandes compañías transnacionales) se revisa por un modelo que regresa, en una fase decadente, a un bilateralismo de nuevo cuño, una vez que los grandes mercados regionales están consolidados y estancados, atestiguado por un crecimiento del comercio mundial es cada vez más lento.

EEUU pierde su hegemonía industrial y es superado ampliamente por potencias emergentes, conservando simplemente el liderazgo militar. China supera en el terreno manufacturero y comercial ampliamente a las otras potencias internacionales, y además es el acreedor principal de EEUU, y empieza a contar con un buen papel en el terreno tecnológico. Sin embargo, EEUU no sólo compite en esta arena con China, también quiere subordinar a la UE, y abre una competencia directamente con ella si no lo acepta.

La instrumentación de esta pugna comercial se está materializando en forma de una guerra arancelaria, de un proteccionismo selectivo y punitivo que trata de garantizar los intereses del capital nacional estadounidense. Quizá sea el movimiento disciplinatorio previo para imponer nuevos acuerdos comerciales, cuyas condiciones de organicen por las grandes potencias, entre el bilateralismo y la imposición jerárquica a los socios que se adhieran. Se trataría, quizá, de un periodo de guerra, que precedería en un futuro a retirar esos aranceles, pero bajo el marco condicional de acuerdos definidos por el hegemón norteamericano. Pero es mucho más posible que esto desate también la mayor guerra comercial conocida desde los años 30.

Libre comercio y proteccionismo: cómo enfocar su abordaje.

El pensamiento convencional nos advierte de una tensión entre el proteccionismo y el librecambismo, como si fuese una suerte entre nacionalismo y universalismo, entre populismo y liberalismo. Esta tensión ignora la complejidad de la problemática y el conflicto subyacente.

Ni el libre comercio ha supuesto el desarrollo las sociedades, aun cuando haya beneficiado al capital transnacional, sino más bien al contrario, ha establecido una jerarquía entre países y empresas en virtud de la división internacional del trabajo y las capacidades de las potencias de establecer condiciones de trato desigual a centros, semiperiferias y periferias, fruto de ventajas absolutas desarrolladas (Shaikh, A.). Estas abocan a una divergencia real permanente entre economías y regiones. También ha conducido a una degradación de la calidad de bienes y servicios y la depredación de los entornos naturales.

A su vez, el proteccionismo punitivo, basado en la guerra arancelaria, favorable a los capitales nacionales, distorsiona los intercambios y la distribución de mercancías, al generar una carrera que encarece los bienes y servicios, desequilibra la composición intersectorial de la producción, , puede desincentivar modelos más eficientes en favor de otros atrasados, empobrece a los productores y exportadores y, especialmente, a las familias asalariadas que se ven perjudicadas en su nivel de vida y su capacidad adquisitiva.

Tenemos que traer aquí la reciente imposición de nuevos aranceles de un 25% de EEUU a una serie de productos europeos, como una represalia a los países con accionistas de Airbus, y que afecta al sector del vino y del aceite españoles. Esta medida opone, además, a economías del interior de la UE (por ejemplo, la economía española contra la italiana o griega), y encarece las relaciones de intercambio.

Ni que decir tiene que debemos prevenirnos y distanciarnos tanto del librecambismo o el proteccionismo punitivo. Sobre estos, debemos primar modelos de desarrollo endógeno, de comercio justo, de economía de proximidad, producir para las necesidades regionales, relativizando el vector exportador y cambiar el papel subalterno al que se nos reserva en las periferias y semiperiferias con estas exportaciones de materias primas, que, por otra parte, redundan en un formato ecológicamente insostenible, porque no contemplan los costes medioambientales de los monocultivos, el transporte y la energía empleados, y que comporta un resultado neto negativo para la biosfera en términos de carga para el planeta.

Por un modelo de comercio justo y desarrollo endógeno sostenibles

A este respecto, somos favorables a proteger la calidad de las producciones con condiciones que garanticen la calidad de los productos y las condiciones de consumo, y consideren los costes energéticos, los residuos generados, la huella ecológica, para minimizarlos y primar procesos biodegradables reabsorbibles por la naturaleza.

Ni que decir tiene, que esto conduce a definir regulaciones y controles a lo largo de toda la cadena de valor (proceso de cultivo, condiciones laborales y de empleo, proceso de manipulación y transporte, así como de distribución comercial) que chocan con los acuerdos internacionales de libre comercio como el TTIP, entre otros. Este tipo de protección en los procesos, difieren notablemente de una protección arancelaria que, en la práctica, consiste en una carrera de suma cero, donde ganan unos y pierden otros, y que, de generar una cadena de reacción y represalia empuja a que todos perdamos.

Somos favorables al intercambio de bienes y servicios pero bajo formatos regulados atentos a los términos anteriormente descritos, lo que supone que el proceso de distribución no esté reservado a los grandes oligopolios y corporaciones transnacionales que imponen sus condiciones a toda la cadena de valor (especialmente a los productores locales y directos) y que están amparados por tribunales que sancionan a los Estados por pretender proteger sus economías en cualquiera de estos aspectos. Esto conduce a que esta regulación pase no sólo por reglas que garanticen la calidad y el cuidado de la naturaleza, productores, trabajadoras y trabajadores, y consumidores, respetando su calidad y sus límites, sino también a plantear que la distribución de bienes y servicios internacional esté mediada o conducida por agencias públicas que garanticen procesos respetuosos, condiciones adecuadas y precios justos para los productores directos. Esto es, un modelo alternativo de comercio que pasa por cuestionar tanto el TTIP como el nuevo proteccionismo punitivo basado en una carrera arancelaria sin fin, que no atiende a más criterios que competir en precios distorsionando la producción y distribución por vía represalia impositiva.

Esto significa que las periferias y semiperiferias deben volver a mirarse hacía sí estando abiertas al mundo sin renunciar a estar en pie de igualdad. Eso pasa por definir planes económicos descentralizados que respondan a las necesidades de cada región o pueblo, con una transición energética y tecnológica basada en renovables, para atender las necesidades de la demanda, en una lógica de economía de proximidad. Cuando hubiese excedentes, si los hubiere, intercambiarlos bajo regulaciones garantistas.

A este respecto, somos críticos de la arquitectura económica sobre la que se sostiene actualmente la UE, creemos que las bases de desarrollo de nuestros pueblos debe realizarse en cooperación con otros. A ese respecto, frente a la lógica de rivalidad económica competitiva, que no garantiza ni la eficiencia ni la mejora, hay que propiciar marcos cooperativos y planes indicativos para desarrollar una economía de la mayor extensión de pueblos, regiones o países posible que se base en la complementariedad y la colaboración, esto es, una división complementaria del trabajo y la producción. Esto equivale asimismo, a reclamar a los pueblos europeos que rompan con el TTIP y los acuerdos multilaterales con otros mercados continentales (CETA, TISA, Tratado UE-Mercosur) basados en el libre comercio de las multinanacionales, así como que pugnen por revisar las condiciones de la Organización Mundial de Comercio para establecer un marco regulador de los intercambios internacional en términos de comercio justo y sostenible. En suma, un desarrollo global alternativo.

Instamos también a la sociedad civil norteamericana a construir un modelo cooperativo internacional en estos mismos términos, advirtiendo de que el proteccionismo punitivo trumpiano sólo redunda en beneficio temporal del capital estadounidense, con, además, resultados muy inciertos, en tanto que al incidir sólo en los precios vía impositiva, estas medidas son incapaces de superar la inferioridad industrial y productiva de EEUU respecto a sus competidores (véanse ventajas absolutas, bajo la interpretación de Anwar Shaikh), y finalmente ocasiona una carrera a la baja en las condiciones de trabajo y consumo en uno y otro lugar del mundo, generando un efecto boomerang.

Octubre 2019

Daniel Albarracín es miembro del Consejo asesor de viento sur





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