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País Valencià
Hay que dar un paso más!
15/10/2019 | Antoni Infante

[Desde Decidim <https://peldretadecidir.com/index.php>; habíamos emplazado a pensar y debatir, en la jornada de formación que hicimos el pasado sábado día 14 de septiembre en el salón de plenos del Ayuntamiento de Bellreguard, como fortalecer, a partir de las sinergias entre las diferentes sensibilidades, movimientos y organizaciones sociales, un espacio de progreso en el País Valencià basado en el incremento de la capacidad crítica, autoorganizada y movilizadora del conjunto de la sociedad valenciana. Por mi parte, como coordinador de Decidim, profundicé en la intervención que hice el pasado mes de agosto en la Universidad Catalana de Verano, y que fue publicada en en Viento Sur <https://vientosur.info/spip.php?article15120>, con la aportación que se publica aquí, a continuación. Original en catalán]

Creo que hay un abanico de temas que todo el mundo, o al menos la mayoría, compartimos pero que no siempre los tenemos en cuenta a la hora de proyectar las intervenciones de nuestras entidades en la sociedad, y eso nos debilita colectivamente.

La primera de ellas es un hecho histórico avalado por los conocimientos que hoy tenemos desde la historiografía académica. El País Valencià no es ni ha sido nunca una simple región española sino el fruto de una asimilación forzada a principios del siglo XVIII, una anomalía histórica de dimensiones gigantescas. Este hecho, como veremos, tiene una importantísima repercusión hoy en día.

En nuestro país, la Guerra de Sucesión entre potencias europeas entre 1701 y 1715 (a consecuencia de la cual perdimos nuestros Fueros) tuvo características de guerra civil y la perdimos como pueblo valenciano. Destacaré tres consecuencias de gran alcance que forman parte de lo que podemos llamar nuestra anomalía nacional: la definitiva escisión nacional, cultural, lingüística, además del modelo social, entre la oligarquía y el pueblo; la imposición, más prusiana que jacobina, del modelo castellano y protoespanyol (centralista, militarizado y reaccionario); y la imposibilidad de poder modular en nuestro país el capitalismo como sistema económico entonces emergente y hoy dominante en el ámbito mundial. Como el capitalismo español es sobre todo extractivo, nuestra economía siempre ha sido diseñada, desde el estado y los capitales que lo instrumentalizan, como territorio de donde obtener trasvases de rentas.

La segunda cuestión es que, como constatación de esta escisión nacional, Joan Fuster reiteró el que seguramente será su aforismo más conocido: «El País Valencià será de izquierdas o no será». No es una cuestión menor, porque de esta conclusión hay que extraer una praxis política: las clases dominantes que operan en nuestro país nunca han estado y seguramente nunca estarán interesadas en la recuperación nacional y social de nuestro país. Esto significa no emplazarlas? No, significa que debemos tener conciencia de que los emplazamientos deben tener una función social legitimadora y pedagógica hacia la ciudadanía pero que en ningún caso deberíamos condicionar nuestra actividad a la espera de hipotéticos movimientos nacionalmente centrados por parte de estas clases sociales.

Hoy esta dicotomía se está expresando, sobre todo, en el conflicto por la financiación, y sólo en una parte del problema. Ya está asumido que la Generalitat Valenciana está infrafinanciada (1.400 millones anuales de déficit). Comienza a hacerse patente el problema de la deuda (47.000 millones) y de su amortización (destinamos el 25% de los presupuestos de la Generalitat), pero aún no ha emergido con la fuerza necesaria ni el problema global del expolio (entre el 2,3 y el 6,4% del PIB en función del método de análisis) y menos aún su correlato político: el País Valencià recibe por parte del Estado un tratamiento de colonia.

Un tratamiento colonial en tanto que, con el corpus jurídico que nos constriñe (Constitución Española, Estatuto de Autonomía y la interpretación centralizadora del Tribunal Constitucional), nos imposibilita una gestión verdaderamente autónoma de nuestros recursos. Y, sin recursos, la política no deja de ser una pantomima, una función de títeres. Bien pagadas, eso sí, pero marionetas al fin, imposibilitadas para hacer cambios de importancia.

Pero hay otra cuestión donde también recibimos un trato colonial. Es en las formas corruptas empleadas como forma de mantener la fidelidad al Estado de las clases dominantes que operan en nuestro territorio. La burguesía valenciana ha permanecido en silencio durante siglos ante el expolio, porque ella sí participaba de la parte alícuota en el reparto del excedente social. Y participaba sumando a sus dinámicas de explotación social una permanente dinámica de corrupción de la que los últimos 20 años de gobiernos autonómicos del PP han sido el más reciente exponente.

Ahora que las formas más groseras de esta corrupción han podido ser apartadas gracias a las elecciones de 2015 es cuando claman por más y más inversiones que les posibilite continuar acumulando ganancias. No les importa nada si hay o no corredor mediterráneo, lo que necesitan es construir una segunda e injustificada plataforma del AVE para repartirse las migas de las inversiones que ello supone. Apuestan por la ampliación del puerto de Valencia y por la conexión norte en forma de túnel submarino, porque es la que generará más inversiones públicas y más posibilidades de trasvases a sus bolsillos privados, y no les importa el futuro de València ni el de la comarca de l’Horta. Y vuelven a activar los diversos PAIs en todo el país porque no conocen ninguna forma más rápida de expoliación social y territorial. La participación de esta derecha oligárquica en las reivindicaciones de una mejor financiación es, en el mejor de los casos, como el abrazo del oso.

Y mientras tanto, la mayoría de los partidos, sindicatos y otras entidades, jugando a la normalidad democrática y a la de la alternancia electoral y gubernamental como si viviéramos en un país libre y normal. Actúan como si les diera lo mismo si somos País Valencià o una simple región de España. Y si en alguna ocasión y en el ámbito personal defienden una idea de país, lo hacen sin ningún proyecto estimulante y creíble. Son acríticos con el Régimen del 78 y con la monarquía borbónica heredera del franquismo. No escuchamos por este lado ninguna declaración exigiendo la reforma o derogación de la Constitución Española, o un proceso constituyente en el ámbito del País Valencià. Asumen el Estatuto de Autonomía como si fuera la panacea de todo. Con cada nueva legislatura encuentran la forma de legitimar la división provincial y las diputaciones. Hasta ahora se ha renunciado a una verdadera política lingüística que contemple los derechos de los 5 millones de personas que conformamos el País Valencià, mientras día a día asistimos a un verdadero genocidio lingüístico y cultural. En esta situación, y si no ponemos remedio, el de ahora puede ser el último gobierno progresista, el preludio de la vuelta de la derecha más desacomplejada y españolista.

Por otra parte, los gobiernos del Botánico se han lanzado de forma compulsiva a ganar a la derecha los espacios de fiesta y tradición, pero sin prestar atención a la raíz pseudoreligiosa y profundamente conservadora y reaccionaria de la mayor parte de las tradiciones y de la inanidad de un planteamiento como el de la fiesta por la fiesta. Parece como si se hubiera apostado por un permanente pan y circo pero sin garantizar el pan.

Esto, en todo caso, puede alimentar un valencianismo identitario, light, de un folclorismo que debería tener un lugar secundario en un proyecto de país. No nos engañemos, como decían recientemente Josep Sorribes <https://www.eldiario.es/autores/josep_sorribes/>; y Néstor Novell <https://www.eldiario.es/autores/nestor_novell/>, si estamos mal financiados, si sufrimos de falta de inversiones en infraestructuras, si nuestro sistema productivo se basa en sectores económicos empobrecedores social y medioambientalmente, si somos políticamente irrelevantes en el conjunto del estado, es porque somos valencianos, es decir, porque este es el rol que nos han asignado las élites de la Lonja del Bernabeu, y también, porque los valencianos no hemos sabido construir un proyecto social propio y de futuro.

Yo lo matizaría diciendo que esto es debido, sobre todo, a que no tenemos todavía un proyecto de País Valencià con la fuerza necesaria para sumar la masa crítica indispensable. Este es el leitmotiv de esta jornada de formación. ¿Como avanzamos desde la situación actual hacia la configuración de la masa crítica necesaria? Personalmente soy muy escéptico en cuanto a la posibilidad de generar nuevos artefactos electorales, que en el mejor de los casos, si no se modifican previamente las condiciones socioeconómicas y sociológicas, volverían a repetir los esquemas de comportamiento actuales. Entonces, qué hacer?

Pues potenciar la sociedad civil y potenciar las sinergias del conjunto de las entidades que hacemos un análisis similar de la situación. Se trata de encontrar las coincidencias que ya hay, e ir fortaleciendo todas y cada una de las propuestas y de las entidades sociales que vayan en la línea de potenciar la participación ciudadana, la autoorganización popular, la movilización crítica y constructiva en clave de País Valencià y al servicio de la mayoría social.

La reciente experiencia de Catalunya, aún inconclusa; la experiencia también reciente del movimiento de las "chalecos amarillos" en Francia, el movimiento popular vasco, o las recientes movilizaciones feministas, demuestran que cuando hay un fuerte movimiento popular arraigado en los problemas materiales y reales de la mayoría de la ciudadanía, estos movimientos pueden hacer cambiar la forma de hacer y decidir de los partidos políticos.

Pensamos que por este camino podemos encontrar la salida al atolladero en que nos encontramos en nuestro País. No se trata de montar ninguna plataforma o coordinadora que en el mejor de los casos nunca superan los dos años de vida, pero sí ir tejiendo complicidades en un punto superior a las actuales relaciones entre entidades.

14/10/2019





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