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Rusia
La lucha está viva
28/08/2019 | Ilyá Matvéyev

El pasado 3 de agosto, las calles gentrificadas del centro de Moscú estaban repletas de jóvenes airados que protestaban por la descalificación de candidatos independientes para las elecciones municipales. La policía acudió rápidamente para disolver la manifestación. Cuando un grupo de manifestantes trató de huir de las fuerzas del orden, estas los forzaron a entrar en un callejón sin salida. Algunas personas consiguieron refugiarse en un edificio de oficinas, pero otras permanecieron desafiantes sobre el asfalto, siendo detenidas violentamente por agentes enmascarados, pertrechados con todo su equipo antidisturbios.

En las últimas semanas se han producido todos los sábados, en la capital rusa, manifestaciones similares. Algunas han sido autorizadas por el poder y han movilizado a muchísima gente. La más grande hasta la fecha, que tuvo lugar el 10 de agosto, reunió a 60.000 personas. No obstante, la mayoría de las veces el poder no autoriza las manifestaciones y envía a los antidisturbios y a la Guardia Nacional a disolverlas. Pese a ser estrictamente pacíficas, las manifestaciones se enfrentan a una fuerza policial abrumadora. A resultas de ello se han contabilizado unas 3.000 retenciones de corta duración, varios cientos de detenciones administrativas de hasta 30 días y 13 personas inculpadas por participar en disturbios masivos (un delito que puede acarrear una condena de hasta ocho años de cárcel).

Si a veces se piensa que la población rusa se mantiene pasiva ante el gobierno autoritario, de hecho los choques han proliferado por todo el país. En la región septentrional de Arjanguelsk, residentes de la zona han estado acampados durante muchos meses en el bosque para protestar contra la construcción de un vertedero que amenaza gravemente al ecosistema local. En Yekaterinburgo, una gran ciudad en los montes Urales, la gente ganó una larga batalla contra la iglesia ortodoxa rusa, que pretendía construir una catedral en un lugar ocupado actualmente por un parque público (como es costumbre, la iglesia se conchabó con especuladores locales, y la catedral formaba parte de un proyecto más amplio que incluía edificios de oficinas y pisos de lujo). Los gruistas de Kazán realizaron una huelga por reivindicaciones salariales y en materia de seguridad. En lo que se convirtió en una acción ciudadana, fueron secundados por activistas que protestaban contra la construcción de una incineradora de residuos y compradores de viviendas que habían sido engañados por los promotores.

Ante el aumento de las protestas y la progresiva pérdida de legitimidad, el régimen ha ido abandonando paulatinamente la compleja maquinara de la democracia tutelada, para recurrir en mayor medida a la represión y la pura propaganda. El 27 de julio, incluso cuando la policía estaba atacando brutalmente a los manifestantes en Moscú, las pantallas de televisión mostraban el inquietante espectáculo de Putin presidiendo con pompa regia una parada naval en San Petersburgo. Con su debilidad por la imaginería posmoderna de esplendor imperial, las autoridades parecen recrear casi deliberadamente la atmósfera de la Rusia de comienzos del siglo XX, con una elite desfasada que gobernaba sobre una población descontenta.

El putinismo veinteañero: sin espacio para maniobrar

En el fondo, el régimen de Putin ha sido siempre el instrumento de dominación de clase de los superricos. A cambio de no desafiar políticamente a Putin, los oligarcas han podido mantener y ampliar sus imperios empresariales privatizados. También han obtenido las reformas neoliberales que necesitaban, como por ejemplo el nuevo Código del Trabajo, que básicamente prohíbe las huelgas. Desde mediados de la década de 2000, la elite empresarial tuvo que hacer sitio a los amiguetes de Putin, en su mayoría procedentes de los servicios de seguridad, que se hicieron con el control del creciente sector público de la economía. Estos dos grupos dominantes siguen siendo los principales beneficiarios del orden político-económico de Rusia.

Sobre esta base se erigió una superestructura de democracia tutelada. Los aparatos políticos regionales que se desarrollaron en la década de 1990 fueron centralizados a la fuerza para generar mayorías electorales fiables a favor de Putin y Rusia Unida, el partido del gobierno. Se toleró la existencia de unas pocas fuerzas políticas distintas a modo de oposición sistémica: inofensivas, pero necesarias como parte de la fachada democrática. Entre dichas fuerzas, el Partido Comunista contaba con la organización más fuerte en la base, pero su función no era diferente de la de otros partidos sistémicos: absorber el descontento y ayudar a estabilizar el régimen. Mediante una serie de purgas, la dirección del partido se deshizo de todos los disidentes de izquierda, lo que permitió al partido desempeñar su papel de oposición ficticia, traicionando una y otra vez a su electorado principal, formado por patriotas nostálgicos de la época soviética.

La democracia tutelada funcionó de acuerdo con lo previsto en la década de 2000. Partiendo de una base precaria y sacando partido de factores como la devaluación de la moneda, los elevados precios del petróleo y la disponibilidad de créditos en los mercados de capitales internacionales, la economía avanzaba viento en popa. Después de la traumática década de 1990, la población se retrajo a la vida privada para curar sus heridas. El contraste con la caótica primera década de la historia postsoviética de Rusia, resaltado machaconamente por los medios controlados por el Kremlin, bastó para afianzar el apoyo pasivo al régimen.

La oposición no sistémica, es decir, la verdadera, era diminuta. Sus mitines nunca atrajeron a más de unos cuantos centenares de personas. Las autoridades seguían cometiendo errores, como la dogmática reforma neoliberal de las prestaciones sociales en 2005, que provocó manifestaciones masivas espontáneas en todo el país. Sin embargo, los cuantiosos beneficios del petróleo permitieron compensar estos errores con dinero contante y sonante. La crisis económica de 2008-2009 fue el primer toque de atención para el putinismo, al revelar la vulnerabilidad fundamental de la economía rusa a las fluctuaciones del precio del petróleo y la volatilidad en los mercados de capitales internacionales. De todos modos, las reservas acumuladas permitieron al gobierno implantar un vasto programa de estímulo (salvando de paso a los oligarcas endeudados) y los precios del petróleo se recuperaron pronto, con lo que la economía volvió a la senda del crecimiento.

El siguiente desafío fue de carácter político. A pesar del crecimiento económico, el grado de apoyo al régimen descendió en 2010-2011. Una de las causas fue la incapacidad de las autoridades para transformar una economía primitiva y dependiente del petróleo después de la crisis, pese a que el gobierno de Dmitri Medvédev prometió un amplio programa de modernización. En 2008, Putin tuvo que dejar la presidencia debido a la limitación constitucional a dos mandatos sucesivos. Se hizo sustituir por el políticamente débil Medvédev, mientras él pasó a ejercer de primer ministro. En noviembre de 2011, Putin anunció de repente su retorno a la presidencia. Aunque la mayoría de la gente se lo esperaba, la forma abrupta y perentoria del anuncio indignó y frustró a muchas personas. Una semana después del anuncio se celebraron elecciones parlamentarias. Habiendo observado de cerca el proceso electoral y contemplado claros pucherazos en YouTube, la gente salió a la calle, protagonizando el mayor movimiento de oposición en Rusia desde comienzos de la década de 1990.

La fuerza del movimiento, que culminó con una manifestación de 100.000 personas a finales de 2011, sorprendió a las autoridades. La época de apatía política de la población ya era cosa del pasado. Después de alguna vacilación, las autoridades respondieron con una oleada represiva parecida a la que vemos actualmente, así como con una ofensiva ideológica. El Kremlin adoptó diversas posiciones nacionalistas, conservadoras y tradicionalistas, acercándose todavía más a los populistas de derechas de todo el mundo, tanto que de hecho trató de apoyarles, organizarlos y dirigirlos. Sin embargo, esta solución no resultó muy efectiva: la gente seguía manifestándose y el grado de aprobación del régimen en las encuestras continuó menguando en 2012 y 2013. Además, a finales de 2012 la economía se desaceleró a pesar de los elevados precios del petróledo, inaugurando un periodo de estancamiento que todavía perdura.

El motivo más probable es la falta acumulada de inversiones. En el periodo anterior bastó con relanzar y modernizar las fábricas de la era soviética para asegurar el crecimiento. Sin embargo, para finales de la década de 2000, este recurso estaba agotado. Después de un breve respiro originado por la crisis, la economía alcanzó rápidamente su límite de capacidad productiva. Como es típico de una burguesía compradora, los grandes beneficios de los oligarcas se destinaron a la compra de inmuebles de lujo en Londres y no a importantes proyectos de inversión en Rusia.

Los acontecimientos de 2014 ayudaron al Kremlin y al mismo tiempo exacerbaron sus problemas a largo plazo. La anexión de Crimea generó un amplio apoyo nacionalista al régimen a pesar de que el estancamiento se convirtió en recesión y el gobierno aplicó severas medidas de austeridad (ganándose el elogio del FMI). El interminable torrente de propaganda tildó a los miembros de la oposición de proucranianos, traidores a la nación y quintacolumnistas. Esto pareció finalmente dar sus frutos: la resistencia política al régimen se disipó, aunque no por mucho tiempo.

En 2017, el activista de oposición Alexéi Navalny denunció la corrupción de Medvédev con un vídeo que ha sido visionado 31 millones de veces en YouTube, poniendo en marcha una nueva ola de protestas. Para entonces, Navalny se había convertido en el líder incontestado de la oposición no sistémica. A diferencia de otras figuras liberales, que a menudo muestran inclinaciones elitistas, profiere un mensaje directamente populista: el pueblo contra la elite. Sus investigaciones meticulosas e ingeniosas sobre la corrupción de alto nivel demostraron ser el vehículo perfecto para comunicar este mensaje, dotándolo de fuerza y autenticidad.

Sin embargo, al igual que otros populistas, Navalny básicamente no rinde cuentas ante sus seguidores; su movimiento adolece de un liderismo extremo. Además, al margen de su núcleo populista, su política oscila entre la izquierda y la derecha. Recientemente ha incorporado algunos temas de izquierda, al atacar a los oligarcas no solo por sus lazos corruptos con el régimen, sino también por los salarios de miseria que perciben sus trabajadores. Por otro lado, su retórica tampoco está completamente libre de tintes nacionalistas. Si bien sus declaraciones abiertamente xenófobas de épocas anteriores ya no se repiten, todavía aboga por cerrar a cal y canto las fronteras con los países de Asia Central.

El ambiente en 2017 era distinto del de 2011-2012. Años de crisis e ingresos reales menguantes dieron pie a la confrontación directa con la elite corrupta y absurdamente rica del país, reforzando aún más el mensaje de Navalny. Además, la nueva generación de personas que participaban en las manifestaciones creció en los años politizados de la década de 2010 y no en la apatía de la década de 2000. El interés por la política es cada vez más común entre la juventud.

A pesar de los esfuerzos de Navalny por impulsar el boicot a las elecciones, la maquinaria electoral todavía logró reunir un 77 % de votos a favor de Putin en 2018. Sin embargo, justo después de las elecciones, el gobierno desplegó la última parte del programa de austeridad: el aumento de la edad legal de jubilación de 55 a 60 años para las mujeres y de 60 a 65 años para los hombres. Los estrategas políticos del Kremlin supusieron con razón que la reforma de las pensiones sería la medida política más impopular del gobierno en varias décadas, tal vez incluso desde que Putin accedió al poder en 1999.

La reforma se orquestró cuidadosamente para que concidiera con el comienzo del nuevo ciclo político y la Copa Mundial de fútbol de 2018, que tuvo lugar en Rusia. No obstante, tuvo un efecto directo y potente: la quiebra del consenso de Crimea, ya muy tocado a raíz de las manifestaciones de 2017. Los sondeos, por cuestionables que sean en un régimen autoritario, muestran cómo el grado de aprobación de la dirección del Estado ha descendido a niveles similares a los de antes de la anexión de Crimea. La propaganda gubernamental ha perdido gran parte de su eficacia: la gente se ha cansado del maníaco frenesí nacionalista en televisión.

La estrategia del Kremlin consistía en llevar a cabo la reforma de las pensiones sin que ello perjudicara demasiado a la imagen personal de Putin. Para ello había que arrojar a las fieras al gobierno y al partido Rusia Unida. Se exigió a los parlamentos regionales que emitieran declaraciones de apoyo explícito a la reforma, para mayor escarnio del partido gobernante. A resultas de ello, los aparatos políticos regionales empezaron a fallar bajo la presión popular, pese a las manipulaciones y los fraudes electorales: Rusia Unida perdió las elecciones a gobernador en cuatro regiones, cosa que no tenía precedentes. El mismo nombre del partido se volvió tóxico: candidatos favorables al Kremlin rompieron sus carnés de afiliación al partido y se declararon independientes allí donde pudieron. La situación no ha mejorado en 2019, año en que ha de tener lugar una nueva ronda de elecciones regionales, incluidas las municipales de Moscú.

Moscú: movilización popular y política electoral

Las elecciones en Moscú siempre han representado un desafío para el régimen. Mientras que Yuri Lúshkov, el alcalde de Moscú de 1992 a 2010, construyó un aparato político particularmente potente e integrado verticalmente, en la ciudad se desarrolló un sólido electorado liberal. En 2013, Navalny se presentó a las elecciones a la alcaldía frente al sucesor de Lúshkov, Serguéy Sobyanin, y obtuvo el 27 % de los votos. Sobyanin evitó a duras penas la segunda vuelta de las elecciones, gracias exclusivamente al puro fraude electoral. En las elecciones municipales de 2017, diversas fuerzas de oposición consiguieron unos 20 escaños, el 15 % del total. Las asambleas municipales constituyen el escalón inferior del poder en Rusia. En Moscú, su influencia es especialmente baja, pero a pesar de ello, los diputados de la oposición abordaron toda clase de problemas locales, a menudo mundanos, de sus distritos y estrecharon lazos con la población de la urbe.

El declive general de la popularidad de Rusia Unida a lo largo del año pasado fue especialmente pronunciado en Moscú, con sus fuertes tendencias liberales. En este contexto, las autoridades tienen que prepararse para las elecciones a la asamblea municipal, llamada Duma. Los comicios están convocados para el 8 de septiembre. En el contexto de crisis política larvada, las autoridades han decidido presentar a todos sus candidatos como independientes, ocultando su afiliación a Rusia Unida. Esto de por sí ya refleja los problemas que tiene el régimen en Moscú.

Sin embargo, la falta de apoyo a Rusia Unida no es el único reto que tiene delante. La oposición ha presentado a sus propios candidatos en alrededor de un tercio de los 45 distritos electorales moscovitas. Algunos de ellos son miembros del equipo de Navalny, otros son políticos liberales, en su mayoría con experiencia municipal. La izquierda tiene su propio candidato en uno de los distritos, Serguéy Tsukásov. Diputado municipal con profundas raíces en la población local, este cuenta con el apoyo de varios grupos de izquierda como el Movimiento Socialista Ruso (MSR), una organización con unas cuantas docenas de miembros de Moscú cuyo activista más conocido, el poeta y músico Kirill Medvédev, también se presentó a las elecciones municipales de hace dos años (aunque sin éxito).

Ante esta coyuntura, las autoridades de la ciudad no tenían muchas opciones. Finalmente han decidido extremar la apuesta: todos los candidatos de la oposición han sido descalificados para participar en las elecciones. Esta medida provocó importantes movilizaciones en la calle, las más numerosas desde 2011-2012. La respuesta fue extremadamente represiva: detenciones masivas y juicios penales. Casi todos los candidatos independientes están actualmente detenidos. Navalny también se halla bajo arresto administrativo. Es muy probable que decenas de personas serán condenadas a penas de prisión. Sin embargo, a día de hoy, las protestas en la calle continúan.

Además, las autoridades no han resuelto realmente su problema electoral. Después de descalificar a todos los candidatos de la oposición, Navalny y otras figuras prominentes han llamado a sus seguidores a votar estratégicamente por el candidato registrado más popular que no se halle en la lista del Kremlin. Irónicamente, en la mayoría de distritos esto supone votar por el candidado del Partido Comunista. Temeroso ante todo de las represalias del Kremlin, este partido ha hecho todo lo posible por distanciarse de los manifestantes, pese a que estos le aportarán decenas de miles de votos al apoyar a sus candidatos. Sin embargo, mientras que el partido como tal permanecerá probablemente profundamente fiel al régimen, algunos de sus candidatos al menos podrán probar la acción política independiente.

Alternativas estratégicas para la izquierda

Las manifestaciones actuales en Moscú comportan ventajas y desventajas para la izquierda. Por un lado, su inmersión en la política municipal de base está en línea con la estrategia y la experiencia de los grupos socialistas de la ciudad en los últimos años. Por otro lado –esto debe quedar claro–, las manifestaciones tienen cierta tendencia de clase. La geografía del voto liberal en Moscú está estrechamente asociada a los precios de la vivienda, y certifica el hecho de que suele ser la clase media la que vota contra Rusia Unida y a favor de candidatos de oposición como Navalny.

Sin embargo, la mayoría de grupos de izquierda han decidido participar en las manifestaciones, incluido el Frente de Izquierda de Serguéy Událtsov, pese a su reciente giro a favor de la izquierda patriótica favorable a la integración de la región ucraniana de Donbass. La razón es sencilla: precisamente gracias a la influencia de la izquierda, el movimiento tiene la posibilidad de ampliar su base social y de este modo resultar más efectivo. En el plano local, la izquierda moscovita denuncia sobre todo las desigualdades de acceso a la educación y la sanidad y la corrupción municipal que contribuye al deterioro de los barrios obreros.

En su afán por alcanzar la condición de ciudad global, el ayuntamiento de Moscú ha invertido mucho dinero en las zonas gentrificadas del centro, pero ha dejado de lado en gran medida el sector público asistencial. En 2014, la implacable reestructuración neoliberal del sistema sanitario de la ciudad provocó protestas masivas, en las que la izquierda pasó a ser una parte importante del movimiento contra la austeridad. Estas experiencias, así como la de la lucha contra la reforma de las pensiones, han configurado la estrategia actual de la izquierda y de la plataforma electoral de Tsukásov.

Como afirma el Movimiento Socialista Ruso en una declaración, “Hoy no solo luchamos por unas elecciones limpias, sino también por la participación de las masas en la política, mediante elecciones, huelgas, concentraciones y todas las formas de autoorganización… La tarea de la izquierda no consiste tan solo en apoyar incondicionalmente al movimiento popular, sino también en introducir en las movilizaciones demandas de justicia social y de eliminación del poder de las grandes empresas. El MSR llama a todas las fuerzas democráticas, a los sindicatos independientes y a los movimientos ecologistas y vecinales a coordinar sus acciones, ampliar la geografía de las protestas y practicar la solidaridad mutua.”

Grietas en la muralla

La crisis política en curso en Moscú no es más que la más reciente manifestación de la creciente debilidad del régimen. El aparato político de la democracia tutelada sufre cada vez más tropiezos. Es más, la oposición ha aprendido a combinar las manifestaciones callejeras con la votación estratégica, obteniendo el máximo efecto político. No obstante, en su debilidad el régimen es más peligroso que nunca antes. No duda en utilizar cualquier grado de intimidación hasta aplastar simplemente toda protesta en vez de tratar de acomodarla. Esta táctica suele mermar la estabilidad y la resiliencia del autoritarismo, aunque a un coste tremendo para los miembros del movimiento de oposición. La lucha en Rusia implica tragedia y dolor, pero sus participantes no pierden la tenacidad ni la esperanza.

21/08/2019

https://jacobinmag.com/2019/08/russia-opposition-repression-vladimir-putin

Traducción: viento sur





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