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En Revista Viento Sur165

plural
Pensar y actuar desde el marxismo hoy
Propuestas feministas para un rearme teórico y estratégico
Julia Cámara y Laia Facet

Las características de la crisis actual, así como el recorrido práctico y teórico de los últimos años, han permitido un diálogo fecundo entre dos de las corrientes teóricas centrales de los últimos dos siglos como son el feminismo y el marxismo. Con una historia de matrimonios y divorcios a las espaldas parece que los últimos años estamos asistiendo a un encuentro entre ambas. En la última década ha proliferado la literatura que dialoga o es deudora de ambas corrientes recuperando, así como superando, algunos de los debates históricos que han marcado su relación. Sin duda, la creciente masividad del movimiento feminista ha contribuido a esto. Y, por otro lado, no revelamos ninguna sorpresa si afirmamos que durante los últimos años se ha producido una renovación del interés académico y activista por el marxismo: proliferan los seminarios universitarios, se reeditan las obras de los pensadores clásicos, etc.

El desorden global y las vivencias de la crisis sistémica en que nos encontramos insertas desde hace más de una década (crisis económica, crisis de legitimidad política, crisis de la reproducción social y crisis de los límites del planeta) han generado una necesidad de entender que no puede ser cubierta por análisis parciales sino que requiere, para ser colmada, de una teoría de la totalidad. El marxismo aparece entonces como esa vieja gran verdad que se abre paso a través de la tan proclamada muerte de los grandes relatos para demostrar, una vez más, su actualidad y precisión como herramienta analítica.

Lejos de tratar de llevar a cabo una aproximación exhaustiva, que por supuesto excedería las posibilidades de este artículo, hemos decidido centrarnos en algunos de los nudos que consideramos centrales y estratégicos para rearmarnos teórica y políticamente en el presente: los debates en torno a la reproducción, el trabajo y la clase, así como una toma de partido sobre cómo entendemos que el movimiento feminista, junto a las luchas ecologistas, están reconstruyendo un nuevo horizonte emancipatorio en medio del caos capitalista.

Los debates sobre la reproducción

En la década de 1970, las feministas de la segunda ola, criadas en la máxima de que lo personal es político, comenzaron a poner el foco en la cuestión de la reproducción. Se trataba de un momento complejo, marcado por la crisis del petróleo y por fuertes ataques contra las conquistas ganadas por la clase trabajadora desde la posguerra. En este marco de desarrollo y posterior consolidación de un nuevo tipo de capitalismo (el neoliberal) se estaba produciendo una transformación sustancial del mercado laboral, del papel del Estado y del reparto de los tiempos y los trabajos, con el consiguiente impacto en los mecanismos de construcción identitaria de género. Si ponemos el foco en los países del Norte global, donde las feministas de la segunda ola estaban actuando y escribiendo, encontramos los siguientes fenómenos entrecruzados:

- Destrucción de empleo en sectores tradicionalmente ocupados por hombres, como la minería o la industria pesada.

- Aumento de la tasa de explotación y reducción generalizada de los salarios, desapareciendo casi totalmente el denominado salario familiar: aquel que permitía a ciertos sectores de la clase cubrir las necesidades vitales del trabajador varón y de su familia, manteniendo a la esposa en el rol de ama de casa.

- Gran entrada de mujeres en el mercado de trabajo, buscando complementar los mermados ingresos del marido con un salario auxiliar y supletorio o bien acceder a su propia independencia vital y económica.

- Rechazo, por parte de sectores no despreciables de mujeres, de la carga impuesta de tareas domésticas, buscando desarrollarse personalmente a través de fórmulas tradicionalmente más vinculadas a la construcción identitaria masculina: carrera profesional, éxitos económicos, etc.

Con el camino abierto por toda la producción teórica ya realizada por la segunda ola en torno a la politización y problematización social de los roles de género, las relaciones de pareja y la cuestión sexual, tuvo lugar una serie de debates que podemos ubicar entre el debate sobre el trabajo doméstico y la problematización de la reproducción. Estos debates partían de varias constataciones que en la actualidad han pasado a formar parte del sentido común feminista, pero que hace cincuenta años estaban empezando a bosquejarse: que el trabajo no remunerado realizado por las mujeres en los hogares es fundamental para la supervivencia social, que la equiparación de trabajo y empleo impide politizar el trabajo doméstico, y que la articulación de la lucha política a través únicamente del conflicto laboral-asalariado deja fuera a partes importantes de la clase, fundamentalmente las mujeres. A grandes rasgos, las inquietudes que motivaron estas reflexiones fueron dos.

Por un lado, tratar de discernir quién era el beneficiario del trabajo no remunerado realizado por las mujeres y cuál era, por lo tanto, el enemigo principal. Para Christine Delphy y las denominadas feministas materialistas, eran los hombres quienes explotaban económicamente a las mujeres a través del contrato matrimonial, configurándose así un modo de producción doméstico autónomo del modo de producción capitalista (Delphy, 1976). Sin embargo, Mariarosa Dalla Costa y otras feministas de formación marxista procedentes de la autonomía defendían que los verdaderos beneficiarios del trabajo doméstico eran los empleadores y el Estado (Dalla Costa, 2009: 21-52). Aunque ambas posturas abogaban por la construcción de un movimiento feminista autónomo, la diferencia política era fundamental: las materialistas conceptualizaban a las mujeres como clase, señalaban la explotación patriarcal como experiencia que unificaba la vida de todas ellas y entendían la lucha contra el patriarcado y contra la clase explotadora (los hombres) como primera tarea; las marxistas reconocían el factor diferencial de la clase social en la vivencia concreta de la opresión de género y, además de defender la autonomía del movimiento feminista, apostaban también por la participación de las mujeres en la lucha de clases (Pérez Orozco, 2014: 49-73).

La segunda inquietud, que preocupó fundamentalmente a aquellas feministas que se definían como marxistas y que coincidían en articular el trabajo doméstico dentro del conjunto del sistema capitalista, tenía que ver con la caracterización de dicho trabajo: ¿era o no era productivo de la mercancía fuerza de trabajo? O lo que es lo mismo: ¿el trabajo doméstico produce (plus)valor? No vamos a entrar en los detalles de este debate, que acabó en ocasiones enredándose en disquisiciones teóricas algo infructuosas, pero es útil nombrarlo porque nos permite comprender de qué manera las feministas marxistas estaban tratando de ampliar el análisis de Marx para incluir la esfera doméstica, concibiendo el trabajo de las mujeres en el hogar como objeto de estudio crítico propiamente dicho.

La aportación más interesante y teóricamente sólida llegaría unos años más tarde, con la publicación de Marxism and the Oppression of Women. Toward a Unitary Theory por Lise Vogel en 1983. Vogel partía de las consideraciones que Iris Young había hecho un par de años antes al señalar cómo el estudio de las relaciones patriarcales como un sistema diferente aunque profundamente interconectado con el capitalismo permitía al marxismo mantener intacto su análisis de las relaciones de producción y tratar la opresión de las mujeres como un simple añadido. Frente a ello, Young defendía la necesidad de conceptualizar la diferenciación de género como un elemento nuclear de la formación capitalista, haciendo un esfuerzo por desarrollar una teoría unitaria de la producción y reproducción capitalistas (Young, 1981). Esta es la tarea que asume Lise Vogel, con dos aportaciones fundamentales que están en la base de sendos desarrollos teóricos del feminismo actual.

En primer lugar, Vogel rompe con las explicaciones funcionalistas que conciben el trabajo doméstico como estrictamente necesario para la reproducción del capitalismo, y plantea que el origen de la opresión de género bajo el capital no es la división sexual del trabajo, sino la necesidad que este tiene de asegurar la reproducción social. Esta teoría de la reproducción social está siendo desarrollada en la actualidad con gran perspicacia por Tithi Bhattacharya (2017) entre otras. En segundo lugar, y respondiendo con esto al debate de los años previos, Vogel sostiene que el trabajo doméstico o reproductivo no es generador de (plus)valor puesto que no produce valores de cambio, sino valores de uso. Esto no le resta importancia social, pero nos permite comprender que, de algún modo, el trabajo reproductivo es un tipo de trabajo especial con características propias. Y en esta evolución del término (trabajo doméstico/trabajo reproductivo) llegamos a uno de los conceptos fundamentales de la corriente actual conocida como economía feminista: el trabajo de cuidados.

La economía feminista recoge, consciente o inconscientemente, la constatación de Vogel de que el trabajo doméstico es un tipo de trabajo diferente de aquel que, realizando aparentemente las mismas actividades y tareas, sí produce valores de cambio que se ofrecen en el mercado. ¿Qué diferencia el trabajo de una cocinera en un restaurante del que esa misma mujer puede realizar en su casa? La respuesta que da la economía feminista es la siguiente: aunque ambos son trabajos reproductivos, el segundo es además trabajo de cuidados. El trabajo de cuidados se entiende como una actividad que se define precisamente a partir de la relación y de la implicación emocional que conlleva; cuando esta misma actividad se realiza en el mercado, pierde esta implicación y pasa a incorporar un tipo distinto de relación humana (la mercantil). La economía feminista redefine el conflicto capital-vida y señala los cuidados como los garantes de la reproducción social. Su apuesta política, como veremos más adelante, no pretende reivindicar ese tipo de actividades tal y como existen actualmente, sino empujar hacia una reorganización de los trabajos y de los tiempos que rompa con las dinámicas de acumulación y ponga la vida en el centro.

Casi cinco décadas de debates en torno a la reproducción han ido asentando algunas ideas, aún simplificadas y desprovistas de su complejidad teórica, en el sentido común feminista: la importancia social del trabajo no remunerado de las mujeres, el recurso al mismo en épocas de crisis, su vinculación con la precariedad femenina y con la pobreza específica de las mujeres, etc. Todo esto es lo que ha salido a flote con las huelgas feministas: la reivindicación de la importancia del rol social y la consciencia del poder político que nos otorga. No se trata de simples movilizaciones sectoriales, sino de procesos que, en su desarrollo, están transformando y actualizando las propias concepciones del trabajo y la clase.

Actualización del concepto de trabajo

Como hemos visto, bajo el neoliberalismo el trabajo ha sufrido una gran transformación a escala mundial que por supuesto no es homogénea a escala internacional ni regional. En el Norte global, sin embargo, esa transformación ha estado marcada las últimas décadas por el fenómeno de la llamada feminización de la fuerza de trabajo, comúnmente utilizado para explicar dos fenómenos distintos pero que a menudo se dan simultáneamente. Por un lado, se ha usado para explicar la entrada masiva de mujeres en el mercado laboral, con las consecuencias ya comentadas y su efecto en los debates del feminismo de los años 70. Pero, por otro lado, el concepto de feminización de la fuerza de trabajo se ha utilizado también para explicar el proceso por el que las condiciones que han vivido históricamente las mujeres de clase trabajadora se generalizan a amplias capas de la masa asalariada más allá de las mismas. La temporalidad, la alta rotatividad, la falta de estabilidad, los salarios complementarios, sectores con una práctica ausencia de derechos laborales formales, trabajo informal y un largo etcétera son las condiciones que hoy configuran la organización del empleo en nuestra sociedad. Por descontado, este proceso a gran escala, además de configurar las formas de explotación, está reconfigurando también las condiciones del trabajo reproductivo y en general de las condiciones de vida y su sostenibilidad.

Estas consideraciones tienen implicaciones tanto teóricas como estratégicas. Estas formas de trabajo, lejos de ser un subproducto precapitalista o un subproducto de formas capitalistas anteriores, son formas constitutivas de un capitalismo que siempre genera márgenes. El trabajo eventual, en negro o informal, entre otras fórmulas, constituye un área de explotación que algunos considerarán que se encuentra en los márgenes del mercado laboral y que sin embargo hoy se ha convertido en la regla que desmonta la excepción. A su vez, se ha dado un proceso de mercantilización de actividades que antes se encontraban en esferas no laborales, aunque siempre constituyeron trabajo en un sentido amplio, como puede ser el cuidado de ancianos o la propia procreación. Sea porque los márgenes ya constituyen la regla o porque lo reproductivo está en fase de mercantilización, podemos constatar que la separación artificial entre lo productivo y lo reproductivo, así como la frontera entre empleo y trabajo de cuidados, se diluye. Quizás esto es lo que ha permitido una expansión teórica en el marxismo contemporáneo del concepto de trabajo que durante mucho tiempo estuvo secuestrado por los sesgos más economicistas.

Además de las implicaciones teóricas, estas consideraciones pueden tener también consecuencias estratégicas. Así, sostenemos que las huelgas feministas y las huelgas de mujeres pueden considerarse una experiencia central para pensar la organización, no solo de las mujeres, sino del grueso de la clase trabajadora. Judith Carreras (2018) recuperaba en un artículo reciente en esta misma revista una cita de Mariana Montanelli, quien expresaba la siguiente intuición que compartimos: “Las perspectivas feministas constituyen un punto de vista privilegiado para analizar las condiciones de explotación contemporánea”. Podríamos añadir que también constituyen un punto de vista privilegiado para experimentar nuevas formas de organización y de lucha.

Tras décadas de sindicalismo de pacto y concertación, el movimiento feminista está permitiendo un proceso de democratización de la herramienta de la huelga que probablemente tenga consecuencias a largo plazo. Los últimos dos 8 de Marzo han permitido a una capa de trabajadoras nada desdeñable hacer y organizar una huelga, en muchos casos, por primera vez en su vida. La autoconfianza, empoderamiento, la experiencia acumulada y las redes establecidas por miles de mujeres pueden suponer un salto cualitativo para el conjunto de la clase solo evaluable con el paso del tiempo. El otro elemento de democratización es la organización de la huelga en trabajos tradicionalmente olvidados por el sindicalismo de concertación, como son los cuidados o el consumo, que sin embargo sí tuvieron importancia en el movimiento obrero de principios de siglo: las huelgas por la carestía de la vida o las de alquileres son un buen ejemplo. En este sentido, la democratización de la huelga permite experimentar esta herramienta en los márgenes del mercado laboral que comentábamos anteriormente y refuerza la idea de que esas actividades son también y sobre todo trabajo.

Actualización del concepto de clase

El retorno de la cuestión de clase ligado a todo lo que venimos contando encierra, sin embargo, fantasmas que es necesario atajar incorporando las apreciaciones que desde el marxismo crítico, pero también desde el pensamiento antirracista y el feminismo, se ha hecho sobre el concepto. De cualquier otro modo, nos encontraremos reproduciendo debates estériles sobre el sujeto mítico, absoluto e incuestionable de la lucha de clases, de dudosa existencia material y difícilmente historizable, que demuestran ser mucho más fetiche estético que comprensión de las dinámicas sociales y que acaban inevitablemente enfrentados a las luchas reales. Pero si entendemos, por el contrario, que la clase es siempre el resultado del proceso de luchas y que no existe de manera aislada sino en función de su relación de antagonismo con la otra clase (o lo que es lo mismo: que la lucha de clases precede a la clase y que la clase y la conciencia de clase son siempre las últimas y no las primeras fases del proceso real histórico –Thompson, 1984–) entonces las posibilidades que se abren son múltiples y fecundas.

La formulación histórica o heurística de clase que propone Thompson, además de diferenciarse de una visión estática tremendamente problemática en su aplicación política, encaja con las ideas desarrolladas por las teóricas de la reproducción social y nos permite comprender uno de los aspectos fundamentales del feminismo marxista con el que nosotras nos identificamos: la constatación de que la clase se articula de maneras específicas en la realidad concreta, de que los procesos de acumulación se despliegan a través de mecanismos de género, raza, etc., y de que estos fenómenos no pueden desligarse de la experiencia de la desposesión porque constituyen su propio núcleo. No existe un capitalismo ciego al género o a la raza, del mismo modo que no existe la clase desgenerizada o desracializada. La perspectiva material aportada por el feminismo nos permite así comprender el modo en que las diferentes vivencias clasistas (explotado o explotador) se encarnan en cuerpos concretos e históricamente situados, proporcionándonos una visión global del desarrollo de la lucha de clases.

Resulta evidente que esta interpretación nos aleja de aquellas teorías que, proclamándose también marxistas, parten de una concepción estática de la clase, dada ya a priori de la experiencia histórica, donde el género o la raza son añadidos que desvirtúan o modifican el sujeto mítico original. Pero por otro lado, lo que aquí proponemos nos delimita también de las lecturas posmodernas de la interseccionalidad que se limitan a “sumar opresiones”, manteniéndolas como sistemas distintos que se entrecruzan o entremezclan en el espacio (Ferguson y McNally, 2017). Integrar en un marco analítico unitario fenómenos como el racismo o el heterosexismo nos permite no solo afirmar, siguiendo a Himani Bannerji (2005), que el todo es más que la suma de las partes, sino también poner el foco en la influencia que esto tiene en la construcción histórica de la clase.

El enorme auge del movimiento feminista vivido durante los últimos años en todo el mundo y la discusión en torno a la irrupción o no de una tercera ola han puesto en el centro los debates en torno a la clase. ¿De qué modo este movimiento de masas se relaciona con la lucha de clases?, preguntan algunas voces. Nosotras sostenemos que este interrogante está mal planteado, pues parte de la noción estática de clase y no es capaz de comprender el feminismo más que como un añadido externo. El recurso a la herramienta de la huelga, la centralidad de las luchas por la reproducción social, la aspiración a comprender los procesos de producción y reproducción como un todo integrado, y su funcionamiento como vector de politización y radicalización de masas, hacen que esta tercera ola feminista sea, en sí misma, proceso de subjetivación de clase. Y esto es así porque a escala mundial el movimiento feminista está redefiniendo los antagonismos y constituyéndose en lucha de clases feminista (Arruzza, 2018). La potencialidad de las mujeres para cumplir este papel en el actual momento histórico no depende de ninguna identidad esencial, sino que parte de nuestro rol en el proceso de reproducción social, que hace que nuestros intereses coincidan con los intereses de la humanidad (Facet, 2017).

A quien cuestione esta evidencia basándose en la supuesta parcialidad o en lo insólito del fenómeno, las feministas le decimos que “ningún modelo puede proporcionarnos lo que debe ser la verdadera formación de clase en una determinada etapa del proceso. Ninguna formación de clase propiamente dicha de la historia es más verdadera o más real que otra, y la clase se define a sí misma en su efectivo acontecer” (Thompson, 1984: 38-39).

Apuntes para un rearme emancipatorio

Sigue siendo cierto aquello de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, lo que no es más que una manera muy gráfica de expresar el derrumbamiento de un horizonte emancipatorio tras la derrota del siglo XX. Sin embargo, las reflexiones ecosocialistas junto a las experiencias y reflexiones feministas, empiezan a reconstruir un horizonte emancipatorio. Un horizonte aún lejano que mantiene continuidades y discontinuidades con las experiencias revolucionarias y emancipatorias del siglo XX y que constituye también un terreno de disputa con fracciones de las clases dominantes que buscan construir una agenda propia en clave feminista y ecologista en un intento de suturar la crisis de gobernanza neoliberal.

Conscientes de los peligros de las tentativas neoliberales, hay que rastrear cuáles son los elementos con más potencialidad del nuevo ciclo de movilizaciones que se ha abierto camino en los últimos años. Reflexionar de qué modo el feminismo está permitiendo recuperar consignas como el reparto de los trabajos –esta vez en plural–, la rebaja drástica de la jornada laboral ligada a la socialización del trabajo reproductivo, repensar cuáles son los trabajos socialmente necesarios, pero también qué actividades económicas deben cesar por ser destructivas para las personas o el planeta, etc. Ante la irracionalidad capitalista y el derroche de recursos y energía humana que este genera, debemos apostar por una reorganización de los trabajos en clave ecosocial y feminista. Esta es una tarea fundamental en la fase que nos encontramos. Los procesos de acumulación y la crisis de la gobernanza neoliberal han abierto un nuevo ciclo virulento y en muchos casos violento que busca redefinir los mecanismos de explotación, dominación y opresión. Disputar esa redefinición será clave para su desenlace.

Julia Cámara es historiadora, activista feminista y forma parte de la redacción de la web de viento sur.

Laia Facet es activista feminista y militante anticapitalista

Referencias

Arruzza, Cinzia (2018) “De la huelga de las mujeres a un nuevo movimiento de clase”, viento sur, 161, pp. 54-61.

Bannerji, Himani (2005) “Building from Marx: Reflections on class and race”, Social Justice, 32, 4, pp. 144-160.

Bhattacharya, Tithi (2017) Social reproduction theory: Remapping class, recentering oppression. Londres: Pluto Press.

Carreras, Judith (2018) “¿Puede ser el feminismo un revulsivo sindical?”, viento sur, 161, pp. 71-82.

Dalla Costa, Mariarosa (2009 [1972]) “Poder femenino y subversión social”, en Mariarosa Dalla Costa, Dinero, perlas y flores en la reproducción feminista, Akal, Madrid.

Delphy, Christine (1976) The main enemy, Women’s Research and Resource Centre.

Facet, Laia (2017) “Mujeres: sujeto estratégico”, https://vientosur.info/spip.php?article12902

Ferguson, Sue y McNally, David (2017) “Social reproduction and intersectionality: an interview”, https://marxismocritico.com/2017/10/17/social-reproduction-beyond-intersectionality/

Pérez Orozco, Amaia (2014) “Del trabajo doméstico al trabajo de cuidados”, en Cristina Carrasco (ed.), Con voz propia. La economía feminista como apuesta teórica y política, viento sur-La Oveja Roja, 2014.

Thompson, Edward Palmer (1984) “¿Lucha de clases sin clases?”, en E. P. Thompson: Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Crítica, Barcelona, pp. 13-61.

Young, Iris (1981) “Beyond the unhappy marriage: A critique of the dual system theory”, en Lydia Sargent, Women and revolution. A discussion on the unhappy marriage of Marxism and feminism, South End Press, pp. 43-69.





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