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Estado español
Una investidura fallida, por ahora
02/08/2019 | Ricardo Martín Santos
“La izquierda útil es la que gana, sirve a la gente y cambia las cosas. ¿De qué sirve una izquierda que pierde incluso cuando gana? Porque gobernar es eso, ser útil a la ciudadanía” (Pedro Sánchez, debate de investidura)

Mucho se ha especulado y se sigue especulando sobre los intereses de cada actor en liza en el proceso de investidura de un gobierno liderado por el PSOE. El fracaso de la investidura de Pedro Sánchez en el Parlamento los días 23 y 25 de julio -como consecuencia de las fallidas negociaciones con Unidas Podemos para formar un gobierno de coalición- ha multiplicado las interpretaciones junto a las informaciones exhaustivas de las mismas. Esta es ya la investidura de gobierno más posmoderna del siglo XXI en España, radiada en tono sociedad del espectáculo, donde no importa tanto el sentido de la misma, sino tan sólo los pormenores de la negociación en sí que son las peleas por mejorar la posición de cada cual. Por eso, se impone ahora la pelea por el relato en los medios acerca de a quién corresponde mayor culpa por el fracaso, si a un PSOE que no ha querido negociar o a un Podemos que exigía demasiado. La frustración campa en el seno del pueblo de izquierda, lleno de reproches a los dos partidos, por no haberse puesto de acuerdo en un gobierno progresista, ¡todo por un dichoso ministerio!, y abrir de nuevo la puerta a la amenaza de un gobierno ultra de derechas.

En los foros de izquierda y en las redes sociales, se implora por el entendimiento y el acuerdo antes de volver a unas elecciones que todo el mundo da por supuesto que serían letales para la izquierda. Desde la dirección de Podemos se sigue ofreciendo mano tendida al PSOE para negociar, mientras el PSOE dice que, aunque “ese gobierno de coalición ha sido rechazado y rechazado queda”, pide explorar la vía de un acuerdo programático. La interpretación de la gente de Podemos y su entorno es que el PSOE nunca ha querido que UP entrara en el gobierno, que su preferencia es un pacto con Ciudadanos, y que las presiones de las élites han acabado por frustrarlo definitivamente. Pareciera que ese gobierno progresista está lejos de hacerse realidad, principalmente por el enconamiento de un PSOE que no quiere compartir gobierno con Podemos y busca a Ciudadanos. Pero, en realidad, está más cerca de producirse de lo que pareciera si Podemos acaba aceptando su papel, tal como se intuyó en la última oferta de Pablo Iglesias a la desesperada renunciando al ministerio de empleo.

Gobierno = ser una fuerza subsidiaria

Cierto es que la vía más recta y fácil para la estabilidad del régimen sería un acuerdo vía abstención de Ciudadanos, pero eso ahora no es posible porque sería cuadrar demasiados círculos. El primero de ellos desbarataría la estrategia de restablecimiento del PSOE en la izquierda pactando con un Cs que a día de hoy tiene un pacto de extremo españolismo constitucional con el PP y VOX en diferentes gobiernos municipales y autonómicos. El segundo círculo dificultaría esa misma estrategia del bloque de la derecha que está embarcada en una guerra cultural por redefinir el significado del constitucionalismo y los límites de lo legal: libertad total de mercado contra cualquier aspiración colectiva y defensa a ultranza de la unidad española para laminar la existencia de nacionalismos históricos. El tercer círculo pondría coto al desarrollo de Ciudadanos si finalmente debe liderar el bloque de la derecha, tal como una parte del régimen prevé si el PP se acaba desestructurando tocado por graves casos de corrupción. En consecuencia, la abstención de Cs desordenaría un nuevo marco político de un bloque derechizado con Vox a la vanguardia, que ha permitido restablecer al PSOE como el elemento central a su izquierda. Digamos que si el PSOE se juntara con la derecha sería demasiado obvio. Si el taimado Pedro Sánchez insiste en la abstención a PP y C’s es para revivir de manera descarnada este nuevo marco y recordar de paso a Podemos y demás fuerzas del cambio que habría otras posibles componendas.

Entonces, el problema para el PSOE, y por extensión para las élites, no es que UP esté en el gobierno, el problema de fondo es cómo disciplinar a Podemos, hacerlo transigir con el régimen y doblarle el pulso. Tanto el PSOE como el bloque de poder del régimen son conscientes de que no hay mejor manera para debilitar a una fuerza popular alternativa que hacerla sufrir con la gobernabilidad y las razones de Estado, tensionarla hasta casi hacerla quebrar con la maquinaria neoliberal europea, o hacerla gestora de lo real frente a sus principios. Syriza en Grecia o el caso de la Rifondazione Comunista en Italia muestran que no hay mejor procedimiento que éste para su adaptación a la maquinaria de estado. El objetivo es que Podemos esté en el gobierno, pero no como fuerza de vanguardia, como desean, sino como fuerza subsidiaria.

Por eso, toda la estrategia del proceso de las negociaciones de investidura por parte del PSOE ha ido encaminada a reducir el peso político de UP en el futuro gobierno y dejarle un estrecho margen de maniobra. Al negarles la entrada argumentando que no son fiables para el estado, que quieren desequilibrar la economía eliminando las reformas económicas, haciendo peticiones imposibles como intervenir en el sistema financiero, o no siendo constitucionalistas, es decir, suficientemente españolistas, en el tema catalán, han puesto a Podemos en la tesitura de tener que ir renunciando a cosas de fondo si querían entrar en el gobierno. Ya partían de una renuncia al decir que UP aceptaría el resultado de las elecciones y que no pedirían cosas imposibles, como tocar cuestiones de Estado, pero a lo largo de la negociación hemos visto como se está dispuesto a renunciar a cuestiones como Catalunya, la deuda bancaria, hacienda, trabajo, con tal de llegar al gobierno.

Una humillación en directo

En el debate de investidura pudimos asistir en directo a la humillación que el PSOE propinaba a Podemos a causa de la negociación. Las intervenciones de Pedro Sánchez destilaban desprecio a su supuesto aliado, al que no sólo le acusó de querer en exclusiva sillones sin importar el programa y sin tener experiencia alguna, sino ninguneándolos pidiendo a la bancada de la derecha la abstención. O vimos como el propio Iglesias relataba con tristeza las ofertas del PSOE en cuanto a ministerios: nada. "Señor Sánchez, ¿qué nos han ofrecido? Explíquelo a la Cámara a ver si les parece que es algo más que decorativo". Una humillación que tenía mucho de saldar las cuentas del PSOE a Podemos por habérselo hecho pasar mal con el sorpasso, pero que también muestra dónde sitúa el PSOE a Podemos: como un enemigo al que hay que destruir a toda costa porque de ello pende su supervivencia. Es evidente que una fuerza, todavía popular, que apuesta por políticas significativas para la gente y que cuestiona el consenso económico y social del régimen del 78 no es aceptable por ese mismo régimen que sea la izquierda de gobierno.

La humillación del PSOE formaba, pues, parte de la estrategia de situar a Podemos en una posición subalterna a la hora de entrar en el gobierno. Y por lo que vimos en la segunda ronda del debate de investidura, parece que dicha táctica está dando sus frutos. Pablo Iglesias aceptaba la última oferta del PSOE de una vicepresidencia social y tres ministerios casi sin competencias a cambio de incluir las políticas activas de empleo, renunciando con ello al ministerio de empleo para no inquietar demasiado a la CEOE. El PSOE se frotaba las manos, pero no era aún el momento de acordarlo. Con la investidura fallida, el reparto de culpas en los medios y la gente frustrada ante la imposibilidad de un gobierno progresista, es el momento de seguir presionando a Podemos para rebajar sus expectativas y situarlo justo donde debe estar antes de aceptar ese gobierno. Así que, si Podemos quiere entrar en el gobierno, sólo será en una posición subalterna. El problema es que parece estar dispuesto.

La insistente táctica de Podemos

Y precisamente, la táctica de pedir con insistencia, y casi de manera obsesiva, entrar en el gobierno está siendo pésima para los intereses de Podemos. Está brindando al PSOE ganar la partida. En vez de enfrentar la gobernabilidad sobre el cómo y el para qué de un gobierno para la gente, la dirección de Podemos ha reducido todo a un debate sobre los sillones y puestos en el gobierno, permitiendo con ello que le imputen estar sólo pendiente del poder. Ha regalado el marco perfecto para rebajar el debate político sobre el contenido del gobierno, su carácter de transformación y con ello sus expectativas en ese gobierno. Expectativas, por otro lado, bastante reducidas sabiendo el funcionamiento de un gobierno. No se sostiene el argumento de la dirección de Podemos de que deben estar en el gobierno para obligar al PSOE a hacer las políticas pactadas porque el gobierno es por definición un órgano colegiado donde sus miembros no hacen lo que ellos quieren, sino que dirigen sus departamentos ministeriales dando cuenta de ello ante el presidente del gobierno, que es quien los ha nombrado y en el que recae todo el peso político. O sea, que, en el mejor de los casos, los y las supuestas ministras de Podemos estarían en minoría en un órgano colegiado donde no podrían nunca imponer su palabra por encima de quien tiene todo el poder político. Cierto es que disponen de cierta maniobra, pero no como para imponer las políticas o cómo se desarrollará lo pactado.

Por eso, lo que extraña en todo este proceso no es la estrategia del PSOE, sino la estrategia de Podemos de querer compartir gobierno en franca minoría y debilitado con un partido que no es tu aliado. Los gobiernos del PSOE son por definición los gobiernos del No se Puede, cuya lógica de fondo es frenar toda aspiración popular de avance social y económico para proteger el núcleo central del régimen que tanto beneficia a las élites. A cambio, ofrecen una especie de contrato social que garantiza ciertas condiciones vitales y la extensión de ciertas libertades civiles. Un gobierno con el PSOE dirigiéndolo nunca será un gobierno de transformación social ni política. Más bien, volverá a ser un gobierno del No se Puede frustrando toda posibilidad de cambio y ahogando cualquier alternativa por su izquierda. Será la demostración de que no es posible rebasar el techo del régimen con su consiguiente frustración popular. Lacoexistencia de Podemos en ese gobierno sólo redundaría en la institucionalización de la organización y acabaría definitivamente con su carácter popular.

El problema es que, con una gran probabilidad, Podemos estará en ese gobierno. La dirección de Podemos anhela estar en el gobierno acuciado por un doble motivo. Uno para tratar de salvar su posición debilitada como fuerza emergente y hacer ver que Podemos ha servido para algo gobernando por fin. La presión de la utilidad gobernista hace que Podemos escoja la vía más fácil y consume el deseo último de la clase media: ascender en el estatus social. El otro motivo, para fortalecerse frente a las otras fracciones de las fuerzas del cambio. Iglesias y su dirección necesitan hacerse fuertes en el gobierno para disputar la guerra por el espacio con Errejón, los Anticapitalistas y demás. Y el PSOE ha olido la sangre comprendiendo que ese afán por cargos es el mejor sitio para adaptar a Podemos y acabar definitivamente con la alternativa que surgió tras el 15M. Preparados debemos estar, pues, para este escenario.

Concluyo con la pregunta irónica que se hacía el candidato a la presidencia: ¿para qué sirve una izquierda que pierde incluso cuando gana? Bien valdría que la dirección de Podemos reflexionara sobre la profundidad de esta frase, porque eso es lo que el PSOE ha querido siempre, que ganado un gobierno la gente pierda toda posibilidad de cambiar nada.

Ricardo Martín Santos es militante de Anticapitalistas.





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