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En Revista Viento Sur164

plural 2
Diez tesis sobre la economía feminista (o sobre el antagonismo entre huelga y finanzas)
Luci Cavallero y Verónica Gago
“Tiemblan los Chicago Boys. Aguanta el movimiento feminista” (grafitti en el frontis de la Universidad Católica de Chile, 2018)

La economía feminista que nos interesa implica una redefinición, desde los cuerpos y territorios en conflicto, de lo que es trabajo y expropiación, de los modos de hacer y resistir comunitarios y feminizados, de las innovaciones populares en la crisis. Escribimos desde la experiencia de ser parte de la organización de la huelga feminista que desde 2016 impulsa lo que caracterizamos como un movimiento masivo, radical y transnacional. En esta dinámica arraigamos las tesis que aquí sintetizamos, para desplegar una perspectiva ampliada y radical de la economía como crítica de la economía política y para seguir tejiendo conversaciones e intercambios. La premisa, entonces, es que la potencia conceptual está vinculada a la fuerza del movimiento, abriendo disputas concretas a partir de la herramienta de la huelga como proceso político de larga duración. Esto produce un punto de vista simultáneo desde la resistencia a la expropiación, desde la insubordinación al trabajo y desde la desobediencia financiera.

Los paros internacionales de mujeres, lesbianas, trans y travestis permitieron debatir y visibilizar un mapa de la heterogeneidad del trabajo en clave feminista. Se impulsó, desde los feminismos, un método de lucha a la altura de la composición actual de lo que llamamos territorios y cuerpos en conflicto, partiendo desde las luchas contra los despojos neoextractivistas y desde el trabajo migrante, precario, barrial, doméstico, comunitario. En ese movimiento se produjeron elementos también para leer de modo nuevo el trabajo asalariado y, aún más, la dinámica sindical.

El paro feminista ha tomado en serio también otra pregunta: ¿cómo se hace huelga y sabotaje contra las finanzas en la medida que expresan la forma de mando hegemónica del capital contemporáneo? Agregar la dimensión financiera nos permite mapear los flujos de deuda y completar los circuitos de la explotación en sus formas más dinámicas, versátiles y aparentemente invisibles. Entender cómo la deuda extrae valor de las economías domésticas, de las economías no asalariadas, de las economías consideradas históricamente no productivas, permite captar los dispositivos financieros como verdaderos mecanismos de colonización de la reproducción de la vida. Y, desde aquí, trazar su conexión con las lógicas de explotación y extracción que caracterizan la valorización del capital hoy.

Tesis 1. Explotación y diferencia

La economía feminista es la que permite comprender las formas específicas de explotación de las mujeres y los cuerpos feminizados en la sociedad capitalista. Para eso –y por eso– amplía la noción misma de economía, incluyendo desde la división sexual del trabajo a los modos de opresión del deseo. Poder percibir, conceptualizar y medir un diferencial en la explotación de las mujeres, lesbianas, trans y travestis es el primer objetivo. Se trata de algo mucho más extenso que contabilizar las actividades realizadas por mujeres y cuerpos feminizados. Y esto se debe a que un segundo objetivo de la economía feminista –la que se postula como crítica a la economía política y no como reivindicación de cuotas en el mundo competitivo neoliberal– consiste en desacatar, subvertir y transformar el orden capitalista, colonial y patriarcal. En este contexto es en el que hay que situar hoy la pregunta por el diferencial de explotación. Y esta pregunta tiene como punto de partida el lugar concreto de inicio de ese diferencial: la reproducción.

La economía feminista no centra su análisis en cómo se organiza la acumulación de capital, sino en cómo se organiza y garantiza la reproducción de la vida colectiva. Así, la dinámica de la reproducción social queda evidenciada como la condición de posibilidad primera que, sin embargo, el capital invisibiliza, jerarquiza y explota. La pregunta que hace brillar la economía feminista es entonces por qué el ocultamiento de la reproducción es la clave de los procesos de valorización en términos capitalistas.

El trabajo de Silvia Federici (2004, 2018) pone coordenadas fundamentales desde una relectura de Marx y desde una experiencia política de los años 70 centrada en la lucha de las mujeres contra el trabajo doméstico, es decir, contra el rechazo a su carácter obligatorio y gratuito. También en los años 70, Angela Davis (2005) discutió desde el movimiento negro la universalidad de la figura del ama de casa: esas mujeres encerradas en sus hogares daban cuenta del estatus solo de algunas al mismo tiempo que se universalizaba un modelo de feminidad. La experiencia en el mercado de trabajo de las mujeres negras, que historiza Davis, no deja de ser también una reflexión sobre el carácter servil que había tomado el trabajo doméstico después de que las mujeres fueran despojadas de su carácter de expertas trabajadoras durante la época colonial, en una economía que tenía base en el hogar pero que no se reducía a él. En América Latina hay numerosas contribuciones que ponen de relieve el carácter colonial al que está asociado históricamente una lectura de la reproducción. Por citar solo un trabajo-referencia: en Bircholas: trabajo de mujeres: explotación capitalista u opresión colonial entre las migrantes aymaras de La Paz y El Alto, la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui hace aportes fundamentales para pensar la colonialidad de los trajines entre reproducción y producción. En todo caso, también quisiéramos añadir que en nuestro continente esta perspectiva práctica presenta una sensibilidad especial para conectar con la economía que explota las fronteras entre la legalidad y la ilegalidad, especialmente a través del cuerpo de las mujeres: la maquila es uno de los escenarios predilectos y pioneros de este análisis (Monárrez, 2009).

Estas perspectivas son nuevamente insumos de discusión hoy, en un campo de debates que se vuelve estratégico por la expansión e internacionalización de las luchas feministas. Raquel Gutiérrez Aguilar (2017) pone el eje en la reproducción de la vida desde las “luchas por lo común”. Federica Giardini y Anna Simone (2018) conceptualizan un “paradigma de la reproducción” como aquel que permite analizar conjuntamente “dominio y explotación”. Precarias a la deriva hace varios años y ahora, prolongando esas reflexiones, Cristina Vega y Marta Malo (2018) interrogan el concepto de reproducción en relación a las cadenas globales de cuidados. Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser (2018) apuntan que son las luchas que se dan en el ámbito de la reproducción donde se encuentran las claves de la resistencia al capitalismo en su forma contemporánea. Estas son algunas de las entradas de un debate que tiene genealogías diversas, pero que comparten una preocupación de intervención política y una proximidad con movimientos sociales. Aquí queremos discutir algunos elementos que torsionan el concepto de reproducción desde interrogantes abiertos por la huelga feminista.

Tesis 2. La crisis como origen:
la reproducción más allá de lo doméstico

Queremos proponer un concepto de reproducción que surge por la vía de la politización de las tareas reproductivas que se desconfinan del hogar por causa de la crisis. Esto implica que esas labores se derraman sobre un terreno social ampliado y logran un nuevo prestigio social que es encarnado en liderazgos feminizados que disputan su reconocimiento en términos tanto de dinero como de autoridad territorial.

Esto nos lleva a una breve genealogía. En la crisis argentina que estalla en 2001, fueron las mujeres las que realizaron un gesto fundante: se hicieron cargo de producir espacios de reproducción de la vida en términos colectivos, comunitarios, frente al devastamiento que causaba la desocupación especialmente entre los varones, declinantes en sus figuras de jefes de hogar proveedores. El alcoholismo y la depresión eran una postal recurrente de muchos desalojados de sus empleos de un día para otro. La conformación de los movimientos de desocupadxs implicó, en este sentido, dos cosas decisivas. Por un lado: la politización de las tareas de reproducción que se extendieron al barrio, saltando las barreras del confinamiento doméstico. El trabajo de reproducción fue capaz de construir la infraestructura necesaria para que el momento del corte de ruta pudiese realizarse, desplazando espacialmente el piquete de la entrada de la fábrica a las vías de comunicación. Por otro, esos movimientos evidenciaron la naturaleza política de esas tareas en la producción de un valor comunitario capaz de organizar recursos, experiencias y demandas que impugnaban de hecho la categorización de la exclusión. En ese gesto desafiaron, en la práctica, la reproducción del hogar entendido como ámbito privado e invistieron el territorio como nueva fábrica social.

Tesis 3. Del salario al subsidio: crisis del patriarcado del salario

En esta politización de la reproducción social entendida como desconfinamiento doméstico hay que marcar una secuencia fundamental: el pasaje del salario al subsidio.

En Argentina, la masificación de los subsidios sociales se produce como intento gubernamental de respuesta a la crisis, a la vez que su conquista está determinada por la fuerza de los movimientos sociales capaces también de negociar su contraprestación. Esto no significa que el salario deje de existir, sino que es cada vez mayor la cantidad de personas que deben procurarse prosperidad sin dar por sentado el privilegio del salario como ingreso principal. Y es esta realidad, emergente de la crisis, la que se estabiliza con las economías populares, sistematizando un nuevo paisaje de microeconomías proletarias (Gago, 2014).

En este sentido, las economías populares son un prisma privilegiado para leer la crisis del patriarcado del salario. Esto no significa el fin del patriarcado, por supuesto, pero sí la descomposición de una forma específica de estructuración del patriarcado.

El pasaje del salario al subsidio da cuenta de la desestructuración de la autoridad masculina que se produce al perder el salario como medida objetiva de su poder dentro y fuera del hogar (siendo lo que marca justamente esa frontera espacio-temporal), teniendo como efecto el declive de la figura de proveedor. Al entrar en crisis la figura patriarcal como estructuradora de relaciones de subordinación al interior de la familia, acude a formas de violencia sin medida, especialmente dentro de los hogares para intentar confirmarse y actualizarse. De aquí la relación intrínseca entre violencia llamada doméstica (y el aumento de feminicidios como su expresión más extrema) y su conexión con la reestructuración de las formas de explotación (Gago, 2017).

Tesis 4. La huelga feminista: cruce práctico entre economías populares y economía feminista

Las economías populares como tramas reproductivas y productivas expresan un acumulado de luchas que abrió la imaginación de la huelga feminista. Por eso es que en Argentina la huelga feminista logra desplegar, problematizar y valorizar una multiplicidad de labores desde un mapeo del trabajo en clave feminista en la medida que se vincula con la genealogía piquetera.

Con la dinámica de organización de las huelgas feministas, en las economías populares suceden dos procesos. Por un lado, la politización de los ámbitos reproductivos más allá de los hogares funciona como espacio concreto para elaborar la ampliación de los trabajos que la huelga valoriza. Por otro, la perspectiva feminista sobre estas tareas permite evidenciar el conjunto de mandatos patriarcales y coloniales que las naturalizan y, por tanto, que habilitan las lógicas de explotación y extracción sobre ellas. La huelga feminista, al poner en marcha una lectura desde el desacato a la inscripción de las labores reproductivas en términos familiaristas, desafiando el suplemento moral permanente que imprimen los subsidios sociales, provee un cruce entre economía feminista y economía popular que radicaliza ambas experiencias.

Así, el feminismo a través del proceso político de la huelga se hace cargo del problema de la redefinición de la explotación y extracción de valor y, por tanto, de la redefinición misma de la noción de clase. Lo hace poniendo en evidencia la heterogeneidad de tareas no reconocidas que producen valor, impugnando la jerarquización y división que hace el salario entre trabajadorxs y desocupadxs y desobedeciendo la invisibilización y moralización de los cuerpos feminizados que construyen territorio doméstico más allá del hogar.

Tesis 5. La reproducción en relación a los procesos de despojo

La reproducción social derramada hacia los territorios populares y comunitarios aparece subsanando y reponiendo y, al mismo tiempo, criticando el despojo de infraestructura pública. Las economías populares construyen hoy infraestructura común para la prestación de servicios llamados básicos, pero que no son tales: desde la salud a la urbanización, desde la electricidad hasta la educación, desde la seguridad a los alimentos. La huelga feminista pone en debate el aprovechamiento conservador de ese desplazamiento de lo doméstico a la fábrica social del territorio.

Las economías populares, como trama reproductiva y productiva conectada con la huelga feminista, cuestionan las formas concretas de precarización de las existencias en todos los planos y muestran el nivel de desposesión en los territorios urbanos y suburbanos, que es la realidad que impulsa y habilita nuevas formas de explotación y extracción de valor. Pero también impugna el intento filantrópico y moralizante de codificar esas labores en términos de servilismo, naturalización y biologización. Así, por un lado, visibiliza una conflictividad concreta que emerge por los despojos y pone en primer plano quiénes son las que realizan estos trabajos comunitarios que producen valor. Esto es un punto clave para pensar la espacialidad de la reproducción y su relación con la producción. Por otro, alerta y denuncia el aprovechamiento moralizador que se enjambra con esta misma crisis reproductiva. Acá surge una clave fundamental: las bases de convergencia entre neoliberalismo y conservadurismo. O, en palabras de Judith Butler (2019), las iglesias funcionan como “complemento moral y racionalidad de la desposesión”.

Tesis 6. Las finanzas colonizan la reproducción de la vida

Hoy el hecho mismo de vivir produce deuda. Y ahí aparece una imagen invertida de la productividad misma de nuestra fuerza de trabajo, de nuestra potencia vital y de la politización (valorización) de las tareas reproductivas. La huelga feminista que grita “¡libres, vivas y desendeudadas nos queremos!” logró discutir las finanzas en términos de conflictividad y, por tanto, de autodefensa de nuestras autonomías. En esa clave es necesario visibilizar el endeudamiento masivo aterrizado en las economías populares feminizadas como una contrarrevolución cotidiana.

Las finanzas invaden cada vez más ámbitos no financieros. Se ha escrito sobre la financiarización de la vida cotidiana (Martin, 2002); sobre la financiarización de los derechos sociales (Crouch, 2009) y sobre la financiarización como motor de las expulsiones (Sassen, 2015). Nos interesa en particular cómo las finanzas invaden los territorios de la reproducción social siendo parte de un extractivismo ampliado (Gago y Mezzadra, 2018).

En América Latina, lo que las finanzas leen e intentan capturar es la dinámica de sujetxs ligados a la estructuración de nuevas formas laborales, emprendedoras, autogestivas que surgen en los sectores populares y empobrecidos en paralelo a su condena como poblaciones sobrantes o excedentes. Las finanzas se aterrizan en territorios subalternos y desconocen las categorías políticas que hablan de excluidos, marginales o poblaciones superfluas para categorizar e incluir, ellas mismas, a aquellxs que quedan fuera del mundo asalariado y el mercado formal. Las finanzas reconocen y explotan una trama productiva no asalariada, fuertemente feminizada, en cuyo interior las formas de contratación son variadas e incluyen al salario informal y los subsidios estatales. La relación entre inclusión, dinero y barrios periféricos promueve una retórica opuesta a la austeridad y logra unificar inclusión y explotación bajo dispositivos financieros, relanzando un nuevo imaginario del desarrollo.

Hoy vemos cómo las finanzas han construido una red capilar capaz de, por un lado, proveer financiamiento privado y carísimo para resolver problemas de la vida cotidiana, derivados del ajuste y la inflación, y, por otro, estructurar la temporalidad de una obediencia a futuro, culpabilizando e individualizando la responsabilidad de unos despojos que han vaciado los territorios de infraestructura (de la salud a los servicios de agua, pasando por la provisión de alimentos). De este modo, el endeudamiento generalizado amortiza la crisis que recae especialmente sobre los cuerpos feminizados.

No es casual que, tras la dinámica de la huelga, una de las propuestas gubernamentales principales sea redoblar la inclusión financiera de las mujeres para que todas creamos que podemos ser empresarias si logramos endeudarnos (¡aún más!). Aquí vemos cómo las formas de explotación financiera pretenden ser encubiertas con la idea de inclusión financiera, especialmente dirigida a las mujeres entendidas como naturales emprendedoras. La farsa de la inclusión a través de las finanzas supone imponer la idea de que devenir empresaria de una misma es el ideal al que todas aspiramos y que los bancos apoyan. La empresaria es la figura complementaria a la víctima. Los dos lugares propuestos como subjetivación por el neoliberalismo que se quiere lavar de rosa. La respuesta feminista es un rechazo: no somos ni víctimas ni emprendedoras.

Tesis 7. Contra el extractivismo financiero, una lectura feminista de la deuda

Una lectura feminista de la deuda supone sacarla del clóset. Desconfinarla, desprivatizarla y ponerle cuerpo, voz y territorio y, desde ahí, investigar los modos de desobediencia que se están experimentando. Sacar del clóset a la deuda es un movimiento político contra la culpa, contra la abstracción de la dominación que quieren ejercer las finanzas y contra la moral de buenas pagadoras con que se propagandiza a los cuerpos feminizados como sujetxs responsables predilectos de la obligación financiera.

La economía feminista que nos interesa aborda las finanzas como formas de guerra contra nuestras autonomías. Una lectura feminista de la deuda implica, también, detectar cómo la deuda se vincula a las violencias contra los cuerpos feminizados. La estructura del endeudamiento masivo que, al menos en nuestro país, lleva más de una década es lo que nos da pistas de la forma actual que se intenta dar a la crisis: como responsabilidad individual, como incremento de las violencias llamadas domésticas, como mayor precarización de las existencias, como oportunidad de intensificación neoextractiva. En particular, el extractivismo financiero que pone en práctica el endeudamiento, especialmente dirigido a las economías populares feminizadas, se fortalece, como dijimos, como contrarrevolución cotidiana. Extrae valor del mismo plano de la reproducción social donde la revolución feminista se ha desplegado con fuerza, allí donde pone desacata los vínculos de sumisión y obediencia, desafiando las violencias machistas y lo doméstico como ámbito de reclusión (Cavallero y Gago, 2019).

Por eso no se trata solo de ratificar “la fábrica del hombre endeudado” de la que habla Maurizio Lazzarato (2013). Nos parece decisivo poder afirmar que no hay una subjetividad del endeudamiento que pueda universalizarse ni una relación deudor-acreedor que pueda prescindir de sus situaciones concretas y en particular de la diferencia sexual, de géneros, de raza y de locación, porque justamente la deuda no homogeneiza esas diferencias sino que las explota. Una economía feminista determina como central (y no como rasgo secundario) el modo en que el dispositivo de la deuda aterriza en territorios, economías, cuerpos y conflictividades diversas.

La deuda funciona estructurando una compulsión a aceptar trabajos de cualquier tipo para pagar la obligación a futuro. En este sentido dinamiza la precarización desde adentro. La deuda pone en marcha la explotación de la creatividad a cualquier precio: no importa de qué se trabaje, lo que importa es el pago de la deuda. La dinámica precaria, informal e incluso ilegal de los empleos (o formas de ingreso) se revela cada vez más discontinua, mientras la deuda funciona como continuum estable que explota esa multiplicidad. En ese desfasaje temporal hay también un aprovechamiento: la deuda deviene mecanismo de coacción para aceptar cualquier condición de empleo, debido a que la obligación financiera termina comandando el trabajo en tiempo presente. La deuda, entonces, vehiculiza una difusión molecular de esta obligación que, aunque es a futuro, condiciona el aquí y ahora, sobre el que imprime mayor velocidad y violencia. La deuda funciona y se derrama en los territorios como un mecanismo compulsivo para el sometimiento a la precarización (condiciones, tiempos y violencias del empleo), reforzada moralmente como economía de la obediencia.

Tesis 8. La contraofensiva como economía de la obediencia: deuda y familia

La avanzada eclesiástica junto a la contraofensiva económica consiste en una reposición familiarista de la reproducción, en un apuntalamiento de la obediencia a cambio de recursos, en la criminalización de las redes feministas para enfrentar el hambre y en la reacción fascista frente a la desestructuración de las familias como norma y como deseo. Se busca unificar la moralidad deudora con la moralidad familiarista contra la fuerza feminista en los territorios.

No hay deuda sin economía de la obediencia que la sostenga. Queremos enfatizar que la deuda es también una moralización diferencial sobre las vidas y los deseos de las mujeres y los cuerpos feminizados. ¿Qué pasa cuando la moralidad de lxs trabajadorxs no se produce en la fábrica y a través de sus hábitos de disciplina adheridos a un trabajo mecánico repetitivo? ¿Qué tipo de dispositivo de moralización es la deuda en reemplazo de esa disciplina fabril? ¿Cómo opera la moralización sobre una fuerza de trabajo flexible, precarizada y, desde cierto punto de vista, indisciplinada? ¿Qué tiene que ver la deuda como economía de obediencia con la crisis de la familia cisheteropatriarcal?

Melinda Cooper (2017) desmonta la extendida idea de que el neoliberalismo es un régimen amoral o incluso antinormativo, mostrando qué tipo de afinidad existe entre la promoción de la familia cisheterosexual como unidad básica de la vida social y la reificación del rol tradicional de las mujeres en esa estructura, con la necesidad de que estas asuman cada vez más tareas de reproducción de la vida frente a la privatización de los servicios públicos. No nos parece casual que se quiera impulsar una educación financiera en las escuelas al mismo tiempo que se rechaza la implementación de programas de Educación Sexual Integral (ESI), lo cual se traduce en recortes presupuestarios, en su tercerización en las ONG religiosas y en su restricción a una normativa preventiva. La cruzada #ConMisHijosNoTeMetas (como se hace en Argentina y en varios países de la región bajo el llamado combate contra la ideología de género) intenta la remoralización de lxs jóvenes, mientras se la quiere complementar con una educación financiera temprana. Familia y finanzas hacen máquina conjunta como dispositivos morales en la reproducción. Por eso, la contraofensiva religiosa dirigida a la marea feminista es simultánea a la contraofensiva económica. Finanzas y religión estructuran economías de la obediencia que se complementan. Lo que leemos en esta escena es el cuerpo de lxs jóvenes como campo de batalla sobre el que buscan extenderse los límites de valorización del capital, convirtiéndolos en trabajadorxs obedientes a la precarización, a la deuda y a la familia nuclear (aun si implosionada y violenta).

Tesis 9. #TrabajadorasSomosTodas

La economía feminista demuestra que no podemos delegar en el capital –a través de la herramienta del salario– el reconocimiento de quiénes son trabajadorxs. Por eso decimos desde la huelga feminista #TrabajadorasSomosTodas. Ahora, esa enunciación no funciona como un manto que cubre y homogeneiza en una identidad de clase abstracta, sino que funciona porque releva la multiplicidad de lo que significa el trabajo desde el punto de vista feminista, con todas sus jerarquías y todas sus luchas.

La dimensión de clase puesta en relación a la diferencia no es un artilugio para volver a poner la clase como clave privilegiada de intelección del conflicto (como una flexibilización de la noción misma de clase que finalmente termina por ubicarla de nuevo en el centro a secas). Es algo más radical porque surge desde los feminismos de las periferias: la cuestión de clase ya no puede ser abstraída de la dimensión colonial, racista y patriarcal sin revelarse como categoría encubridora de jerarquías.

Por esta vía además ponemos en juego otra idea de productividad: ser productivx no se ratifica por si somos explotadxs bajo la forma salarial. Más bien el razonamiento es diverso: la forma de explotación organizada por el salario invisibiliza, disciplina y jerarquiza otras formas de explotación.

Como sostiene Kathi Weeks (2011), si en los años 70 la lectura feminista del trabajo puso el foco en las tareas de la reproducción, hoy ese archivo sirve para pensar en términos más amplios una feminización general del trabajo y da pistas de una imaginación radical de rechazo a su subordinación. Desde la perspectiva feminista que surge de comprender los trabajos no pagados, mal pagados, no reconocidos, hiperexplotados, hoy surgen las claves más potentes para entender el mundo del trabajo en general. Por eso la perspectiva de la economía feminista logra visualizar desde su singularidad la totalidad de las formas de explotación: porque sabe cómo conectarlas, cómo se produce su diferencial de explotación y cómo producen valor las jerarquías políticas que organizan el mundo laboral asalariado y no asalariado.

Aún más: la perspectiva de la economía feminista logra una lectura general hoy porque sabe leer, por su posición parcial histórica como sujetxs desvalorizadxs, cómo ha implosionado la idea misma de trabajo normal. Claro que ese trabajo normal, que se presentaba como imagen hegemónica de un empleo asalariado, masculino y en blanco, persiste como imaginario e incluso como ideal. Pero en la medida que ha devenido escaso, ese ideario puede funcionar de modo reaccionario: quienes tienen ese tipo de empleo son constreñidxs a autopercibirse como privilegiadxs en peligro que necesitan defenderse de la marea de precarizadxs, desempleadxs, migrantes y trabajadorxs informales. Mucha de la política sindical actual es también obligada a actuar como si defendiera privilegios y, por tanto, en clave reaccionaria respecto a la situación de crisis en general y a la multiplicación del trabajo en particular.

Tesis 10. Salario feminista vs. moralización de los subsidios

La economía feminista tiene como tarea discutir bajo qué formas y en qué experiencias se desarrolla una reproducción social en términos no extractivos ni explotadores. Con esto vamos más allá de oponer reproducción y producción (como si fueran términos antitéticos entre los que desplazarse), para pensar en reorganizar su relación. Frente a la crisis neoliberal de reproducción social y las respuestas asistencialistas que moralizan la vida de las mujeres y cuerpos feminizados, el movimiento feminista le opone una discusión estratégica: un salario feminista que ya no es doméstico ni pretende ser universal.

El feminismo crece al interior de organizaciones diversas (sindicatos, escuelas, colectivos migrantes, indígenas, afro, experiencias comunitarias, grupo, etc.) y por ello está presente en las luchas más desafiantes del presente y es desde ahí que realiza los diagnósticos no fascistas de la crisis de reproducción social. La asistencia social focalizada (forma predilecta de la intervención estatal neoliberal) refuerza una jerarquía de merecimientos en relación a la obligación de las mujeres según sus roles en la familia patriarcal: tener hijos, cuidarlos, escolarizarlos, vacunarlos. En este sentido se hace evidente la importancia de la dinámica que señalamos referida a la politización de la reproducción que hoy disputa el sentido de la crisis. Estas tienen la capacidad de cuestionar la forma-encierro de esas tareas reproductivas sacándolas del modelo familiar heteronormado.

Las economías populares tienen una tensión fundamental: transitan entre la orientación familiarista que desde el Estado se imprime a los subsidios (a través del pedido de contraprestaciones que ponen a la obligación familiar como reaseguro) y a su uso como parte de un desborde del confinamiento doméstico de las tareas reproductivas que ya ha acontecido, impulsado mayoritariamente por la crisis y radicalizado por la huelga feminista. Hoy esta tensión se redobla por la contraofensiva eclesial y económica: las iglesias concentran el manejo de recursos bajo la forma de asistencia que, por un lado, refiere a la retirada del Estado y, por otro, lo hace como política acordada con el Estado. Aún más: hoy buena parte de los recursos que dispone la iglesia católica en nuestro país proviene de la más reciente toma de deuda externa con el FMI (Fondo Monetario Internacional).

En estos meses, las mujeres volvieron a sacar las ollas a la calle en Argentina (como lo hicieron en los piquetes antes y después de la crisis de 2001): emerge una vez más el saber-hacer comunitario, la capacidad de colectivizar lo que se tiene, y poner en primer plano la defensa de la vida como política de las mujeres frente a un empobrecimiento de masas. Sacar las ollas a las calles es también hacer político lo doméstico, como lo viene haciendo el movimiento feminista: sacándolo del encierro, del confinamiento y de la soledad. Haciendo de lo doméstico un espacio abierto en la calle. De eso se trata la politización de la crisis de reproducción.

La potencia del diagnóstico feminista actual sobre el mapa del trabajo es hacer una lectura no fascista del fin de un cierto paradigma inclusivo a través del empleo asalariado (y su respectivo patriarcado del salario) y desplegar otras imágenes de lo que llamamos trabajo y otras fórmulas para su organización común, su reconocimiento y su retribución.

Este es un punto clave que hoy se está discutiendo en varias organizaciones: el manejo de los recursos públicos bajo forma de subsidio o salario social como herramienta que el movimiento feminista está disputando desde una lógica propia. Esto es: evidenciando cómo son las mujeres, lesbianas, trans y travestis quienes se están haciendo cargo concretamente en los territorios de un estado de emergencia frente a las violencias machistas y los despojos. Lo están desplegando las promotoras de género en los territorios y también las redes de cuidado y autogestión, quienes atienden las clínicas de salud y los comedores, quienes hacen cursos de autodefensa y acompañan de manera desprofesionalizada pero consistente a quienes sufren las violencias. Pelear su reconocimiento económico sin mediaciones patriarcales para garantizar su autonomía y su fortalecimiento es la clave del salario feminista como herramienta contra la colonización financiera de la reproducción social.

Luci Cavallero y Verónica Gago forman parte del colectivo feminista Ni una Menos y son coautoras del libro Una lectura feminista de la deuda

Este texto está escrito originalmente para el volumen La natura dell’economia feminista, compilado por Federica Giardini, Federica Tomasello, Sara Pierallini, que será publicado este año por la Università Roma Tre.

Referencias

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