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Entrevista a Daniel Tanuro
Colapsología: todas las derivas ideológicas son posibles
02/07/2019 | Revista Ballast

"Los numerosos efectos del desarreglo climático están a la vista. La no linealidad de este proceso sume las proyecciones futuras en la incertidumbre, pero no cabe duda de que el modelo económico dominante es una de sus causas principales". Ingeniero agrónomo jubilado y autor de El imposible capitalismo verde, Daniel Tanuro defiende una alternativa ecosocialista: una ruptura radical con el productivismo, que ha impregnado durante mucho tiempo las corrientes socialistas mayoritarias. Pero de la urgencia a la catástrofe, a veces no hay más que un paso, que la colapsología da sin vacilar: sus partidarios afirman que el hundimiento de la civilización que conocemos tendrá lugar en un futuro muy cercano, y que será demasiado tarde para contrarrestarlo. Tanuro lo niega; discutimos.

Ballast: Una vez escribió usted que “el ecosocialismo es distinto de una etiqueta nueva sobre una botella vieja”. ¿Qué tiene de singular esta frase?

Tanuro: Una ruptura radical con la idea de que el socialismo es necesario para “liberar las fuerzas productivas materiales de las trabas capitalistas” y permitir así su “desarrollo ilimitado”, condición de la emancipación humana mediante “la dominación de la naturaleza”. Es cierto que en Marx, un investigador de pensamiento abierto, las fórmulas prometeicas se enmarcan o se compensan en un naturalismo sincero y un análisis que destapa el carácter destructivo del capitalismo. En El Capital, escribe que “la única libertad posible es que el hombre social, los productores asociados, gestionen racionalmente su intercambio de materia con la naturaleza y lo hagan en las condiciones más dignas, más acordes con su naturaleza humana”.

John Bellamy Foster ve en esta fórmula la marca de una “ecología marxiana”, aunque, en primer lugar, esta ecología es una estribación colateral apenas atendida por el propio Marx. En segundo lugar, sobre todo, los marxistas ulteriores abandonaron esa estribación para recaer en fórmulas estereotipadas y mecanicistas sobre el progreso. Hay algunas excepciones –Walter Benjamin es la más notable–, pero no han dejado de ser marginales. La degeneración estalinista no basta para explicar esta realidad. La crítica tiene que cavar más hondo. Hace falta eliminar, sin anacronismos, pero sin piedad, las concepciones que han contaminado el marxismo con “escorias productivistas”, como decía Daniel Bensaïd. Esta labor ha adquirido ahora una importancia notable, por la simple razón de que una respuesta socialista no productivista es la única alternativa a la catástrofe ecológica que crece a ojos vista.

Ballast: En su obra Tout peut changer, usted entiende que Naomi Klein oscila “entre una alternativa anticapitalista autogestionada y descentralizada, de tipo ecosocialista y ecofeminista […] y un proyecto de capitalismo verde regulado, basado en una economía mixta relocalizada e impregnada de una ideología de esmero y prudencia”. ¿Interviene esta oscilación también en los partidos de la izquierda crítica que en todo el mundo aspiran al poder?

Tanuro: Toda la “izquierda crítica”, como dice usted, se enfrenta, en efecto, a este terrible problema: hay un abismo entre el programa anticapitalista muy radical que es objetivamente indispensable para detener la catástrofe climática, por un lado, y el nivel de conciencia de la inmensa mayoría de la humanidad, por otro. Pero Naomi Klein, en su libro, tiene el inmenso mérito de reconocer abiertamente la dificultad: “No tengo ninguna duda de la necesidad de adoptar medidas radicales –escribe–, pero todos los días me pregunto si son políticamente factibles”.

En el contexto de su pregunta, esta vacilación me parece más bien positiva. Por un lado, esta franqueza lúcida les falta a muchos partidos; por otro, Klein no se deja encerrar en la viabilidad política: por mucho que alabe, equivocadamente, la Energiewende[1] alemana (en el contexto norteamericano, es perdonable), insiste sobre todo, con razón, en la importancia estratégica de la acción directa no violenta contra los proyectos fósiles-extractivistas y llama a una coordinación internacional de la Blockadia[2]. En estas dos cuestiones, ella es más avanzada, más revolucionaria y más coherente que la mayoría de partidos de la llamada izquierda crítica. Puesto que aspiran al poder, estos partidos minimizan el radicalismo de las medidas que hay que adoptar. En particular, evitan la necesidad absoluta de reducir la producción material y el transporte para alcanzar los niveles necesarios de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Esta es la crítica principal que hay que hacer a la propuesta de Green New Deal formulada en EE UU por Alexandria Ocasio-Cortez, por ejemplo. La misma crítica hay que hacerla en mi país al Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), que ha conseguido dar un paso adelante notable, pero que se contenta, ante el cambio climático, con prometer transportes gratuitos y una revolución del hidrógeno[3]. Una cosa es avanzar reivindicaciones parciales, acordes con un determinado nivel de conciencia, con el fin de impulsar un proceso de radicalización mediante la lucha y de comenzar a tender un puente sobre el abismo; y otra cosa es hacer creer que la concreción de estas reivindicaciones parciales por parte de cualquier gobierno bastará para impedir que la catástrofe se convierta en cataclismo. Porque no es cierto. Para tener un 50 % de probabilidades de limitar el calentamiento a 1,5 °C sin recurrir a tecnologías de aprendices de brujo, es preciso que las emisiones netas mundiales de CO2 disminuyan un 58 % de aquí a 2030, y un 100 % de aquí a 2050, y sean negativas a partir de entonces. Es rigurosamente imposible alcanzar estos objetivos, o siquiera acercarse a ellos, sin una ruptura anticapitalista revolucionaria. Topamos aquí de nuevo con la cuestión del crecimiento.

Ballast: El productivismo ha atraído históricamente a numerosas corrientes de izquierda desde hace dos siglos[4]. ¿Cómo cataloga usted esta noción en su reflexión?

Tanuro: En efecto, las concepciones productivistas han sido históricamente hegemónicas en la izquierda. De todos modos, todavía no hay una definición clara del término. El sistema soviético debe calificarse, sin duda, de productivista, pero se trataba de un productivismo burocrático absurdo: estaba basado en la defensa de los privilegios parasitarios de la casta en el poder, no en las relaciones de producción. Ese productivismo tiene que ver con el pensamiento de Marx tanto como la Inquisición tiene que ver con el mensaje de Jesucristo: nada.

En las primeras páginas de El Capital, la comparación de los dos movimientos M-D-M’ y D-M-D’[5] lleva a Marx a la conclusión de que el segundo, que define el capitalismo, implica por fuerza una tendencia al desarrollo sin fin. Esta tendencia está en la base del capitalismo porque se deriva de su objetivo fundamental: la producción de (sobre)valor abstracto[6]. Lógicamente, sustituirla por la producción de valores de uso debería por tanto ponerle fin. En sus Teorías de la plusvalía, Marx retoma la cuestión desde otro ángulo, más técnico: la competencia por el beneficio da lugar a un aumento fantástico del capital fijo, y por tanto a un lock-in[7] tecnológico duradero, y por tanto a una obligación despótica de producir; por cierto que el lock-in del capital en el sistema energético fósil es un buen ejemplo de ello. Concluyendo el razonamiento, señala la tendencia del capital a “producir por producir, que implica asimismo consumir por consumir”. Producir por producir podría ser una buena definición del productivismo.

En este sentido, Marx no es productivista, a pesar de sus ambigüedades prometeicas. Sin embargo, a este respecto, cabe dudar de que algún o alguna marxista no lo haya sido: ¿acaso su propósito no era la instauración de una economía basada en la satisfacción de las necesidades humanas reales mediante la producción de valores de uso? Ahí vemos que la cuestión no es tan sencilla. De hecho, la voluntad productivista en la izquierda no remite al producir por producir, sino a la idea estratégica de que el capital, al desarrollar las fuerzas productivas, acerca la humanidad a la emancipación socialista, al reino de la libertad. Ahora bien, más allá de cierto estadio, lo cierto es lo contrario. Por tanto, tal vez sería conveniente distinguir el productivismo de lo que podríamos llamar la ideología productivista de dominio sobre la naturaleza, o la ideología instrumental del progreso técnico ilimitado.

En mi opinión, esta ideología es hegemónica en la izquierda desde hace dos siglos. Pero no es fácil combatirla, pues no solo tiene sus raíces en la lógica económica del capital, sino también en la situación esquizofrénica que impone esta lógica a las personas explotadas, obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta dura realidad fundamenta el productivismo en la socialdemocracia gestora y en las organizaciones sindicales reformistas, para las que el empleo depende del crecimiento. Como ecosocialistas, nos situamos dentro de la continuidad del Marx ecologista cuando oponemos la idea de que urge producir menos y repartir más, especialmente repartir el trabajo necesario.

Ballast: Una corriente marxista ha podido sostener la idea de que el capitalismo acabaría hundiéndose bajo el peso de sus propias contradicciones económicas. Ciertas críticas ecológicas del capitalismo retoman a veces este tipo de discurso con acentos teleológicos[8], afirmando que el conjunto de la sociedad termoindustrial chocará con límites –físicos, naturales– y se hundirá. ¿El ecosocialismo no se plantea este horizonte?

Tanuro: En efecto, hay marxistas que han sostenido esta idea mecanicista de que la dinámica de acumulación conduciría automáticamente al colapso del capitalismo. Este fue particularmente el caso, en el periodo de entreguerras, de un autor alemán, Henryk Grossman, que hizo de ello un verdadero dogma. Existen efectivamente muchas similitudes entre esta teoría y la del colapso ecológico inevitable de la sociedad termoindustrial, que defienden actualmente determinadas corrientes verdes. Por cierto que no es casualidad que recientemente haya reaparecido una pequeña corriente marxista colapsista en el mundo hispanohablante, especialmente en América Latina.

Los ecosocialistas, por su parte, rechazan este fatalismo del colapso. Que la situación es gravísima es del todo evidente. Pero el capitalismo no se hundirá por sí mismo, no bajo el peso de sus contradicciones internas, ni debido a la crisis ecológica. Al contrario, su lógica lleva a sectores de las clases dominantes a plantear medios neomalthusianos, bárbaros, para salvarse y salvar sus privilegios. Frente a esta amenaza muy concreta, temo que el fatalismo del colapso inevitable haga cundir la resignación. Lo que necesitamos urgentemente es lucha, solidaridad y esperanza.

Ballast: Hay ecosocialistas que critican el término antropoceno porque según ellos invisibiliza el papel del capitalismo y prefieren utilizar el de capitaloceno. En nuestro 7º número en papel, Agnès Sinaï nos dijo: “El capitalismo es una explicación necesaria, pero no suficiente, del antropoceno. Representa una dimensión histórica del industrialismo, pero no explica la fascinación por el átomo, la velocidad, las armas o los hipermercados”. Qué opina usted al respecto?

Tanuro: Discuto el concepto de antropoceno, pero no lo combato. Tomo nota del mismo como conclusión a la que llegan los geólogos a partir de sus criterios de geólogos: el ascenso del nivel de los mares, los elementos radiactivos, los miles de compuestos químicos artificiales y la pérdida brutal de biodiversidad dejarán en la corteza terrestre huellas significativas de la actividad humana. Los geólogos consideran que esto marca la entrada del planeta en una nueva era geológica. Quienes se oponen al concepto de antropoceno no contestan esta conclusión. Por tanto, el problema es semántico.

Es cierto que hablar de capitaloceno permite señalar la responsabilidad principal del capital en la destrucción ecológica. Pero la medalla tiene un reverso: se invisibiliza la responsabilidad de los países del llamado socialismo real. Una responsabilidad que no es menor: recordemos que antes de la caída del muro, Alemania Oriental y Checoslovaquia eran los países del mundo que más gases de efecto invernadero emitían por habitante. Cabe preguntarse también sobre la utilidad de este escamoteo, justo en el momento en que necesitamos comprender por qué estos países fueron productivistas, para no recaer en el mismo atolladero…

En mi opinión, la cuestión clave no es la semántica, sino la datación. Si los geólogos son coherentes con sus criterios de geólogos, entonces el cambio de era no se produce antes de la segunda mitad del siglo XX, lo que significa que las interpretaciones misantrópicas del término antropoceno no son de recibo: no es la especie humana la responsable, sino su modo de producción histórico. Este aspecto es decisivo, pues el peligro de una misantropía esencialista, basada en una seudociencia, es muy real hoy en día y se desarrolla al amparo de la creciente barbarie capitalista. Al mismo tiempo, es evidente que el hecho objetivo del cambio de era no pone fin al debate. Por el contrario, lo abre, y salta a la vista que, a partir de los argumentos a favor y en contra, los criterios de los geólogos no encajan, o en todo caso son insuficientes, por la simple razón de que las causas del cambio de era no son naturales, sino sociales. De ahí la necesidad de la crítica y de la intervención de las ciencias humanas y sociales: historia, sociología e economía.

Ballast: Desde un punto de vista económico, ¿cómo conciliar las gigantescas inversiones necesarias para la transformación de nuestros sistemas productivos –ante todo, la energía– y cierto decrecimiento del Producto Interior Bruto (PIB)?

Tanuro: Me parece que la pregunta no está bien planteada. Por un lado, el PIB no es un indicador pertinente. Es imperativo, para permanecer dentro de los parámetros ecológicos, reducir masivamente las emisiones de gases de efecto invernadero, y por tanto la extracción, el transporte y la transformación de materias, con el consumo de energía que implican. Por consiguiente, la transición socioeconómica debe enmarcarse en indicadores físicos.

Por otro lado, y sobre todo, son precisamente las gigantescas inversiones necesarias para la transformación de los sistemas productivos, en particular del sistema energético, las que hacen que el decrecimiento en cuestión sea indispensable. La transición, en efecto, no consiste en decir que un sistema B podría funcionar como alternativa al sistema A, sino en indicar el camino que lleva de A a B. El sistema energético fósil no es adaptable a las fuentes renovables. Por tanto, hay que llevarlo al desguace lo antes posible y construir un sistema nuevo. La tarea es inmensa y requiere inevitablemente grandes cantidades de energía. Hoy, globalmente, esta energía es fósil en un 80 %, es decir, fuente de emisiones de CO2. En otras palabras: si todo lo demás se mantiene igual, la propia transición será la causa de emisiones suplementarias.

Ahora bien, estas deben empezar a disminuir de inmediato, y muy radicalmente, como ya he dicho. En el marco de la lógica capitalista de acumulación, el problea es rigurosamente insoluble. Si dejamos de lado el negacionismo climático de Trump y Bolsonaro, la única respuesta del sistema consiste en desarrollar tecnologías insuficientes, inciertas y peligrosas, como la energía nuclear y la bioenergía con captura y secuestro del carbono (BECCS). En vez de hacer todo lo posible para no sobrepasar el umbral de peligrosidad de 1,5 °C, se opta por sobrepasar este umbral con la esperanza de que estas tecnologías permitirán enfriar la Tierra posteriormente. Es una locura integral, un sinsentido absoluto.

Sin embargo, el capitalismo verde se orienta hoy hacia estas soluciones de aprendiz de brujo. ¿Por qué? Porque la única manera racional de equilibrar la ecuación climática es intolerable para él. ¿En que consistiría? Habría que decretar una movilización general, establecer un inventario de todas las producciones inútiles o peligrosas, de todos los transportes inútiles, y suprimirlos lisa y llanamente –sin indemnizar a los accionistas– hasta alcanzar la necesaria reducción de las emisiones. Ni que decir tiene que esta operación requiere medidas draconianas, en particular la socialización de los sectores de la energía y del crédito, la reducción masiva del tiempo de trabajo sin pérdida salarial, la reconversión del personal en las actividades útiles con garantía de renta y el desarrollo de servicios públicos democráticos.

Ballast: Se ha dicho que el decrecimiento es una palabra proyectil. La colapsología, por la atracción que ejerce, inclusive entre personas o grupos sociales pocos politizados, ¿es una palabra imán?

Tanuro: Pero ¿una palabra imán que lleva adónde? Todo el problema radica ahí. Los colapsólogos no son siempre muy claros: hay matices y variantes en su discurso. Pero, en definitiva, siempre suelen recuperar la afirmación de que el colapso es inevitable y que la única respuesta consiste en crear pequeñas comunidades resilientes, ya que no habrá otra manera de sobrevivir después del apocalipsis. En su última obra, Une autre fin du monde est possible, Pablo Servigne y sus amigos escriben incluso que el colapso es como la enfermedad de Hutchinson, una enfermedad degenerativa, hereditaria y mortal: hay que aceptarla y dejar de luchar… En vez de identificar el capitalismo como la causa principal –no digo que sea la única– de la destrucción ecológica, naturalizan las relaciones sociales y hacen planear sobre nuestras cabezas una amenaza de tintes bíblicos. A partir de ahí son posibles todas las derivas ideológicas, y Otro fin del mundo, eso sí, no falta…

Dicho esto, la atracción que ejerce la colapsología es innegable, y no unilateralmente negativa. Se explica, claro está, por la angustia ante las terribles amenazas que comporta la destrucción del planeta, y habrá que agradecer a los colapsólogos que hayan contribuido a informar de la gravedad de la situación. Sin embargo, esta atracción también responde, en algunas personas, a la toma de conciencia política de la necesidad de romper profundamente con la sociedad actual, su productivismo y su fetichismo de la mercancía. Hay ahí una paradoja: si bien parecen incapaces de explicar por qué el capitalismo es tan destructor, los colapsólogos se hacen eco de sectores sociales, especialmente jóvenes, que buscan respuestas anticapitalistas.

Por tanto, me parece importante que con vistas a estos sectores haya debate. En particular, creo que es crucial explicar que la visión de inspiración anarquista de un colapso del capitalismo que abra la vía a la sociedad autogestionaria basada en las comunidades locales no permite hacer frente a los desafíos globales de la transición. La complejidad de esos desafíos requiere una acción planificada. Soy totalmente partidario de las ideas de autogestión descentralizada, pero la transición exige tanto la centralización como la descentralización, la planificación y la autoactividad. La historia ha mostrado los riesgos terribles de degeneración propios de esta combinación de contrarios. Pero la burocratización no podrá evitarse proyectándose, más allá de la transición, en un futuro autogestionario sin Estado ni partidos… Hace falta un programa para combatirla.

Ballast: Al considerar que algunos de ellos naturalizan las relaciones sociales, usted ha reprochado a los colapsólogos de “caer en la regresión arcaica”…

Tanuro: No digo que la naturalización de las relaciones sociales lleve inevitablemente a la regresión arcaica, sino que la favorece indiscutiblemente. Si no se identifica la gran responsabilidad histórica del capitalismo, ¿a qué podemos agarrarnos, dónde está la salida posible? Para algunos, no hay ninguna; la Tierra sufre una enfermedad que se llama humanidad y no sanará hasta que sea eliminada esa raza. Es, por desgracia, la conclusión cínica de James Lovelock al final de su libro sobre la hipótesis Gaia, por ejemplo.

Claro que no debemos clasificar a los colapsólogos entre los cínicos. La salida, para ellos, sería psicológica: deberíamos pasar por una fase de duelo, redescubrir nuestro inconsciente colectivo y nuestros arquetipos, especialmente los arquetipos masculinos y femeninos, desaparecidos desde la prehistoria. Para ello deberíamos practicar rituales encaminados a reencontrar al salvaje que llevamos dentro. En suma, la clave del porvenir habría que buscarla en el pasado más remoto, de conformidad con las elucubraciones reaccionarias de Carl Gustav Jung. Esto es lo que entiendo por regresión arcaica. No obstante, esta cohabita con otras tendencias, como la ecoespiritualidad. La colapsología está atravesada de numerosas contradicciones.

Ballast: A la vista de las decenas de años de inacción por parte de los poderes establecidos y de la correlación de fuerzas actual, cabe temer que se mantenga el statu quo, una situación en que las cosas siguen su curso y nada cambia. ¿Acaso hablar de colapsos para calificar las catástrofes que se derivarían de ello no refleja en todo caso cierto pragmatismo?

Tanuro: Si se emplea el condicional, como hace usted, y se habla de colapsos, en plural, y de catástrofes, en plural, como hace usted, el pesimismo es sin duda una forma de lucidez. Pero no es esto lo que hacen los colapsólogos: no hablan de colapsos, sino del Colapso absoluto, y este superconcepto absorbe todo indistintamente. Desde los colapsos bursátiles hasta los de los batracios y los insectos, todos los fenómenos se juntan como para anunciar el fin del mundo.

El recurso sistemático a referencias científicas confiere a este discurso una apariencia de rigor, pero no hay nada de nada. En primer lugar, porque seleccionan las referencias, pero sobre todo porque hay un vicio de método. Podemos “apoyarnos en los dos modos cognitivos, que son la razón y la intuición”, como escriben Servigne y sus amigos. Pero con una condición: que la razón trate de abarcar tanto la destrucción antrópica del medioambiente, por un lado, como la responsabilidad concreta de la forma social histórica responsable hoy de esta destrucción, por otro. Sin articular estas dos vertientes de la realidad, cuantos más datos se acumulen sobre la destrucción, tanto más la pregunta planteada al público –¿Adónde le dice su intuición que nos lleva esto?– tendrá posibilidades se obtener la respuesta deseada: “Todo se hundirá”. Sin conciencia social, la intuición está sesgada, el razonamiento es circular y se practica la pseudociencia.

Ballast: En 2007 y posteriormente, usted ha criticado el libro del científico Jared Diamond, Colapso, que fue un éxito de ventas. Usted rebate la idea de que el crecimiento demográfico es un factor que sobredetermina la crisis medioambiental: ¿puede explicarnos por qué?

Tanuro: Es evidente que la demografía es un elemento de la ecuación medioambiental. Lo que he criticado en Diamond, entre otras cosas, es su intento de erigir la demografía en el factor sobredeterminante, la explicación en última instancia de los llamados colapsos de sociedades humanas, y por consiguiente en la palanca principal de una política encaminada a evitarlos. Después, las críticas que formulé se han visto ampliamente confirmadas por numerosos trabajos científicos. En particular, se ha demostrado de manera incontestable que la explicación del colapso de la Isla de Pascua que propuso Diamond (la teoría del ecocidio por parte de una población que había sobrepasado la capacidad de carga del ecosistema y que presenta todos los signos de una hibris delirante) no era de punta a cabo más que una trama de contraverdades creadas con toda clase de elementos. Lejos de ser los brutos imbéciles descritos por Diamond, los rapa nui (nombre polinesio de los pascuanos) habían desplegado tesoros de inteligencia para proteger el medioambiente de su isla, inclusive, si fuera necesario, contra sus propios errores.

Fueron las incursiones esclavistas y el colonialismo los que destruyeron aquella notable civilización y arruinaron definitivamente el ecosistema. Pero esta verdad tiene dificultades para salir del pozo, sobre todo en Francia, donde las más altas autoridades del Estado siguen promoviendo el libro Colapso, el gran éxito de Diamond. Espero que los colapsólogos acaben distanciándose de este personaje reaccionario y racista.

21/06/2019

https://www.revue-ballast.fr/daniel-tanuro-collapsologie-toutes-les-derives-ideologiques-sont-possibles/

Traducción: viento sur


[1] Cambio energético, en alemán. Energiewende es el nombre del programa de transición energética de Alemania. Las dos principales medidas que prevé son el abandono de la energía nuclear en 2022 y una generación eléctrica a partir de fuentes 100 % renovables en 2050.

[2] Movimientos de resistencia de todo el mundo contra las industrias de energías fósiles.

[3] El hidrógeno se propone a veces como una solución energética, especialmente para los vehículos: una pila de combustible transforma el hidrógeno en electricidad. Véase “El falso milagro de la ‘revolución del hidrógeno’”, Viento Sur, https://vientosur.info/spip.php?article14486

[4] Véase Serge Audier, L’Âge productiviste, La Découverte, 2019.

[5] Para Marx, la forma inicial de circulación de mercancías tiene lugar de acuerdo con el siguiente proceso: una mercancía se cambia por dinero, que a su vez se cambia por otra mercancía (es el ciclo M-D-M’). Pero existe otra forma de circulación del capital: el dinero se transforma en mercancía, que a su vez se retransforma en dinero (D-M-D’). En el primer caso, el dinero no es más que un medio de intercambio de mercancías; en el segundo, el dinero es la finalidad misma de la circulación.

[6] En la teoría marxista, el trabajo está en el origen de la producción de valor. Este se define por el trabajo abstracto, el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para producir una mercancía. Al trabajador solamente le pagan la parte necesaria para su supervivencia: el excedente constituye el sobrevalor (o la plusvalía) que se apropia el capitalista.

[7] Enclavamiento.

[8] Doctrina que considera que todo, en el mundo, tiene una finalidad [un objetivo].







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