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En Revista Viento Sur163

voces miradas
La arquitectura de las colmenas
Raquel Ramírez de Arellano

La poesía de Raquel Ramírez de Arellano (Madrid, 1975) discurre por cauces irracionalistas, alentada por un torrente de desborde imaginativo que monta escenas delirantes aunque sin perder el anclaje en una referencialidad reconocible.

Estas piezas, recogidas en La arquitectura de las colmenas (2018), su segundo poemario tras Riego automático (2014), vinculan las posibilidades de mundos probables, de una ordenación fantasiosa del mundo y de una comprensión no lineal de la realidad con el arraigo histórico y la memoria. El recuerdo como homenaje, como reclamación de la r paneseparación ante la atrocidad y la injusticia, articula varios de sus poemas y se dibuja como un axioma de necesidad colectiva, no individual.

Los animales, la vegetación y los objetos inanimados cobran protagonismo en esa nueva organización y en ese abanico fascinante de acciones y escenas que tejen una red distinta por donde discurre el mundo. Todo ese nuevo campo abre un abanico sin límites (porque desafía las fronteras cognitivas) de resonancias y evocaciones. El registro narrativo y un afán descriptivo conducen un cúmulo de asociaciones insólitas, contextualizaciones sorprendentes y ciertas dislocaciones que buscan agitar la mirada acomodada y rutinaria. Sin embargo, el impulso humanista, la compasión y el anhelo de justicia orientan todos los cuadros. Así, sus versos nos ensanchan nuestra visión del alrededor, también desde los márgenes de la lógica, pero nos continúan remarcando lo fundamental del respeto a la vida y a la dignidad.

Alberto García-Teresa

LAS ACEQUIAS DE 1937

Los relojeros de la monotonía han sacado la ganzúa que abre la cerradura de los horrores. De nuevo la liebre del destino ha sido atropellada por un carromato de látigos y la curruca capirotada bisbisea alrededor de las almas para suerte del desierto, arcén de la autovía.

Mejor un gato aunque sea tramposo que estar solo.

Una canoa londinense chapurrea alemán con el camillero de la ambulancia. Tiene prisa, como sucede en todos los inviernos disecados con nieve y parece ser que calza la mesa con hule de nailon para provocar sarpullidos en las vocales de las interjecciones.

Todas las muertes son tristes cuando suceden en las cunetas. Que se lo digan a Justa Freire que escondía niños pobres bajo su mandil y regalaba naranjas: frutos para los retortijones del hambre y un reguero de muecas en el teatro de las multiplicaciones.

El franquista-come-ratas-del-bigote hizo un auténtico genocidio con la primavera. Eso no sale en los libros de historia, pero de un bostezo mandó el carpe diem y el ubi sunt al tempus fugit con estrellas y todo.

Desde entonces, lo niños saltan sobre castillos hinchables, las hormigas se persiguen como pecas en el cadáver de una pelirroja y el amor... Todo fue tan deprisa... Nadie sabe qué pasó con el amor.

EXCURSIÓN EN MONTACARGAS

La vida no se estanca. No se puede detener el itinerario de los ascensores.

Las negras tempestades de la noche hablan por chat y se maquillan al contraluz de los escaparates. El 90% del mundo desliza sus dedos compilando pensamientos comprados a dos euros en los bazares de los circos romanos. Son sólo tropiezos, escollos que nos conducen del pasado al futuro sin afeitarse.

Un abrevadero de música acaba de parir el cielo. La niña viene de nalgas. Es el fruto de un embarazo sordo, sin líquido amniótico que chapotea en litros de gasolina: un vino para la resurrección de los dormidos en el sepulcro.

Tras la esquina, la viola de los zapateros vibra su voz en el cuaderno de cuentas del amanecer, porque el amanecer es un oficiante que entiende de la economía del vuelo de los verderones y juega con sus dedos de oficinista al póker de los lamentos, al tute de los llantos.

Avanzo por el puente. La vida no se estanca. Aún no se detienen los segundos y es mentira que la poesía viva dentro de una lágrima. Su ancianidad reside en el ático 3o izquierda con rampas al aire y aparca las metáforas en plazas de garaje para dormir al vértigo con su traje de escamas y espera a un compañero hostil con quien brindar antorchas.

EL NOVIO DE LA ABUELA

Una vez quise, quise a un chico que heredó un abuelo republicano al que dejaron manco y esa historia fue el único motivo para abrir las puertas a eso que llamamos termómetro. En aquellos tiempos yo buscaba tras el precinto de todas las cajas un novio para mi abuela fallecida cuatro años antes de un soplo en la nuca.

Aquel miliciano que había adoptado una hija con un agujero en el enlosado del cráneo me pareció el mejor partido para posar el sol sobre el recuerdo del rostro de mi ancestro. Además era ornitólogo y... ¡siento tanta predilección por los patinadores con alas!

Nada de esto se parece al muchacho que juega al ajedrez con un cachorro de setenta kilos en el vértice de la cama, siete días antes de hacerme saltar por los aires la arteria coronaria izquierda encargada de administrar el flujo de metáforas diarias que caben en el pecho de un marxista. Mientras tanto, la peonza lanza su cuchilla de bronce contra el cenicero vacío fotocopiando la envidia sobre papel de estraza sin pulsar la tecla F8 del material didáctico o mira fijamente a los ojos del interior de las calabazas.

No vengas a decirme, corazón, que el amor es un fluido viscoso que caduca en dos años.

CAOS ALÉRGICO

Las cloacas de la noche se abren, los rinocerontes lanzan confeti.

Los mercaderes de los sueños juegan la final de la Eurocopa.

Los editores del reloj no saben desde qué córner se lanzarán los últimos minutos que le restan al deseo.

Bajan de la mano por la escalera de caracol, recogen del huerto de la dicha los frutos de la mentira:

la prensa, el desliz fonético, el alarido del príncipe del esparadrapo sordo, el juez de los apellidos.

La medicina oriental alimenta su ego con hierbas de mistela, dulce como la prisa de los encadenados que chocan sus tobillos contra el eco mudo y recogen despacio la leña para plantar el calor de los orígenes.

En el interior de las alcantarillas ya no se lleva la corbata al tinte, todo apesta.

Las lectoras manosean las páginas al borde del mar, dentro de una barca con piel para caníbales.

Sobre las pistas de patinaje sobre hierba se ensayan reflexiones de esto y aquello:

discursos que dejan absortos a todos los muertos de las catacumbas refrigerados en nichos de licra.

En la televisión piden ánimo a los cuatro horizontes de los desaparecidos, su madre y su hija sin cobertura en Memphis.

–La poesía no es un juego.

–Debí haber pintado estatuas de carrerilla o escribir novelas eróticas para caimanes. ¡Trágame tierra, por el acantilado!

No quiero salir de la cama hasta machacar al púgil invicto con anteojos, es decir: el amor, con sus adornitos, sus estrellas y sus pliegues ahorcados de nostalgia, pan para el hambre.

Llévame lejos antes de que Egas Moniz salga de la cárcel

y venda barbitúricos para la esquizofrenia o me practique gratis una lobotomía.

LA EJECUCIÓN DE LOS PANES, LA RESURRECCIÓN DE LOS PECES

No hay remedio: el Sol miente y vienen al humedal todos los trinos, las procesionarias salen de su madriguera a comprar moras al otoño.

Los poderosos se asfixian en la vasija de barro de los justos y los justos juegan al ping-pong contra la tiranía teocrática de los occidentales en el archivo de Yad Vashem.

Tira el dado y saca tres en la casilla del segundo grado para extirpar la posibilidad de la muerte: la primera vez que un mestizo juega a la oca, 1935.

El mapa boquea exhausto, los filólogos preguntan a qué viene tanta imagen, no dan crédito a esos versos tan largos con la sota de oros siempre en mitad de la página.

Si a fin de cuentas no se entiende nada, si desconectas el bluetooth de las grabaciones discográficas, si acudes sin blanca a las carreras de caballos.

La mano ha tomado las decisiones más importantes sobre cualquier civilización: descendencia, expropiaciones, matrimonios, sangre, honor, cuarto y mitad de corazones y un montón de farolas encendidas.

En el acuario del cielo, con el flexo en la cara de las constelaciones han sido fusilados los panes y los peces que se arropan con tierra bajo una fosa: un número más que añadir al informe.

Agosto. Ensayan hospitales de eutanasia en camiones de cuatro ruedas. El 70% de la vida a pique por el humo de un tubo de escape y nadie pide socorro en los pórticos de la física.

Por favor, señores pasajeros: cierren el paraguas en ciernes, es la hora de la aniquilación.

SACACORCHOS PARA DESENCRIPTAR A LOS DÓCILES

Si abrimos el dolor por la mitad más cruda y nos albergamos dentro, como los enemigos de un charco sucio y sin equipaje, sólo con humedales anegados de agua muerta si es que el agua alguna vez pudo morirse. Injusta condición la de tener que estar vivo por la fuerza aunque el serrín de los pupitres escolares flote en el aire como un maizal de botones cobrizos cuarteados.

Si nunca termino de sacar el corcho. Si no me da la real gana de entender nada. Si no estudié Ciencias Químicas y además, para colmo: la poesía. Si nunca sé a dónde ir.

Si nunca sé cuál sería el mejor lugar para un desliz nocturno: ¿un campo de concentración?, ¿la fortuna de un coche bomba a la puerta del supermercado?, ¿la horca del adverbio “tarde” o los inevitables dedos sobre la yugular? Si nunca sé a dónde ir.

Si es una lástima con este cuerpo y estos ojos acabar recogida detrás de los doce Apóstoles, por las amables manos de un barrendero que arremolina el amanecer con los desperdicios de la ebriedad.

Compás de dos por cuatro o de dos cuartos de hora en unos labios ardiendo en el sofá del Sol.





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