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Sobre Daniel Bensaïd y Antonio Negri
Memorias del otro comunismo
Brais Fernández

En las décadas de los 60 y 70 surgió una nueva generación política y, por tanto, también una nueva tipología de revolucionario occidental, forjado en experiencias y prácticas diferentes a las que había construido la tradición de la tercera internacional. Daniel Bensaïd (1946-2010) y Antonio Negri (1933) son buenos ejemplos de esos intelectuales-militantes sesentayochistas, no solo por haber vivido el Acontecimiento, sino por sus trayectorias previas, herederas del marxismo disidente, y por sus trayectorias posteriores, llenas de fidelidad al comunismo. Algo que sin duda contrasta con la ola de renegados, creyéndose herejes, que aprovecharon el declive del ciclo insurreccional para, en nombre de la nueva filosofía y de su propia libertad para enriquecerse, volver a la comodidad de la sociedad oficial. La reciente publicación en castellano de las memorias de ambos es una buena oportunidad para reflexionar en torno a dos trayectorias y proyectos que, sin llegar a cruzarse, representan un hilo subterráneo herético, aquel que se guía por la máxima de Ernest Bloch de que “solo un ateo puede ser un buen cristiano”. En este texto, después de las correspondientes presentaciones de ambos autores, trataremos de explorar las intersecciones, bifurcaciones y particularidades de sus legados y trayectorias.

La historia de un marrano

Daniel Bensaïd nació en Toulouse (Francia) en 1946. De origen judío-argelino (un judío no judío, como decía Deustcher), nace y vive en una familia vinculada al Partido Comunista Francés. En las décadas previas a 1968, el PCF era un partido-comunidad, fuertemente anclado en la vida cotidiana de una clase obrera sin problemas de identidad, pero relegada a ser una “clase de orgullosos productores”. La traducción política de esta posición de clase era contradictoria, similar a la que desempeñó la vieja socialdemocracia alemana. Mientras por una parte el PCF representaba la dignidad del ser obrero, también representaba el ser obrero bajo el capitalismo; es decir, la asunción de un rol tendente al corporativismo reformista, objetivamente insertado dentro del orden del capital. Desde los años 30, el PCF fue responsable de una política represiva hacia los sectores radicalizados del movimiento obrero. Desde las huelgas descontroladas bajo el Frente Popular, frenadas con difamaciones y brutalidad, hasta el bochornoso papel en la descolonización de Argelia, el PCF, atrapado entre el esencialismo obrerista y el frentepopulismo patriotero, se revela cada vez más como un partido de orden ante ciertos sectores radicalizados. Sartre expresó esa frustración, de forma quizás exagerada afirmando que el PCF no hacía la revolución porque no quería hacer la revolución. Exagerada desde el punto de vista del materialismo histórico, subjetivista como les solía ocurrir a los existencialistas metidos a marxistas, pero acertada y valiosa en la descripción del sentimiento de una generación.

Bensaïd descubre el comunismo subterráneo de la mano de Alain Krivine, Henri Weber y otros militantes que, inspirados por las luchas en el tercer mundo, descubren lo que Michael Löwy (otro de ellos, quizás el más original) llamó marxismo olvidado. Conectan con una tradición maldita por excelencia, el trotskismo. Sus premisas: la revolución permanente (esto es, la imposibilidad de resolver las contradicciones del capitalismo dentro de los propios marcos capitalistas y, por tanto, el carácter socialista de la revolución), internacionalismo (la necesidad de responder en un marco global a un capital que tiende inexorablemente a mundializarse), crítica despiadada a la burocracia (rescatar al marxismo del monstruo estalinista).

Se encuentran con gente como Pierre Frank o Ernest Mandel, algunos muy marcados por la experiencia de la Oposición de Izquierdas en los años 30, otros por los debates de la Cuarta Internacional en los años 50, debates de gran calidad teórica, pero caracterizados por un cierto dogmatismo producto de su desconexión con la praxis de las masas, encuadradas en los grandes partidos obreros reformistas. Pero el trotskismo francés tiene una particularidad: su conexión libertaria con la experiencia surrealista a través de personajes como André Breton o Pierre Naville. Estas extrañas conexiones facilitan a la generación de Bensaïd un mestizaje abierto con las nuevas realidades. Se identifican con Rosa Luxemburg, con el Che Guevara, con Vietnam o con Ben Bella. Ese mestizaje entre lo viejo y lo nuevo es lo que posibilita la experiencia de la Ligue francesa, una de las experiencias más serias, duraderas e innovadoras de la extrema izquierda, a medio camino entre la herencia del marxismo clásico, el marxismo occidental y las nuevas aportaciones críticas que proyectaba Perry Anderson en las conclusiones de sus Consideraciones sobre el marxismo occidental. La práctica teórica de Daniel Bensaïd sintetiza de manera singular esa búsqueda marrana (en términos judaicos, los marranos eran los que vivían manteniendo viva y reviviendo la vieja tradición) que lo llevan a mezclar, de una forma muy peculiar, su marxismo con la tradición romántica de Lukacs, Bloch o Benjamin, dando lugar a una de las obras más originales de las últimas décadas. Un comunismo de la voluntad, mesiánico y a veces profundamente metafórico; donde la espontaneidad convive con la recuperación rigurosa de los problemas de la estrategia revolucionaria: hegemonía, clase, poder, partido y articulación antagonista.

Las aventuras de un operaísta

Antonio Toni Negri nace en Padua (Italia) en 1933. Hijo de toda la problemática antifascista, sus primeros pasos políticos están marcados por su socialización entre los sectores católicos humanistas. A pesar de que hoy nos resulte difícil imaginarlo, la Iglesia que describe Negri no se componía solo de una gerontocracia cupular degenerada y encerrada en sí misma; era también una articulación de comunidades insertadas en la sociedad y, por lo tanto, atravesada por sus debates y sus contradicciones. Solo así se explica la radicalización de ciertos sectores de la juventud católica; un éxodo en busca de respuestas para problemas que dentro de la Iglesia se podían plantear, pero no resolver.

Negri se vincula al Partido Socialista (llega a ser concejal), en donde resisten algunos reductos revolucionarios, como el liderado por el fundador del operaísmo (obrerismo) Raniero Panzieri. En principio, el operaísmo aparece como una forma de relacionarse directamente con la clase obrera de las grandes fábricas a través de la coinvestigación entre intelectuales y trabajadores. Progresivamente toma forma de corpus teórico-político. Su premisa se basa en el axioma de que es el capital variable (la clase obrera) el que condiciona el desarrollo del capital: se trata de buscar la tendencia de lucha más avanzada, pues es la que determinará la respuesta del capital, incluido el desarrollo tecnológico. A partir de esa premisa, el operaísmo desarrolla una serie de problemáticas particulares que los llevará, en un determinado momento, a posiciones políticas similares a las que habían sostenido viejos consejistas como Korsch o Mattick en los años 20 y 30. Una política en donde la lucha de clases desencadena las crisis y donde el capital es incapaz de resolver la crisis por sí mismo y solo puede cerrarla a la manera de Schumpeter, pero en este caso destruyendo el capital variable en vez del constante.

El operaísmo evoluciona en dos direcciones diferentes. Tronti (sin duda, el más dotado y brillante de ese grupo) y Assor Rosa reingresan en el PCI, el gran partido populista de la clase obrera italiana: “siempre con la mayoría”, se justificarán. Negri y otros inician una experiencia que les llevará desde el operaísmo leninista de Potere Operaio a lo que luego fue conocido como la Autonomía Obrera. La evolución teórica de Negri es paralela a esa trayectoria militante: a sus excelentes estudios sobre el Estado se suma una preocupación por la constitución material de la clase (del obrero masa al obrero social) y por las temáticas típicas de las apuestas insurreccionales. Mientras que las memorias de Bensaïd llegan hasta 2000, las de Negri se detienen en su detención en 1979: queda pendiente el propio relato de su posterior evolución posoperaísta, influido por el posestructuralismo.

Paralelismos: cruces y separaciones durante la década revolucionaria

Sería de una gran pereza intelectual, y sobre todo política, leer las memorias de Bensaïd y de Negri diluyendo la singularidad de su pensamiento dentro de las corrientes en las que desarrollaron su militancia. No por el esnobismo de los que creen que los desarrollos teóricos militantes, partisanos, son inferiores por ser de parte. Todo lo contrario: la fuerza de un pensamiento se mide por su capacidad de insertarse en la acción colectiva: el ser parte de no debilita, es lo que posibilita la fuerza de la idea. El problema es que dentro de las partes siempre hay debate, tensión. Las memorias de cualquier intelectual militante siempre son la narración de esas discusiones, con la praxis, con las ideas, dentro de su propia corriente y también con otras. Por eso, las memorias políticas son un género particularmente interesante: ayudan a entender lo que los textos colectivos no pueden, no saben o no quieren decir.

Tanto Bensaïd como Negri son comunistas desde la periferia, a contracorriente, extraparlamentarios, no solo porque desarrollen su práctica política fuera de la representación, sino porque lo hacen contra los grandes representantes de la clase obrera, los partidos comunistas. Lo hacen no solo contra sus organizaciones, sino contra sus referentes intelectuales: contra Althusser en el caso de Bensaïd, contra Gramsci en el caso de Negri. Por suerte, en las memorias siempre hay espacio para las disculpas. Ambos se autocritican de su pasada beligerancia contra ambos pensadores. Sin disculparse por su beligerancia, contextualizan el fragor de la batalla, en la que discutieron menos contra sus ideas que contra lo que representaban, esto es, el uso espurio de la sofisticación teórica de ambos pensadores para justificar una línea política que se separaba cada vez más del horizonte socialista.

La relación entre el extraparlamentarismo y los grandes partidos de la clase obrera siempre aparece como problemática. Bensaïd es heredero de la tradición del frente único: consciente de que la fuerza de los revolucionarios no es capaz de mover al conjunto de la clase obrera, busca una y otra vez alianzas con los sectores agrupados en el reformismo obrero, intentando desarrollar una dialéctica de luchas concretas que, a través de una experiencia común, permita desbordar el conservadurismo de las burocracias dirigentes. Negri, sin embargo, parece sentir rechazo a relacionarse de cualquier manera con el PCI. Expresa su incomodidad ante los intentos de algunos de sus compañeros por incidir (desde fuera) en el interior del partido: su propuesta estratégica tiende a primar más la afirmación de la autonomía que la búsqueda de la hegemonía.

Ambos se enfrentan a la cuestión de la organización, la cuestión del partido. La propuesta de Bensaïd oscila entre el luxemburguismo (construir el partido a través de las luchas) y un ultraleninismo, en ocasiones exagerado, en polémica precisamente contra un espontaneísmo que, según los jóvenes cuartistas [de la IV Internacional], impedía llegar preparados organizativa y políticamente a las coyunturas y los saltos revolucionarios. La LCR francesa acaba por conformarse como una organización partidaria muy activa en el mundo intelectual y cultural, en los movimientos sociales, muy visible en la esfera pública, con un discurso fuertemente obrerista pero una implantación relativa (aunque no desdeñable) en un mundo obrero muy dominado por el PCF: una suerte de proyecto leninista libertario, que diría el propio Bensaïd, que nunca llega a dar el salto a construir una organización de masas.

Desde su responsabilidad de secretario nacional de Potere Operaio, Toni Negri asume tareas de organización sorprendentes para quienes desconozcan su trayectoria. Durante todo el largo 69 italiano, Negri se plantea una y otra vez el problema de dar el salto desde la organización de las luchas a una organización política obrera que fuese una expresión directa del conflicto de clases. Un problema que, como él mismo reconoce, no terminan de resolver ni Potere Operaio ni el resto de grupos italianos, aunque consiguen mantener una estructura viva, sorprendentemente flexible y multiforme a lo largo de una década. Esta es una de las grandes diferencias entre las formaciones sociales francesa e italiana a lo largo de los años 70: mientras en Francia se estabilizan las formas organizativas de la izquierda y del movimiento obrero hasta la profunda crisis en la que entra la izquierda cuando fracasa el primer Programa Común, en Italia las reinvenciones son constantes hasta 1977 y el declive inexorable del PCI tras la derrota de la última gran huelga de la Fiat en Turín, en 1981.

Leyendo las memorias de ambos, aparece una y otra vez el problema de la violencia y de la insurrección, el problema del enfrentamiento frontal con los aparatos del Estado. Eran tiempos de apuestas duras, sin concesiones, en donde la máxima leninista de destruir el Estado burgués dominaba las estrategias de la extrema izquierda. Gramsci y sus propuestas hegemonistas no se leían en clave revolucionaria: aparecían, como ya hemos dicho más arriba, como una justificación del apalancamiento de los partidos obreros dentro del orden burgués, sobre todo en el caso italiano, pues el PCF, célebre por su pereza y tosquedad teórica, ni se molestaba en teorizar su política. Bensaïd piensa la década revolucionaria desde el paralelismo con la Revolución rusa: si el 68 fue 1905 (un ensayo general, tal y como escribió con Henri Weber), la tarea era prepararse para una situación revolucionaria como la de 1917. Negri, aunque no lo explicite (hay muchas referencias a Marx y pocas referencias a las grandes experiencias revolucionarias internacionales en sus memorias), parece pensar más en el proceso alemán que se da entre 1918 y 1923, en donde un gran desorden proletario impedía al Estado suturar la crisis y estabilizar la situación: “Construir el partido de la insurrección”, decía el himno de Potere Operaio, con la melodía de la Varsoviana de fondo.

Visto en perspectiva, y a pesar de la sofisticación teórica con la que ambos justificaron sus estrategias, quizás esta sea la parte que más choca de sus experiencias. No por el valor moral que esconden, ni porque no tuvieran sentido para los militantes que las vivieron. Decir eso sería de una arrogancia injusta e injustificable. Pero leyendo sus memorias, cabe cuestionarse el por qué toda una generación revolucionaria tendió a ignorar y en ocasiones despreciar experiencias contemporáneas de movilización de masas basadas en la longue durée de la lucha y la desobediencia civil no-violenta como, por ejemplo, el movimiento por los derechos civiles en EE UU, mucho más acordes con las sociedades densas y llenas de casamatas que Gramsci había intuido en sus Quaderni. Aunque nos fascinen los desfiles poderosos de la LCR y su capacidad de enfrentamiento callejero o las manifestaciones armadas de la Autonomía, uno no puede dejar de pensar: ¿en qué bucle estarían metidos, al menos durante todo un periodo, para pensar que esas técnicas de lucha iban a generar la suficiente fuerza y potencia para vencer a un adversario que, además de una estructura de poder capaz de integrar a amplios sectores de los subalternos, contaba con el monopolio intacto de la violencia? De nuevo, hay autocrítica en su relato: nuestra tarea, nuestra obligación es recogerla para evitar romantizarla.

Porque, por ejemplo, hay un problema estratégico que ha reaparecido en la historia. Por ahora solo ha aparecido en sociedades marcadas por un desarrollo desigual y combinado, en formaciones sociales híbridas como Siria o Nicaragua, pero en estos tiempos de profunda crisis, la historia puede volver en cualquier sitio en sus peores formas. Nos referimos, por supuesto, al problema de la guerra civil. Y ahí, por mucha admiración que sintamos por las trayectorias y planteamientos de la generación revolucionaria de los años 60, no podemos dejar de señalar una ruptura: la tarea de los revolucionarios cuando empieza un proceso revolucionario no es prepararse para la guerra civil, es generar una relación de fuerzas entre las clases que sea capaz de evitarla. La forma de encauzar los conflictos sociales también determina su resolución.

Lo doloroso y erróneo de esta deriva se intuye, se lee, a veces explícita y a veces implícitamente en ambas biografías militantes. En el caso de la extrema izquierda italiana, el fin de la experiencia de la Autonomía, ahogada en el delirio de las Brigate Rosse a pesar de los intentos de Negri por evitar que el asunto degenerase en esa dirección, fue una experiencia traumática. La fase neofoquista de la Cuarta Internacional de Bensaïd es también un episodio trágico en esa organización y que ha producido reflexiones autocríticas muy interesantes por parte de esa corriente, sobre todo en el caso de Bensaïd, con respecto a la experiencia argentina, la cual vivió muy de cerca.

Comunistas sin comunismo

Marx y Engels llamaban comunismo al “movimiento real que anula y supera el actual estado de las cosas”. ¿Qué hace un comunista en lo que Manuel Sacristán llamaba el mientras tanto, un mientras tanto que no es un interregno, sino que es un momento de la ofensiva del capital, en donde la posibilidad del comunismo parece desvanecerse? La actividad de Bensaïd y de Negri durante los 80, hasta la reactivación de ofensiva social a finales de los 90, se centró en una actualización de sus respectivos postulados teóricos y en tratar de mantener vivo el legado de sus marxismos, hasta que otra generación pudiera recoger el testigo.

Con la derrota del movimiento obrero y el auge del neoliberalismo se produce un cambio de tendencia en la lucha de clases que también va acompañado de una alteración en los temas, las problemáticas y las referencias teóricas. Surge una nueva articulación entre cultura y sociedad (o nueva lógica cultural) que llamamos posmodernismo; a su expresión teórica en el ámbito del pensamiento crítico lo llamamos posestructuralismo. Es importante esta diferenciación a la hora de analizar la historia del marxismo y de los marxistas, porque sin ella podría parecer que existe la posibilidad de un marxismo extemporáneo, que no esté imbuido en los problemas de la lógica cultural posmoderna. Incluso las reacciones más antiposmodernas son una muestra de esa imposibilidad de abstraerse, ya que se ven obligadas a negar el sujeto que impugnan y, por lo tanto, a reconocer su existencia. Con el posestructuralismo, la relación es más compleja: se puede percibir o bien como una justificación en clave hegeliana y celebratoria del orden posmoderno (si es real, es racional) o más bien como una justificación ideológica a derribar, ya que mistifica una nueva articulación de las relaciones de poder en la sociedad.

La toma de posición ante el nuevo paradigma, su influencia y su delimitación atravesó a todos los marxistas de la época, sin excepción. El debate en torno a la posmodernidad y el neoliberalismo no era simplemente especulativo; era un debate que obligaba también a replantear el contenido de los conceptos-base en torno a los que se habían movido los proyectos revolucionarios desde los años 60: la centralidad de la clase obrera, el propio concepto de clase y su composición, la relación entre Estado-Nación, la globalización y el rol del capital financiero, la emergencia de nuevos movimientos que ya no estaban dispuestos a asumir un papel secundario...

Tanto Negri como Bensaïd asumen durante estos años la tarea de conectar el legado de sus corrientes a estos nuevos problemas. Negri, que había tenido una estrecha relación con Deleuze y Guattari, centrará buena parte de sus reflexiones teórico-estratégicas durante los años 90 en tratar de actualizar el concepto de clase, como ya había ensayado en su Del obrero masa al obrero social. Lo hará partiendo de una idea clave en la tradición operaísta, el concepto de composición de clase. Retomando al Marx de los Gründrisse, pero aplicándolo a la clase en vez de al capital, Negri llega a la conclusión de que la generación de valor ha ampliado su campo de producción a través de la expansión del rol cognitivo en el trabajo. La multitud pasa a sustituir a la clase obrera como composición de clase productiva predominante en el posfordismo: la matriz dominante de la multitud se traslada al cognitariado. Negri, siguiendo la metáfora posestructuralista, asume que la nueva composición de clase adquiere una forma rizomática, bajo una relación capitalista en la que el poder se diluye en una articulación pospolítica, que el Estado ya no es capaz de vertebrar. Su conclusión estratégica, propuesta en Imperio, es consecuente con esa caracterización: se trata de construir líneas de fuga sistémicas para la multitud. A pesar de que esta etapa de Negri contiene ciertas sugerencias e intuiciones siempre interesantes y, sobre todo, un lenguaje que fascinó a buena parte de la generación activista del movimiento antiglobalización, la debilidad de sus propuestas estratégicas contrasta con la fuerza de su pensamiento en los años 70, pues más allá de apelaciones abstractas a la creatividad de las multitudes, carece de traslación en el plano de la organización política.

El planteamiento de Bensaïd parte del reconocimiento de que la derrota obrera ante el neoliberalismo ha abierto una nueva situación histórica. Entendiendo que la caída de la URSS ha puesto en crisis la idea de comunismo, inicia un proceso de recuperación de la idea de estrategia revolucionaria, retomando a autores como Walter Benjamin y en diálogo con las nuevas corrientes críticas, como el pensamiento de Jacques Derrida y sus reflexiones en torno a Marx. Partiendo de la problemática gramsciana de la articulación, Bensaïd trata de pensar cómo construir un sujeto anticapitalista que reconozca la pluralidad de la clase, pero que sea capaz de unificarse en el plano político en torno a un horizonte común. Esta propuesta de Bensaïd ha tenido repercusiones en las más estratégicas nacidas en el último periodo de luchas. Un buen ejemplo de ello es la propuesta que podemos leer en el Manifiesto de un feminismo para el 99% de Nancy Fraser, Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya, en donde se plantea la necesidad de articular un nuevo proyecto político anticapitalista y de clase en torno a su sector más avanzado, en este caso la lucha feminista de las mujeres. Esa ontología política de la lucha es característica de la reconstrucción estratégica bensaïdiana: la de un proyecto anticapitalista pasa siempre por su capacidad de dotarse de una forma política.

En Consideraciones sobre el marxismo occidental Perry Anderson esbozaba una tipología del intelectual neomarxista, que se caracterizaba por su separación de la praxis del movimiento obrero, circunscribiendo su reflexión teórica a campos como la filosofía. Lo peculiar de Bensaïd y Negri es su carácter híbrido: su vinculación a las luchas, su papel de dirigentes en corrientes comunistas heréticas y sus reflexiones en el terreno de la teoría marxista producen un nuevo tipo de intelectual, a medio camino entre el militante revolucionario y el filósofo. Precisamente eso es lo más interesante de sus memorias: a través de su relato, trayectoria y reflexiones, imaginar el tipo de intelectual orgánico que pueda retomar una nueva potencia comunista.

Brais Fernández es miembro de la redacción de viento sur y militante de Anticapitalistas

Referencias

Bensaïd, Daniel (2018) Una lenta impaciencia. Barcelona: Sylone y viento sur.

Negri, Antonio (2018) Historia de un comunista. Madrid: Traficantes de Sueños.





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