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Argelia
¿Hacia un punto sin vuelta atrás?
02/06/2019 | Hocine Belalloufi

El movimiento popular iniciado el 22 de febrero de 2019 acaba de obtener una nueva e importante victoria. Ninguna de los 77 candidatos a las elecciones presidenciales previstas para el 4 de julio ha logrado reunir el número de firmas necesario para validar su candidatura antes del 25 de mayo [fecha límite para inscribirse]. Por su parte, tres dirigentes de pequeños partidos han retirado su inscripción.

La persistencia de la presión popular [como muestran las manifestaciones del viernes pasado], la oposición de numerosos jueces y el rechazo de más de 400 Presidentes de Asambleas populares comunales-APC (alcaldes) a organizar las elecciones han abortado el proceso de recogida de firmas. Así pues, no habrá elecciones en la fecha prevista

Tres meses después de emerger, el balance del movimiento popular es impresionante. Su carácter masivo, unitario y pacífico, y el rechazo a cualquier injerencia exterior, disuadieron al poder de recurrir a una represión brutal, si bien persisten, hasta ahora, las amenazas, provocaciones y las actuaciones arbitrarias (arrestos, palizas…).

Hasta ahora, el movimiento también ha impuesto el derecho a manifestarse, el inicio de una apertura, aún muy insuficiente, en los principales media públicos y privados, la incorporación de nuevos partidos y asociaciones… y la decisión de Abdelaziz Bouteflika a anular las elecciones presidenciales previstas para el 18 de abril así como su renuncia a obtener un quinto mandato y la dimisión de su primer ministro Ahmed Ouyahia.

La movilización ha agudizado la contradicciones en el seno del régimen entre quienes, alrededor de Bouteflika, trataban de organizar una transición bajo control y quienes, alineándose con el vice-ministro de Defensa y jefe del Estado Mayor del ejército nacional popular (ANP), el general Ahmed Gaid Salah, rechazan ir más allá del marco constitucional. Estas tensiones internas en el poder llevaron a Gaid Salah a destituir, bajo la cobertura de dimisión, a Abdelaziz Bouteflika.

Por último, el movimiento popular obtuvo la dimisión de Tayeb Baleiz, presidente del Consejo constitucional, e hizo fracasar la conferencia de diálogo nacional emprendida por el jefe de Estado en funciones, Abdelkader Bansalah… Actualmente el conflicto sigo ahí y se desconoce como va a terminar.

I. La evolución de la situación política y los retos que plantea

La fuerza tranquila del movimiento

Cada viernes, de forma tranquila pero con una fuerte determinación, la población argelina, todas las edades, sexos y condiciones sociales comprendidas, invade de forma masiva las calles en 48 departamentos del país para reivindicar su rechazo a la solución constitucional [defendida por Gaid Salah] de realizar elecciones presidenciales el 4 de julio y exigir la apertura de una verdadera transición democrática. Ni el calor primaveral ni el ramadán, que someten a los cuerpos y a los espíritus a una ruda prueba, no han logrado disminuir la movilización.

En mayo, frente a la obstinación del poder para imponer su solución constitucional, las amenazas de Gaid Salah y la vuelta de la represión durante las marchas en Argel (controles a la entrada en Argel, arrestos violentos y arbitrarios de manifestantes que son trasladados a comisarias distantes varias decenas de kilómetros de la capital…), el movimiento popular mantiene intacta su reivindicación de un cambio de régimen por la vía de una transición democrática. La población argelina rechaza una monarquía y tampoco quiere un régimen militar, aunque sea con fachada civil.

La fuerza del movimiento es tal que genera ramificaciones aún frágiles pero prometedores. La primera de ellas, el movimiento estudiantil, que renace de sus cenizas haciendo saltar por los aires la chapa de plomo que bloqueaba la universidad, dominada por estudiantes fantoches y corruptos, adictos al poder. De forma desigual y con ritmos propios en cada universidad, los estudiantes se movilizan, hacen huelgas y se manifiestan cada martes en prácticamente todas las cabeceras departamentales.

Esta movilización permanente ha logrado recuperar la organización de Comités autónomos que tratan de coordinarse, a nivel local al inicio, y después a nivel regional y nacional. De esa forma, el movimiento estudiantil recupera de forma progresiva su papel tradicional de vanguardia del movimiento popular. Cada martes se manifiesta con consignas que se repiten los viernes; lemas que generalmente constituyen la respuesta del movimiento popular a las declaraciones y decisiones de Gaid Salah y, en ocasiones, de Bensalah [actual presidente del Consejo de la Nación].

La segunda ramificación, aún más importante estratégicamente, a la que la movilización popular ha abierto el camino, es el movimiento sindical. Hasta el paso 22 de febrero, el sindicato histórico, la Unión General de Trabajadores Argelinos (UGTA), estaba totalmente dominada por una dirección anti-obrera que buscaba inscribirse una vez más en la campaña de Abdelaziz Bouteflika para un V mandato. Es cierto que desde hacía tiempos numerosas secciones sindicales impulsaban huelgas en las empresas, en contradicción formal con la posición de su secretario general, Abdelamadjid Sidi Said, en las reuniones tripartitas con el gobierno y la patronal en aras de preservar la paz social.

Pero el descontento ante la política de colaboración de clases de su Secretariado Nacional y de Sidi Said, que situaron el sindicato a remolque del Forum des Chefs d’Entrepises –FCE, la patronal- y del gobierno era difuso, no se expresaba abiertamente y, sobre todo, no desembocaba en la emergencia de una oposición sindical organizada y que luchara por la independencia del sindical en relación al gobierno y la patronal.

La movilización popular ha permitido la emergencia de esa corriente. En un artículo precedente 1/, reprodujimos el extracto de un comunicado de la Unión Local de la UGTA de la zona industrial de Rouiba (al Este de la capital), que contribuyó a dar inicio a la contestación en el seno del sindicato. El 6 de abril, tras un encuentro de representantes de cuatro uniones departamentales se puso en pie una coordinación que expresó su apoyo a las movilizaciones "para construir una nueva república" y exigíó la dimisión de Sidi Said y de todos los dirigentes del sindicato implicados en la deriva de la central. El día 10 se les adhirieron miembros de la Comisión Ejecutiva Nacional (instancia suprema entre dos congresos) y más tarde, la Federación nacional de trabajadores metalúrgicos, mecánicos , de la electricidad y de la electrónica (FNTMMEE), así como la Unión Local de Rouiba y la Unión Departamental de Ouargla (Sur) ) 2/.

El 17 de abril y el 1 de mayo, las concentraciones organizadas por esta coordinadora, denominada, "Comité nacional para la reapropiación de la UGTA por los trabajadores", delante de la sede del sindicato, en la Casa del pueblo, atrajeron a muchos sindicalistas, trabajadores y militantes de izquierda. Este Comité realizará un llamamiento nacional para la "organización de un congreso nacional extraordinario de la UGTA antes de finales de año, en el que solo se permitirá la asistencia a las y los delegados elegidos por la base" 3/.

El 22 de mayo, el Comité organizó una huelga general con concentraciones y marchas en diferentes regiones del país.

Ahora bien, esta iniciativa de renovación no será fácil, porque a lo largo de estas últimos 20 años muchos sindicalistas desilusionados han abandona la UGTA (sobre todo, en la función pública), y la organización no cuenta con la confianza de muchos trabajadores. Además, los renovadores tendrán que hacer frente a las maniobras de la burocracia que fijó la fecha del próximo congreso (el 13º) para el 21 y 22 de junio, en un intento de cortarle la hierba bajo los pies a la oposición y proteger el aparato. Sidi Said también destituyó a los cuadros sindicales que se sumaron a la oposición interna.

La clave del éxito dependerá de la capacidad que tenga la oposición para incorporar en su lucha a la base del sindicato y a las masas asalariadas. En esta perspectiva, están obligados a definir una plataforma reivindicativa, de forma que la reapropiación de la UGTA no se reduzca a la conquista del aparato y desemboque en un movimiento social con vocación de integrar tras su estandarte al movimiento popular y, de ese modo, darle una dimensión social explícita, que aún no la tiene.

El movimiento popular ha dado impulso a los sindicatos autónomos (Confederación de sindicatos autónomos –CSA- y Confederación general autónoma de trabajadores de Argelia-CGTA) que se desenvuelven más holgadamente. También ha contribuido al acercamiento de dos segmentos del movimiento sindical (autónomos y renovadores de la UGTA) convencidos que hacia delante tienen que desarrollar una política de unidad sindical. Por otra parte, asistimos a la emergencia de colectivos de mujeres susceptibles de reforzarse, vista la masiva participación feminista en la movilización popular, al menos en las grandes ciudades del país y, de forma más estructural, a la presencia cada vez más masiva, incluso mayoritaria, de mujeres en la universidad (60% de estudiantes) y en el mundo del trabajo: educación, sanidad, justicia, administración, medias, textil, farmacéutica… En lo que se refiere a la gente en paro, se movilizan en la calle, si bien ello no ha desembocado aún en un proceso de autoorganización estable. Una de las revelaciones del movimiento es, sin lugar a dudas, el sindicato nacional de jueces (SNM), cuyo nuevo presidente se sumó desde primera momento al movimiento, en el que esta organización se ha inscrito con determinación, al lado de los abogados.

Por pues, el movimiento popular como tal no se estructura, no genera ninguna estructura de dirección y rechaza delegar nada en estructuras que le representen, hablen o negocien en su nombre. Pero el despertar político masivo de la población contribuye mucho a la reconstrucción del tejido sindical, asociativo y político del país; como si el movimiento presintiera que su vida será corta. Objetivamente, este movimiento también actúa como granos de simiente, algunos de los cuales comienzan a germinar.

Los dos frentes del poder real

Fundamentalmente encarnado por Ahmed Gaid Salah y la comandancia militar en nombre de la que se expresa, el poder real combate políticamente en dos frente.

En el interno, se enfrenta a una coalición de dos clanes: el de Said Bouteflika (hermano y consejero del exPresidente) y el del general Mohamed Mdiene, más conocido como Toufik, antiguo jefe del exDepartamento de información y seguridad (DRS). Estos dos clanes estuvieron enfrentados durante el cuarto mandato de Bouteflika (2019-2019), quien se opuso Toufik. Aliado con Galib Salah en este conflicto, el expresidente jubiló a Toufik y reestructuró los servicios de seguridad, a cuya cabeza instaló al general Bachir Tartag.

Antiguamente rivales, estos dos clanes se reconciliaron no hace mucho para formar una facción opuesta a la de Gaid Salah. Ninguna cuestión de principio se interpone entre estas dos facciones que se apoyaron mutuamente, participaron en el cuarto mandato de Bouteflika y que, a principios de 2019, se prestaban a continuar haciéndolo en vistas a un quinto mandato. Durante 20 años, ambos compartieron sin rechistar la política autoritaria, liberal y antisocial del presidente saliente y la corrupción que iba con ella; la misma que el actual jefe de Estado mayor simula descubrir ahora.

En realidad, su enfrentamiento actual tiene que ver con la mejor forma de preservar el régimen. Said Bouteflika y sus acólitos optan por la aceptación de una transición controlada para ganar tiempo e influir en el proceso de reconfiguración del régimen. La cúpula del ejército [Gaid Salah] rechaza frontal y definitivamente a ir más allá del marco constitucional actual.

En este enfrentamiento, Gaid Salah tomó la ofensiva obligando a Bouteflika a dimitir, mediante la activación de hecho del artículo 102 de la Constitución que atribuye la función de Jefe de Estado provisional al presidente del Consejo Nacional (Senado), Bensalah, durante un período de 90 días (hasta el 9 de julio), a lo largo de los cuales se tienen que celebrar elecciones presidenciales (estaban fijadas para el 4 de julio). Gaid Salah desarrolló su iniciativa encarcelando a sus principales adversarios (Said Bouteflika, Toufik y Tartag), acusados de "atentar contra la autoridad del ejército y de complot contra la autoridad del Estado". Utilizando el argumento de la lucha contra la corrupción, muy popular entre la población argelina, también encarceló a los principales oligarcas (Adi Haddad, Issad Rebrab y los hermanos Kouninef) que apoyaban a sus adversarios e inició procesos jurídicos contra los ex primer ministros Ahmed Ouyahia, que es además Secretario general del RND, y a Andelmalek Sellal, a los antiguos ministros y jefes o exjefes de partidos tales como Djamel Ould Abbes (FLN), Amara Benyounes (MPA), Amar Ghoul (TAJ), al ex director general de la seguridad nacional (DGNS), Abdelghani Hamel…

La guerra continúa a nivel de los partidos de la coalición presidencial, del Parlamento y de sus organizaciones satélite. Estando como estaban en el punto de mira de la justicia, los dirigentes de dos pequeños partidos (MPA y TAJ) trataron de curarse en salud apoyando la alternativa constitucionalista. Los principales partidos, el RND y el FLN también se pronunciaron a favor de esta vía. Pero el RND es inaudible y está totalmente paralizado tanto por las divisiones internas que le descomponen como por la espada de Damocles que pesa sobre su jefe. El FLN tampoco logra salir de su crisis. Hace unas semanas, su comité central destituyó al secretario general, Moad Bouchareb, que fue nombrado en ese puesto hace apenas seis meses por Bouteflika. Fue reemplazado por un empresario, Mohamed Djemai. Pero, hasta el presente, Bouchareb renuncia a dejar la presidencia de la Asamblea Popular Nacional a la que llegó en octubre de 2018 tras derrotar, con un golpe de mano junto a otros diputados de su formación, al presidente precedente, Said Bouhadja. Ahora, estos representantes del pueblo están divididos entre partidarios y adversarios de Bouchareb, lo que frena el proceso de recuperación del primer partido de la coalición.

El mismo panorama se da en las organizaciones satélite del poder. Tras el arresto de Ali Haddad, la organización patronal (FCE) parecía emanciparse del clan Bouteflika, pero recientemente los partidarios del hombre de negocios y expresidente de la asociación patronal han vuelto a la carga, haciéndose cargo provisionalmente del puesto de presidente encargado de preparar la elección del futuro presidente. La misma incertitud reina en la UGTA.

El jefe de Estado provisional, Bensalah, y su primer ministro, Noureddine Bedoui no pueden ir más allá del marco constitucional establecido por Gaid Salah, aún cuando no habían puesto mucho celo en poner en marcha el Órgano independiente para supervisar las elecciones (HISSE) y la preparación de las elecciones para el 4 de julio. Mientras el Primer ministro no dice nada, el jede de Estado provisional nombra y destituye a discreción a los responsables de instituciones estatales y de empresas públicas. Decisiones que parecen ante todo ser un acto de resistencia frente a Gaid Salah. Confrontado al movimiento popular, Salah trata de forzar las cosas. Tras haber hecho el amago de apoyar al movimiento y protegerle de la represión policial y de determinados cuerpos de seguridad, así como expresar su disposición a acompañarlo con el fin de que se materialicen todas sus reivindicaciones, Gaid Salah intenta ahora, cada vez más, acabar con él.

Está obstinado en imponer su solución constitucional, ha dejado de denunciar los obstáculos y la represión a la que se enfrentan las movilizaciones en la capital y no advierte a la policía de las provocaciones contra los manifestantes. Parece dejar vía libre a la actitud ostensiblemente represiva de la policía y de la gendarmería.

Gaid Salah exige al movimiento que renuncie a reivindicar el cambio de régimen y que se sume a su posición de mantener un régimen liberal autoritario con fachada democrática. Una mezcla de la reivindicación a favor del cambio de régimen con la posición defendida por la banda de Bouteflika. Igualmente, a quienes no comparten su punto de vista les acusa de querer debilitar el ejército, de enfrentarse al mismo y a su mando así como atentar contra los intereses de Argelia. En resumen, advierte y amenaza.

Su insistencia en querer salvar el régimen autoritario corre el riesgo de precipitar al país en una situación imprevisible. La Constitución que reivindica en todo momento es, sin embargo, totalmente ilegítima, al igual que todo el régimen que desde 1980 renunció a cualquier proyecto de desarrollo soberano, aceptó el inicuo orden económica internacional y el orden imperialista regional, preconizó el liberalismo, instrumentalizó el islamismo para legitimar la propiedad privada de los medios de producción en un país muy apegado a la igualdad social…

El reto político actual

El principal reto político actual es saber si el régimen autoritario se mantendrá o si, por fin, se abrirá paso un verdadero cambio democrático. Finalmente, la ecuación política nacional se reduce a estos términos: mantenimiento del régimen o apertura hacia una transición democrática.

Habiendo rechazado desde hace semanas la realización de elecciones presidenciales en el marco legal, institucional y con el personal dirigente actual, el pueblo argelino no se contentará, ni mucho menos, con un simple aplazamiento de la fecha de elecciones. Ya no aguanta ser engañado como lo fue cuando el poder realizó algunas concesiones políticas y determinadas promesas (1988-1992, 2001-2002 y 2011) para evitar cambios mayores en el régimen autoritario. Aprendiendo de experiencias dolorosas, el pueblo se ha levantado para poner en pie, por fin, su soberanía confiscada.

Por su parte, y tras la anulación de las elecciones del 4 de julio, ¿admitirá el poder que el único soberano legítimo del país es el pueblo? ¿Estará dispuesto a contemporizar y renunciar a su quimérica solución constitucional, o tratará aún de imponerla recurriendo a maniobras dilatorias e incluso a la represión? Si lo que hace es fijar otra fecha y algunos cambios cosméticos, tendrá que hacer frente a un nuevo rechazo. Si recurre a la represión, no quedarán mas que dos posibles salidas: una revolución democrática o una dictadura militar-policial.

¿Optará el poder por un golpe de mano tipo Sissi [en Egipto] en un momento en el que no existe ninguna amenaza contra la República? ¿Se planteará una solución a la sudanesa, salpicada de muertes y heridos, para finalmente decidirse a favor de un apertura compartida? ¿Tomará conciencia de los cambios políticos operados desde hace tres meses para acompañar la aspiración legítima del pueblo argelino de tomar el destino en sus manos? Esta última solución ahorraría al país numerosas muertes y destrucción y alejaría el espectro de un enfrentamiento en el que todo el mundo pierde y se corre el riesgo de una injerencia imperialista de la que, a modo de ejemplo, se pueden ver las desastrosas consecuencias en Libia.

El balón esta ahora mismo en el tejado del poder. Ahora bien, en sus últimas intervenciones, Gaid Salah continúa afirmando la necesidad de organizar las elecciones presidenciales los antes posible, aún cuando haya dejado de lado la fecha del 4 de julio. He aquí por qué la movilización popular debe continuar. El carácter masivo de las manifestaciones actuales, a pesar de haber llegado a la última semana del ramadán, no deja lugar a dudas sobre la determinación del pueblo argelino.

El golpe posterior

Incluso si la determinación continúa intacta, la movilización popular no se sitúa en una dinámica revolucionaria orientada a derrocar el poder para sustituirlo. Se sitúa en una dinámica de reforma radical orientada a un cambio de régimen mediante la presión constante y creciente para 4/. La situación podría evolucionar en el futuro y en ese momento el movimiento debería adaptarse al nuevo contexto adoptando otra táctica. Por lo tanto, no se puede excluir nada a priori. Pero en este momento, la opción más probable es la de la presión-negociación.

Siempre queda la opción de llamar al pueblo a llevar a cabo una revolución democrática. Pero la radicalidad concreta incita más a buscar una salida política conforme a la naturaleza del movimiento, a sus aspiraciones y demandas, a su fuerza, pero, también, a sus límites y contradicciones. Porque el objetivo es salir de esta crisis con una victoria, cierto que parcial para los partidarios de una sociedad socialista, pero real y substancial; las revolucionen no se hacen de un día para otro y, sobre todo, no obedecen a la voluntad subjetiva de tal o cual grupo militante, tal o cual teórico. El movimiento actual se puede comparar a una huelga en una empresa, en la que el objetivo principal, más allá de lograr determinadas reivindicaciones inmediatas (salarios, condiciones de trabajo…), es reforzar la unidad y la fuerza de los trabajadores y trabajadoras, su organización y su moral en previsión de luchas futuras. En ningún caso, el objetivo es derrocar a la dirección de la empresa, ni expropiar a los expropiadores, ni –por qué no-, tomar el poder en el país. Este tipo de objetivos solo se pueden alcanzar –no propagandear, sino avanzar realmente con consignas concretas- en el marco de una situación revolucionaria. Actuar de otro modo nos lleva a confundir la propaganda con la agitación, con una incomprensión total de los verdaderos retos políticos de la coyuntura, de la relación de fuerzas entre los contendientes y, por tanto, de la capacidad objetiva del campo popular, así como se du voluntad subjetiva.

El reto de cualquier eventual negociación sería abrir la vía a una verdadera transición y no solo a una postergación de las elecciones presidenciales. Esto implica modificar la autoritarias reglas del juego política con el objetivo de pasar de una democracia de fachada a un verdadero régimen democrático. Existen numerosos tipo de transición negociados. Actualmente en la Argelia contamos con dos, dirigidos por instancias provisionales en las que el contenido, la forma, la composición y la función exactas derivan de la relación de fuerzas entre los campos en presencia y de la existencia o no de un compromiso entre ellos.

¿Implantar reformas estructurales preconizadas por el FMI, el Banco Mundial y las fuerzas del mercado en provecho del capital foráneo y de la burguesía compradora o satisfacción de las reivindicaciones sociales de los trabajadores y trabajadoras y de las masas populares, manteniendo la propiedad del pueblo sobre las riquezas y el patrimonio nacional, rehabilitando el papel del Estado en el desarrollo económico y social, luchando contra las desigualdades mediante la puesta en cuestión de los oligarcas y garantizando las libertades democráticas y sindicales?

El primer tipo de transición se podría traducir en una serie de reformas más o menos profundas, destinadas a entrar en un nuevo ciclo electoral y afirmar su legitimidad: modificación de algunas leyes (electoral, ley de partidos, de asociaciones…), disolución de algunas instituciones (Parlamento…) seguido, o no, de su remplazo (Comisión constitucional), revisión de la composición de otros (Consejo constitucional, Consejo de Estado, Consejo superior de la Justicia…), apertura en los media y en la política (libertad de reunión, manifestación…), implantación de un órgano nacional independiente para la organización de las elecciones (elaboración del censo electoral y definición del calendario electoral, control de las elecciones, proclamación de los resultados antes de su confirmación por el Consejo constitucional), campaña para animar a la gente en edad de votar a inscribirse en el censo… La perspectiva, a medio plazo, de las fuerzas políticas y las personalidades que apoyan esta opción, es que se celebren las elecciones presidenciales primero y, después, las legislativas y locales.

El segundo tipo de transición otorga al pueblo el papel de constituyente, el único al que pertenece la capacidad de decidir soberanamente sobre todas las cuestiones institucionales mediante la elección, tras un debate en la sociedad, de una Asamblea Constituyente. Las y los diputados que salgan elegidos estarían encargados de elaborar una nueva Constitución que, una vez redactada, sería sometida a referéndum. En este tipo de transición, no está predefinida la arquitectura institucional que se pondrá en pie, ni la opción de tal o cual elección (presidencial, senatorial, departamental, municipal…) porque, a modo de ejemplo, puede ocurrir que la Constituyente decida suprimir la institución presidencia y senatorial. Por ello, hay que dejar que las y los diputados electos decidan al respecto antes de hablar del ciclo electoral.

La opción de un tipo u otro de transición está subordinada a la victoria sobe los partidarios de apoyar el régimen actual y, in fine, dependerá de la relación de fuerzas sobre el terreno.

II. Los retos de clase

No será sino una vez iniciada la transición que aparecerán los retos de clase, actualmente ocultos tras la reivindicación democrática común, de la coyuntura política de forma un poco más clara a los ojos de las amplias masas.

Describiéndolo en diferentes variantes (nacionalista, islamista, laico, demócrata,, incluso izquierda), el discurso dominante niega la existencia del capitalismo y de las clases sociales propias a ese modo de producción, en Argelia. Los acontecimientos políticos que estamos viviendo estarían exentos de cualquier dimensión de clase. Apoyándose en la lectura de El Capital de Karl Marx y de los manuales de economía política o en una simple comparación con el funcionamiento actual de los países capitalistas desarrollados, muchos intelectuales, políticos, periodistas y gente normal, concluye que Argelia no es un país capitalista. Lo que lamentan, porque consideran que la instauración del capitalismo representaría un enorme progreso.

Un país capitalista dominado

Sin embargo, en este país dominado que es Argelia, el capitalismo no se puede parecer al modo de producción abstracto descrito por los clásicos del marxismo ni al capitalismo dominante tal como existe en los países del G7. El carácter particular de la fase de desarrollo capitalista que vivimos (proceso de acumulación primitiva privado) ha forjado y continúa forjando una estructura de clases particular, con sus propias prácticas y formas de consciencia de clase originales. Este es el aspecto específico del desarrollo capitalista, que constituye el aspecto universal del desarrollo de la formación social argelina desde hace 40 años.

En estas condiciones, todo lo que nuestros partidarios de un capitalismo abstracto idealizado detestan o rechazan como no capitalista, constituye justamente nuestro capitalismo real: el de un país dominado con una corrupción generalizada, una burguesía atrofiada, compradora y delincuente, una clase obrera diezmada por la desindustrialización del país como consecuencia de la infith (apertura a los capitales privados) desde los años 1980, por la opción de privilegiar el comercio y la importación en detrimento de la industria, por la mono-exportación de hidrocarburos, la evasión fiscal y la exportación de capitales, la especulación… Esa es la historia real del desarrollo capitalista en nuestro país.

Es comprensible que no les guste, pero no es fruto de un desiderátum normativo, porque si bien existen ejemplos de desarrollo capitalista, no existe -salvo en la cabeza de los ideólogos expertos del FMI, del Banco Mundial… - un modelo único llave en mano. El capitalismo domina a escala mundial pero sus formas concretan varían de un país a otro en función de la historia de la articulación de este modo de producción con sus precedentes, de su forma de inserción en el capitalismo mundial polarizado entre países dominantes y dominados, de la formación específica de sus clases y de las fracciones de clase a través de la economía y la lucha de clases, de la forma y el rol original del Estado…

Argelia es un país capitalista dominado cuya configuración es el producto de una historia concreta. Actualmente está compuesta (de forma aproximativa) de una gran mayoría de personas asalariadas (más del 70%) activas, en paro o jubiladas; de una pequeña burguesía tradicional y nueva (alrededor del 20%), así como de grandes terratenientes (menos del 10%). El conflicto actual es, en un sentido general pero en las condiciones específicas del país, una lucha de clases. Cuando las masas populares invaden las calles reivindicando ante quienes detentan el poder os habéis atiborrado de las riquezas del país, significa que una ínfima minoría ha desposeído a la gran mayoría de lo que formalmente le pertenecía por la vía de la propiedad pública de los medios de producción. Le pueblo se ha dado cuenta que las posiciones de poder, o la cercanía a las mismas, han permitido la obtención ilícita de capitales (dinero) y la acumulación privada; es decir, la adquisición de medios de producción por una fracción minoritaria de la sociedad y el hundimiento, para la mayoría, en la condición de proletarios que no disponen más que de su fuerza de trabajo para vivir.

Este proceso de desposesión, en beneficio del capital argelino, pero también y cada vez más, del capital internacional, no ha concluido, sino que, por el contrario, es objeto de una intensa lucha que opone las y los trabajadores al poder, pero que también atraviesa al aparato de Estado, como hemos podido observar en su incapacidad para privatizar determinados sectores estratégicos como el hidrocarburos (Ley Khelil) o la recuperación por parte del Estado del complejo siderúrgico de El Hadjar, malvendido al capital internacional (Arcelor Mittal), que lo desestructuró totalmente antes de revenderlo a un precio exagerado al poder público. Este juego de manos ha dado tiempo a los grupos extranjeros (el turco Tosyali en Bethioua, Qatar internacional en Bellara…) para construir nuevos complejos siderúrgicos, públicos pero insertos en cadenas de producción internacional cuyo control le escapa totalmente a Argelia. Recordemos la venta, en diciembre de 2018, por el grupo español Grupo Villar Mir, de su participación en el grupo fertial, antigua sociedad estatal denominada Asmidak, en beneficio del grupo Haddad, venta que gracias a la movilización de los trabajadores fue anulada in extremis por el Estado que hizo valer sus derechos preferentes. Un escenario idéntico se repite actualmente con el acuerdo entre Anadarko y Total, que permitirá al grupo francés poseer casi la mitad de la producción nacional de GNLK y de gas de esquisto, si se añade ese contrato a su actual capacidad de producción. Ahí también, el Estado parece haber decidido jugar la carta de sus derechos preferenciales antes de retractarse. Asunto a seguir…

Por ello, aunque ocultos, los problemas de clase están bien presentes en las luchas políticas cotidianas.

Las bloqueadas ambiciones de la burguesía argelina

Entre los partidarios del capitalismo, existen algunos analistas realistas y lúcidos de la coyuntura y de los retos que plantea. Es el caso de un cronista que analiza, de forma simétrica a la visión de los socialistas, la realidad en términos de clase y de lucha de clases. En una crónica semanal publicada un poco antes del levantamiento del 22 de febrero, El Kadi Ihsane tenía una visión extremadamente crítica sobre el capitalismo argelino actual a partir de un ejemplo revelador para él: el del fracaso de las inversiones de la ETRHB6 en el futbol y en los media 5/. Concluía con una requisitoria sin concesiones sobre la realidad del capitalismo argelino, de la burguesía y de su Estado.

Comparándolo al capitalismo tunecino, El Kadi explica "en qué grado el capitalismo argelino de los años de Bouteflika es ficticio, poco ético y cercano a la delincuencia". Pero no se detiene en este juicio de valor y precisa, más objetivamente, que: "La burguesía argelina vinculada al sistema del poder no ha generado una verdadera economía". Recriminando a Bouteflika de no haber permitido "el desarrollo de un negocio de los media", que aún en 2019 sigue impidiéndolo, el cronista explica: "En un país capitalista normal, la burguesía invierte en todos los sectores de actividad que pueden expandir el ciclo del capital y su influencia en la sociedad de cara a la reproducción de su posición dominante. El Estado, en realidad su Estado, le permite hacerlo. Regula, hace como que se preocupa por la competencia perfecta, pero al final, le cede el sotf power de la influencia".

Y comparando la situación entre el país del antiguo colonizador y el nuestro: "En Francia, los principales media están en manos de una decena de multimillonarios, que a menudo ganan dinero en el sector y controlan la producción de la información así como la formación de la opinión pública. En Argelia, los capitalistas próximos al clan presidencial no han logrado convencerle que les deje hacer lo mismo".

Si pone de relieve la responsabilidad del poder y de los capitalistas próximos al mismo sobre esta cuestión, El Kadi no omite precisar, de forma extremadamente lúcida que: "esto es, sobre todo, sintomático de la debilidad política de la burguesía argelina, al abrigo de un régimen político que no puede garantizarle una consolidación de su status frente a la reversión, siempre eruptiva, de la opinión popular".

Lamentando el monopolio de la televisión pública argelina en la transmisión de los partidos del campeonato que "constituye una pérdida de renta para los inversores en el futbol" cuando los derechos de imagen representan una "de las principales fuentes de ingresos de los club profesionales en el capitalismo normal", el cronista remarca que este hecho "informa sobre el retraso del ecosistema de los negocios argelinos que no es capaz de crear mercados para su desarrollo cuando el Estado, formateado por los años de Bouteflika, lo bloquea".

Y El Kadi concluye con desprecio: "La burguesía argelina no produce soft power. No hace soñar al pueblo. El que importa, se esconde. Quien desarrolla servicios se posiciona discretamente, quien invierte en la industria espera su hora. Pero nadie pesa en la historia. Colectivamente, la burguesía no ha sido capaz de producir de verdaderos oligarcas para que su supuesto poder político le ayude a expandir históricamente el círculo del beneficio. Un poder que asimila, en la era de Bouteflika, a años de negocios de apartheid sin proyecto nacional".

Esta crónica de El Kadi, como ocurre a menudo con él, trata de despertar la conciencia de clase de los capitalistas argelinos mediante la descripción de las contradicciones y retos sociales objetivos y subjetivos de la sociedad. Evoca, por momentos, las condiciones necesariamente no éticas de la acumulación primitiva de capital, las recriminaciones a la fracción capitalista ultraliberal frente a un poder acusado de haber desarrollad unos negocios de apartheid, cuando –nos lo recuerda con cierto cinismo- el papel del Estado capitalista normal es ser falsamente neutro, pero en realidad estar al servicio de la burguesía. Una recriminación dirigida también a la fracción vinculada al régimen de Bouteflika, juzgada incapaz de influir en el poder para expandir el ámbito de su negocios y asegurar la reproducción de su posición dominante. Más globalmente, explica a su manera la crisis de hegemonía de la burguesía argelina incapaz de hacer soñar al pueblo ofreciéndole "un destino nacional" y de dotarse de un poder para "garantizarle una consolidación de su estatus frente al retorno, siempre eruptivo, de las opiniones populares". Es incontestablemente, un brillante y lúcido análisis que la corriente marxista de Argelia ha perdido el día en el que El Kadi pasó al campo de enfrente.

Así pues, es a la luz de todos estos retos de clase que se puede tratar de comprender la táctica de las diferentes fuerzas sociales y las recomposiciones políticas que se puedan producir en los meses y años que vienen.

Las veleidades revolucionarias de la burguesía

La burguesía argelina es débil, está dividida y sufre una crisis de hegemonía. Aún cuando es la clase dominante, no controla el aparato de Estado. Es ese el objetivo que ha emprendido desde hace años su fracción ultraliberal, pasando a la oposición, para liberarse del lastre histórico que soporta por parte de los aparatos del Estado en manos de una pequeña-burguesía cuya historia está marcada por la revolución argelina antes y después de la independencia. Una pequeña-burguesía que rechaza pasar de golpe a la economía de mercado o de insertarse a pies juntillas, en posición subalterna, en un capitalismo global y someterse totalmente al orden imperialista regional. El reto fundamental para la burguesía privada impulsada por su fracción ultraliberal es de pasar del estatus de clase dominante al de clase gobernante.

Después de haber exigido al poder, durante mucho tiempo y de forma insistente, de ponerse a su servicio, los hombres de negocios, muchos antiguos militares, se han insertado en el aparato del Estado: comprando a cargos públicos (alcaldes, diputados..), a través de los partidos de la coalición presidencial (FLN, RND, MPA, TAJ,…), pero también de la oposición ultraliberal (Talaie El Hourriyet, MSP, RCD…); mediante la inversión masiva en los media privados (prensa escrita, televisiones, radios y web privadas…) pero también, cada vez más en los media públicos, así como a través de asociaciones, thinks-tanks… Se han organizado en sindicatos y asociaciones patronales cada vez más poderosas con el objetivo de imponer sus intereses al Ejecutivo. Pero el Estado los amaestra rápidamente echando mano de su organización faro (el FCE), cuyo expresidente Reda Hamiani fue despedido por un "golpe de estado científico" del que sólo el poder conoce el secreto. Algunos disidentes, como Issad Rebrab (Cevital), se retiran a la gestión de sus negocios a la espera de mejores días, mientras que la mayoría decide hacer seguidismo del poder con la esperanza de pesar progresivamente en sus orientaciones.

Habiendo fracasado las dos táctica, lo que no impide su imponente desarrollo y el incremento de su poder financiero y su capacidad para penetrar en las instituciones, la fracción opositora entra, como el patrón de Cevital, en una oposición cada vez más activa, tratando de movilizar en la calle a lo largo de estos dos últimos años antes de montarse en el tren del 22 de febrero para acabar con el régimen actual". El poder real, el de la muy alta jerarquía militar, ¡ha terminado por poner a todo el mundo de acuerdo al enviar a distintos representantes de estas diferentes fracciones de la burguesía a la cárcel! Lo que constituye todo un símbolo del fracaso político de la burguesía argelina. Pero este fracaso sólo es provisional, porque el poder actual, conectado a los que detentan los capitales por mil y un hilos invisibles, pero también visibles, y sin proyecto alternativo al desarrollo capitalista, al final, tarde o temprano, tendrá que pasar el relevo a los representantes políticos de esta burguesía ascendente.

¿Este proceso se dará mediante una revolución? ¿Aceptará el poder real negociar el paso del testigo a los representantes políticos del nuevos capitalismo argelino? Estos son los retos actual que, en buena lógica, deberán empujar al poder y a su oposición burguesa a encontrar un consenso que conduzca a reformas políticas limitadas seguidas de unas elecciones presidenciales que permitiría al nuevo dirigente del país disponer de la legitimidad necesaria para llevar adelante las reformas económicas y sociales estructurales tan deseadas, pero siempre insuficientemente realizadas. La burguesía. La burguesía desconfía como de la peste de una "vuelta, siempre eruptiva, de las opiniones populares".

Precisamente, es por este escenario, probable aunque no ineluctable, que determinados marxistas rechazan apoyar el movimiento popular al que asimilan al gloriosos Caballo de Troya de la burguesía. Ningún marxista, y mucho menos Lenin, ha ocultado que la instauración de un régimen democrático burgués sirve a los intereses de la burguesía. Pero también han señalado que este régimen también es beneficioso para el proletariado, permitiendo, por una parte, su organización como clase independiente y, de otra, haciéndole visible la contradicción que le opone a la burguesía. Una contradicción oculta en tanto la cuestión democrática que irresuelta. Exactamente, fue eso lo que pasó en Túnez, donde los trabajadores pueden organizarse y luchar más libremente que bajo la dictadura de Ben Ali y donde los retos de clase han pasado al primer plano de la coyuntura: modelo de desarrollo, condiciones de vida y trabajo, paro, inflación, ahogo financiero debido a los préstamos del FMI, de EE UU, de la UR y de las monarquías del Golfo…

En estas condiciones, la tarea de quienes defienden el socialismo no es dar la espalda al combate democrático y menos aún de oponerlo a un proyecto anticapitalista, sino de vincular ambos en un proceso permanente y, para no ofender a nadie, que se dará por fases.

30/05/2019

http://www.contretemps.eu/algerie-debut-lutte-prolongee/

Hocine Belalloufi, de quien hemos publicado varios artículos y militante del PST. Antiguo coordinador de la redacción de Alger républicain de 2003 a 2008, también ha publicao dos libros: La démocratie en Algérie. Réforme ou révolution ? (Apic et Lazhari-Labter, Alger, 2012) et Grand Moyen Orient : guerres ou paix ? (Lazhari-Labter, Alger, 2008).

Notes

1/ Hocine Belalloufi, "De una crisis del régimen a una crisis política", disponible en https://www.vientosur.info/spip.php?article14674

2/ Para una idea más detallada sobre la génesis de esta dinámica, remitirse al artículo de Hocine Guernane, Syndicat : la contestation dans l’UGTA et les grèves. https://www.dzvid.com/2019/05/04/syndicat-la-contestation-dans-lugta-et-les-greves/

3/ https://www.dzvid.com/2019/05/13/un-million-de-signatures-pour-se-reapproprier-lugta/

4/ H. Belalloufi, "Ce n’est qu’un debut", Contretemps.

5/ El Kadi Ihsane, "Youcef Goucem-Ali Haddad, l’autre épisode dramatique du capitalisme algérien", La Semaine Eco, El Watan économique du 4 février 2019. elwatan.com/analyse-eco/youcef-goucem-ali-haddad-lautre-episode-dramatique-du-capitalisme-algerien-04-02-2019. La ETRHB (Empresa de obras viales, hidraúlicas y de construcción) es el grupo privado de Ali Haddad, expresidente del FCE, actualmente en prisión.





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