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Arturo Van den Eynde - Aníbal Ramos (1945-2003)
Viento Sur

[Arturo Van den Eynde fue Alfonso para el grupo Comunismo, donde un puñado de
jóvenes revolucionarios buscaban entre 1969 y 1970, nuevas referencias teóricas y políticas,
después de la crisis del FLP. No es nada exagerado decir que el papel de Alfonso
en el grupo de Madrid fue decisivo, en general, y muy especialmente en la aproximación
al trotskismo de la mayoría de sus integrantes.
Después los caminos militantes se bifurcaron. Pero se mantuvo un respeto y un afecto que
se mostraba en algunos encuentros ocasionales y que queremos manifestar ahora, con
nuestro pesar por la pérdida de un revolucionario íntegro e inteligente. Reproducimos a
continuación el texto que ha publicado
La Aurora, el periódico de su partido].


Un marxista revolucionario

El pasado 4 de marzo falleció Arturo Van den Eynde, por muchos conocido como Aníbal
Ramos. Era todavía joven, 57 años, y tenía mucho que dar y ofrecer al movimiento obrero del
Estado español, a la construcción de un movimiento político de izquierdas y particularmente
al movimiento trotsquista. Para quienes le conocieron y los que durante muchos años
trabajamos con él es una enorme pérdida de la que tardaremos tiempo en recuperarnos.
Arturo Van den Eynde nació en 1945 en Santander. De joven se trasladó a estudiar a
Barcelona y enseguida empezó a participar en los movimientos estudiantiles que
luchaban contra el franquismo. Cuando pusieron en pie el Sindicato Democrático de
Estudiantes, allí se encontraba Arturo. Fue delegado de la Facultad de Arquitectura de
Barcelona en la que estudiaba. Esa experiencia llevó a muchos estudiantes a participar
en la lucha política contra el franquismo. Arturo se integró en el FLP y posteriormente
en lo que se llamó el grupo Comunismo, del que surgirían las distintas tendencias que se
reclamaron del trotsquismo. Desde ese momento hasta el final de sus días su vida estuvo
ligada a la construcción de un partido obrero revolucionario, de un movimiento político
que preparara y organizara la lucha contra la sociedad capitalista.


El Partido Obrero Revolucionario

La historia del POR y la de esta revista están íntimamente ligadas a él. Más concretamente, es
imposible imaginarlas sin sus aportaciones teóricas, políticas y prácticas. Porque ante todo
Arturo fue un marxista revolucionario, una de esas personas que con toda claridad, abnegación
y entusiasmo se formó en la ciencia marxista, no sólo para entender o interpretar esta sociedad
sino para transformarla. Por eso mismo era todo lo contrario a un dogmático. Se podía estar
de acuerdo o no con él, pero siempre escuchaba, siempre estaba dispuesto a incorporar nuevas
apreciaciones y esa amplitud de miras la combinaba con una enorme firmeza a la hora de
defender sus convicciones. Es así que impregnó al POR y a sus militantes de una gran
convicción en los principios de la lucha por la revolución socialista, unidos a la capacidad para
defenderlos en movimientos políticos o sociales más amplios.
En 1974 fundó el POR. Se acercaba el fin del franquismo y el movimiento obrero y la
juventud buscaba salidas políticas y sociales a cuarenta años de dictadura. Los que con
él proclamamos el POR nos fijamos la tarea de “convertir el fin del franquismo en el
inicio de la revolución proletaria”. No lo logramos y tuvimos que sufrir una transición
pactada, la continuidad monárquica y muchos de los problemas políticos y sociales que
todavía arrastra la sociedad española. La lucha por ese objetivo definió lo que era y es el
POR, un grupo de revolucionarios que busca la unidad para levantar un gran partido que
convenza a la juventud y a los trabajadores de la lucha por el socialismo, por una
sociedad que acabe con la explotación del hombre por el hombre y se levante sobre la
cooperación y solidaridad. A eso dedicó Arturo toda su vida.


La lucha por el marxismo

Ni el marxismo ni la lucha por el socialismo eran para él frases huecas, sino su manera de
aportar su trabajo para el avance del movimiento obrero. Porque Arturo podía escribir un libro
sobre la globalización capitalista, un interesante artículo para esta revista, preparar un
seminario de formación marxista para jóvenes y, al mismo tiempo, verlo con el megáfono en
mano agitando en una manifestación, vendiendo La Aurora, pintando una pancarta o
repartiendo octavillas a la puerta de una fábrica o a la salida de una estación de metro. No había
para él separación entre trabajo teórico y práctico. Una de las pocas llamadas telefónicas que
pudo hacer desde que la enfermedad le postró en la cama fue para saber si estaba en marcha
todo el dispositivo que había preparado para la manifestación contra la guerra el 15 de febrero.
Siempre estuvo en primera fila en la lucha contra las perversiones en el movimiento
obrero. La degeneración estalinista era para él la peor. A principios de los años 70 entró
en contacto con el trotsquismo francés y con grupos de militantes trotsquistas de Polonia,
Hungría y Checoslovaquia, con gente que había luchado en su propio terreno contra la
burocracia estalinista. A través de ellos se empapó de la importancia de liberar al
movimiento obrero de esa degeneración. Saludaba con entusiasmo todo paso de los
trabajadores en la exURSS y los Países del Este. Ayudó activamente a los trotsquistas
polacos en la revolución de Solidarnosc y cuando era evidente que la burocracia de
Moscú ya no podía durar mucho, se puso a estudiar ruso para poder conocer las
opiniones de los marxistas rusos. Para él, como para nosotros, la caída de la burocracia
no era el fracaso del socialismo sino una nueva etapa de la lucha de clases que permitiría
liberar nuevas fuerzas. La revista electrónica Sin Muro que él dirigía personalmente debe
su nombre a esa preocupación. Sin Muro quiere decir que el marxismo, que la lucha por
el socialismo ahora podía hacerse liberados del peso de la degeneración estalinista.
Muchas veces nos había expresado que lo que más le gustaba era escribir. Esta revista es una
de sus obras. Desde el primer número hasta el último se preocupó de todos los aspectos que
tuvieran que ver con la buena propaganda: pensada para trabajadores y jóvenes; informativa
y al mismo tiempo rigurosa; moderna en su presentación pero dedicada a transmitir y enseñar
marxismo a través de la experiencia del movimiento de los trabajadores. Para conocer su
inmensa obra escrita habrá que repasarse los 33 años de existencia de La Aurora.
No nos parece exagerado decir que Arturo era una de las personas que mejor conocían el
marxismo en el Estado español. Sus libros pueden confirmarlo. En 1980 publicó el
Anticarrillo para combatir la “Unión Sagrada” de los dirigentes del PCE con los continuadores
del franquismo. En 1984 publicó Ensayo General un balance de la transición española. En
1998 publicó en catalán un Pequeño vocabulario político de marxismo y en 1999 su importante
aportación al análisis de la globalización, Globalización. La dictadura mundial de 200
empresas.
Su muerte nos deja huérfanos de alguien que aún tenía mucho que enseñarnos.


La IV Internacional

Su última actividad militante fue la presencia en el Foro de Porto Alegre. Allí recibió el
primer aviso de su enfermedad. Al volver a Barcelona fue operado de urgencia y ya no
logró recuperarse. Su presencia en Porto Alegre tenía un doble sentido: participar activamente
en los debates y en los trabajos del movimiento antiglobalización, de un movimiento
que abre nuevas y enormes posibilidades de lucha contra el capitalismo, y
establecer los vínculos entre ese movimiento y la lucha por la IV Internacional. Hay que
recordar que en Porto Alegre, ya debilitado por su enfermedad, fue un enérgico
partidario del llamamiento explícito del Foro a la lucha contra la guerra de Bush y de la
defensa del derecho de los pueblos a la autodeterminación, que él siempre consideró
como una auténtica piedra de toque de la política revolucionaria.
Desde principios de los años 70 su relación con el movimiento trotsquista estuvo
íntimamente ligado a levantar una Internacional. No podía entender la lucha por el socialismo
sin esa relación con los revolucionarios de otras partes del mundo. En los últimos años dedicó
buena parte de su trabajo al esfuerzo por unificar las tendencias más revolucionarias y acabar
con la dispersión y división del trotsquismo. Y en este terreno también comprendió que había
una lucha a librar. Un compañero de lucha lo ha escrito con claridad al conocer su muerte: “Le
conocí como militante y más allá de las discusiones y discrepancias aprendí a conocer su
profunda sinceridad y su honradez intelectual. Rompía con toda tradición de los sectarios y
retorcidos que el movimiento del que provenimos produjo por centenas. Llamaba al pan, pan
y al vino, vino, pero también sabía ser el más fraternal del mundo
”. Así era Arturo.


Un revolucionario íntegro

Evitó como ninguno cualquier atisbo de culto a la personalidad y lo tendremos muy en cuenta
ahora que nos falta. Recordaremos siempre su dedicación y entusiasmo a la causa militante,
su humildad en la vida cotidiana, intentando siempre vivir como viviría un trabajador. Durante
muchos años vivió con el escaso sueldo que le pagaba el POR. Fue él mismo quien propuso
su sustitución como responsable del POR, sabiendo que eso le obligaba a buscar trabajo a una
edad en la que no es fácil encontrarlo. Desde hace dos años había vuelto a trabajar como
arquitecto para poder ganarse la vida. Ni siquiera su trabajo profesional mermó su dedicación
a la actividad política. Compaginaba su papel en la dirección de EUiA (Esquerra Unida i
Alternativa) con sus responsabilidades en el POR y particularmente en el trabajo de la
Internacional. El 4 de marzo nos dejó. Era, ante todo, un revolucionario.





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