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Portugal
Bloco de Esquerda: 20 años después
27/05/2019 | Manuel Garí y Josu Egireun

Este año se cumple el XX aniversario de la fundación en Portugal del Bloco de Esquerda (BE), que nació de forma singular como movimiento político y no como partido político unificado o como coalición. Su constitución y evolución para quienes hemos seguido esta experiencia con interés, pasión y cercanía desde otros contextos políticos es paradigmática. Una experiencia singular no exenta de paradojas, retos y riesgos sobre la que creemos que la izquierda revolucionaria que no quiera limitarse a una práctica testimonial y de autoafirmación está obligada a reflexionar.

Veinte años después de su fundación lo primero que llama la atención es el poco espacio que ha ocupado el Bloco en la reflexión de nuestra corriente política. Sin embargo, ha habido en alguna ocasión críticas puntuales despiadadas al valorar ciertas iniciativas o posiciones del BE, sin esperar a conocer las razones y los términos concretos de la posición adoptada; por ejemplo, ese fue el caso respecto al acuerdo con el Partido Socialista en 2015.

Una de las razones para este olvido puede ser la propia dimensión del país en términos de población (10,3 millones de personas) y el peso de su PIB respecto al de la Unión Europea; pero aún así, dada su estructura militante y la dimensión política y social que ha adquirido el Bloco en la escena política portuguesa, es difícil de entenderlo, incluso en los entornos más cercanos. Por ello, aprovechamos este 20º aniversario de su fundación para revisitar la historia del Bloco y remarcar lo que nos parecen los aspectos más interesantes de esta experiencia.

Tomando prestado -y trasladándolo con suma precaución al campo sociopolítico- el concepto de paradigma de Thomas Kuhn, el Bloco lo es como organización ya que ha obtenido más éxito que otras propuestas diferentes y alternativas para constituir una fuerza anticapitalista de masas con peso electoral y social en un país. A lo largo de estos veinte años ha sabido resolver algunos de los principales problemas con los que se encuentran los grupos de izquierda en su camino para pasar del grupo de propaganda al partido con influencia de masas. Ello es verificable en Portugal donde ninguna de las formaciones políticas situadas en el mismo espectro al final del siglo XIX y principios del XX han pervivido, ni tampoco las diferentes escisiones que ha tenido el Bloco por la izquierda (buena parte de ellas variantes sectarias y doctrinarias) o por la derecha (en búsqueda de un arreglo y homologación con el partido socialista) que han acabado en la irrelevancia o desapareciendo. Pero también en otros países europeos dónde a lo largo de estos veinte años hemos vivido la implosión de experiencias tan importantes como el Partito della Rifondazione Comunista italiano o la emergencia fulgurante del NPA que, sin embargo, actualmente pasa un periodo de importantes dificultades o el auge y declive del Frente de Izquierdas en Francia.

Por ello, este XX aniversario es una buena ocasión para interrogarnos sobre las características de esta experiencia que con sus altos y bajos (que los ha habido) presenta elementos de interés para quienes desde la marginalidad en la que hoy en día se encuentran las alternativas revolucionarias buscan transformarse en fuerzas políticas capaces de actuar en el ámbito social y electoral, y revelarse (para los propios militantes, pero sobre todo para amplios sectores sociales), como una alternativa a los partidos existentes.

Esta dimensión de alternativa creíble constituyó la fuerza impulsora de experiencias como Podemos o France Insoumise. Experiencias que en este momento se encuentran en dique seco debido tanto al modelo de organización impulsado como por su errático deambular político y la ausencia de vínculos con el movimiento social.

Por ello, la primera característica que destaca del Bloco es su resiliencia, entendida como capacidad de superar los momentos críticos y adaptarse a situaciones inesperadas y no usuales, que le ha permitido su continuidad y desarrollo durante los veinte años de su existencia. Y lo que explica en los tiempos presentes que la Geringonça –o sea, el artilugio, expresión despectiva con la que se calificó en 2016 el acuerdo entre el Partido socialista portugués, el Partido Comunista, el Bloco y los Verdes- dure ya tres años pese a los ataques de la oligarquía, pero también a los sueños húmedos del propio presidente del gobierno.

Pero, al igual que en la ciencia, el que un paradigma tenga más éxito no significa que pueda obtener resultados satisfactorios ante todos los problemas u obtener un éxito completo, ni que conserve su estatus de forma indefinida.

Contra todo pronóstico

La fundación del Bloco se produjo en 1999 después de una derrota imprevista el año anterior del movimiento de masas en el referéndum sobre al aborto, precisamente cuando ya era constatable el fin del ciclo político largo abierto el 25 de abril de 1974. No es lo usual que se funden nuevos partidos en los momentos de retroceso y derrota. Normalmente emergen en momento de avance y tras el aroma de posibles victorias. La constitución del Bloco se dio por acuerdo de tres organizaciones con raíces ideológicas distintas y una escasa experiencia práctica en común: el PSR, la UDP y el PXXI [Política siglo XXI, escisión del PCP]. Y se dio en un país con gran tradición de politización y de militancia en partidos, pero con una notable debilidad y fragilidad (en términos comparativo con, por ejemplo, Francia, Italia o el Estado español) de los movimientos sociales y las organizaciones que les dan forma. Incluso en el ámbito sindical, que es muy importante, el sindicalismo portugués no tiene la capacidad de afiliación y autonomía política existente en otros países.

Así pues, en 1999 la situación política en Portugal no tenía paralelismo alguno con las condiciones que, en 2014, por ejemplo, permitieron la emergencia de Podemos en el Estado español, con la ventana de oportunidad que abrió la movilización del 15M. Y sin embargo el acuerdo de estas tres fuerzas los hizo posible.

¿Cuál fue el elemento que permitió dar ese paso a tres fuerzas políticas, con orígenes ideológicos alejados y muy poca experiencia en común?

Retomando las explicaciones de Francisco Louça en la entrevista que le hizo Miguel Romero 1/, tras la derrota en el referéndum sobre el aborto, había una percepción muy general de que se había acabado una época y entonces surgió una propuesta osada: crear un movimiento político cuya fuerza y unidad se estableciera más allá de la ideología.

Interesa detenerse en esta explicación, porque constituye la clave de bóveda del proyecto. La cuestión central no estaba en ponerse de acuerdo en cuestiones ideológicas o en la interpretación de la historia del movimiento obrero (la revolución rusa o la china). Lo fundamental era concentrarse, según Louça, en definir las tareas políticas y en la constitución de la cultura política del nuevo movimiento. Una propuesta que tuvo sus resistencias internas en las fuerzas que integraba, pero que fue ganando terreno y llegó a buen puerto.

En segundo lugar, no se entendería la resiliencia del Bloco sin partir de un elemento clave en la construcción de un movimiento político: una dirección capaz de articular el proceso; de comprender la coyuntura y marcar la pauta para la acción política.

A nadie se le escapa que construir un nuevo movimiento político en fase de retroceso es una tarea llena de riesgo. Y en 1999 en Portugal no era fácil crear un quinto partido en una estructura consolidada de cuatro. El resultado no estaba garantizado de antemano. Y la iniciativa logró atraer a cerca de 1.300 miembros en poco tiempo (que en 2019 suman ya 8.000), lo que para un país de la dimensión de Portugal es un capital político estimable y que según Louça, ofrecía al Bloco suficiente fuerza para actuar así como la confirmación de que existía un nuevo espacio político y electoral ante las elecciones legislativas posteriores, en las que el Bloco obtuvo dos escaños.

A pesar de ello, como hemos indicado más arriba, el Bloco navegaba en medio de unos movimientos sociales débiles y en un contexto de derrota política. La audacia estuvo en comprender la necesidad de construir lo que Pierre Rousset define como "partido necesario" o que en otros contextos se define como un “partido útil” para la clase trabajadora, las mujeres, el campesinado y la juventud.

Según Pierre Rousset 2/: "en muchos países no hay un nivel, una calidad de luchas sociales que permiten dar cuerpo a una organización revolucionaria. La perspectiva de una gran confrontación de clases se ha oscurecido hasta un horizonte lejano. (…). Las concepciones militantes dominantes no son forzosamente las adecuadas a algunas de las tareas del momento, o a la naturaleza de las pruebas por llegar. Ahora bien, la acción política se conduce a partir de las conciencias. Así, aun cuando exista el deseo de partido, puede haber un foso entre el partido posible (teniendo en cuenta las conciencias) y el partido necesario (teniendo en cuenta las tareas)".

¿Cómo abordó el Bloco este reto? Con una idea simple pero potente como lo recuerda Louça en la entrevista citada: la idea básica era rechazar que el Bloco fuera un mero aggiornamento de la izquierda. Sólo se podía ganar fuerza persiguiendo una recomposición global de la izquierda.

Jorge Costa definió bien el objetivo en las páginas de viento sur 3/: “La lucha del Bloco es por destruir el mapa político tradicional del país” para iniciar el trabajo por ganarle la mano al partido socialista. Señalaron bien el objetivo y no se entretuvieron en competir con otros partidos El acierto en la constitución del Bloco fue basar la fusión y el funcionamiento posterior de los órganos de dirección en un acuerdo sobre tareas, no anteponiendo el debate ideológico ni imponiendo el discurso identitario. Conviene volver a leer el texto fundacional Começar de novo para entenderlo.

Y para ello era necesario construir un Bloco con influencia de masas que, según Louça, representara una fuerza social importante con una conciencia anticapitalista y una política socialistas, dedicando una atención central a su intervención táctica –que es donde se demuestra la utilidad del proyecto– y huyendo de las afirmaciones identitarias, más preocupadas por tener razón sobre todo que por extender su influencia impulsando dinámicas convergentes y siendo una referencia necesaria en los debates políticos que se desarrollaban en Portugal.

Como en su día señaló Daniel Bensaïd, un partido tiene influencia política cuando se convierte en una referencia obligatoria en todos los debates nacionales. Algo que va mucho más allá de la afirmación programática o identitaria y que exige una atención especial a la táctica política y a la forma de comunicar esa política. De ahí que la política de comunicación constituya una preocupación central en el quehacer cotidiano del Bloco.

Ahora bien, un partido basado más en el desarrollo de una táctica precisa sobre las tareas que en su autoafirmación no puede llegar lejos si no cuenta con una dirección sólida. Un partido sin una dirección solvente es un partido abocado al fracaso. De ahí la importancia de la construcción colectiva de ese estado mayor que infunde confianza a su militancia, tanto por la política que desarrolla como por la dinámica interna que impulsa, que en caso del Bloco estaba necesariamente orientada a ir creando una cultura común y un corpus de ideas compartido gracias a la experiencia, la intervención política y el debate sobre programa entendido como concreción de la propuesta socialista a las condiciones reales de las necesidades de las clases subalternas y los sectores oprimidos.

Objetivo declarado: convertir el Bloco en un actor central

Dadas las oportunidades democráticas (acceso a medios, proporcionalidad electoral, etc.) que legó la Revolución de Abril y teniendo en cuenta que la confrontación parlamentaria tiene mucha importancia en la confrontación entre las clases sociales portuguesas, el Bloco supo desarrollar una intervención desde los puestos representativos obtenidos que tiene formas interesantes: alta capacidad de iniciativa táctica en una suerte de guerra de movimientos en las instituciones, autonomía política respecto al resto de fuerzas en presencia, flexibilidad táctica y ser un disruptor de la lógica capitalista y de la oligarquía política.

Para convertir al Bloco en el centro del debate nacional la dirección desarrolló una metodología basada en:

1. Aprovechar los puestos institucionales, las iniciativas legislativas y las mociones de censura para llevar a parlamentos y cámaras municipales las demandas populares y, a su vez, crear, consolidar y ampliar la organización y fortaleza de los movimientos. De alguna manera el Bloco ha generado lo social desde lo político, sabedor de que el avance político hacia un gobierno de izquierdas que tenga un proyecto de sociedad socialista requiere de un movimiento social fuerte, de una clase trabajadora activa como condición sine qua non. Campañas de sumo interés en ese sentido fueron las impulsadas contra la precarización del trabajo y la vida (marzo 2011), contra la Troika (Que se lixe a troika –marzo 2013-) o las de apoyo a luchas sindicales, por ejemplo, en la enseñanza, que son la expresión de la preocupación del Bloco por generar movimiento social.

2. Reflexionar sobre todos los problemas de la sociedad portuguesa y ofrecer respuestas en clave antineoliberal y democrática claras y solventes. Y hacerlo teniendo en cuenta en el siglo XXI lo que Karl Marx formuló en 1852 en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del provenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado”. Ello ha implicado desarrollar propuestas innovadoras sobre la deuda, las finanzas, los servicios sociales o el tratamiento de los despidos en empresas con beneficios, propias de la actual fase del capitalismo globalizado, así como encontrar fórmulas de intervención y comunicación acordes a las nuevas realidades culturales y tecnológicas, convirtiendo la comunicación en un arma de guerra contra la oligarquía, detentadora de los medios.

3. Aparecer como una fuerza no subalterna que disputa la hegemonía y el liderazgo en la izquierda porque aspira a representar/organizar al pueblo de izquierdas con una lógica que va más allá. Y hacerlo, como afirma Alda Sousa, mediante la audacia y la iniciativa política para convertir el Bloco en un partido influyente porque su opinión está en el centro de la agenda y del debate políticos y no puede obviarse, aunque sea para rebatirla, combatirla o calumniarla. Todo ello guiado por dos premisas: en primer lugar (de nuevo Marx) situar al Bloco como eje central en el conflicto social, actualizando las viejas palabras de La ideología alemana cuandose refiere a la clase obrera “como representación de toda la sociedad, como toda la masa de la sociedad, frente a la clase única, la clase dominante”. En segundo lugar, rompiendo los consensos del sistema político en temas fundamentales como la disciplina austeritaria de los Tratados de la Unión Europea y denunciando las leoninas condiciones de la disciplina euro demoledora de la soberanía popular. Justamente porque la guía del Bloco no era simplemente hacer propaganda sino ligar las propuestas positivas para la clase trabajadora con la recuperación y mejora de las condiciones de lucha y, a su vez, convertir en un problema democrático la deuda y la austeridad; en expresión de Marisa Matias en su discurso en la XI Convención del BE, “defendemos la recuperación de instrumentos de política económica para el campo de la soberanía democrática”.

Para lograr ello, Francisco Louça, plantea que una estrategia alternativa de lucha social sin representación institucional sería poco más que una justificación para el aislamiento. En opinión del dirigente del BE un partido de izquierda socialista lucha por hegemonizar la mayoría y no se deja vencer por el complejo de ser una minoría, o por la visión autonomista o anarquista de un presunto mundo social más allá de la confrontación electoral, donde tendría que exiliarse. Louça ha repetido en múltiples ocasiones que el Bloco llegó para vencer y cambiar.

Consideraciones sumamente interesantes no solo en el caso portugués, sino en otras latitudes, como es el caso del Estado español en el que hay importantes movimientos de masas y con un gran protagonismo político, pero sin expresión en el espacio de la representación. Y aprender de ello es esencial, máxime cuando nos encontramos con la necesidad de coordinar y levantar iniciativas socio-políticas de ámbito europeo. Como quedó claro con la experiencia griega en 2015, cuestionar las políticas neoliberales en Europa nos sitúa en una correlación de fuerzas difícil que sólo se puede contrarrestar construyendo la convergencia de iniciativas a nivel europeo. Una tarea que cada vez se antoja más urgente y sobre la que, no solo el Bloco, las fuerzas anticapitalistas llevamos un enorme retraso.

Un camino con riesgos y retos

El modelo de partido que representa el Bloco tiene una base electoral firme pese a los vaivenes, pero su implantación municipal y su presencia en las corporaciones es inferior a su proyección nacional; igualmente, sus lazos con la clase obrera organizada por debajo de lo necesario, lo que puede mermar sus posibilidades de avance, si bien con una presencia importante en las movilizaciones contra el cambio climático y en el impulso de los Encuentros Ecosocialistas, cuya última edición se celebró en Lisboa.

Pero siendo importante esta cuestión, lo es aún más el riesgo de la apuesta central: el trabajo electoral/institucional. La apuesta está fundada, pero las condiciones en las que se desarrolla implican que gran parte de la energía militante y capacidad política tengan que dedicarse a la institucionalidad y que un partido con responsabilidades institucionales tiene que responder con gran velocidad a las variaciones políticas cotidianas. Para conjurar tanto las presiones de adaptación a la institución –y, en definitiva, al sistema– como la dilución del proyecto en los meandros de la táctica política, los partidos con éxito electoral tienen que desarrollar su músculo en varios aspectos: mantener colectivamente la hoja de ruta política, impulsar la cultura y las medidas para la renovación y control de sus dirigentes y cargos, y planificar la creciente presencia en las organizaciones sociales.

Como forma de evitar la burocratización y apoltronamiento de la dirección de un partido, uno de los instrumentos más importantes es la rotación de sus dirigentes. La renovación de cuadros en el BE creemos que jugado un papel muy importante en la resiliencia del Bloco. Podemos ver junto a los veteranos fundadores del BE Luis Fazenda, Francisco Louça y Fernando Rosas a jóvenes dirigentes como Jorge Costa, Pedro Filipe Soares, Joao Camargo y José Soeiro y, es especialmente relevante, el papel que juega la triada de mujeres con importantísimas responsabilidades: Mariana Mortagua, Marisa Matias y Catarina Martins. Recambio generacional e irrupción de las mujeres en posiciones dirigentes. Hace años fue un ejemplo político práctico la decisión de Francisco Louça de dejar sus cargos para impulsar ese proceso de renovación, a la vez que aseguró que iba continuar militando como desde el primer día, cosa que ha hecho, lo que le sigue confiriendo una importante autoridad en el seno de la organización.

Más allá de la rotación en la dirección deben concurrir más elementos para asegurar el rol de una organización revolucionaria. Catarina Martins, portavoz de la Comisión Coordinadora, la sitúa en la textura interna del partido y su relación con su base social. Martins afirmó en la última Convención del Bloco que “un partido de combate (...) depende de esa energía que son sus hombres y mujeres”. Y no le falta razón. Son elementos imprescindibles para evitar la asimilación y la captación por el sistema o su rendición a las conveniencias del poder. Pero la clave la situó en los lazos entre el partido y el pueblo: en el parlamento e instituciones porque el Bloco representa al pueblo, fuera del mismo porque el movimiento y la lucha suministran la fuerza al Bloco. Aún más, afirmó “existimos porque somos necesarios, porque somos ese pueblo que lucha”.

Artículo escrito para la revista Inprecor, que 662/663, jun 2019.

Manolo Garí y Josu Egireun forman parte del Consejo Asesor y de la redacción de viento sur respectivamente.

Fotogalería del XX aniversario

Notas:

1/ Romero, M. (2011) Conversaciones con la izquierda anticapitalista europea, Los libros de Viento Sur-La Oveja Roja, Madrid

2/ Rousset, P. ”Reflexiones en torno a la cuestión del Partido” en viento sur, 150

3/ Costa, J. “A 40 años de la Revolución de los claveles”, viento sur, 133.







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