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En Revista Viento Sur163

Recomenzar hacia una Europa en común
Unas elecciones europeas cruciales
Miguel Urbán

Diez años después de la quiebra de Lehman Brothers, hito central de la crisis financiera, nos encontramos con una Europa atravesada por la desigualdad. En contra de todo pronóstico, lejos de debilitar las políticas neoliberales, la crisis ha supuesto un refuerzo brutal de las mismas. Las denominadas políticas de austeridad, de reforma estructural y los rescates a la gran banca europea han llevado la desigualdad hasta cotas históricas, situando la fractura social en el epicentro de la crisis económica y política.

Ante la incapacidad de generar un crecimiento económico suficiente y sostenido en el tiempo, de la crisis emerge un capitalismo esencialmente extractivo y patrimonial. Pero no solo los costes de la crisis se han repartido de manera asimétrica, en beneficio de las élites. Hemos asistido, en paralelo, a una Gran Transformación. Las instituciones y las políticas redistributivas han sido objeto de una sistemática operación de acoso y derribo, quedando muy mermada tanto su capacidad financiera como su legitimidad.

El resultado de todo ello es que la UE como proyecto representa cada vez más los intereses de las élites económicas y políticas. Un auténtico secuestro de la democracia que tiene en la desigualdad su rostro más visible y amenazador. Asimismo, los consensos y los equilibrios que garantizaban esas políticas han saltado literalmente por los aires en estos años de crisis, una desafección creciente sobre el modelo de gobernanza neoliberal de la UE que se ha expresado en un creciente voto de protesta hacia opciones autoritarias o de extrema derecha. Ante el no hay suficiente para todos, generalizado por las políticas de ajuste presupuestario, la extrema derecha ha fomentado mecanismos de exclusión que Habermas definía como un chovinismo del bienestar, manifestando la tensión latente entre el estatuto de ciudadanía y la identidad nacional. De esta forma, el malestar social y la polarización política se canalizan por su eslabón más débil (el migrante, el extranjero o simplemente el otro), eximiendo así a las élites políticas y económicas, responsables reales del expolio.

En este contexto de creciente desigualdad, la pobreza se construye como enemigo, pero el objetivo no es tanto acabar con la pobreza como acabar con los pobres. Hemos pasado de atender la pobreza desde la extensión del Estado social a combatirla desde la profundización de un Estado policial que estigmatiza y criminaliza a las personas empobrecidas. Ante la imposibilidad de solucionar la inseguridad derivada de las políticas de ajuste y austeridad, de la precarización del mercado laboral y de la pérdida de derechos y prestaciones sociales, se estigmatizan fenómenos como la migración o la pobreza.

El Tratado de Maastricht, camisa de fuerza neoliberal

La constitucionalización del capitalismo, tal y como ha sido realizada por la Unión Europea, no es una contingencia más o menos accidental, sino el corazón mismo del neoliberalismo europeo. Desde la misma fundación del proyecto europeo, la lógica de mercado, y sus principales condiciones monetarias, sociales y presupuestarias, se ha colocado fuera del alcance de toda voluntad democrática. De esta forma, en los últimos años el impulso y fomento de la competencia entre los países miembros ha favorecido a los más fuertes y obligado a cada país miembro a hacer uso del dumping fiscal y salarial para atraer capitales en un proceso autodestructor de la democracia y de Europa, en donde el Tratado de Maastricht ha supuesto una verdadera camisa de fuerza neoliberal, con una letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado, ADN del actual capitalismo financiarizado. Realmente, Maastricht fue la primera gran alerta de cómo el neoliberalismo imperante en la construcción europea que allí se ponía en marcha no necesitaba de la democracia, más bien le molestaba, y que, por tanto, con el Tratado comenzaba su desmantelamiento real.

El resultado de este sabotaje neoliberal nos lleva a afirmar que la UE vive una crisis orgánica en todo el sentido gramsciano del término. Una crisis que es en realidad resultado y profundización de la crisis del modelo pos-Maastricht del capitalismo europeo. Hoy resulta evidente que la UE sufre una pérdida creciente de legitimidad entre sectores sociales de toda Europa. Cada vez le cuesta más ser asociada con aquellos supuestos valores europeos como democracia, progreso, bienestar o derechos humanos. Complementariamente, la UE sufre una crisis de institucionalidad evidente cuando vemos cómo hoy casi todos los tratados y rescates se tienen que aprobar por decreto, en ocasiones contra la voluntad manifiesta de las poblaciones y de los gobiernos nacionales concernidos, como en el caso de la firma del tercer Memorándum de Entendimiento con Grecia.

Esta crisis de legitimidad e institucionalidad no solo hace que las decisiones comunitarias intenten esquivar a toda costa los parlamentos nacionales, sino que también consigue que cualquier referéndum o consulta a la ciudadanía que incumba directa o indirectamente a cuestiones europeas sea mirado con recelo y pavor. Cada día más personas despiertan del sueño europeo y se encuentran a la deriva entre un europeísmo neoliberal abanderado por las élites de la UE y un nacionalismo excluyente en auge a escala estatal. Una crisis orgánica del proyecto de la UE que genera vacíos propicios para mutaciones, reajustes y recomposiciones, como hemos visto en los últimos años.

Aunque en la mayoría de los casos este desplazamiento político se ha producido hacia la derecha, en algunos otros (afortunadamente) también ha tenido lugar por su izquierda, como lo fue en Grecia con Syriza o en el Estado español con Podemos. Pero cometeríamos un error si pretendiésemos caracterizar ambos polos por su supuesto enfrentamiento y pesos simétricos. Estos polos se definen por su distancia con respecto al extremo centro y, como vemos hoy en día en Europa, no crecen a ritmos ni mucho menos similares. Sin embargo, no nos dejemos engañar por las apariencias. Estamos todavía en los inicios de una reconfiguración a escala europea a todos los niveles (político, económico y cultural) que no ha hecho más que empezar y que en las próximas elecciones europeas de mayo tendrá un hito importante.

Unas elecciones europeas en donde podremos calibrar el desgaste del extremo centro, cuyas fuerzas, por primera vez desde las elecciones al Parlamento Europeo en 1979, podrían no sumar más del 50% de los escaños. Si la caída se confirma, necesitarán el apoyo de al menos un tercer grupo. Un desgaste tanto por el hundimiento de los socialistas europeos como por una derecha que, aunque se mantenga como el primer grupo de la cámara, puede que se desangre hacia su extrema derecha. Se podrá desvelar el verdadero impulso electoral de Macron, concretado en el Renacimiento europeo y, también, saber si la extrema derecha consigue vencer su tradicional atomización y, estimulada por sus buenos resultados en países centrales, consigue por fin un grupo diverso pero unido que pueda incluso convertirse en la segunda fuerza del Parlamento Europeo. Asimismo, conocer los resultados de un grupo verde que, aunque sigue teniendo en los países del sur y del este un agujero negro electoral, puede afianzarse como la quinta fuerza del parlamento, impulsado por sus resultados en Alemania. Por último, ver cómo se comporta una izquierda que tiene el gran reto de definirse ante la crisis de la UE y sobre cuál debe de ser su papel ante el avance de la ultraderecha, aunque no parece que se pueda esperar mucho electoralmente de ella en esta convocatoria.

Polarizaciones varias

Con todo, más allá de elementos de coyuntura que pueden cambiar o modificarse desde que se publique este artículo a la propia fecha de la convocatoria electoral, muestra de la inestabilidad política reinante en Europa, sí que hay una serie de elementos que parecen convertirse cada vez más en una tendencia de época: la crisis de los partidos que tradicionalmente han ostentado el poder después de la Segunda Guerra Mundial, que no parece ser un síntoma particular de un país concreto sino más bien europeo. Un síntoma de la creciente implosión de ese extremo centro que gobierna Europa en forma de gran coalición y que entre otras derivadas genera una fragmentación cada vez mayor de los espacios electorales; una fragmentación política que se expresa con crecientes polarizaciones políticas sumamente contradictorias.

Hablamos de polarizaciones en plural no por casualidad o capricho. Este recurso al plural implica varias cuestiones. En primer lugar, los ejes de polarización, a pesar de compartir factores comunes, son muy particulares país a país. En una Europa atravesada por la contradicción entre sus instituciones supranacionales regulacionistas y las tensas interdependencias fundamentadas en relaciones asimétricas y desiguales entre Estados-nación, las polarizaciones tienen siempre una doble cara. Por un lado responden a factores asociados a la política europea, como la austeridad o la problemática de las migraciones, pero a la vez tienden a buscar su resolución concreta en el Estado-nación, dando lugar a una situación paradójica: a pesar de que la problemática es cada vez más europea, no encontramos ninguna polarización organizada que se exprese a escala europea. La arquitectura europea todavía no ha encontrado una respuesta a su misma escala y el contexto político-cultural estatal sigue determinando las formas concretas que adquieren las polarizaciones.

En segundo lugar, estas polarizaciones no se producen entre dos campos estancos, sino que siempre disputan un marco común, compartido. Eso puede producir coincidencias curiosas, como en el caso de la cuestión de la salida o abandono de la Unión Europea. En este caso, el eje de polarización no es el eje izquierda-derecha, sino la cuestión de la soberanía nacional. En las posiciones del exit podemos encontrar a buena parte de la extrema derecha junto con ciertos sectores de la izquierda, mientras que en posiciones europeístas (identificadas interesadamente con la imposición o el sometimiento a las reglas de la UE) nos encontramos desde Angela Merkel hasta el que fue uno de sus principales adversarios en la legislatura, Alexis Tsipras. Es decir, que las múltiples polarizaciones que operan en el campo político a veces producen extraños compañeros de cama con posiciones antagónicas en un tema que, por razones muy diferentes, ante una cuestión que dicotomiza a la opinión pública, se encuentran sin llegar a converger en proyectos o propuestas similares.

Aun así, contando con todas estas particularidades, podemos identificar un eje de división o fractura que podríamos calificar hoy como principal: el que se produce entre las élites europeas y nacionales por un lado (el establishment) y las poblaciones afectadas por sus políticas por el otro. Cuando una fuerza de izquierdas o de derechas es capaz de canalizar ese descontento, aparece la polarización. Las polarizaciones son cruzadas y multiformes precisamente porque estamos en un momento de reconstrucción de los campos políticos. Las polarizaciones actuales son mucho más poliédricas, temporales y se expresan fundamentalmente a través de terremotos electorales que asustan a las élites, pero afectan bien poco a la vida cotidiana de la ciudadanía europea. Sin embargo, no nos dejemos engañar por las apariencias. Todavía estamos en los inicios de una reconfiguración a escala europea a todos los niveles (político, económico y cultural) que no ha hecho más que empezar.

La reciente campaña del Brexit ha sido un buen ejemplo de cómo la polarización política puede expresarse de forma contradictoria en una revuelta anti-establishment que combine nacionalismo excluyente, demagogia antiinmigración y hartazgo ante la desigualdad social. De esta forma, el vacío que genera una alternativa política creíble europea lo ocupa el miedo, la xenofobia, el repliegue identitario, el egoísmo estrecho y la búsqueda de cabezas de turco. Una buena muestra de cómo este clima de polarizaciones políticas tan intensas no está suponiendo un giro del sentido común dominante hacia la izquierda, sino más bien todo lo contrario. En este aspecto tiene mucho que ver cómo se resolvió la crisis griega entre las instituciones/élites europeas y el gobierno de Syriza: la derrota de esta batalla ha sido clave para entender este desplazamiento hacia la derecha.

Unas elecciones europeas que justamente estarán marcadas por la sombra del terremoto político del Brexit, que no ha sido tanto el comienzo de una crisis en la UE, sino más bien el síntoma mórbido de la más profunda crisis sufrida por el proceso de integración europea desde su inicio a comienzos de los años 1950. Un terremoto político que entre otras muchísimas consecuencias impactará de forma determinante en la futura composición del Parlamento Europeo. La salida del Reino Unido no solo supone un nuevo reparto de escaños del Parlamento Europeo entre los países miembros, a España le tocan cinco nuevos sillones, sino que sobre todo repercutirá de forma decisiva en la configuración de los grupos políticos.

El Brexit altera de tal forma la composición de los grupos políticos en la Eurocámara que puede generar un efecto en cadena por el que varios grupos políticos desaparezcan y se favorezca la creación de una nueva fuerza de extrema derecha. Los socialistas perderán el grupo político de los laboristas, que sería el que presumiblemente más escaños podría aportar a su grupo, mientras que los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR1/) pierden a su principal partido, los conservadores británicos, lo que deja el liderazgo del grupo a los polacos de Ley y Justicia (PiS), pudiendo así convertirse en una pieza clave en la composición de un gran grupo de extrema derecha que incluso pueda arrastrar al partido de Orban, Unión Cívica Húngara, fuera del Partido Popular Europeo (PPE). Asimismo el grupo de Europa por la Libertad y la Democracia Directa (EFDD) pierde a su principal partido, el UKIP, lo que podría arrastrar a gran parte de sus miembros hacia un futuro gran grupo de extrema derecha. Queda la incógnita de qué hará el Movimiento Cinco Estrellas, que junto con el UKIP eran los dos partidos que sostenían el EFDD.

A pesar de ello, el grupo de los Populares Europeos no se verá afectado por el terremoto del Brexit, ya que no pierden ningún partido con la marcha de Gran Bretaña y además todo parece indicar que consolidará su hegemonía en la Eurocámara repitiendo como primer y principal grupo político de la misma. Sí que tienen una serie de incógnitas importantes que desvelar en estas elecciones. En primer lugar, cómo afectará a la derecha europea las primeras elecciones en una década sin Merkel, que aunque se mantiene como canciller de Alemania ya ha traspasado el liderazgo de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) a Annegret Kramp-Karrenbauer. De hecho, fue muy revelador que quien respondiera en la prensa alemana a la propuesta de Renacimiento europeo de Macron fuera Kramp-Karrenbauer y no Merkel. En segundo lugar está la incógnita de la fuga de votos y escaños hacia la extrema derecha, ya que según el último Eurobarómetro de marzo el PPE perdería unos treinta y seis escaños. Pero para el PPE, quizás más importante que la perdida de escaños hacia la extrema derecha puede ser la ruptura con el eje de Visegrado que puede encabezar Orban, amenazando la hegemonía popular en Europa del Este.

La disputa electoral con la extrema derecha marcará gran parte de la campaña de las elecciones europeas, especialmente en el campo de los populares que ven cómo gran parte de su electorado se ve interpelada directamente por las fuerzas ultraderechistas emergentes. De hecho, desde hace tiempo, los principales partidos conservadores están aceptando el terreno de confrontación que propone la extrema derecha, asumiendo así buena parte de sus postulados. De esta forma coadyuvan a normalizar ese discurso y legitiman el espacio político que van generando conjuntamente. Es lo que en Francia se conoce desde hace años como lepenización de los espíritus y que está alcanzando al conjunto de Europa, otorgando una gran capacidad de marcar agenda a la extrema derecha.

Una buena muestra de ello es la propia candidatura de Manfred Weber a la presidencia de la Comisión por parte de los Populares Europeos. Una figura que no solo representa la hegemonía alemana en la derecha 2/, sino que representa parte de los equilibrios dentro de la derecha alemana, ya que el propio Weber es miembro de la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) aliada de la CDU, que había coqueteado en los últimos tiempos con la idea de romper su alianza. Esta candidatura se puede leer como una forma de mantener a la derecha alemana unida; pero la propia candidatura de Weber también responde a los sectores más duros del PP Europeo que plantean un acercamiento a los postulados de la extrema derecha en temas como la migración, la seguridad ciudadana, etc. El propio Weber ha sido protagonista de diversas polémicas en este sentido, como cuando afirmó que “en el año 2018 el tema central europeo será la solución final de la cuestión de los refugiados”; una peligrosa similitud, más aún viniendo de un político alemán, con la formulación de “solución final” que fue el plan de los nazis para exterminar al pueblo judío.

En cualquier otro momento, Weber lo hubiera tenido francamente difícil para terminar como presidente de la Comisión Europea, pero todo indica que será el que suceda a Junker. En gran medida porque la socialdemocracia europea vive inmersa en una profunda crisis de identidad, de estrategia y de proyecto. Exactamente lo mismo que le ocurre a la Unión Europea. Y es que, de alguna forma, la crisis de la socialdemocracia es la crisis de la UE. Y viceversa. Ambas practican una huida hacia adelante donde el mimetismo con los ideales y prácticas del neoliberalismo convive con una apelación permanente al pasado glorioso y los avances entonces obtenidos, intentando así que la nostalgia fordista legitime y oculte un horizonte sin mucho más proyecto propio que el de ser las muletas de las élites financieras globales. Y es que desde el Tratado de Maastricht no hay margen de maniobra para una política social expansiva dentro de la UE. Este es el gran reto que la izquierda, y en especial la socialdemocracia, no ha sabido responder y se ha quedado sin proyecto.

El sociólogo Ulrich Beck utilizó el término zombi al referirse a conceptos acuñados para otros tiempos o circunstancias y que hoy son inservibles si no se adaptan a las condiciones contemporáneas. Asimismo consideraba instituciones zombis a aquellas entidades muertas (ya no representan los intereses colectivos o los intereses para los que nacieron) pero aún vivas, preguntándose si su resurrección, aun en una nueva forma o encarnación, es factible o, si no lo es, cómo disponer su sepultura. La gran mayoría de los partidos socialistas europeos han sufrido una zombificación acelerada que se ha materializado en que a lo largo de esta legislatura los partidos socialistas de los países centrales cosecharan los peores resultados de su historia, salvo al laborismo británico.

De esta forma, la crisis de los partidos socialistas no parece ser un síntoma particular de un país concreto, sino más bien un fenómeno europeo; una mutación de la socialdemocracia en social-liberalismo con la incorporación a una élite política neoliberal y que termina convirtiéndose en lo que el escritor Tariq Alí ha denominado como el extremo centro. En toda Europa este proceso ha supuesto un desplazamiento de los espacios electorales tradicionales hacia opciones políticas que hasta ahora se encontraban en sus márgenes. De hecho, ha sido la socialdemocracia la que se ha visto desplazada electoralmente por la emergencia de nuevas fuerzas que están ocupando gran parte de su espacio político.

Una muestra de la crisis del proyecto socialista europeo es la propia candidatura de Frans Timmermans para presidir la Comisión. Vicepresidente de la Comisión Junker, ha sido copartícipe de los escándalos sobre evasión fiscal que la han sacudido y sobre todo de sus políticas austeritarias, especialmente sangrantes en la imposición del tercer memorándum a Grecia, del que no se ha desmarcado hasta que ha empezado a hacer campaña electoral. Además, también ha sido copartícipe del descalabro de la socialdemocracia holandesa que desde su entrada en el gobierno de coalición con los liberales y la aplicación de un estricto programa de austeridad y recortes han reducido al Partido del Trabajo a la séptima fuerza parlamentaria. Que con este currículo Timmermans sea el mejor candidato que los socialistas europeos pueden ofrecer es una muestra palpable de su crisis como proyecto.

Pero no solo encontramos rebeliones y revueltas electorales por la izquierda y la extrema derecha. Las élites también están generando sus propios anticuerpos contra esta crisis, tal y como escribía recientemente Perry Anderson. Entre estos anticuerpos que ya ha generado (ante la debacle electoral de los partidos socialistas) están los simulacros yuppies de avances populistas (Albert Rivera en España, Emmanuel Macron en Francia), que arremeten contra los callejones sin salida y corrupciones del presente, y prometen una política más limpia y dinámica en el futuro, más allá de los partidos decadentes.

Así, Macron viene a representar un tipo de figura política vacía, estandarte de una salida del bloque de poder a su propia crisis de representación y a la corrupción de los grandes partidos. Un modelo de político proveniente del mundo de la gestión empresarial y percibido, precisamente, como un gestor de la difusa sociedad civil pero garante del (des)orden neoliberal. En resumen: una suerte de outsider para mantener el statu quo. De hecho, Macron se suma a una tendencia global de emergencia de caudillos populistas neoliberales autoritarios que, provenientes del mundo empresarial/finanzas, han dejado de confiar en los políticos profesionales para encabezar ellos mismos sus intereses como élite desde la primera línea de la política.

El Renacimiento europeo de Macron

El actual presidente francés ha construido su figura y su acción política desde la premisa de que Francia y por ende Europa están en decadencia y que esta decadencia se explicaba por su rechazo a someterse a la modernidad. Una particular y refinada traducción del eslogan trumpista Make America Great Again, abogando por un Renacimiento europeo en torno a tres aspiraciones: la libertad, la protección y el progreso. El manifiesto que ha publicado Macron a modo de artículo en los principales periódicos europeos, saltándose a los líderes europeos y dirigiéndose directamente a los ciudadanos, comienza: “Ciudadanos de Europa: me dirijo a ustedes porque hay urgencia”. Presenta un ambicioso plan de reformas de la UE, entre las que destaca: un Consejo Europeo de Seguridad Interior, que plantea una reforma en profundidad del espacio Schengen comprando gran parte de la retórica y el discurso securitario y antiinmigración de la extrema derecha, medida que ha sido aplaudida públicamente por el propio Orban; una Agencia Europea de Protección de las Democracias para proteger los procesos electorales de ciberataques y manipulaciones; un Consejo de Seguridad Europeo que incluya al Reino Unido tras el Brexit para preparar las decisiones en materia de seguridad y defensa; un Banco Europeo del Clima para financiar la transición ecológica y lograr el objetivo de cero emisiones de CO2 en 2050; un salario mínimo adaptado a cada país; adoptar una preferencia europea en las industrias estratégicas y en los mercados de contratación pública.

Para poder acordar este programa de reformas que nos lleven al Renacimiento europeo, Macron propone una Conferencia para Europa con representantes de las instituciones comunitarias, los Estados miembros y también de la ciudadanía, a celebrarse a finales de año. Si bien es cierto que la propuesta de Macron no tiene visos de llegar a buen puerto por el rechazo de gran parte de los países centrales de la UE, sí que tiene un carácter más performativo en el marco de una campaña electoral, agitando el debate europeo e incluso introduciendo elementos interesantes como el propio cuestionamiento de los tratados europeos, que hasta ahora habían sido un elemento tabú para los partidos del extremo centro e incluso para una parte de la izquierda europea.

Quien en cambio ha hecho del cuestionamiento de los tratados y de la propia UE una parte importante de su leitmotiv político en estos últimos años ha sido la extrema derecha. Una extrema derecha que no ha parado de crecer electoralmente en la última década gracias a capitalizar un voto de protesta ante la inseguridad social, laboral y económica, generada en gran parte por las políticas neoliberales de la UE. Un éxito que no solo no parece frenarse, sino todo lo contrario; de hecho, parece que las fuerzas de extrema derecha quieren convertir las próximas elecciones europeas en un referéndum sobre el apoyo popular a su modelo autoritario y xenófobo.

Pero no podemos circunscribir el éxito de la extrema derecha solo al campo electoral, sino también al terreno de la generación de un discurso vertebrado y unificador capaz de condicionar las propias políticas de las instituciones europeas, tal y como estamos comprobando trágicamente en la crisis de fronteras y de derechos que estamos viviendo en Europa. Cabe hablar por lo tanto de un verdadero poder de agenda, entendido como capacidad para establecer las prioridades programáticas, las problematizaciones relevantes y los enunciados discursivos que fijarán los términos del debate; y esa ha sido su gran victoria hasta ahora. Desde las instituciones europeas y los partidos de la gran coalición son recurrentes las llamadas de alerta ante el auge de actitudes racistas y organizaciones xenófobas. Sin embargo, en lugar de plantear contrapropuestas para combatir estos discursos excluyentes, esos mismos actores están aceptando el terreno de confrontación que propone la extrema derecha, asumiendo así buena parte de sus postulados.

Pero la extrema derecha está mutando, ya que su asalto institucional les ha permitido por primera vez no solo entrar en gobiernos europeos como socios minoritarios, sino gestionar gobiernos como fuerza principal. La extrema derecha en las próximas elecciones europeas ya no pugna por condicionar la agenda política, sino que quiere redactarla, ya no quieren romper con la UE, la quieren gobernar y reformar para recuperar y desarrollar el viejo concepto de la Europa de las Patrias. Este es uno de los principales cambios que se están operando en el seno de la ultraderecha y que puede favorecer una coincidencia de intereses múltiples en el magma que representa este espacio político, de tal forma que les permita construir por primera vez un grupo unificado en la Eurocámara e incluso favorecer una ruptura en el propio PP Europeo o al menos favorecerse de ella.

En ese sentido, urge abrir un debate en una izquierda en shock por el auge de la extrema derecha a nivel global. Estando de acuerdo en que hay que huir de la sobrecaracterización de todos los fenómenos monstruosos como fascismo (pero sin obviar cómo la historia se trasmuta al presente con formas nuevas), parece que empieza a surgir en ciertos sectores de la izquierda una cierta fascinación por los temas que plantea la nueva extrema derecha: proteccionismo, soberanía nacional y política antiinmigración. Puede parecer que de lo que se trata es de disputarle las propuestas a la extrema derecha, en uno de esos ejercicios sin futuro consistentes en mimetizarse con el adversario para robarle sus éxitos. Esa táctica le puede funcionar a la derecha cuando copia los aspectos más superficiales de la izquierda, pero lleva a la izquierda a su impotencia total y a su autodestrucción.

De hecho, la izquierda ha parecido durante demasiado tiempo que pretendía disputar las propuestas sobre una Europa más social a los socialistas en vez de cuestionar la propia construcción de una UE en donde el horizonte social desaparecía y emergía con más fuerza la Europa neoliberal. Esta estrategia de subalternidad con los socialistas ha encajonado a la izquierda europea en un espacio político menguante, incapaz de conectar en la mayoría de los casos con los procesos de indignación que están atravesando el continente en forma de terremotos electorales. Pero sobre todo ha favorecido que el horizonte emancipador desaparezca progresivamente: cada vez se habla menos de democracia, de redistribución de la riqueza a través de la expropiación de las grandes empresas y ampliación de derechos, y más de los temas que propone o el extremo centro o la extrema derecha.

¿Qué izquierda?

Actualmente, podríamos decir que tenemos varios polos en la izquierda que competirán electoralmente en los próximos comicios europeos de mayo de este año. Por un lado estarían lo que podríamos considerar como euro-reformistas sin complejos, aceptan el marco impuesto por los socialistas de reformas paulatinas de la UE para que sea más justa, más verde y más democrática. Obviando que la situación de la UE no es una contingencia más o menos accidental, sino el corazón mismo del proyecto neoliberal europeo. En este grupo estarían los verdes europeos y la reciente plataforma política de Yanis Varoufakis DiEM25: la trayectoria de los verdes europeos es de sobra conocida, pero llama más la atención la deriva de Varoufakis, que ha pasado de enfrentarse a la Troika a querer reformarla. Una lástima, porque la verdad es que su figura podría haber suscitado el apoyo popular y ayudado a organizar a la dispersa izquierda europea. Pero sus posiciones políticas posteriores a la firma del tercer memorándum y el excesivo personalismo de la propuesta política ha malogrado esta oportunidad y solo ha conseguido aglutinar a una coalición de pequeños partidos 3/ subalternos al social-liberalismo.

El segundo gran grupo sería el que representa, con todas sus diferencias y particularidades, el Partido de la Izquierda Europea (PIE), que aglutina a la mayoría de los partidos eurocomunistas. Quizás una de sus principales contradicciones internas sea el mantenimiento en su interior de Syriza y el debate entre reforma o ruptura con la UE. La gran novedad es el cuestionamiento de su hegemonía electoral en la izquierda por parte de una nueva plataforma política de reciente creación, Ahora el Pueblo. Un espacio político que bebe del trabajo del Plan B que tras la experiencia griega empieza a cuestionar el margen de maniobra para políticas de izquierdas sin hacer frente a la camisa de fuerza de los tratados europeos. Este nuevo espacio político está liderado por Francia Insumisa, Podemos y el Bloco de Esquerda.

Si queremos construir una política capaz de confrontar con la nueva extrema derecha y con los poderes financieros, urge mirar a los ejemplos reales de cómo construir una clase y un proyecto emancipador, como la huelga del 8M, la PAH, los chalecos amarillos, los jóvenes por el clima o las luchas laborales como las de Amazon, en vez de las migajas que ofrece el populismo autoritario neoliberal, y luchar de una vez por todas por construir un proyecto político acorde a estos tiempos de crisis, ira e inseguridad. Hacia dónde miramos también indica hacia dónde queremos ir.

Para revertir esta situación, es imprescindible situar en la agenda europea la reducción del poder económico y político de los de arriba mediante el reparto del trabajo y de la riqueza como eje central para atajar la desigualdad. Algunas de las actuaciones que se podrían abordar en esa dirección serían: limitar las retribuciones de las élites empresariales, prohibir las puertas giratorias, legislar contra la concentración de la estructura empresarial, reducir el peso de la industria financiera y acabar con las operaciones opacas, regular las transacciones intrafirma de las empresas transnacionales, perseguir el fraude fiscal, introducir mayor progresividad en la estructura tributaria europea, y prohibir los paraísos fiscales.

Estamos convencidos de que avanzar en esta dirección es una de las claves para cerrar el camino a la extrema derecha y a los populismos xenófobos; también, por cierto, a una gran coalición que, para no perder espacios electorales, construye su discurso con los mismos o parecidos argumentos. Abordar el desafío de la fractura social en Europa también nos sitúa muy lejos de aquellos que claman por cerrar filas alrededor de un europeísmo vacío de contenido, oligárquico, excluyente y autoritario. Es el momento de abordar el reto de darle la vuelta a Europa, no nos quedan muchas más oportunidades. Aprovechemos las que nos ofrecen las próximas elecciones al Parlamento Europeo por lo menos para plantear este debate.

Daniel Bensaïd decía que la lucha de los oprimidos siempre comienza con una definición negativa, de nuestro rechazo a la UE como opción estratégica de las élites europeas para traducir una propuesta alternativa. Combatimos el proyecto de la UE no para reclamar la soberanía e identidad nacional amenazada como hace la extrema derecha, sino desde un punto de vista de clase: en nombre de la solidaridad social atacada por el euroliberalismo y en nombre de una Europa social y solidaria. Tomando partido frente a la lógica competitiva implacable de las élites europeas –“el aliento helado de la sociedad mercantil”, que escribía Benjamin– y a favor del “aliento cálido de las solidaridades y del bien público” que defendía Bensaïd.

Podríamos decir que hoy Europa está en disputa. Nos quieren atrapar en una dicotomía trampa donde habría que escoger entre más UE neoliberal o un repliegue nacional identitario, autoritario y xenófobo. Un falso dilema y un binomio que se retroalimenta. Necesitamos un plan B para una Europa que no tiene un problema de velocidad, sino una necesidad acuciante de cambiar de rumbo. Empecemos a darle forma a un proyecto europeo que recupere las raíces democráticas del antifascismo partisano, de la solidaridad, la paz y la justicia social. Un proyecto europeo que no excluya ni expulse a nadie porque sea un proyecto del que nadie quiera irse. Una tarea que se ha vuelto hoy tan urgente como imprescindible.

Miguel Urbán es eurodiputado de Podemos y miembro del Consejo Asesor de viento sur

Notas

1/ Actualmente son el tercer grupo de la Eurocámara.

2/ La hegemonía de Alemania sobre la derecha europea no es algo nuevo, pero esta vez con la candidatura de Manfred Weber es más evidente que nunca, ya que hasta ahora se había buscado enmascarar con candidaturas satélites de Alemania, pero no directamente alemanas. El mejor ejemplo de esta práctica es el actual presidente de la Comisión, el luxemburgués Jean Claude Junker.

3/ En España, el referente de DiEM25 es Actúa, de Gaspar Llamazares.





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