En Revista Viento Sur162

voces miradas
Voces Miradas
Reses
Esther Ramón

Con un registro que bebe del expresionismo, de alcance alegórico y pulso narrativo, Esther Ramón (Madrid, 1970) nos ofrece en este conjunto de piezas una visión cruda y crítica de la construcción del mundo y de las relaciones sociales.

Estos textos pertenecen a Reses (Trea, 2008; galardonada posteriormente con el Premio Ojo Crítico), su segundo poemario, en el que ahondó en una exploración violenta y sin concesiones de la alineación y del embrutecimiento de las condiciones laborales y el medio urbano. Más adelante, la autora explorará un registro más esencialista, de concisión y pulido del verso más extremado. En estas piezas, sin embargo, emplea mayores desarrollos para equilibrar una imaginería poderosa con una atmósfera casi tétrica.

Destacan en estos poemas la tensión y el impacto de unas imágenes brutales, descarnadas, que nos recuerdan cómo funciona la sociedad fuera de los focos y de los anuncios comerciales. Los animales, en ese sentido, enmarcados en un contexto de industrialización, son sujetos y también representación simbólica de la masa humana. Se pone en primer plano, por tanto, una perspectiva animalista que evidencia la crueldad, la falta de empatía y el ansia de dominación. Así, con una gran capacidad plástica, la poeta abre algunas líneas que avanzan hacia el surrealismo y el absurdo, pero continuamente apuntan a una profunda denuncia de la deshumanización y que se concreta en la desmembración física y moral de los individuos.

Con su aspereza, sus escenas nos estremecen porque nos asoman al abismo de un mundo sin piedad, de unas personas y de unos tipos humanos que no obedecen más que al mandato de su egoísmo. En esos episodios delirantes, en definitiva, se encierra una aguda observación de nuestro presente.

Alberto García-Teresa


En el vertedero de caballos todo está listo para la representación.

Encendieron las luces de emergencia y nadie sabía si los que corrían querían salir o venían llegando.

(En realidad estaban detenidos).

Ignoraban el humo, pero su estilizado rostro azul sonreía a los presentes.

Se habían reunido allí para estudiar los cuerpos.

Un carpintero había fabricado siete grandes camillas de madera. Iban a cubrirse con enormes sábanas.

Esto es obra de un demente. Alguien le hizo callar. Los de las batas blancas se adelantaron.

Heridas de cortes desiguales. Los ayudantes anotaban cada detalle y los más virtuosos insertaban dibujos entre las letras.

Los dos primeros animales lucían exactas mutilaciones.

El demente había concebido gemelos. Luego individuos únicos.

Todos los caballos eran tordos menos uno blanco que parecía intacto. Pero siguieron la costura. Los órganos estaban descolocados. Era un orden incomprensible en que el corazón y los riñones se apretaban en la garganta.

La luna adelgazaba aquella noche en que algunos hombres se reunieron en un hangar, mientras los demás dormían.

Después de taparlos decidieron iniciar las diligencias. El sospechoso podía ser un joven pálido, empleado en un matadero. O un maquinista. O el conductor de un circo itinerante.

Para velarlos dispusieron sillas polvorientas. Apagaron las luces y los cristales del techo se abrieron como ojos en blanco.

Sus pensamientos tomaron senderos diferentes pero todos cabalgaban en el mismo bosque, saltaban obstáculos inverosímiles, inventaban nombres para calmar a sus monturas.

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Las tejedoras de la fábrica se acostaron bajo los telares, después de reforzar las puertas con algunas máquinas.

Los otros ganaderos le envidiaron las hermosas ovejas inglesas que habían cruzado con él el océano y que ahora pastaban.

Tenían víveres y se animaban unas a otras. La primera noche despertaron muchas veces, donde sólo había existido el día. Creían escuchar el sonido de un telar gigantesco, rozando el techo de hojalata como un gran insecto.

Entrecerraban los ojos para saborear aquella hierba larga, la lana se les rizaba con el aire nocturno, que amanecía blanqueado y suave.

El patrón acudió con hombres fuertes pero nadie fue capaz de romper la estructura.

Sus últimos ahorros en un hangar donde resguardarlas. Allí dormían y por la mañana él mismo apartaba las cadenas de la enorme puerta roja.

Para entretener las manos inventaban canciones, que salían en piezas cortadas por sus voces virtuosas. Los barcos se amontonaban en el puerto, aguardando los tejidos.

Los otros ganaderos le envidiaron las hermosas ovejas inglesas que habían cruzado con él el océano y que ahora pastaban.

“La Compañía Aseguradora firma un acuerdo con las fábricas locales”. Junto al titular una foto del grupo, de caras borrosas.

Quería a las ovejas satisfechas en su nueva tierra para así recoger cientos de huevos esponjosos, que iba a vender a un alto precio.

El patrón prendió fuego a su fábrica. Dentro cantaban y el saltamontes crujía entre las llamas.

Los otros ganaderos le envidiaron las hermosas ovejas inglesas que habían cruzado con él el océano y que ahora ardían en el hangar de puerta roja.

Era una inmensa alfombra que reunía en su dibujo los colores encerrados, las formas asfixiadas.

Aquel invierno corrimos desnudos sobre la nieve.

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Desde el sol y el secado mental de la cosecha. Desde las nubes estranguladas.

Allá donde falta el agua los perros enloquecen. Como un síntoma. Carne roja, y acaso cuerdas, y acaso cuerpos enterrados.

Los ovejeros, de mandíbulas prominentes. Los elegantes galgos.

¿Conservan la calma o son buenos cazadores? Algunos se sientan debajo de un árbol limpio. Otros corren.

El ladrido adelgaza en la carrera. Se hace ronco para guardar lo blanco. Lo saben los pastores.

Vigilantes que dormitan y no llueve. Sienten las piedras en los músculos. Duelen porque se agrietan. El olfato pendiente del tendido eléctrico, de los gorriones hipnotizados. Que no desenrollan la pata kilométrica capaz de ennegrecerlos.

Descansa. Los cantos se ablandan con tu forma. Martillos para ovejas de lava.

La crueldad de los pueblos internos: cocinan el golpe definitivo. Pero utilizan cuerdas que tensan durante horas.

Las vigila. Cae en el lecho y le picotean aves amarillas. Las vigila.

Una jauría de perros salvajes, de lobos salvajes, de animales. Frente a frente, la unidad baja la cabeza.

Pendiente de una luz blanca. De las imágenes que se transforman. Sueña que sueña y nunca despierta.

Muerte a los fieles al final de la temporada de caza. Riegan el bosque de trampas, de aullidos, de correas para agonizar.

Primer encargo de la lista: la tienda de animales. Un perro o un gato tranquilo. Para que cuide la casa, para el calor ceñido al muslo. Las manos reparten hambre.

No puede dormir. Cuenta ovejas.

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Cuartel de equilibristas. Sus saltos programados.

Llegan en vagones marcados. Números en las orejas, confusión de bostas. Pequeños agujeros a la altura de los ojos. Caretas de hombres como vacas.

Les obligan a recorrer la casa entera. Habitación de plumas, de plácidos sillones. Habitación inundada. Habitaciones, chillidos, disposición ficticia de las nubes. Nubes con formas de animales.

Las conducen desde arriba, con el bastón eléctrico. Uniforme verde: botas de agua, gorra, cuchillera, delantal plástico.

Largos años de entrenamiento. Con alfileres en las rodillas, aprenden a caer sobre las manos. Un severo régimen de comida sin calcio, por fin los huesos blandos.

Derraman sal sobre la arena. De perfil, lomos blancos y marrones. Agitación del ganado.

Es el día del estreno. Les han bordado trajes brillantes. Ahora el número de los contorsionistas. Prendido en sus orejas y en los ganchos.

La carne atasca las tuberías. El agua ha dejado de circular. Se aquieta cada válvula, cada motor enterrado. Los pájaros se detienen en pleno vuelo y caen sobre un mismo toldo amarillo. Allí se amontonan hasta que la tela cede.

Arcones sobre la pista, de distintos tamaños y colores. Los contorsionistas se prueban todos menos el más estrecho. Redoble de tambores. El público contiene el aliento.

Fila en el túnel del matadero. La primera res siempre es la última. La segunda res es la primera. La primera res es siempre la última.

Uno lo intenta. Anuda los brazos y las piernas, hunde junto al cuello la cabeza, se dobla como una tela. El arcón es demasiado pequeño. No entra.

No quieren entrar. Se retuercen en el paso previo, retrocediendo, plegando la carne contra el muro. El último espacio es un toril sin techo, tan angosto que las inmoviliza. Desde arriba unos guantes verdes se posan en sus nucas bendecidas. Luego se abre la pared metálica y un gancho las eleva.

El público silba, se pone en pie. Los contorsionistas se cogen de las manos, se estiran para eliminar huecos. Inventan figuras, esconden pedazos enteros de sus cuerpos. No entran.

En la cadena las desmiembran y quedan sin forma, reducidas, con los músculos aún latiendo. Grandes arcones frigoríficos. Pájaros cayendo.

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Camina con un solo cuerno retorcido. Las calles bordeadas por antorchas. Delante o detrás de la reja.

No corren todavía. Escapan agitando los cencerros de la raza pura. Una furia que las acoge y las guía en el itinerario del cepo.

Es el encierro: sólo retardar o acelerar los pasos. Son largas rectas y un gran círculo de terneras en constante movimiento.

Voces. Gritos que salen del empedrado, que se instalan en las pezuñas para florecer entre la carne.

Embisten, sus lanzas contra las llamas, contra los perseguidores y las rejas de madera. La deforme ataca con su cuerno inservible, se golpea la cabeza en los muros sucesivos.

Las vacas no tienen memoria. Emprenden el camino de vuelta sin escuchar el sonido metálico del cierre.

Oscurece y se impacientan. No sirven, sólo están en el juego a ratos, mugen y se estorban.

Los palos de acuerdo. Metro a metro sobre los lomos para que avancen.

Hay túneles que nadie recuerda. Respiraderos oxidados llenos de tierra.

Huyen arrastrando la cuerda, el jirón de ropa, los silbidos. El portón abierto ensancha el cerco.

Las voces las rodean y van retrocediendo muy pegadas, alzando sus cabezas antiguas. Hacia el centro.

Desde el mirador una espiral se hunde profundamente en la piedra. Es un fenómeno que atrae a muchos. Cada objeto que arrojan se endurece al contacto de aquel aire irrespirable.

Pastan cerca de un campo de girasoles, al lado de una casa al borde del derrumbe, un viejo transformador. El sol acaba de salir.

Al anochecer colocan jaulas de mimbre en las cloacas. Por la mañana recogen docenas de ratas enloquecidas.





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