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En Revista Viento Sur162

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A propósito de Friedrich Engels y los pueblos “sin historia”, de Roman Rosdolsky
Georges Haupt y Claudie Weill

Partiendo de estas premisas fundamentales 1/, la posición de Marx y Engels tiene oscilaciones, pero también modificaciones consecutivas a los cambios de datos y de contexto, sobre un interrogante central: ¿cómo conjugar revolución proletaria y lucha nacional en aquellos países donde el movimiento obrero se ha afirmado como movimiento autónomo, donde la clase obrera, de una clase en sí, se ha convertido en una clase para sí?

Hasta mediados de los años 1860, su horizonte está delimitado sobre todo por las perspectivas cuarentayochistas, aunque en el contexto de la reacción instaurada tras la revolución. Marx, decepcionado por el comportamiento de la burguesía, declara en La lucha de clases en Francia, en 1850: “Los húngaros no serán libres, ni los polacos, ni los italianos, mientras el obrero permanezca esclavo”. La unidad y la independencia de las grandes naciones históricas siguen siendo uno de los objetivos esenciales, aun cuando los movimientos nacionales no han sabido vincular la causa nacional a la causa de la democracia y de las transformaciones sociales abandonadas por la burguesía. Al movimiento obrero corresponde la realización global de estos objetivos, no solo para crear las condiciones objetivas del progreso social a largo plazo, sino también por el interés inmediato de su propio avance.

Su desarrollo en los años 1860, que culmina con la creación de la AIT, añade a las certidumbres lineales interrogantes complejos, a medida que se plantea en términos más concretos la problemática de la relación entre lucha de clases y lucha nacional. Un presentimiento, una intuición –más que lucidez– hace entrever a Marx cómo pesará la cuestión nacional sobre el movimiento obrero. Al calor de la polémica del congreso de la AIT en Ginebra en 1866 exclama: “El movimiento obrero será continuamente interrumpido, derrotado, retrasado, hasta que sea resuelta esta gran cuestión europea”. La cuestión nacional pendiente es considerada desde entonces como una doble hipoteca a levantar, en el plano interior y en el exterior, para permitir al movimiento obrero levantar el vuelo. En primer lugar, la lucha por objetivos nacionales segrega el nacionalismo que recubre y enmascara los conflictos de clase y sustituye la solidaridad de clase por el egocentrismo nacional. Y también, como constata Marx en 1875 a propósito de Polonia:

“Mientras un pueblo viable está encadenado por un conquistador exterior, utiliza obligatoriamente todos sus esfuerzos, toda su energía contra el enemigo exterior; su vida interior está paralizada, es incapaz de actuar por su emancipación social”.

En fin, esta hipoteca pesa también sobre el proletariado de las naciones dominantes. Así, el restablecimiento de Polonia es una necesidad para los propios alemanes y rusos, porque “la potencia que un pueblo necesita para oprimir a otro se vuelve a fin de cuentas contra él”, reafirma Engels en 1874, mientras se fortalece el movimiento obrero en Alemania y la aparición del movimiento revolucionario en Rusia es considerada el síntoma de una revolución inminente.

El caso irlandés dio todo su significado al principio enunciado en 1847 en “Discurso sobre el partido cartista, Alemania y Polonia”: “Una nación no puede conquistar su libertad si sigue oprimiendo a otras”, y con esa óptica Engels habló de la “desgracia que constituye para un pueblo el hecho de subyugar a otro”. Porque desde 1867, Marx y Engels toman conciencia del hecho de que el movimiento obrero inglés, el más avanzado del mundo como realidad social y como movimiento organizado, está maniatado por la hipoteca irlandesa. “La emancipación nacional de Irlanda” es entendida como “la primera condición para obtener su propia emancipación social”, la de los trabajadores ingleses 2/.

El fenómeno irlandés es significativo en la reflexión de Marx sobre la problemática nacional. Incitará a profundizar la cuestión de las relaciones entre lucha de clases y lucha nacional. Para quien reside en Inglaterra, el embrollo irlandés es un problema vivo, muy familiar en los años 1860 3/. Ciertamente, figura ya en sus escritos anteriores a 1848, pero con una perspectiva tradicional. El enfoque era entonces el mismo que en el caso polaco, un análisis colado en el mismo molde, aun teniendo en cuenta contextos diferentes. Las similitudes residían entonces en la estructura económica de ambos países, que exigía una revolución de tipo agrario, y en el punto focal de su liberación: Inglaterra, donde el exacerbado antagonismo entre burgueses y proletarios alimentaba la convicción marxiana de que “la victoria del proletariado sobre la burguesía es por consiguiente al mismo tiempo la señal de la liberación de todas las naciones oprimidas”, como propugnó Marx en su discurso en 1847 en conmemoración del levantamiento polaco de 1830.

Marx y Engels estuvieron atentos a los acontecimientos en Irlanda y sobre todo al nacimiento en 1858 de un movimiento nacional revolucionario irlandés, el fenianismo (Irish Republican Brotherhood), y su desarrollo tras la guerra civil americana, sin concederle un significado particular. La intervención de la AIT, en enero de 1866, para protestar contra la oleada represiva de que eran víctimas los dirigentes fenianos por parte del gobierno británico estaba concebida todavía en términos generales de simpatía. Durante el año siguiente, marcado por una intensificación de la actividad tanto insurreccional como terrorista del movimiento feniano, este combate ocupa un lugar creciente en las preocupaciones de la Internacional. A pesar de su aversión hacia el terrorismo, Marx suscribe este apoyo, porque considera que el fenianismo “se caracteriza por su tendencia socialista (negativamente, al estar dirigida contra la apropiación del suelo) y como movimiento de las capas inferiores”, como sostiene en su intervención en el Consejo General de la AIT el 30 de noviembre de 1867.

En otoño de 1867, la virulencia del tumor irlandés, “ese viejo y gran crimen que dura ya varios siglos”, producirá un cambio en la actitud de Marx y Engels, una toma de conciencia del alcance fundamental de la cuestión irlandesa en la perspectiva del movimiento obrero inglés y de la revolución europea. Contra lo que se esperaba, cuatro revolucionarios irlandeses fueron entonces condenados a muerte bajo el gobierno liberal de Gladstone, que ignoró las promesas electorales que habían contribuido a llevarle al poder. La ola de indignación desencadenó un movimiento de solidaridad de la clase obrera. En este contexto nuevo, Marx aborda la cuestión bajo un ángulo fundamentalmente diferente, partiendo de la comprensión del callejón sin salida en que estaba acorralado el movimiento obrero inglés por la hipoteca irlandesa, porque la emigración forzosa de trabajadores irlandeses, a causa de la ruina de la economía doméstica, los convierte en una mano de obra barata que compite con los obreros ingleses y suscita, en consecuencia, su hostilidad. Así, la clase obrera en Inglaterra se encuentra dividida y, en lugar de presentar un frente unido con los obreros irlandeses contra la burguesía inglesa, está a remolque de su propia burguesía contra Irlanda. Además, el ejército que mantiene Inglaterra con el pretexto de mantener el orden en Irlanda representa un enorme instrumento de represión, movilizado permanentemente, que puede ser utilizado contra la lucha de emancipación social de los trabajadores ingleses.

Este análisis modifica la manera como Marx plantea el problema y su argumentación respecto a sus posiciones anteriores. Deja de considerar la cuestión irlandesa en términos de simpatía, de actitud humanitaria; la aborda en adelante como política práctica, como una reivindicación esencial “basada en el propio interés del proletariado inglés”. Dos años más tarde, en 1869, se lo explica a Kugelmann:

“Cada día estoy más convencido –y solo es necesario inculcarle esta convicción a la clase obrera inglesa– de que ella nunca podrá hacer nada decisivo en Inglaterra hasta tanto no separe su política respecto a Irlanda, en la forma más decidida, de la política de las clases dominantes, hasta tanto no solo haga causa común con los irlandeses, sino tome la iniciativa para suprimir la Unión decidida en 1801 y la sustituya por una relación federativa en pie de igualdad (…). Si no, el pueblo inglés queda bajo la tutela de las clases dominantes, porque él tiene que hacer frente común con ellas contra Irlanda. Todos sus movimientos en la propia Inglaterra quedan cojos debido a la desavenencia con los irlandeses, que constituyen, incluso en Inglaterra, una parte muy importante de la clase obrera” (Marx y Engels, 1979: 188).

La realidad irlandesa es sometida a un estudio profundo, sobre todo por Engels que piensa incluso en escribir una historia de Irlanda y adquiere reputación de especialista en la cuestión 4/. El análisis de la lucha de los oppressed Irish contra sus oppressors permite a Marx y Engels plantear en términos nuevos la relación entre movimiento nacional y movimiento obrero. Confrontados a una situación inédita, aportan una corrección de sus posiciones anteriores y un esbozo de solución teórica, introduciendo con un nuevo enfoque un concepto presente en sus obras de juventud, subyacente en los escritos sobre Polonia, el de naciones dominantes y naciones oprimidas. De forma aislada, estos conceptos son muy utilizados en esa época, y no solo por los marxistas. Así Odger, el representante de las Trade-Unions, declara al Consejo General de la AIT: “Debemos apoyar a Polonia; para nosotros, es el tipo de nación oprimida”. Lo nuevo en Marx es la utilización que hace del caso irlandés, concibiéndolo como un todo orgánico que recubre las relaciones entre dominadores y dominados, la naturaleza de las contradicciones y el tipo de relaciones establecidas entre sus fuerzas actuantes. En este enfoque, el concepto de nación oprimida no es ni antinómico ni dicotómico respecto al de nación necesaria que designa a las grandes naciones históricas. El acento está puesto en las potencialidades del movimiento nacional de las naciones oprimidas –que no son necesariamente naciones históricas– para el movimiento obrero o para las fuerzas revolucionarias de las naciones dominantes. Por su radicalismo a la vez nacional y social, la lucha de las naciones oprimidas, incluso subdesarrolladas –el caso de Irlanda es abordado también como hecho colonial– puede servir de detonador de la lucha de la clase obrera, del movimiento obrero de la nación dominante. De ahí se deriva, para Irlanda e Inglaterra, un cambio en las prioridades: ya no es la revolución social la que resolverá el problema nacional, sino que la liberación de la nación oprimida constituye una condición previa a la emancipación social de la clase obrera:

“Durante mucho tiempo creí que era posible derribar el régimen irlandés mediante el English working class ascendency [ascenso de la clase obrera inglesa]”, escribió Marx en 1869; “un estudio más profundo me ha convencido de lo contrario. La working class [clase obrera] no conseguirá before it has got rid of Ireland[hasta que no se haya librado de Irlanda]. Hay que poner la palanca en Irlanda” (Marx y Engels, 1979: 193).

Marx preconiza un programa en tres puntos: “Lo que los irlandeses necesitan es: 1) Gobierno autónomo e independiente de Inglaterra; 2) revolución agraria (…); 3) aranceles proteccionistas contra Inglaterra” (Marx y Engels, 1979: 153). La conjunción necesaria de los dos factores –nacional y social– engendra relaciones políticas completamente diferentes basadas en una alianza estratégica entre las dos fuerzas, movimiento nacional y movimiento obrero: lucha de clases y lucha nacional se vuelven complementarias y solidarias, sin confundirse ni superponerse.

En esta alianza, ¿cuál es el deber de la clase obrera de las naciones dominantes? En este caso, el proletariado inglés debía apoyar a fondo las reivindicaciones nacionales de los irlandeses, intervenir en favor de los fenianos perseguidos, reclamar la abolición del Acta de Unión de 1801, lo que equivale a pedir el derecho a la autodeterminación. Sobre este punto, la posición de Marx conocerá un cambio notable en 1867 en función de su análisis global. El derecho a la autodeterminación, la independencia, se convierte en el objetivo inmediato. Solo después de haberlo alcanzado podrán contemplarse las nuevas relaciones a establecer con Inglaterra. Marx duda sobre la naturaleza de los lazos de asociación, y opta bien por la confederación, bien por la federación, aunque con reticencia.

A través de manifestaciones concretas de solidaridad y de apoyo debía salir a la luz la conciencia de la importancia del problema irlandés, la necesidad para el proletariado inglés de “abandonar sus prejuicios contra los irlandeses” para poner así fin a la discriminación y a las divisiones nacionales en el seno de la clase obrera. Paciente y sistemáticamente, Marx se esfuerza por traspasar su análisis a la praxis e intenta, a través del Consejo General de la AIT, influir en el movimiento obrero inglés, vencer las resistencias de las poderosas Trade-Unions y persuadir a los obreros ingleses de que la emancipación nacional de Irlanda es la primera condición de su emancipación social. Vuelve a la carga sin cesar, consigue hacer adoptar en noviembre de 1869 una resolución capital sobre la amnistía de los fenianos. Esta “debe servir para introducir otras resoluciones que traten de hecho de que, sin hablar de equidad internacional, la condición de la emancipación de la clase obrera inglesa es la transformación de la unión forzosa existente, es decir, del sometimiento de Irlanda en una confederación igualitaria y libre, si es posible, o, si fuera preciso, la reivindicación de una separación completa” 5/.

En 1869, la solución de la cuestión irlandesa se convirtió, para Marx, en “la clave de la solución de la cuestión inglesa, y la solución inglesa, la de la cuestión europea”. Está convencido además de que todas las premisas están reunidas; con este entusiasmo Engels comunica a Kugelmann:

“La constitución de un partido verdaderamente revolucionario avanza rápidamente y a la par se desarrolla una situación revolucionaria […]. También los irlandeses son un fermento muy esencial en el asunto y cada día los proletarios londinenses se declaran más abiertamente a favor de los fenianos” (Marx y Engels, 1979: 141-142).

Sus esperanzas y sus pronósticos no se basan solo en la coyuntura; proceden del análisis de las mutaciones ocurridas desde hacía varias décadas, sobre todo desde 1846 cuando “el contenido económico y, por eso mismo, la finalidad política de la dominación inglesa en Irlanda entró en una nueva fase”, con la consecuencia de la destrucción de la industria irlandesa, la transformación de los campos en pastos y la supresión de la propiedad de suelo en Irlanda (Marx y Engels, 1979: 151-154). En una comunicación confidencial de la Internacional, y después en un comentario destinado a los socialistas americanos, Marx expresa en abril de 1870 claramente los razonamientos y cálculos estratégicos que derivan de este análisis:

“Inglaterra, como metrópoli del capital, como potencia que domina hasta ahora el mercado mundial, es por el momento el país más importante para la revolución obrera y además de ser el único país en el que las condiciones materiales para esta revolución se han desarrollado hasta alcanzar un cierto grado de madurez” (Marx y Engels, 1979: 214).

Por consiguiente, “si Inglaterra es el bulwark [muralla] del landlordism (la gran propiedad de la tierra) y del capitalismo europeos, el único punto donde se puede asestar un gran golpe contra la Inglaterra oficial es Irlanda”. El razonamiento de Marx se articula en torno a dos puntos: 1) Irlanda es el bastión de la propiedad territorial, del landlordism inglés. Hay que atacar esta ciudadela para que el landlordism se hunda en Inglaterra. “En todo momento he estado convencido de que la revolución social debe comenzar seriamente por la base, esto es, partiendo de la propiedad de la tierra”; 2) la pérdida de Irlanda arrastraría el hundimiento del Imperio británico y “la lucha de clases en Inglaterra, hasta ahora dormida y apática, adoptaría formas vigorosas”. Para influir sobre los acontecimientos y hacer adoptar su estrategia, Marx utiliza como marco el Consejo General de la AIT. Interviene con vigor para que el programa de la Internacional sobre la cuestión irlandesa sea puesto a la orden del día. El poderoso eco de la efervescencia irlandesa, que se pone en primer plano de la vida política y de la lucha social en Inglaterra, facilita sus propósitos. El Consejo General es ganado a la estrategia que expone en la circular confidencial del 1 de enero de 1870:

“La opinión de la Asociación Internacional sobre la cuestión irlandesa es clara. Su primera tarea es forzar la revolución social en Inglaterra. Para ese fin hay que dar el golpe decisivo en Irlanda [y] promover la lucha económica y nacional de los irlandeses de todas las formas posibles” (Marx y Engels, 1979: 198).

Sin embargo, borra esta última frase del texto definitivo de la comunicación 6/.

En la reflexión marxiana sobre la cuestión nacional, Irlanda es un momento importante pero de corta duración. La estrategia vertebrada en torno a la inminencia de una revolución en Inglaterra no superó el estadio de proyecto. Los acontecimientos desbarataron los pronósticos, aun cuando se mantenían las perspectivas y la esperanza de una revolución próxima. Pero la guerra franco-prusiana desplazó el centro de gravedad hacia el continente. La nueva constelación surgida de la Comuna de París provocó una rectificación de la estrategia, un traslado del foco de la revolución hacia Alemania.

Sin embargo, las posiciones de principio formuladas sobre la correlación entre naciones dominantes y naciones oprimidas no son revisadas, ni tampoco se modifica la apreciación de la cuestión irlandesa, aunque esta no pueda jugar ya el papel de catalizador en una revolución europea, aunque las posibilidades de éxito de una revuelta irlandesa se hayan reducido:

“Sin guerra o peligro de guerra desde el exterior, un levantamiento irlandés no tiene ni las más remotas perspectivas (…). Según esto, a los irlandeses solo les queda el camino constitucional para la conquista gradual de una posición tras otra, camino en el cual, de todos modos, el fondo misterioso de la conspiración armada feniana puede seguir siendo un elemento muy eficaz”, escribe Engels en 1882 en una carta a Eduard Bernstein (Marx y Engels, 1979: 348).

La hipoteca irlandesa, “enfermedad crónica de Inglaterra”, continúa pesando sobre la suerte del movimiento obrero inglés: “No creo que se pueda pensar aquí en una actividad seria de la socialdemocracia mientras persista durante largo tiempo la dificultad irlandesa”, afirmó Kautsky durante una estancia en Londres en 1887 dirigiéndose a Victor Adler. El problema planteado sigue siendo el mismo de la época de Marx, porque la clase obrera está siempre escindida en dos campos enemigos: proletarios irlandeses, proletarios ingleses. Los privilegios materiales, la conciencia de una superioridad de los proletarios de la nación dominante subsisten y siguen vivos los prejuicios contra los irlandeses.

Teniendo en cuenta los principios y modificaciones en la coyuntura, Engels reafirma en 1882 la posición del socialismo internacional sobre la cuestión:

Dos naciones de Europa no solo tienen el derecho, sino el deber de ser nacionales antes que internacionales: los irlandeses y los polacos. Justamente estos son internacionales al máximo cuando son nacionales” (Marx y Engels, 1979: 344).

El caso irlandés, que introduce una nueva temática y marca un momento importante en el pensamiento de Marx y Engels, no constituye, como se suele afirmar, un giro en las posiciones sobre la cuestión nacional. Es menos un momento evolutivo en la reflexión marxista que una puesta en perspectiva diferente, dictada por una situación precisa. La acción prima en el enfoque; el teórico se guía por la preocupación de lo concreto, en una elaboración política en contacto directo con la coyuntura. En el caso irlandés, como en todas las situaciones nacionales enfrentadas, se puede ver el rechazo a generalizar, a construir modelos e integrar sin reserva la dinámica nacional en la teoría de la revolución. El análisis de las situaciones precisas, el estudio caso por caso, define la actitud táctica, mientras que las posiciones teóricas son ajustadas a los datos inéditos surgidos en el proceso histórico. Esta vía la continuará el pensamiento posmarxiano, a pesar de sus notables metamorfosis. “En la discusión y ante la necesidad de definir una actitud y adoptar una estrategia” (Lobel, 1971: 3), los intentos de conceptualización se han agrupado, se han conservado o adaptado las soluciones apenas esbozadas por los fundadores, de las que los discípulos han tomado conocimiento fragmentaria o sucesivamente.

Georges Haupt (1928-1978) y Claudie Weill (1945-2018) han sido autores de referencia sobre la historia del movimiento obrero

Traducción: viento sur

Notas:

1/ Se refieren a lo expuesto en los capítulos anteriores, en los que han analizado la evolución de las reflexiones de Marx y Engels en el periodo pos-1848, en el que la cuestión nacional aparece subordinada a las expectativas creadas en torno a una revolución europea (nde).

2/ “Marx a Sigfried Meyer y August Vogt”, 9 de abril de 1870 (Marx y Engels, 1979: 214).

3/ Este problema fue también introducido en el periódico de Marx y Engels por las hijas de Marx, Tussy (Eleanor) y Jenny, muy comprometidas a favor de la liberación de Irlanda, y por la compañera de Engels, Lizzie Burns, de origen irlandés.

4/ Engels emprendió amplias investigaciones para escribir una historia de Irlanda. Solo redactó los primeros capítulos porque la interrumpieron la guerra franco-prusiana y después la Comuna de París (véase “Friedrich Engels: Historia de Irlanda” en Marx y Engels, 1979: 219-301).

5/ “Carta de Marx a Engels”, 2 de noviembre de 1867. Marx es muy consciente de las dificultades para hacer conocer y admitir la posición del Consejo General, porque el periódico Bee Hive, semanario de las Trade-Unions declarado órgano de la Internacional, no solo se niega a publicar las resoluciones, sino que guarda silencio sobre el hecho mismo de que el Consejo General debate la cuestión irlandesa. Por ello, el Consejo General hace imprimir por su cuenta las resoluciones y las envía directamente a cada Unión.

6/ En el texto ruso de las actas del Consejo General de la AIT (Moscú, 1964) se traduce “promover” por “contribuir”. Marx asesoró además a su hija Jenny cuando esta redactó, bajo el seudónimo de Jenny Williams, ocho artículos sobre las persecuciones de los fenianos, aparecidos en la Marseillaise de Rochefort en la primavera de 1870 (véase Apéndice en Marx y Engels, 1979: 371-390). Marx pensaba que a través de Francia las revelaciones sobre el problema irlandés podían rebotar eficazmente en Inglaterra.

Referencias

Lobel, Élie (1971) “Le domaine national”, Partisans, n° 59-60, mayo-agosto.

Marx, Karl y Engels, Friedrich (1979) Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda (Introducción de Renato Levrero). México: Siglo XXI.





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