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Juicio contra el procés
El típico ruido del deep state
11/03/2019 | David Fernández

Artículo original en catalán

“En mi opinión, la mejor definición de hombre es la de un ser que se acostumbra a todo”

Fiódor Dostoievski, Apuntes de la casa muerta

La semana que se cierra –y suerte de la huelga feminista, que ayer volvió a llenar las calles, cuidados y futuros para revertir tanta grisura– acaba como acaba. En un agujero negro: ya tenemos la cartografía de la violencia recibida, el cuadro de mando de la represión sufrida, el banal dispositivo de la obediencia debida. Para variar, los máximos responsables –Rajoy, Soraya, Zoido– se han zafado de toda responsabilidad y apuntan a los subordinados. Cobardía política superlativa, intentan quedar indemnes, que es tanto como decir inmunes. No sabía, no recuerdo, no estaba. El lacónico ritual habitual de la impunidad oficial.

En un juicio que es y deviene político –¿se puede decir ya?– por motivación: es decir, por la motivación independentista de los encausados, factor neurálgico de toda la acusación. Otras veces, muchas y recientes, se han bloqueado decisiones judiciales injustas, se han detenido desahucios y se han impedido desalojos policiales, como el 15-M en la plaza Catalunya, resistiendo pacíficamente. El desigual Derecho penal de amigo y enemigo: según quien seas, pasa por la puerta que corresponde. La comparación más inmediata, revestida de ganado cinismo, es la última resolución sobre el caso de los jóvenes de Altsasu: la Audiencia niega que sea un delito de terrorismo y, al mismo tiempo, los condena a penas que los trata como tales. De acuerdo.

¿Qué ideología tiene el Estado, después de todo, y quien la nutre? ¿Sus servidores, quizás? ¿O cuál es la cultura dominante y cómo se autorreproduce y cómo se hereda? ¿Qué es el búnker del Estado? ¿Quiénes son? Esta semana lo hemos visto con calculada frialdad. Cadena de porras contra urnas: Nieto, De los Cobos, Trapote, Gozalo. Todo hombres, para introducir perspectiva de género, dirigiendo el baile de bastones. Un mínimo repaso a los perfiles explica también la intrahistoria y facilita que los árboles nos dejen entender el bosque. Memoria antídoto, de nuevo, para destripar la doctrina del shock, la Razón de Estado y el A por ellos que nos acosa.

De Pérez de los Cobos –como su hermano, que de desgarrar Constituciones en pecados ultras de juventud terminó presidiendo el TC–, el perfil ya es bastante conocido. Menos sabido es que el 23-F de 1981 se plantó, vestido de azul falangista, en el cuartel de la Guardia Civil de Yecla para apoyar el golpe de Estado. No se lo preguntaron a la primera –olvido de Marchena–, pero sí: como dijo al día siguiente, estuvo procesado. Por torturas en el País Vasco. Resultó, verdad jurídica, absuelto. La víctima, Kepa Urra, tiene otra verdad. En los archivos documentales del 1-O –Junta de Seguridad del 28 de septiembre–, el general dijo que era “inadmisible utilizar como excusa para incumplir la directriz judicial la posible alteración de la convivencia que podría derivarse del uso de la fuerza”. Finalmente, es lo que pasó. La supuesta excusa se convirtió en cruda realidad. La violencia institucional resquebrajando todo.

De Gozalo se pueden decir muchas cosas, pero ciñámonos a dos. Presidió el acto en que se condecoró a veteranos de la División Azul en el cuartel de Sant Andreu de la Barca en 2013, cuando la ley de la memoria histórica ya estaba en vigor. Pero ya que hablamos del deep state, rememoremos alguna otra cosa: fue el encargado de acompañar en 2002 a un comisario francés para interceder ante los Mossos por la libertad de dos detenidos pillados con armas de precisión. Eran agentes secretos franceses. Acabaron recuperando la libertad, bajo la promesa de comparecer en juicio cuando hubiere lugar. Nunca lo hicieron, sobra decirlo.

De Trapote –o cómo explicar la Transición a la chiquillería– me fijaría en la impunidad, el factor fundacional del régimen del 78. Negó haber sido procesado anteayer. No fue exactamente eso: los indultos de la amnistía de 1977 lo libraron de las diligencias abiertas por el asesinato, gatillo fácil, del obrero José Luis Herreros en 1974. El Supremo, en 1983, condenó civilmente el estado a indemnizar a la familia: la sentencia recordaba que el disparo que lo mató salió de la pistola de Trapote.

Sobre Nieto, el perfil más político y partidario de las hostias recibidas, se podría añadir que la Fiscalía Anticorrupción sospechó que alertó a Ignacio González que estaba siendo investigado en el marco de la operación Lezo. El Congreso de Diputados le reprobó en junio de 2017, tres meses antes de que ordenara a Pérez de los Cobos llevar adelante el plan B: barrer con todos nosotros. De Millo hay que decir poco, porque en el fondo nunca ha pintado nada. Pero indigna la inhumanidad y la mentira cruel. “Yo no miento”, dice en Can Twitter. Le reprocharé solo una, la más dolorosa de las mentiras y la peor: mentir sobre uno mismo. En octubre de 2017 pidió disculpas públicamente en TV3 en nombre de los agentes que habían golpeado a la gente. Este miércoles se negaba a sí mismo.

Nada de todo ello debería sorprendernos. Parafraseando a la secretaria judicial, que dicen que sigue páginas ultras –otro sesgo ideológico–, diríamos que no es más que el rumor de la Razón de Estado: la banda sonora poco original de cualquier deep state. Hablas del pasado, dirá alguien. Y sí, del pasado que explica el presente y oscurece el futuro. Pero podríamos hablar de mil cosas del ahora mismo: un juez que, por motivación ideológica, bloquea la exhumación de Franco, o 700 militares firmando un manifiesto profranquista –a ver si Borrell y España Global se lo cuentan al mundo, va–. No necesitan ninguna verdad, les basta con tener Estado: el desorden en el recuento de los policías heridos el 1-O (39, 439, 65, 95, 111; hasta cinco versiones oficiales) es solo la puntita del iceberg. Ya lo aclaró Felipe González: el Estado se defiende, sobre todo, en las cloacas.

Versión oficial, versión de oficiales, dice el dicho. Cuando Dastis recorría Europa negando la violencia policial, sugería que todo estaba sub iudice. Lo que nunca ha estado sub iudice es la remuneración y gratificación del Estado profundo. Antes de que ningún juez haya decidido nada, Gozalo, Trapote y Pérez de los Cobos ya han sido premiados, ascendidos y condecorados al máximo nivel. Sometidos a una permanente excepción, habrá que desobedecer a la inercia: no estamos obligados a acostumbrarnos a todo. Y no perder la capacidad de indignación, seguir pensando, es siempre el primer acto de resistencia, a pesar de que la realidad sugiera que no hay suficiente Fairy, todavía, para tanta alcantarilla de tantos tumultos de Estado.

09/03/2019

https://www.ara.cat/opinio/tipic-soroll-del-deep-state_0_2193980615.html

Traducción: viento sur





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